Lo que pasa en Ámsterdam Veintidós
84%

Veintidós

Mi forma favorita de despertar ahora mismo es con Wouter, apretándose contra mí después de pasar la noche enredado en mis sábanas.

Acomoda la nariz en el hueco de mi cuello y me roza el cuello con la boca.

Ya estoy casi despierta; ahora que nos acercamos al horario de verano, las mañanas son mucho más luminosas.

Es un cambio enorme con respecto a cuando llegué aquí, en pleno invierno.

George está acurrucado al otro lado de mí, después de haber saltado a la cama en algún momento de la noche.

—Tengo una sorpresa para ti más tarde —me dice Wouter al oído—. Considéralo un regalo preboda.

—Creía que le habíamos dicho a tu familia que nada de regalos —murmuro.

Él me besa en la sien.

—Pero este es mío.

Al final, ayer me hicieron la entrevista en Dam Fine Boat Tours.

Solo fue el primer paso del proceso, pero salí de allí eufórica, convencida de haber dicho todo lo que quería.

Admití que nunca había capitaneado un barco, pero que estaba deseando aprender y que no imaginaba una mejor manera de pasar el día que enseñando a la gente los lugares más bonitos de Ámsterdam.

Aunque lo que más me preocupa es que la boda es mañana.

Me paso el día entero con los nervios a flor de piel mientras recojo mi vestido color vino, ya terminado.

Phoebe y Maya se han ido de excursión a un pueblo con molinos llamado Zaanse Schans, y quiero que disfruten de sus vacaciones.

Además, mis padres están más callados de lo habitual.

No me llamaron el domingo, como es su costumbre, y me han dicho que estaban ocupados y que hablaríamos la semana que viene.

Aun así, me vendría bien distraerme.

Así que, a primera hora de la tarde, me reúno con Wouter en un taller de cerámica en la primera planta de una casa antigua del Jordaan.

En el escaparate hay azulejos de cerámica, algunos de ellos al estilo tradicional neerlandés, con filigranas en azul sobre fondo blanco; otros son más abstractos, más modernos.

—Se me ocurrió que podríamos pintar nuestros propios azulejos —dice. De repente, se muestra inseguro, rascándose la nuca con la mano, como si dudara de si ha sido buena idea—. Hay que renovar el frente de la cocina, y así… el piso tendría un pedacito de los dos.

—Eso… suena genial —digo, con un nudo en la garganta por la emoción.

Y en teoría así es. No es más que un pequeño cuadrado de arcilla pulida, de unos quince por quince centímetros. Pero este nuevo frente de cocina, esta huella que dejo en el apartamento… es solo temporal.

Qué ingenua fui al pensar que podía tener algo informal sin que mis sentimientos hacia él se volvieran más fuertes. Es demasiado fácil cerrar los ojos y dejarme caer, sin importar lo alto que sea el precipicio.

Pintar me resulta muy relajante, aunque no consigo evadirme de mis pensamientos.

No quiero que los azulejos me representen porque no quiero que le recuerden a mí cuando yo me haya ido.

Así que me decido por una tetera, ya que a él le encantaba el té mucho antes de yo apareciera en su vida, y eso me parece un terreno seguro.

A mi lado, Wouter mezcla azules y verdes para el agua, tonos más oscuros para las sombras. La vista desde la ventana de su casa.

Al final, nuestros azulejos quedan, aunque no son perfectos. La profesora recoge nuestras piezas para meterlas en el horno y nos dice que podremos venir a por ellos la semana que viene.

Después de salir de clase, deambulamos por las estrechas callejuelas. La noche, más cálida de lo normal para la época en la que estamos, intenta calmar mis nervios.

—Todo va a salir bien, ¿verdad? —pregunto, y enseguida tengo que aclarar a qué me refiero, ya que Wouter no vive dentro de mi cabeza—. La boda. Ya sé que en teoría es solo una fiesta, pero…

—Ya les caes bien —dice, con ese tono que siempre me tranquiliza—. No tienes que demostrar nada. ¿Y el trabajo? ¿Estás contenta con él?

—Más que con cualquier otra cosa en meses —respondo, y es la pura verdad—. Aunque te mentiría si dijera que no hay una pequeña parte de mí a la que le preocupa no estar a la altura. Pero ya cruzaré ese puente cuando toque… literalmente —digo, señalando nuestros pies.

—No tengo ninguna duda de que, decidas lo que decidas hacer…, porque no es algo que ocurra sin más, sino que tú decides…, lo harás genial.

—No sé yo —digo, porque mi primera reacción es siempre restar importancia a los cumplidos, aunque los desee con todas mis fuerzas—. Recuerda que soy la chica que inundó su apartamento y escapó de una empresa en quiebra en la misma semana.

Pero Wouter no cede un milímetro.

—Te viniste a vivir aquí y enseguida querías empaparte de todo.

Estás aprendiendo un idioma dificilísimo.

Te lanzas de cabeza a disfrutar de las cosas nuevas.

¿Crees que no tienes ambición? Porque yo creo que tienes más que la mayoría de la gente que conozco.

Siempre has estado buscando algo que te apasione de verdad, y no ibas a parar hasta encontrarlo.

Eso que tú llamas punto débil, el saltar de una cosa a otra…

, es lo que más me gusta de ti. Lo abordas todo con honestidad y la mente abierta, con una alegría auténtica.

No es falta de rumbo. No es potencial desperdiciado.

Nunca nadie me había descrito así.

Mi voz tiembla cuando digo:

—¿Como cuando acepté casarme contigo?

—Puedes tomártelo a risa, pero… —dice, señalando el pintoresco puente, las casas inclinadas, cada idílico rincón.

No hay ni una sola esquina que no merezca ser fotografiada—.

Me encanta ver este lugar a través de tus ojos.

Verte enamorarte de él hace que me sienta muy afortunado de tener un asiento en primera fila.

Quiero decirle que es mucho más que eso. De algún modo ha conseguido verme con absoluta claridad, a pesar de que yo nunca quise mostrar tanto de mí.

Él se acerca y pone una mano sobre la mía.

—Sé que dices que maduraste tarde —continúa, decidido a desarmarme con sus palabras—, y es evidente que yo no soy una fuente objetiva, pero… creo que estás madurando justo en el momento adecuado.

—Quizá los dos lo estemos haciendo. —Me quedo callada por un momento y luego añado—: ¿Sabes? Para haberme pedido que me casara contigo de forma espontánea, eres un marido estupendo.

No esperaba que esto le afectara, pero retrocede, con cara de preocupación. La luz de la luna ilumina el anhelo de su rostro.

—¿Es eso lo único que quieres que sea?

—No —respondo sin vacilar, porque hace semanas que es la pura verdad, ¿no? —He intentado razonarlo de mil formas diferentes, pero…

Wouter me brinda una suave sonrisa.

—Creo que hace meses que yo dejé de pensar de forma racional.

Me acerco hasta que ya no queda espacio entre nosotros mientras él se inclina, y ambos exhalamos a la vez. Mi nariz roza la suya, nuestros labios se tocan apenas un instante.

A lo mejor es así de fácil.

—Te admiro más de lo que puedo expresar con palabras —digo—.

Y puede que no suene muy romántico, pero quiero que sepas que lo es.

Te veo con tu familia, con tus amigos y con George, te veo en tu trabajo, cuidando de la casa, incluso preparando el té…

Me has demostrado que eres una persona maravillosa.

También ayuda que esté un poco obsesionada con tus manos.

Y con tus brazos, y con tu boca. —Rozo sus labios mientras lo digo, sintiendo cómo se curvan en una sonrisa—.

Lo que pasa es que… se me da muy bien negar mis sentimientos —digo, lo que le hace reír un poco—.

Pero hace tiempo que dejó de parecer una farsa.

A menos que seas un actor aún mejor de lo que pensaba.

—Un pésimo actor —dice—. Todo este tiempo. Malísimo.

Cierro los ojos y trato de imaginarlo: los dos, dándonos una oportunidad de verdad. Quiero creer que podríamos hacer que esto funcione, y aunque nunca he ido en serio con nadie, tiene que significar algo que desee hacerlo con él.

Con Wouter lo intentaría con todas mis fuerzas.

Me rodea con sus brazos y me estrecha con fuerza. Esta vez, cuando me besa, no es porque haya alguien delante. No es para aparentar.

—Wouter —digo contra su pecho—, llévame a casa.

—Te he mentido antes —dice después de que hayamos llevado a George a dar un largo paseo durante el cual ha intentado jugar con un golden retriever algo arisco y un bulldog demasiado amistoso—. Lo de pintar azulejos… era un plan de emergencia por si acaso perdía el valor con la auténtica sorpresa.

No sé muy bien qué pensar.

—Pues ha sido un plan de emergencia genial.

Me indica que lo siga a su habitación. Ahora sí está un poco más nervioso, y no para de mover las manos. Espero mientras rebusca en un cajón de la cómoda y saca un cuaderno de dibujo.

Nos sentamos en la cama mientras me lo da, dejando la mano sobre la tapa un momento más.

—Puede que esté un poco oxidado. Intenta no juzgarme con demasiada dureza —dice, y exhala un largo suspiro—.

Pero… ha sido agradable volver a dibujar.

Al principio lo hacía solo entre un paciente y otro, y luego cuando tú estabas en clase o yo me quedaba despierto hasta tarde y no podía dormir. Y…, bueno, ya lo verás.

Cuando lo abro, me quedo sin palabras.

Hay bocetos de Ámsterdam, de nuestra casa y del Prinsengracht. El Museo Van Gogh. Un campo de tulipanes. George acurrucado en su rincón del sofá, con un montón de calcetines a su lado.

También hay bosquejos de una mujer: de mí. Algunos no son más que trazos, y le ha costado varios intentos captar mi expresión, pero a medida que paso las páginas, la chica del papel empieza a resultarme cada vez más familiar.

Antes de que las hojas del cuaderno queden en blanco, hay una serie de retratos que resaltan mi marca de nacimiento. Con pintura, lápices de colores y tinta, la ha transformado en un océano. Un mapa. Una galaxia de brillantes estrellas.

—Tú me has inspirado —dice mientras lo contemplo, inclinándose para besarme en el cuello—. Sé que no se acercan a la realidad, pero…