Veintiuno #2
—Quizá no tan naranja —digo, alzo la cara hacia el sol que empieza a asomar entre las nubes—. Pero este lugar parece de otro mundo. Cuesta creer que sea legal… vivir aquí.
—Sí, se nos da de puta pena guardar el secreto —dice Bilal.
Wouter me acaricia el codo con el pulgar.
—Aquí dejan entrar a cualquiera —dice, con un tono divertido que me hace apretarle la mano.
—El año que viene deberíamos ir a uno de los festivales de música —dice Sanne—. Hay uno de techno enorme en Oost.
«El año que viene». Nada puede pinchar mi burbuja del Día del Rey más rápido que eso, a pesar de que la música techno no me va.
El año que viene, cuando Wouter y yo estemos divorciados. Cuando ya no sea amiga de ninguna de estas personas.
—¿Alguna vez te cansas? —le pregunto a Iulia, ansiosa por distraerme—. ¿De estar en el agua todos los días?
—¿Te soy sincera? No —responde, y me ofrece su botella de cerveza—.
Seguro que la mayoría de los trabajos se vuelven rutinarios, pero este no.
Aunque algunos de los datos suenen un poco repetitivos al cabo de un tiempo, siempre hay caras nuevas, p reguntas distintas, formas de darle un aire nuevo.
Es imposible aburrirse cuando todo esto es tu despacho.
Al atardecer, la luz se filtra por las ventanas y se refleja en el agua, sumiendo a esta extraña y maravillosa ciudad en un etéreo resplandor.
En días como este, tengo claro que no hay un lugar más bonito en el mundo.
La vida aquí es muy diferente, no solo en esta parte del planeta, sino en esta ciudad en concreto, algo que va más allá del sistema métrico, el transporte público y el clima.
A pesar de lo extraño que todo esto me podía parecer hace unos meses, por fin siento que pertenezco a este lugar.
A lo mejor Iulia se refería a eso cuando me dijo que muchos extranjeros se quedan aquí para siempre.
Hay una sensación de libertad en el agua que no estoy segura de haber sentido nunca en tierra, pero sin duda esto no es ese «algo grande» que he estado buscando.
A menos que ese «algo grande» me pareciera tan inalcanzable que me resigné a la mediocridad desde el principio, y ahora ya no sé cómo apartarme de ella.
Pienso en lo que vendrá después de este matrimonio, cuando haya conseguido un trabajo estable y haya demostrado a todos los que están en mi país que no solo puedo tener éxito aquí, sino también prosperar.
Y no puedo evitar preguntarme por qué la única persona a la que nunca he intentado demostrar nada es a mí misma.
Mi próxima entrevista de trabajo es dentro de unos días, y viendo cómo va menguando el saldo de mi cuenta corriente, no puedo rechazarla.
Recorro las estrechas callejuelas en Pequeño Diablo hasta que ya no puedo evitar las calles más transitadas.
Descubro que esperar a que se disperse un grupo de turistas no es tan aterrador como pensaba. Sobre todo si toco el timbre.
Cuando aparco la bici delante del edificio y le pongo el candado, tengo que resistirme a pulsar el mando, como si fuera a cerrar un coche.
La entrevista no es con una empresa emergente, sino con una empresa de renombre que no sabía que tenía una oficina aquí.
Haría lo mismo que en Los Ángeles, solo que para un competidor y en otro continente.
Eso debería reconfortarme, ¿no? Si el vestíbulo parece un poco frío, es solo porque todo el mundo está ya encerrado en sus oficinas.
«Mantén la mente abierta», me digo mientras me aliso los pantalones. «No eres especial solo porque no te guste la idea de trabajar en una oficina».
—Danika, hola —dice el entrevistador cuando me recibe en la recepción, un estadounidense llamado Todd—. Estamos muy contentos de tenerte aquí. Pasa, pasa.
Durante la siguiente media hora, en la que la frase «principios básicos» se repite al menos tres veces, recito respuestas prefabricadas sobre mis dotes de liderazgo y mis puntos fuertes.
—Uno de los principales atractivos para la gente es que aquí servimos el almuerzo todos los días —dice Todd, que parece entusiasmado con esto—. Hay muchas opciones sin gluten y vegetarianas. ¡Queremos que este sea un lugar divertido y agradable!
—Genial. Me encanta el almuerzo —digo, y aunque no tiene ninguna gracia, él se ríe.
Incluso tengo la oportunidad de probarlo después de la entrevista, y Todd tiene razón: es un almuerzo estupendo.
Pero no es suficiente. No llena el vacío existencial, no calma esa parte de mí que ansía estar al aire libre, bajo el sol.
He dado por sentado que mi título universitario me cualifica para este tipo de trabajo en concreto, pero incluso Wouter lo supo cuando volvimos a encontrarnos: esta no es mi pasión. Al otro lado del mundo, sigo empeñada en fingir que sí.
No tengo por qué seguir ligada a las expectativas que me inculcaron antes incluso de que supiera contraatacar. Puede que durante todos esos años en los que probé mil cosas, estuviera buscando algo en lo que destacara, cuando podría haber elegido algo que me hiciera feliz.
Eso nunca fue una prioridad, y ahora no entiendo por qué.
—¿Sabes qué? Lo siento mucho —le digo a Todd mientras me acompaña fuera del edificio—. Te agradezco mucho tu tiempo, pero no sé si esto es lo adecuado para mí.
Él me mira boquiabierto.
—No creo que me haya pasado antes, pero está bien. Me alegro de que lo hayas descubierto pronto.
—Espero no haberte hecho perder mucho tiempo. Gracias por la oportunidad.
Me da un apretón de manos enérgico.
—Y yo espero que encuentres lo que buscas.
Ya me estoy desabrochando la agobiante chaqueta mientras voy a por mi bici.
Acto seguido, pedaleo más rápido que nunca, impulsada por una falsa sensación de urgencia, porque ¿y si ese trabajo ya no está disponible?
¿Y si han encontrado a otra persona? La verdad es que…
puede que lo desee más de lo que he deseado nada en mucho tiempo.
—Hola —digo, sin aliento, irrumpiendo en la oficina de Dam Fine Boat Tours.
Iulia está en un largo escritorio con un par de compañeros de trabajo, y todos se giran para mirarme.
—Dani, hola —dice—. ¿Qué tal?
Me llevo una mano al pecho mientras intento recuperar el aliento.
—¿Todavía buscáis a alguien?