Lo que pasa en Ámsterdam Veinticuatro
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Veinticuatro

Me gustaría poder retractarme de lo dicho al instante.

Quizá podría soportar que mis padres pensaran que he tomado una decisión espontánea en nombre del amor, pero no estoy preparada para que piensen que he cometido un delito en un país extranjero.

Anneke y Roos traducen con rapidez para Maartje, y las caras de Phoebe y Maya están llenas de preocupación.

Y Wouter… Ni siquiera puedo mirarle a la cara mientras estoy aquí plantada, en la casa de su madre, con la alianza en mi mano temblorosa.

Los invitados del jardín trasero están escuchando sin disimulo. Sanne y Evi se tapan la boca con las manos, e Iulia asiente con seriedad, ya que esta revelación confirma lo que sospechaba desde el principio.

Que soy una puñetera mentirosa.

Roos es la primera en hablar, con voz temblorosa y como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.

—¿Quieres decir que… mi hermano y tú no estáis juntos de verdad?

Deseo con toda mi alma tranquilizarla, decirle que sí que hay algo entre Wouter y yo, aunque no encuentre las palabras para expresarlo, pero el pánico de mis padres es más urgente.

Mi madre recoge su móvil roto y se deja caer en una silla, como si no pudiera soportar más sorpresas estando de pie, y mi padre se remanga la camisa, porque no está acostumbrado a una casa sin aire acondicionado y hace mucho calor aquí dentro con todos gritando.

—No lo entiendo —dice—. ¿Esto es… algún tipo de fraude de inmigración?

—Yo… no usaría exactamente esas palabras.

—Tengo demasiado calor con este vestido; el encaje y el tul son demasiado delicados para esta conversación—.

Perdí mi trabajo. Un par de semanas después de llegar aquí.

La empresa quebró y yo estaba aquí con un visado de trabajo.

Si no hubiera encontrado otro, no habría podido quedarme en el país.

—¿Y no nos lo dijiste? —dice mi madre, y percibo en su voz cierta compasión, de esa que me transporta a aquellos momentos oscuros en los que me imaginaba volviendo a casa con ellos.

«No quería que pensarais que no podía manejarlo», no digo.

—Osito. Sabes que podrías haber vuelto a casa. Te hubiéramos pagado el billete —continúa, como si el coste del vuelo fuera lo único que me frenaba. No hay forma de justificar esto en sus mentes, no cuando han querido protegerme de todas las cosas malas que podrían aguardarme ahí fuera.

Wouter está a nuestro lado, hablando en neerlandés con su familia, tan rápido que solo puedo entender algunas palabras sueltas. «Apartamento», «abuela» y «esposa». Anneke parece sorprendida y se lleva una mano al corazón.

Mi madre se vuelve hacia Phoebe.

—¿Tú sabías algo de esto?

Ella hace una mueca y me mira mientras yo me encojo de hombros, dándole permiso para decirles la verdad.

—Puede que sí. Sí.

—¿Y no se te ocurrió decirnos que tu hermana estaba tomando una decisión tan imprudente?

—Que no fue imprudente —insisto—. No nos emborrachamos en Las Vegas y decidimos casarnos porque nos pareció divertido.

Mi madre suelta un bufido sarcástico.

—Uy, qué alivio.

Maya, que ha estado observando todo desde el sofá de los Van Leeuwen, se pone de pie y Phoebe se apresura a ayudarla—. Phee, ¿y si salimos a dar un paseo? Me vendría muy bien.

—Adelante —digo, y le aprieto la mano para hacerle saber que estaré bien.

—Me pregunto… —Mi padre aprieta los labios después de que mi hermana y su esposa se marchen, como si no estuviera seguro de si quiere decirlo.

—Continúa, Bill —le anima mi madre.

—Me pregunto si deberíamos habernos puesto firmes cuando nos contó ese disparatado plan de Ámsterdam.

Esto enciende una nueva llama de frustración.

—No os pedí permiso —replico—. Tengo treinta años. Aunque me hubierais seguido hasta el aeropuerto, me habría marchado de todos modos.

Al oír eso, Wouter se retira de la conversación con su familia y se dirige a mi padre.

—Con el debido respeto, señor —dice—. Dani no es una niña que no sabe lo que hace. Puede que a usted le parezca ridículo, pero creo que aquí es muy feliz. —Me mira a los ojos, como si quisiera confirmar que es cierto, y yo asiento mientras mi corazón se llena de afecto por él.

—Y con el debido respeto hacia ti —replica mi padre, porque ahora ya no es el antiguo anfitrión de un estudiante de intercambio, sino el beligerante padre de la novia—, apenas la conoces.

—He llegado a conocerla bastante bien en los últimos meses —dice Wouter, y se endereza hasta alcanzar su máxima altura, sobresaliendo por encima de mis padres—.

Es una de las personas más testarudas y enérgicas que conozco…

, que tengo la suerte de conocer…, y es más que capaz de tomar sus propias decisiones en la vida, sin importar lo importantes que sean.

De hecho, puede que necesitara hacer esto para demostrarse que siempre ha llevado dentro esa independencia.

No lo ha hecho por capricho. Ninguno de los dos.

—Agradezco tu sinceridad. Está claro que aún te importa, pero esta no es tu guerra.

Wouter aprieta los dientes, como si quisiera decir algo más, pero supiera que no debería hacerlo.

—Salgamos al jardín —le dice Anneke—. Dejemos que la familia de Dani hable tranquila.

Wouter me roza el brazo con la yema de los dedos a la que sale. «Estoy aquí. —Parece decir ese simple gesto—. No estás sola».

Oigo a Wouter y a su familia en el patio trasero, diciendo a los invitados que la fiesta ha terminado. Sus amigos no parecen enfadados, solo desconcertados, mientras salen por la puerta.

Entonces solo quedamos mis padres y yo en una casa que no es la nuestra.

Una parte de mí espera que alguien nos diga que ya no somos bienvenidos aquí, pero cuando mis padres se dirigen a la mesa de la cocina, los sigo.

Una vez sentados, mi madre se abanica con la gorra de los Dodgers de mi padre mientras él sirve té helado para todos, y los tres bebemos un sorbo en silencio.

Cuando vuelvo a hablar, intento mantener un tono tranquilo y racional.

—No es que no nos conozcamos —digo, y luego, con una mueca—: Nosotros… estuvimos saliendo. Cuando él vivía con nosotros.

—¿Wouter y tú? —pregunta mi padre, que se muestra ahora más suave. Mi madre y él intercambian una sonrisa divertida—. Hija, eso ya lo sabíamos. No eras tan discreta como creías.

Siento que se me suben los colores a la cara. No sé si hay algo más vergonzoso que darte cuenta de que tus padres sabían que salías con el estudiante de intercambio que vivía en tu casa.

—Nos entristeció mucho que no se mantuviera en contacto con nosotros cuando volvió a su país.

Siempre me quedé con la duda de si habíamos hecho algo mal o si la vida simplemente le había llevado por otro camino —dice mi madre, bebiendo otro sorbo de té—.

¿Entonces habéis estado en contacto todos estos años? No lo sabía.

—No exactamente —repongo, y respiro hondo de nuevo—.

En realidad, no teníamos ningún contacto.

Nos reencontramos aquí justo después de que todo se torciera para mí, y él no podía heredar su casa si no estaba casado.

Cuando me propuso que nos casáramos para resolver los problemas de ambos… , me pareció algo lógico.

—Así que no estáis juntos —dice mi madre, como si necesitara confirmarlo de una vez por todas.

Yo sacudo la cabeza.

—No. No lo estamos. Somos… —me interrumpo, buscando la palabra adecuada. Puede que nos acostemos juntos, pero no estoy segura de tener una etiqueta adecuada que decirles a mis padres—. Es solo un amigo. Un amigo que me hizo un gran favor.

—Si todo iba tan mal, no entiendo por qué no volviste a casa —dice mi padre—. ¿Qué tenía eso de malo?

—Quería alejarme. Tenía la sensación de que tal vez Los Ángeles me estaba frenando. Y ahora que estoy aquí…, me gusta más de lo que jamás pensé que me gustaría.

Mi madre parece dolida por esto.

—No tenía ni idea.

—Espera —dice mi padre, enarcando las cejas—. ¿Significa eso que no vas a volver a Estados Unidos?

—Yo… aún no lo sé —respondo evasivamente—. No he pensado más allá de los próximos seis meses, más o menos.

Mi padre deja su vaso de té vacío sobre la mesa con un poco más de fuerza de la necesaria.

—Esto solo son unas vacaciones, Dani. Tarde o temprano tendrás que volver a la realidad. Piensa en todo lo que te estás perdiendo en casa, piensa en lo mucho que te echamos de menos. Tu hermana está a punto de tener un bebé y la familia no estará completa sin ti allí.

Quizá sea el tipo de manipulación que solo a la familia se le da bien, porque funciona. Me imagino al bebé de Phoebe y Maya creciendo sin una tía, sin reconocerme cuando vuelva de visita. Me imagino los cumpleaños, las cenas de Janucá y Pascua con una silla vacía en la mesa.

¿Unas vacaciones? ¿Es eso lo que ha sido? No he estado trabajando. Me he estado dando caprichos, haciendo turismo y disfrutando de mi tiempo libre.

Quizá esto no sea la vida real.

—Yo también os echo de menos a todos, claro que sí —digo en voz baja—. Pero tengo una entrevista final para un trabajo la semana que viene. Y me hace mucha ilusión.

—¿Y cuál es el plan? —pregunta mi madre—. ¿Conseguirás un trabajo y te divorciarás? Las decisiones que tomes aquí tendrán consecuencias. Lo que hiciste es ilegal, y nada menos que en Ámsterdam…

—¿Qué demonios tiene de malo Ámsterdam? —pregunto, de nuevo a la defensiva, agarrando el vaso con fuerza—. ¡Es una ciudad preciosa, joder! ¡Todas las casas del centro son patrimonio cultural de la UNESCO!

—No se trata de lo bonita que sea la ciudad —replica mi madre, alzando una mano para intentar que baje la voz—. Dani, ¿y si…, y si tienes otro episodio?

Hay algo en su mirada que no reconozco y me cuesta un momento identificarlo. Miedo, eso es.