Lo que pasa en Ámsterdam Veinticuatro #2
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Veinticuatro #2

Siempre me ha parecido una persona muy fuerte, capaz de hacer cualquier cosa para proteger a sus hijas, y rara vez se manifiesta de forma tan emotiva como ahora.

Cuando venía a verme al hospital hace años, se mostraba muy seria, me hablaba del trabajo y cosas de actualidad, ya que yo había entregado mi teléfono al ingresar, convencida de que me hacía más mal que bien.

—Estarías muy lejos de nosotros —continúa, y me sorprende cuando se le quiebra la voz—. ¿Cómo podríamos asegurarnos de que estás bien?

—Tendríais que confiar en que puedo valerme por mí misma —digo, sintiendo una presión cada vez mayor detrás de los ojos—. Sabíais que había conseguido un trabajo aquí. Sabíais que existía la posibilidad de que me quedara a largo plazo.

Mi madre gira la cabeza de repente, y le tiemblan los hombros. No quiere que vea lo emocionada que está.

—Nunca pensamos que lo harías.

Mi padre le acaricia el brazo con la mano para tranquilizarla.

—Sharon, tal vez deberíamos volver al hotel. Dejemos que todos se calmen —dice—. Mañana podremos hablarlo con más calma. Llamaré a Stan, a ver si se le ocurre algo para sacarte de este lío.

Stan. Su amigo, el abogado del mundo del espectáculo, sin duda conoce muy bien el sistema legal neerlandés.

Esto parece relajar a mi madre. Stan es la solución. Stan puede arreglar mi situación.

—Buena idea.

En el patio trasero, Wouter está enfrascado en una conversación con Anneke, Roos y Maartje. No quiero interrumpirlos, y no estoy segura de poder soportar más juicios por parte de las personas a las que tanto empezaba a apreciar.

Mi madre agarra con fuerza su bolso mientras nos dirigimos al coche, donde les informo de que voy a coger el tren de vuelta a Ámsterdam. Phoebe y Maya están esperando en el jardín delantero; no se han alejado mucho.

—¿Seguro que no quieres que te llevemos? —pregunta mi madre—. ¿Es seguro ir sola?

Por supuesto, no entienden que esto forma parte de la vida cotidiana aquí. Que este es uno de los países más seguros del mundo.

—Prefiero el tren.

Phoebe me pasa un brazo por los hombros mientras caminamos hacia la estación, con Maya al otro lado. Me siento vulnerable. Como si me hubieran vaciado. Entrecierro los ojos para protegerme del sol porque me he dejado las gafas de sol en la casa y no pienso volver a por ellas.

—No pueden estar enfadados para siempre —dice Phoebe, haciendo todo lo posible por animarme—. Acuérdate cuando estrellé el coche nuevo de papá contra la puerta del garaje. Nunca le había visto la cara tan roja.

—Te lo agradezco. Y mucho. —Hago una pausa para sorber por la nariz y pasarme la mano por los ojos—. Aunque esa situación sea muy diferente.

Una vez llegamos a la estación, oigo una voz detrás de mí.

—¡Danika…, espera!

Wouter corre hacia nosotras, sin aliento, con la corbata ondeando al viento.

«Ha venido a buscarme».

—Os dejamos un momento a solas —dice Phoebe con delicadeza antes de que Maya y ella vayan a sentarse en un banco al otro lado de la calle.

Y antes de que Wouter diga nada, me abraza.

Es un abrazo de los que llegan al alma, que puede hacerme olvidar que existe cualquier otra cosa.

Con nuestros trajes aún puestos, frente a la estación de tren, respiro su aroma, tratando de no llorar sobre su pecho, pero no lo consigo.

Me apoya la cabeza contra su corazón y me acaricia el cabello.

Cuando nos separamos, hay una mancha húmeda en su camisa azul. Un bonito rubor tiñe su rostro y tiene las gafas torcidas.

—Siento habérselo contado a todo el mundo —digo entre sollozos—. Es que… se me escapó.

—Lo sé, lief . Lo sé. No estoy enfadado por eso. —Me roza la mejilla con el pulgar, la mejilla derecha, para enjugarme otra lágrima—. No quería que hoy acabara así. No quiero preguntarte si todo va bien, porque obviamente no es así, pero…

Se le escapa una risa carente de humor.

—Estoy bastante segura de que mis padres me castigarían de por vida si aún pudieran. ¿Y tu familia?

—Mi abuela no entiende por qué tenía que hacer esto solo para heredar la casa —dice, avergonzado—.

Ha dicho que podría haberlo hablado con ella y que habría puesto la escritura a mi nombre.

Pero todos comprenden que quería ayudarte.

Saben que es por un buen motivo. Y tú misma lo has visto: estaban dispuestos a darte la bienvenida a la familia.

La culpa envuelve mi corazón y lo aprieta.

—Hemos mentido a mucha gente.

—Sí, es verdad.

—Pensé que me sentiría más aliviada al confesarlo todo, pero… —Dejo la frase en el aire y me muerdo el labio inferior con fuerza, hasta que siento el sabor metálico de la sangre. Cualquier cosa antes que esta sensación de vacío.

—Tengo que saberlo —empieza. Y se mira la corbata para enderezarla…, o para evitar mi mirada—. Lo has dicho, sobre que todo esto era falso. ¿Lo decías en serio?

Oh.

Cierro los ojos, tratando de recordar las palabras exactas. Me refería al matrimonio, ¿no?

—Porque justo ayer… —continúa. (¡Madre mía! ¿Eso fue ayer?)—, creí que los dos sentíamos lo mismo. Y no quiero ser el tonto que no se entera de que tú ya has cambiado de opinión.

La intensa vulnerabilidad en sus ojos es suficiente para partirme en dos.

—No eres…, no eres un tonto —digo en voz baja—. Yo también lo siento, ¿vale? Sea lo que sea lo que hay entre nosotros, yo también lo siento. Y es aterrador. Porque hay demasiadas cosas de las que no hemos hablado y no sé qué se supone que debemos hacer ahora mismo.

—Entonces, ¿por qué no podemos pasar miedo juntos? —Extiende la mano para entrelazar sus dedos con los míos—. Claro que es complicado, pero lo resolveríamos, ¿no?

—¿Y nuestras familias? —pregunto, porque es imposible evitar el tema—. Puede que la tuya nos haya perdonado enseguida, pero estoy casi segura de que la mía no hará lo mismo. Es que… por mucho que lo intente, no me los imagino aceptándolo.

—Hablaremos con ellos. Creo que, si vuelven a conocerme, se darán cuenta de que en realidad no soy tan malo. —Una comisura de su boca se eleva, y aunque es adorable cuando se muestra tan optimista, es imposible que sea tan ingenuo.

Suelto sus manos y me paso una por el pelo con frustración, echando a perder todo el trabajo de Phoebe.

—Wouter, para. No es cuestión de que les caigas bien o no. Es que me tratan como si fuera una muñeca que se puede romper en cualquier momento.

—Y tú se lo permites.

—¿Qué?

—Vamos, Dani —dice, cruzando los brazos, lo que hace que la tela se tense sobre sus músculos—.

¿Alguna vez les has plantado cara? Lo vi cuando vivía contigo y pensé que eran un poco sobreprotectores, pero parece que nada ha cambiado.

Puede que te envuelvan en plástico de burbujas, pero tampoco es que tú luches por salir.

«Te equivocas», quiero gritarle, pero la cruda realidad es que no estoy segura de que esté errado.

Lo he pasado por alto durante años, permitiéndome la carcoma de la frustración en silencio, oponiendo apenas resistencia. Tal vez me preocupaba que no hubiera nada ahí fuera que me protegiera si abandonaba el nido. Quizá no era consciente de que yo podía protegerme.

Me invade una nueva oleada de adrenalina, descarnada y desagradable. Es una suerte que este sea un pueblo pequeño y que no haya nadie fuera de la estación de tren para ver el espectáculo.

—¿Cómo sería esta relación? —le espeto. Me levanto el bajo del vestido para poder poner más distancia entre nosotros sin tropezar con él—. Saldríamos durante un tiempo y acabaríamos rompiendo…, y luego, ¿qué?

—Pues en mi cabeza, no romperíamos —dice.

—Ah, sí, claro. Decidimos seguir casados porque nos gustamos… Y entonces, por arte de magia, ¿todo sale bien?

—¡Pues a lo mejor sí! ¿Es tan horrible imaginarlo?

¿Que alguien te quiera tanto como para desear estar contigo para siempre?

¿Que alguien quiera pasar toda la vida contigo, porque nunca pensó que volvería a verte y, por obra de algún milagro, volviste a su vida?

—dice, ahora con voz es ronca. Su tono suplicante podría desarmarme si no tengo cuidado—.

Siento que te parezca horrible, Dani, porque a mí me parece maravilloso.

Algo extraño me sube por la garganta, algo que no sabría nombrar aunque lo intentara. «Que alguien te quiera tanto». En todas nuestras citas nocturnas y conversaciones, nunca hemos mencionado esa palabra. En trece años, no lo hemos hecho ni una sola vez.

—Ni siquiera sé cuánto tiempo voy a estar aquí —digo por fin, porque quizá mis padres tenían razón. Quizá lo más inteligente sería divorciarnos de forma rápida y sencilla, tal y como prometimos, y volver a casa—. O si voy a conseguir ese trabajo.

—Pues ya conseguirás otro.

—Claro, como que es tan fácil. Llevo meses intentándolo y apenas he pasado de la primera entrevista. Y tal vez necesitaba ese tiempo para superar el agotamiento, pero… no vine aquí pensando que esto iba a ser para siempre. No iba a ser más que una vía de escape. Un cambio de aires.

—Ah. Lo entiendo. Has conseguido lo que necesitabas y ahora se acabó, ¿no?

No digo nada. Quiero rebobinar hasta hace diez minutos, cuando me abrazaba contra su pecho y el resto del mundo parecía haberse detenido. Quiero poder respirar antes de que el tiempo vuelva a ponerse en marcha.

Durante los pocos meses que he estado aquí, he crecido y he aprendido mucho. Hay tantos lugares que quiero conocer, tantos idiomas que quiero oír. La idea de volver a meter toda mi vida en una maleta me resulta devastadora.

Pero también lo es la inevitabilidad de que esta relación se rompa, como siempre estuvo destinado a suceder.

—Tenías razón —continúa—. Hay muchas cosas de las que no hemos hablado. Si de verdad quieres volver a California, no me interpondré en tu camino.

—Wouter. —Me detengo justo antes de decirle que no voy a volver a California. Aunque en mi interior sé que no lo haré, no consigo que esas palabras salgan de mi garganta.

No estoy segura de lo que quiero: que se aferre a mi vestido para retenerme aquí o que me deje marchar. En cualquier caso, estaría decidiendo por mí. Y esa decisión, por una vez en mi vida, tengo que tomarla yo.

—¿Qué, Dani? —Se tira de la corbata para aflojar el nudo, pero la agarra con resignación.

Le cuesta varios intentos desatarla—. No voy a intentar convencerte de que sientas por mí lo mismo que yo siento por ti.

Si no es así…, se acabó. Aunque decidas quedarte aquí, no tenemos por qué ser nada el uno para el otro. Tal y como dijiste.

El dolor que me atraviesa el estómago es tan intenso que tengo que luchar contra el impulso de agarrarme el vientre. «Siento lo mismo —intento decir—. Lo que pasa es que me da miedo lo que eso significa. Me asusta volver a intentarlo, después de lo mal que terminó todo la primera vez.

—No sé qué decir. —De alguna manera, es lo más sincero que ha salido de mi boca en todo el día, después de una tarde llena de errores.

Las dos palabras que él debe querer oír de mí están enterradas en algún lugar profundo, oxidadas por la falta de uso.

Deseo con toda mi alma ser valiente, tal y como él me decía que era: «una auténtica luchadora».

A lo mejor la verdad es que nunca lo he sido.

Wouter aprieta los labios, como si al fin se diera por vencido. Sus dedos comienzan a moverse sin parar, transportándome al pasado. Al Wouter cauteloso de cuando nos reencontramos, el hombre al que apenas reconocía.

Luego mete la mano en el bolsillo para pasarme las gafas de sol que me había dejado en casa de su madre.

—Avísame cuando lo averigües —dice—. Aquí estaré.

Sus palabras son secas, pero no crueles. En su rostro solo veo dolor, algo sobre el que yo creía tener el monopolio cuando se trataba de nosotros.

Pero esta vez lo he provocado yo, y me duele en lo más hondo de mi ser.

«¡Lucha!», me digo. «¡Lucha, joder!». Todavía puedo decirlo. Puedo evitar que se vaya. Solo un «te» y un «quiero», en ese orden, y volverá a ser mío.

—Si…, siento no haber podido ser lo que querías —balbuceo en su lugar, trabándome con las palabras.

Él me mira durante un largo instante.

—No —dice antes de darse la vuelta—. Has sido mucho más que eso.