Veintitrés
Phoebe me va rizando el pelo con la tenacilla mientras pone a todo volumen una lista de canciones nostálgicas en su habitación del hotel.
El vestido parece más rojo bajo la despiadada luz del baño, y mi maquillaje tiene ese aspecto natural, aunque en realidad ha sido necesario un mínimo de siete productos para lograrlo, sobre todo porque me puse tan nerviosa que empecé a sudar y tuvimos que empezar de nuevo después de que me cargara las dos primeras capas.
—No sé por qué estoy tan nerviosa —digo mientras mi hermana frunce el ceño por culpa de un mechón de pelo que no quiere cooperar.
Maya ha salido a por café para dejarnos un poco de intimidad.
Hoy no significa realmente nada, aparte de que la familia de Wouter va a conocer a dos de mis personas favoritas en este mundo y de mi intenso deseo de que todos congenien.
—Por favor. ¿Te acuerdas de cómo estaba justo antes de mi boda? Estaba tan mal que tuviste que darme de comer con cuchara porque me temblaban mucho las manos. Claro que… yo no me había casado con ella para conseguir un visado neerlandés.
—Detalles sin importancia.
Los ojos de Phoebe se encuentran con los míos en el espejo mientras apoya la barbilla en mi hombro.
—Mi hermana pequeña se va a casar —dice, y me sorprende oír que se le quiebra la voz—. Más o menos. Y la semana que viene estaré en casa y te echaré de menos más que nunca.
Sus palabras son como un jarro de agua fría.
Me ha encantado tenerla aquí, pero después de que nazca el bebé, y teniendo en cuenta lo caros que son los vuelos…
, no les va a ser fácil venir otra vez. Yo iré a visitarlos, claro.
Tanto como pueda, una vez que tenga un sueldo fijo, pero ¿será eso suficiente cuando tenga que pasar por inmigración en ambos países?
¿Cuando necesite un pasaporte para ir a ver a mi familia?
Todo en California seguirá sin mí, y aunque eso siempre ha sido así, nunca me había enfrentado a la realidad hasta este momento.
Llaman a la puerta de la habitación del hotel.
—Maya debe de haber olvidado la llave —dice Phoebe mientras va a abrir.
Pero es Wouter, con un ramo de tulipanes, girasoles y amapolas.
Me tiemblan las rodillas.
Lleva un traje azul marino, que se ciñe a sus anchos hombros, y la luz del sol que entra por la ventana abierta resalta los tonos rojizos de su cabello rubio.
Con su camisa azul aciano, sus relucientes zapatos color coñac, su corbata con estampado de cachemira y la brillante hebilla de su cinturón, es un sueño vestido de manera formal.
Me hace añorar todos los bailes escolares a los que nunca fuimos. Decidimos que era demasiado arriesgado, y optamos por una inocente noche de bolos o juegos recreativos.
—¿No quieres descubrir si el baile de graduación es de verdad como una película de John Hughes? —le pregunté una vez, después de brindar con batidos y ver la puesta de sol en Venice Beach—. No me gustaría que te perdieras la experiencia estadounidense por excelencia.
—Tú eres mi experiencia estadounidense por excelencia —dijo, aunque los dos sabíamos que sonaba cursi.
El cielo teñido de tonalidades rojizas y violetas se reflejaba en sus gafas, y la más pura admiración iluminaba sus ojos.
Es la misma forma en que m e mira ahora, con toda la sabiduría de un adulto y la fascinación de aquel chico de diecisiete años.
—¿Pretendes matarme con ese vestido? —pregunta, sin poder contener una sonrisa.
Una calma instantánea me invade mientras le aliso una de las solapas.
—Menos mal que nunca fuimos juntos al baile de graduación. No creo que hubiéramos sido capaces de comportarnos.
—¿Salgo de la habitación? —pregunta mi hermana.
—Nos portaremos bien —dice Wouter mientras me hace girar para lucir el vestido, aunque la forma en que arquea una ceja promete algo muy diferente.
Es uno de los últimos momentos perfectos del día.
Maya regresa y todos nos tomamos los cafés de un trago, justo cuando llega Roos con George, muy elegante con su pequeña pajarita.
Wouter ha alquilado un coche para que vayamos todos a Culemborg y pone música pop neerlandesa en la radio.
—Nunca la he sentido moverse tanto —dice Maya, llevándose la mano a la barriga.
La madre de Wouter quería que fuéramos los invitados de honor, los últimos en llegar, y la casa está preparada para nosotros: hay más coches en la entrada y una pancarta con la palabra GEFELICITEERD sobre la puerta principal.
Se oye algo de ruido en el patio trasero y saludo a Sanne, Thomas, Evi y Bilal a través de la valla.
Iulia también está allí, junto con lo que supongo que son algunos amigos de la familia.
— Welkom , goeiedag —dice Anneke cuando abre la puerta.
Va elegante, pero sin exagerar, con un jersey y una falda larga.
La abuela de Wouter, Maartje, está a su lado, con el pelo blanco un poco más rizado que la última vez, como si acabara de volver de la peluquería.
Tras una serie de presentaciones y algunas chuches para George, abrazan a mi hermana y admiran la barriguita de Maya—.
Encantada de conoceros a las dos. Es un honor que estéis aquí.
—Luego se dirige a Wouter y a mí, y añade: —Todos están en la parte de atrás, pero tomaos vuestro tiempo.
No hay prisa, todavía estoy sacando los aperitivos del horno.
—Muchas gracias. Por todo —le digo en neerlandés.
Anneke me da un apretón en la mano.
— Wat mooi , Danika —dice, y en ese momento, no puedo creer que me haya puesto nerviosa.
Es una madre orgullosa, abrazando a su hijo y besándole las mejillas, tratando de revolverle el pelo—.
No sabía que tenía algo tan bonito en su armario —añade con una sonrisa, y el resto nos unimos a ella—.
Está claro que eres una buena influencia.
Suena el timbre mientras nos dirigimos al salón, y cuando George ladra, Roos le hace callar sin mucho entusiasmo, como si intentara transmitir que hoy se encarga ella del perro.
—Pero sigues siendo mi chico perfecto —le susurra.
—¿No estamos ya todos? —pregunta Wouter, estirando el cuello para ver quién está en el patio trasero—. Puede que sea un vecino molesto por el ruido. Avisaste en el chat grupal de que íbamos a hacer una fiesta, ¿verdad?
Su madre echa un vistazo a su reloj.
—Esperamos a dos personas más.
Y entonces creo que el suelo se va a abrir debajo de mí.
Porque al otro lado de la puerta, con una mezcla de desconcierto, furia y jet lag , están mis padres.
Joder, no puede ser.
Tengo que parpadear varias veces para asegurarme de que no me lo estoy imaginando.
Que mi ansiedad no me está jugando una mala pasada.
Pero no, Sharon y Bill Dorfman están en la entrada de la casa de los Van Leeuwen.
Mi padre con la gorra de los Dodgers que no se ha quitado de la cabeza desde hace al menos diez años, y mi madre vestida igual de informal, con vaqueros y una blusa blanca.
—¿Qué hacéis…? —empiezo, pero el pánico se apodera de mi garganta. Lucha contra la opresión en mis pulmones—. ¿Cómo han…?
Mis padres están aquí, en los Países Bajos.
En la celebración de un matrimonio que no es real, aunque empiece a parecer que sí lo es.
Nunca me han gustado las películas apocalípticas porque no era capaz imaginarme ese paso intermedio, lo que ocurre antes de que nuestro mundo se convierta en un páramo incapaz de sustentar la vida humana.
Ahora mismo lo entiendo perfectamente. Porque estoy segura de que así es como comienza el apocalipsis.
Phoebe está igual de sorprendida, me agarra la mano y me aprieta con demasiada fuerza.
—Joder, joder, joder, joder —dice en voz baja. A mi otro lado, Wouter se ha quedado en silencio, atónito.
Mi padre cierra con llave el coche de alquiler mientras Anneke les indica que entren.
Están igual que cuando me despedí de ellos en enero, aunque un poco desaliñados por el viaje.
Quizá, cuando se quite la gorra, vea que mi padre tiene más entradas y que mi madre se ha teñido el pelo, pero han traído consigo el aroma del hogar de mi infancia. «Familiar».
Y aterrador.
—Cariño, te hemos echado mucho de menos —dice mi madre mientras me abraza—. Estás fantástica.
—Sharon. Bill —dice Wouter, recuperando la voz antes que yo, y noto que está haciendo todo lo posible por mantener la calma. Me pone la mano en la espalda, reconfortándome con su calor—. Me alegro mucho de volver a veros.
Las sonrisas forzadas con las que le responden me hacen añorar aquella otra vida que no tuvimos, en la que mi familia le visitaba aquí, en los Países Bajos, tal y como siempre planeamos hacer.
En la que todos seguimos estando unidos.
Desde luego, en el pasado nunca le miraron con tanto recelo; siempre le recibieron con los brazos abiertos.
«Se supone que debemos tratarlo como a uno más de la familia».
—Wouter, ¿estás aún más alto? —Una broma clásica de papá, pero sin ninguna gracia.
Anneke me dedica su sonrisa más radiante antes de lanzarse a darme la explicación que estaba esperando.
—¡Los hemos invitado nosotras! Roos y yo. Pensamos que, como es un día tan importante, tenían que estar aquí para celebrarlo. —Luego me susurra con entusiasmo—: Les dijimos que iba a ser una sorpresa para ti. ¿Verdad que es genial?
—Busqué el número de tus padres en tu teléfono —añade Roos—. ¡Espero que no te importe! Además, deberías cambiar tu contraseña.
Hay demasiado caos en mi cabeza. Siento que los nervios van a estallar en mi pecho en una especie de lluvia de confeti de ansiedad, y puede que la mano de Wouter en mi espalda sea lo único que me mantiene en pie.
Mi madre agarra con fuerza la correa del bolso, uno de esos con bloqueo RFID y cremalleras industriales que solo usa para viajar, haciendo que los nudillos se le pongan blancos.
—Siento hacer esto, sobre todo viendo lo mucho que te has esforzado en organizar esta fiesta, pero tenemos que hablar con nuestra hija —dice.