Lo que pasa en Ámsterdam Veintitrés #2
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Veintitrés #2

Al principio doy por hecho que se refiere a hablar conmigo en privado, pero entonces se vuelve hacia mí con la misma determinación que mostraba cuando exigía que me eximieran de las clases de gimnasia, o cuando me quedaba a dormir en casa de una nueva amiga y quería asegurarse de que sus padres supieran lo frágiles que eran mis pulmones. Una protectora feroz…, o eso creía yo.

—Danika Hope Dorfman —dice, incluyendo mi segundo nombre, el eterno recordatorio de mis primeros meses en el hospital—, tú no te vas a casar.

Un silencio ensordecedor resuena en la casa. Hasta la gente que charla en el patio trasero parece parar, y una docena de pares de ojos curiosos se vuelven hacia nosotros.

George lanza un grave aullido, como si protestara por el silencio, y Roos lo coge en sus brazos.

Se me oprime el pecho, me cuesta demasiado tiempo entender lo que está pasando. La madre de Wouter se puso en contacto con mis padres. Les contó lo de la boda, de la que ellos no tenían ni idea. Los invitó a esta fiesta.

Y ahora están aquí, aunque está claro que no para celebrar, sino para hacerme entrar en razón.

—No queríamos hacer esto —continúa mi padre—. Pero en cuanto nos enteramos por la madre de Wouter, pensamos que podría ser la única manera. Teníamos que coger un avión y asegurarnos de hablar contigo en persona.

Con su brazo tonificado por el pilates, mi madre me agarra del hombro con suficiente fuerza como para alejarme de Wouter, como si fuéramos una versión moderna de los Jets contra los Sharks.

—¿Era esto lo que tenías planeado desde el principio? ¿Por eso elegiste Ámsterdam?

—¿Qué? ¡No! —digo con firmeza—. Nos encontramos por pura casualidad en enero. No habíamos estado en contacto.

Su voz se vuelve suplicante.

—Solo intentamos evitar que cometas el mayor error de tu vida. Sé que estabas pasando por un mal momento y quizá esto te parezca romántico…, pero, por el amor de Dios, no puedes…, no puedes irte a Europa y casarte así, por las buenas.

Entonces, como si hubiera entendido toda la conversación o al menos las partes más importantes, Maartje interviene en inglés, con un marcado acento neerlandés:

—Ya están casados.

Todo parece suspendido en el tiempo durante un prolongado y doloroso momento, hasta que la habitación vuelve a llenarse de ruido.

La expresión horrorizada de mis padres coincide con la confusión de Anneke y Roos, mientras se gritan y se lanzan acusaciones, sin que ninguno de ellos conozca toda la verdad, pero todos más que deseosos de inventarse su propia versión.

Retrocedo y me pego a la pared. Cuento las respiraciones como si mi vida dependiera de ello, porque tal vez es así.

Cuatro. Siete. Ocho. Joder, necesito más números.

Mientras todos hablan al mismo tiempo, Wouter se inclina para acariciarme la espalda de nuevo.

—Lo vamos a solucionar —dice en voz baja, y la preocupación de su rostro se mezcla con algo más: una férrea determinación—. Estaremos bien, lief .

Me apoyo contra su mano, deseando que fuera tan sencillo como él hace que parezca. Busco algo en lo que apoyarme: las caricias circulares de sus dedos; el familiar perfume con olor a ropa limpia de mi hermana.

—¿Y si nos escapamos? ¿Ahora mismo? Podríamos coger un tren hacia Francia. Estaríamos allí en unas tres horas, ¿no?

—Por muy tentador que sea, creo que se darían cuenta de que nos hemos ido —alega.

Entonces mi madre me coge la mano, la levanta para inspeccionar la alianza de casada y parece que va a desmayarse.

—Mamá. Papá —dice Phoebe, manteniendo un tono tranquilo e intentando hacer de pacificadora—. Quizá deberíamos tomarnos un momento para calmarnos…

—¡No, no creo que sea el momento de calmarnos! —dice mi padre. Tiene los dientes apretados y los brazos cruzados sobre el pecho—. Dinos que no te has casado, Dani. Dinos que no has tomado esta decisión tan importante sin decírselo a nadie. Por favor.

—Yo… —No es así como debían enterarse. No tenían que enterarse, y eso era lo bonito—. No ha sido precipitado. Pasamos mucho tiempo hablando de ello —digo con un hilo de voz, aunque no es del todo cierto.

—¡Pero si apenas le conoces! Los dos erais unos críos cuando él vivía con nosotros —dice mi madre. Me duele que emplee esa palabra. «Críos». Como si nada de lo que hacíamos entonces pudiera considerarse serio—. Eso fue hace casi quince años. ¡Es prácticamente un desconocido!

Anneke pone una mano en el brazo de Wouter.

—¿Qué tiene de malo mi hijo?

—Nada. Estoy seguro de que se ha convertido en un joven estupendo —dice mi padre—. Pero nuestra hija no sabe lo que hace. Es evidente que no estaba en su sano juicio cuando decidió casarse con un hombre que vive al otro lado del mundo.

—No fue solo ella —dice Wouter, saliendo en mi defensa, porque mi padre da a entender que me lancé al matrimonio sin pensar. Con un hombre cualquiera, y no con el amable y cariñoso neerlandés que fue nuestro estudiante de intercambio—. Fue cosa de los dos. Ella no hizo nada malo.

—¿Tus padres no lo sabían? Pero yo pensaba… —El pelo rubio rojizo de Roos se agita alrededor de su cara mientras sacude la cabeza, incapaz de procesar esto, y George se estira para lamerle la mejilla.

—Roos —intento decir, con el corazón encogido—. Lo siento mucho…

—Esto no tiene sentido. —Mi madre saca su teléfono, como si Google tuviera una solución sencilla al problema—. Eres ciudadana estadounidense. ¿Fue siquiera legal?

—Sí, fue totalmente legal —le asegura Wouter—. No metería a Danika en ningún tipo de problema. No a propósito.

—Entonces tiene que haber una forma de deshacerlo —aduce mi padre, y entonces él también empieza a buscar en su teléfono—. Ah…, no estoy conectado al wifi…

En cualquier otro momento, me habría parecido entrañable por parte del carca de mi padre que no tuviera en cuenta los matices de un plan telefónico internacional cuando decidieron lanzarse a lo loco a salvar a su hija.

—Yo también tenía mis dudas al principio —dice Anneke, que puede que esté en la peor posición de todas, teniendo que defender a su familia en su propia casa frente a unos completos desconocidos.

La suegra que creía que empezaba a caerme bien.

Aunque nunca fue mi suegra, ¿verdad?—. Son jóvenes, tal vez un poco impulsivos, pero confío en Wouter.

Reavivaron su relación, se volvieron a enamorar y luego se casaron.

Y si eso no me hace sentir aún peor.

Así que hago lo único que se me ocurre. Lo único que sé que tranquilizará más a mis padres que la idea de que su hija se case sin decírselo.

Agito las manos de manera frenética para llamar la atención de todos.

—No, no lo hemos hecho —digo, y todos se vuelven hacia mí—. Bueno, sí, estamos casados, pero solo sobre el papel. Eso es todo lo que iba a ser.

Es un rescate desesperado, mal planeado, pero muy necesario.

Ya hemos mantenido esto en secreto demasiado tiempo.

A mi madre se le cae el teléfono de las manos.

—Danika, ¿qué estás diciendo?

Trago saliva, consciente de que hay ocho pares de ojos clavados en mí.

—No estamos…, no estamos enamorados —digo, y miro a Wouter solo un instante, suficiente para captar su reacción: un estremecimiento, apenas imperceptible, antes de que recobre la compostura de nuevo.

Como si necesitara una prueba tangible, extiendo la mano y tiro de la alianza varias veces antes de que se deslice de mi dedo—.

Nos casamos para que me dieran el permiso de residencia. Todo esto es falso.