Veintidós #2
Lo único que puedo hacer es besar a este hombre que está decidido a dejarme sin defensas.
Ahueca una mano en mi mejilla derecha, y aunque hemos tenido momentos mucho más íntimos, me mira a los ojos y me pregunta con suavidad:
—¿Me permites?
Yo asiento. Con mucha delicadeza, dibuja mi marca de nacimiento con la yema del índice. Empieza por encima de la ceja, sigue su contorno a lo largo del lado de la nariz y continúa por la mejilla y acerca el pulgar para rozar mi pómulo. Es posible que contenga la respiración mientras lo hace.
—Nunca me tocaste ahí. Cuando éramos adolescentes —digo.
—Creo que estaba nervioso. No sabía cómo te sentías al respecto. Si te acomplejaba.
—Ahora ya no…, en general. Lo estuve durante mucho tiempo, y solía rogar a mis padres que me dejaran quitármela con láser, pero era muy probable que solo la aclarara un poco.
—Cubro su mano con la mía, con el corazón en un puño—.
Me encantaría que la gente me mirara un poco menos, aunque en realidad no me molesta.
—Me alegro —dice él—. Porque siempre he pensado que era preciosa. Toda tú. La hermosa Danika Dorfman.
—¿Sabes? Lo llaman «mancha de vino» porque parece que alguien hubiera derramado vino sobre mi piel. En neerlandés se llama lo mismo, ¿no?
—Sí, wijnvlek —responde, pero luego sacude la cabeza y se queda pensativo—.
Pero no creo que se parezca en nada a eso.
Más bien… tu cara es un lienzo y alguien estuvo mezclando todos estos colores de pintura para encontrar el tono perfecto.
—Me acaricia la mejilla con la yema de los dedos—. Y este es el resultado.
Me sienta en su regazo mientras sus manos recorren mi espalda y se adentran en mi cabello. Beso de forma apasionada a este hombre, que cada vez siento más como mi marido mi marido, hasta que veo algo amarillo chillón por el rabillo del ojo.
La pila de notas adhesivas en su mesita de noche.
Me levanto para coger el taco de pósits y el bolígrafo que hay al lado, y garabateo una frase rápida.
Dank je wel , escribo, y se lo pego en el brazo.
Él lo mira antes de coger el taco. Sigo en su regazo, así que puedo ver lo que escribe: mooi , y luego me lo pega en la mejilla. «Hermosa».
Recupero el bolígrafo y me doy un golpecito en la barbilla, rebuscando en mi vocabulario neerlandés. Geïnspireerd va en su mano. «Inspirado».
Proberen hun best , escribe en mis pulmones. «Hacen todo lo que pueden».
Bekwaam , escribo en su boca, enarcando las cejas con picardía. «Hábil».
Meer dan bekwaam , escribe en la mía. «Más que hábil».
Gevaarlijk , «peligroso», y le levanto la camisa para pegarlo en la línea de vello bajo su ombligo. Él tiene que contener una sonrisa.
Oneerlijk , «injusto», va a mi escote.
Debemos de tener una pinta ridícula, con los pósits revoloteando cada vez que reímos o cambiamos de posición.
Cojo prestado el apelativo por el que se refiere a mí, lief , y no vacilo antes de colocarla en su corazón.
Mijn , escribe, y la pone en mi muslo.
Nos besamos en medio de una lluvia de notitas amarillas, que revolotean a nuestro alrededor mientras lo atraigo hacia mí. Cada vez que nuestros cuerpos se tocan, siento que todo encaja, como si hubiéramos empezado algo hace años y confiáramos en que nuestros yoes futuros lo terminarían.
—No puedo creer cuánto tiempo hemos perdido sin hacer esto —dice, recorriendo mi cuello con los labios y con las manos apoyadas a cada lado de mi cuerpo.
—¿Trece años?
—Yo pensaba más bien desde que te mudaste aquí, pero bueno. Sí, vale.
—La última vez me preguntaste qué me gustaba. Y luego ha venido el plan de emergencia y la sorpresa de verdad…, así que necesito saberlo. ¿Qué te gusta? —Deslizo mis manos por su pecho, deteniéndome en la hebilla de su cinturón—. Y no digas que todo.
Wouter tuerce la boca mientras lo piensa, se tumba de lado y se apoya en el codo.
—Hay un espejo de cuerpo entero detrás de mi puerta. Me he preguntado… cómo sería vernos ahí.
Recuerdo que se tomó su tiempo para desvestirme frente al espejo del baño. Su respiración entrecortada. Le digo que sí de inmediato.
Descuelga el espejo y nos cuesta un poco colocarlo, pero lo apoyamos contra una silla para que ambos podamos vernos.
—Siéntate aquí —me pide, instándome a que me sitúe delante de él en la cama, ya sin ropa.
Él se acomoda detrás de mí para que el espejo le permita ver mi cuerpo al completo.
Entonces desliza una mano para acariciar mi pecho, mientras con la otra dibuja círculos en mi cadera, traza los pétalos de mi tatuaje.
—Quiero verte cuando te tocas.
Se me seca la garganta al oír sus palabras, pero no dudo en separar las piernas. Quiero que vea todo lo que quiera, desde todos los ángulos.
—Solo si tú me dices lo que tengo que hacer —replico, y él se pone duro contra mi espalda.
Le veo sonreír con aire pícaro.
—Puedo hacerlo. —Mientras me recuesto contra él, adopta una expresión pensativa, como si buscara con cuidado las instrucciones que va a darme—. Lámete los dedos —dice en voz baja—. Y empieza a tocarte. Más despacio…, sé que a veces te impacientas.
No puedo evitar gemir con suavidad, pero me obligo a bajar el ritmo. Me acaricio los labios con el dedo corazón, y esa suave fricción ya me provoca un estremecimiento.
—¿Así?
Le veo asentir en el espejo. Me da un beso en el hombro.
—Joder, menuda vista. Mira qué coño tan bonito tienes.
Tiene las piernas una a cada lado de las mías, y puedo sentir cada vibración de su cuerpo, cada respiración, igual que cuando estaba sentada en su regazo en aquel bar, solo que mejor.
Es increíble mostrarme tan abierta con él.
No hay ninguna parte de mí que intente ocultar.
Tal vez su fantasía sea también la mía, porque estar dispuesta a contemplarnos mientras hacemos esto resulta muy erótico.
Wouter me ladea la cabeza para exponer mi cuello y posa la boca en la suave piel.
—Dios, eres perfecta. Métete el dedo dentro. Dime lo mojada que estás.
—Muy mojada —digo, jadeando al oír el sonido de mi humedad entre los muslos—. Chorreando. Y es solo por ti.
Él gime, lamiéndome el cuello mientras me observa en el espejo, rosada, inflamada y resbaladiza. Aparto la mano un instante, jadeando y echando ya de menos el calor, pero merece la pena solo por verle cerrar los ojos cuando le acerco un dedo a la boca.
—¿Puedes meterte dos dedos? —pregunta, con renovada seguridad—. ¿Puedes follarte con dos dedos para mí?
«Para mí». Esas dos palabras me impactan más que ninguna de las otras. No se puede negar que es muy tierno verlo así y saber que no tiene por qué ser una cosa o la otra. Obsceno y dulce. Íntegro y depravado. Y todo lo que hay entre medias.
En este momento me doy cuenta de que él podría pedirme cualquier cosa y yo lo haría. Me pondría plan lascivo por él y disfrutaría cada segundo.
Me introduzco dos dedos dentro y el placer que me produce es tan intenso que arqueo la espalda hasta tal punto que casi me caigo de la cama. Me agarro a su brazo, que a su vez me tiene agarrado el muslo; un profundo rubor se extiende por mi cara, baja hasta mi cuello y se interna entre mis pechos.
—Qué sexi. Podría mirarte así todo el día. —Me clava los dientes en el hombro y la sensación me hace gritar—. Frótate el clítoris. Te mueres por hacerlo, ¿verdad?
—Sí —consigo decir mientras me acaricio justo donde lo necesito.
Con su polla presionando contra mi coxis y sus dientes clavados en mi piel, no estoy segura de cuánto tiempo más podré aguantar, ni cuánto tiempo más podré esperar para hacerle perder el control. Me tiemblan las piernas mientras muevo los dedos con rapidez y echo la cabeza hacia atrás.
—Me…, me voy a correr.
—¿Sí? Deja que te oiga.
Todo mi cuerpo se tensa y mi vista se reduce a un punto diminuto antes de estallar con un jadeo delirante, una explosión fulgurante, mientras él alcanza la cima de la ola conmigo, besándome el cuello, el hombro y la nuca. Murmura palabras como «preciosa», «perfecta» y «Dani. Dani».
Pero no hemos terminado.
Me impulso hacia delante justo cuando él me agarra por las caderas, ayudándome a ponerme a cuatro patas. Sus rodillas presionan con fuerza el colchón. Wouter me llena al momento, enterrándose entre mis muslos. Esto es otra primera vez: esta posición.
—¿Te gusta? —pregunta, moviéndose lentamente hacia atrás antes de volver a penetrarme.
—Mucho.
Observa mis pechos agitarse mientras me folla por detrás, con una mezcla de asombro y feroz determinación en el rostro.
«Impresionante». Flexiono la espalda para que me penetre más a fondo y echo las caderas hacia atrás.
Veo la tensión que va de su mandíbula hasta la oquedad en su garganta, y yo sigo tan aturdida por el orgasmo que cada embate me parece explosivo.
Es casi demasiado, en el mejor sentido posible.
Cierro los ojos antes de darme cuenta de que no quiero perderme ni un momento, no cuando Wouter se chupa un dedo antes de deslizarlo por hendidura entre mis nalgas, ni cuando me rodea con el brazo para acariciarme el clítoris con la otra mano, con los pósits amarillos esparcidos a nuestro alrededor.
De repente, vuelvo a estar cerca. Y él lo sabe.
—Córrete conmigo, lief —dice, y nuestras miradas se cruzan en el espejo mientras él da los últimos embates: dos criaturas febriles, cubiertas de sudor y vulnerables, quizá sobre todo esto último.
Nunca había sido así.
Cuando nos recuperamos, con nuestros cuerpos tendidos en la cama, me quita con suavidad un pósit que se me ha pegado al pelo. Gevaarlijk . Luego continúa bajando por mi espalda, hasta llegar a mi cadera izquierda.
—Ah. Tenemos que hablar de esto.
—Me sorprende que hayas aguantado tanto tiempo —digo, conteniendo una sonrisa mientras me vuelvo para mirarlo—. Estaba borracha y era tonta. Fin de la historia.
Pero Wouter puede oír la verdad en lo que no digo: que me causó tal impacto que no pude evitar inmortalizarlo en mi piel.
—No, no me lo trago. —Examina las flores naranjas y amarillas, algo descoloridas por el paso del tiempo—. Tienes un tatuaje neerlandés.
—Como sabes, la obra de Van Gogh trasciende culturas…
Me interrumpe con un beso.
—Tienes un tatuaje neerlandés —repite, y luego baja para besarlo, siguiendo el dibujo con los labios.
—Entonces también tenemos que hablar de los tuyos.
—Esta fecha… es la de la boda de mis padres. Señala los números romanos en su pantorrilla—. Quise hacerme algo cuando falleció mi padre, y me gustó la idea de representarlos en su momento más feliz.
—Es muy bonito. —Le aprieto la mano antes de deslizar mi pulgar por los pétalos de su hombro—. ¿Y este?
Traga saliva con dificultad, sin apartar los ojos de los míos.
—La amapola de California. Unos años después de mi regreso. Por… razones que imagino que son evidentes. —Cubre mi mano con la suya—. Aunque no volviera a verte nunca más, aunque pensara que lo había arruinado todo para siempre…, quería una forma de recordarlo todo.
—¿De verdad nos tatuamos cada uno una flor que representaba al otro? —pregunto, y a punto está de quebrárseme la voz.
—Hablando en serio —dice—, tal vez deberías haberte hecho un tulipán.
A partir de ahí, todo fluye: nos contamos las historias sobre las cicatrices y marcas de nuestros cuerpos, algunas de los últimos diez años, otras de mucho antes.
Es bonito volver a conocernos como adultos, riéndonos como los adolescentes que fuimos, esas versiones de nosotros atrapadas en el tiempo, pero que siguen estando muy presentes.
He puesto un muro de hormigón entre la alegría y yo durante tantos meses, que derribarlo y rendirme a ella es un gran alivio.
George se sube de un salto a la cama, se coloca entre nosotros y nos lame los brazos y la cara, como si nos hubiera oído reír y no quisiera quedarse fuera. Esa es otra cosa que me encanta: este perrito que ha reducido mi colección de calcetines de forma drástica.
«Ya te lo advertí», me dijo Wouter hace unos días, cuando me estaba vistiendo y no encontraba un par que hiciera juego.
Cuando me acerco a Wouter para darle otro beso, mi mano aterriza en la zona despoblada de su cabeza.
—Es cierto —dice—. Me estoy quedando calvo y ya no lo niego.
Sin perder el ritmo, le acaricio ahí, haciéndole saber que no me importa.
—Por si sirve de algo, creo vas a estar genial sin pelo. —Finjo que lo examino, entrecerrando un ojo y creando un marco con los dedos, como si estuviera haciendo una foto—. Tienes un cráneo bonito. Creo que te quedaría bien.
Él se ríe.
—Gracias —dice, apoyando la frente en mi hombro desnudo y besando las marcas que me han dejado sus dientes—. He pasado toda mi vida asumiendo que la forma de mi cabeza era completamente normal, nada de lo que presumir. Pero ahora que sé que es especial, todo cambia.
—Mira que eres bobo.
—Tú sacas lo mejor de mí.
—¿Me estás diciendo que tus amigos y tú nunca habláis sobre la forma de vuestras cabezas? Porque echa por tierra la imagen que me había creado hasta el momento sobre la cultura neerlandesa.
—Danika —dice, con un tono serio que indica que ya no está bromeando—. Lo digo en serio. Me encanta hacer el tonto contigo. Me encanta ser cualquier cosa contigo. Creo que… soy mi mejor versión cuando estoy contigo.
En ese momento, las palabras de las que he estado huyendo durante trece años cruzan mi mente sin miedo.
«Podría volver a quererte —pienso—. A lo mejor ya te quiero».
Más tarde, cuando ya vamos por nuestra tercera taza de té, después de ducharnos y ponernos el pijama más cómodo, nos acomodamos en el sofá, con un par de velas encendidas en la mesa. No se me ocurre nada más gezellig . Incluso cuando él bebe de mi taza sin darse cuenta y casi lo escupe.
—¿Pero cuánto azúcar te echas en el té? —pregunta, incrédulo, pero divertido, y yo le dedico mi sonrisa más inocente.
Cuando coge el mando a distancia, me sorprende lo cómoda que me siento viendo la televisión con mi novio, si es que lo es. No le hemos puesto nombre a lo nuestro, pero quizá, teniendo en cuenta que ya estamos casados legalmente, no haga falta.
—¿Qué te parece? —pregunta, deteniéndose en Seinfeld—. ¿Por pura nostalgia?
—No he vuelto a ver esta serie… desde que vivías en casa.
Wouter me sonríe, un poco avergonzado.
—He visto algún capítulo estos años.
—Porque me echabas de menos —digo, con tono burlón.
—Porque era divertido —insiste—. Y porque te echaba de menos.
Va pasando las temporadas, los títulos desfilan uno tras otro entre risas enlatadas y frases que ya son historia.
—¿Cuál quieres ver?
Señalo la pantalla cuando llega a la quinta temporada.
—Ese. El biólogo marino . Uno de los mejores de George.
Como si lo hubiera invocado su homónimo, George Costanza se sube de un salto al sofá.
Y los tres nos ponemos a ver esta comedia tan americana en este apartamento tan neerlandés.