Veinticinco
La primera vez que Wouter y yo rompimos, me sentí traicionada.
Aquel mensaje llegó la semana después de que empezaran las vacaciones de verano, un día soleado, como tantos otros días soleados. Había planeado la semana con todo detalle, decidida a mantenerme ocupada mientras Wouter no estaba: playa, bolos, cine, fiestas. Iba a ser el alma de la fiesta.
En cambio, leí el mensaje mientras desayunaba tostadas y huevos, se me cayó el teléfono en la mantequera y me monté en el coche en pijama.
Fui directa a la residencia de Phoebe en la Universidad de California, donde se alojaba durante el trimestre de verano, y cada minuto atrapada en el tráfico me parecía un ataque personal.
—Menudo capullo —dijo después de limpiar la mantequilla de mi móvil, frotándome la espalda y dejándome llorar—. Te mereces algo mucho mejor. —A los diecisiete años, con una autoestima por los suelos y la frente llena de acné, no estaba segura de que tuviera razón.
Dijo todo lo que se debe decir en una ruptura, esas frases que la persona abandonada finge comprender, aunque no las crea ni por asomo.
Esta vez no dice nada de eso, pero aun así me abraza mientras lloro en el tren.
«Creo que los dos necesitamos algo de espacio para procesarlo todo —me escribió Wouter cuando regresé a Ámsterdam—. Me quedo en Culemborg esta semana. Tómate todo el tiempo que necesites».
Me pregunté si con lo de darme espacio me estaba diciendo que me mudara. Si ese es el caso, no sé por qué no he sido capaz de empezar a empacar.
Esto no es exactamente una ruptura, y solo lo es en parte porque nuestro matrimonio fue caótico desde el principio, y no llegamos a ponerle nombre a lo nuestro. Y aun así dejé que me conociera como no había dejado a nadie desde…, bueno, desde la primera vez con él.
El apartamento está demasiado silencioso sin Wouter y sin George, y no puedo entender cómo ha vivido aquí solo durante tantos años.
Hemos dejado nuestra huella en cada centímetro: en cada lugar donde reímos, tomamos té y compartimos nuestros secretos más profundos.
Donde nos tocamos, gemimos y susurramos nuestros nombres.
Me digo que, si me acuesto temprano, los recuerdos no podrán encontrarme. Pero aun así me mantienen en vela la mitad de la noche, porque mi cerebro es cruel y Wouter nunca habría pasado por mi vida sin dejar una huella profunda.
No es que no sepa lo que él quiere de mí.
Es que nunca he sido capaz de dárselo a nadie.
No hay nada que me apetezca menos que ver a mis padres a la mañana siguiente. Le envié un mensaje a Phoebe, rogándole que me ayudara poner una excusa. «Arranca la tirita de golpe, cariño —me respondió—. La espera es mucho peor de lo que te imaginas. Te lo prometo».
Me reúno con ellos en el vestíbulo del hotel, rezando para que tenga razón.
A pesar de la conmoción de ayer, parecen mucho más descansados.
Mi madre lleva un vestido camisero estampado y ya no agarra su bolso con bloqueo RFID con tanta fuerza.
Mi padre, todavía con su gorra de los Dodger —debería decirle que delata que es un turista—, me dedica una sonrisa cautelosa mientras se ajusta la correa de la funda de la cámara.
Porque, como es natural, se ha traído una cámara de verdad, convencido de que su teléfono no le haría justicia a Ámsterdam.
Han venido hasta aquí, me recuerdo mientras nos saludamos con un abrazo algo incómodo.
—¿Cómo lleváis el jet lag ? —les pregunto.
—Llevamos despiertos desde las cuatro de la madrugada —admite mi padre, tratando de reprimir un bostezo—. ¿Sabes lo que echan en la televisión a las cuatro de la mañana? ¡Anuncios de sexo telefónico!
Estoy preparada para defender la ciudad diciendo que seguro que esto no es algo exclusivo de Ámsterdam, pero los dos se limitan a reírse, como si fuera otra de las muchas rarezas de la ciudad.
Vamos a desayunar a una cafetería cercana con terraza, con las mesas dispuestas a lo largo de un canal. No hay mejor manera de comer en Ámsterdam, y si vamos a tener esta conversación, mejor que sea en un lugar bonito.
—¿A que es pintoresco? —comenta mi madre una vez sentados, y luego le pregunta al camarero—: ¿Nos trae tres vasos de agua del grifo, por favor?
—Lo recuerdo de nuestro último viaje a Europa —dice mi padre. Para celebrar su trigésimo aniversario, hicieron un crucero por el Danubio—. No siempre te lo ponen cuando te sientas. A lo mejor California podría aprender un par de cosas, con la sequía que hay.
Nos quedamos en silencio mientras dejan tres vasos y una jarra de agua sobre la mesa.
—Bueno —comienzo después de beber un sorbo—, lo de ayer no fue un completo desastre.
—Seguro que podríamos haber manejado mejor algunas cosas. —Mi madre se inclina sobre la mesa y me acaricia el brazo con la yema de los dedos—. ¿Cómo hemos llegado a esto, Dani? Eso es lo que quiero entender. No solo lo del matrimonio, sino todo.
Hoy están menos beligerantes. Más dispuestos a escuchar.
Respiro hondo.
—Supongo… que empezó hace mucho tiempo. ¿Os acordáis de todos aquellos artículos que salieron cuando nací?
Juro que veo los titulares, las fotos sucederse por el rostro de mi madre. Por muy feroz que sea la máscara que se pone, ese trauma nunca la ha abandonado del todo.
—Sí —dice en voz baja—. No creo que podamos olvidarlo jamás. Fuiste nuestro bebé milagro.
—Exacto. Y, durante mucho tiempo, sentí que… tenía que hacer algo grande para estar a la altura.
Ella frunce el ceño.
—Esa jamás fue nuestra intención. Que estés viva, que estés aquí con nosotros, siempre ha sido más que suficiente.
—En teoría, lo entiendo. Pero todo lo que vino después, los periodistas que me seguían, buscando una historia conmovedora…
, fue abrumador —digo—. Todo el mundo a mi alrededor parecía no tener problemas para encontrar su vocación.
Yo tenía la sensación de que jamás la encontraría, y eso me creaba aún más presión por lograrlo.
En la universidad, terminé estudiando Diseño de Experiencia de Usuario casi de rebote.
Y sí que me gustaba…, pero siempre pensé que habría algo que me apasionara de verdad. Algo que encajara conmigo.
Cuando lo digo en voz alta, puedo ver el ego que hay detrás. Porque, en el fondo, ¿no es eso lo que todo el mundo quiere? ¿Tener la suerte de dedicarte a algo que te haga feliz?
En el puente que tenemos delante, un grupo de chicas universitarias le piden a un desconocido que les haga una foto.
«Aseguraos de que os gusta —les dice el desconocido después de hacerles unas cuantas—.
¡Puedo hacer más si queréis!». La bondad de ese gesto me recuerda a Roos, su falta de prejuicios, incluso cuando lo más fácil sería poner los ojos en blanco ante escenas como esta.
A veces te toca ser el turista; otras veces, el fotógrafo.
—¿Sentías esa presión por nuestra parte? —quiere saber mi madre.
—No directamente —respondo—. Pero vuestras profesiones siempre me han parecido muy importantes: la salud pública y la enseñanza. Y Phoebe adora su librería. Era imposible no preguntarse… ¿por qué yo no?
Mi padre se limpia los cristales de las gafas de sol con el dobladillo de la camisa antes de volver a ponérselas.
—Sabes que tardé tiempo en dedicarme a la enseñanza, ¿verdad?
Pasé muchos años sin rumbo, tuve muchos trabajos que no me llevaron a donde pensaba, hasta que volví a la universidad para sacarme el título de magisterio.
Las personas que encuentran su pasión de inmediato tienen suerte. Pero para la mayoría no es así.
—Creo que empiezo a entenderlo. La empresa para la que voy a hacer la entrevista es una empresa de excursiones en barco. —Espero alguna respuesta indignada, pero no llega—. Sería guía turístico. No tiene por qué ser mi profesión definitiva, solo algo que me gustaría hacer ahora mismo.
Ninguno de los dos responde de inmediato, pero solo porque la camarera ha vuelto para tomarnos nota.
Una vez que se marcha, en el rostro de mi madre se dibuja una pausada sonrisa.
—Suena muy divertido —dice—. Piensa en toda la gente diferente que conocerías cada día, de tantos lugares distintos. Y seguro que también aprenderías aún más sobre Ámsterdam.
—Es un país precioso —coincide mi padre—. No me malinterpretes, es un país extraño. ¡Todavía no me puedo creer lo de las bicicletas! Están por todas partes, ¿verdad?
—Pero van muy rápido —dice mi madre—. Es como si salieran de la nada. Espero que tengas cuidado al cruzar la calle.
«Allá vamos».
—Eso es otra cosa de la que deberíamos hablar.
—Me enderezo en la silla, aunque me sorprende darme cuenta de que no he estado encorvada durante toda la conversación.
He dicho exactamente lo que quería, con toda la confianza que he podido reunir; ahora no puedo dar marcha atrás—.
Sé que creéis que sigo siendo ese bebé frágil que no debía sobrevivir, pero no lo soy.
No necesito que me tengan entre algodones ni que me protejan del mundo.
Puede que a veces me sienta perdida, pero estoy aprendiendo a sobrellevarlo. A mi propio ritmo.
Mi madre aprieta los dientes.
—Es que es difícil —dice, con ese insólito temblor en la voz que ya he oído dos veces en veinticuatro horas—.
Eras tan pequeña, Danika. Cuando te vi con ese respirador, pensé: «Haré lo que sea necesario para protegerla.
Lo que sea». Y lo intentamos con todas nuestras fuerzas.
Ahora… eres adulta. No necesitas que te protejamos tanto, aunque no pueda evitar que me salga el instinto protector.