Lo que pasa en Ámsterdam Veintiuno
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Veintiuno

—Te voy a hacer una pregunta muy seria —dice mi hermana, y yo me enderezo un poco más en la silla, preparándome para un interrogatorio—. ¿Está bueno o solo es alto?

—Las dos cosas. Y ahí está el problema.

Estamos en una cafetería en De Pijp, no muy lejos de mi primer apartamento, que, como vi cuando se lo señalé, habían tapiado.

Me alegro tantísimo de verla que no puedo dejar de tocarla, como si necesitara asegurarme de que es de carne y hueso.

Apoyé la cabeza en su hombro cuando volví en tren con Maya y con ella desde el aeropuerto; me cogí de su brazo mientras caminábamos por las calles, y ahora mismo tengo una mano en su codo.

Hoy lleva su indestructible chaqueta de retales, su oscuro cabello recogido en su desgreñado moño de siempre, e incluso ha rescatado la pulsera que le hice hace años, durante mi breve etapa de joyera, con sus cuentas cuadradas de madera.

Podría llorar al darme cuenta de lo familiares que me son estos detalles, y por el alivio que me produce que no haya cambiado de forma radical desde que me fui.

Resulta un tanto surrealista ver a mi hermana con las casas de los canales de Ámsterdam al fondo. La fusión de mis dos vidas.

Maya vuelve a nuestra mesa con una bandeja de pasteles.

Todavía me estoy acostumbrando a verla tan embarazada, con un vestido de corte imperio que resalta su barriga de seis meses y los rizos castaños cayéndole por la espalda.

Es un recordatorio visual impactante de todo lo que me he perdido desde que me mudé aquí.

No pude contenerme; lo solté todo de golpe en cuanto se acomodaron un poco, en un hotel a un par de manzanas del Prinsengracht, después de conocer a Wouter y a George y confirmar que mi casa actual está lejos de ser una mazmorra.

Cuando Phoebe volvió a ver a Wouter, soltó el bolso, boquiabierta, y le dio un fuerte abrazo. Luego, una vez que recogió su bolso, le golpeó con suavidad con él.

—Tenía que hacerlo —dijo, encogiéndose de hombros—. Por la ruptura. Lealtad entre hermanas.

Él asintió con cara seria.

—Lo entiendo. Me lo merecía.

Luego le hizo cien preguntas sobre su librería y ella le hizo otras tantas sobre su vida aquí en Ámsterdam. La clase de conversación para ponerse al día de trece años si verse con la que me he familiarizado.

Maya le da un mordisco a un koffiebroodje , un bollo dulce salpicado de pasas, y cierra los ojos por un momento.

—¿Todos los pasteles aquí son tan buenos? Porque creo que unos cuantos más me curarían el jet lag .

—Por desgracia, sí —digo mientras cojo un pain au chocolat .

Phoebe apoya la mano en el respaldo de la silla de Maya mientras se toma su segundo expreso del día—.

Si por fin todo está claro entre vosotros dos, el sexo es fantástico y os gusta pasar tiempo juntos…

¿qué es lo que os frena? —pregunta, frunciendo el ceño, confusa—. Perdona, ¿me estoy perdiendo algo?

Me pongo roja al recordar que me subió a la encimera de la cocina hace unos días antes de ponerse de rodillas. Y luego me arrastró al balcón y me pidió que no hiciera ruido.

—No he venido aquí solo para que un hombre me salve —digo, pegando otro par de bocados de pastel—. Por no mencionar que su familia no querrá volver a verme cuando descubran la verdad.

Eso me deja un sabor amargo en la boca. No lo había pensado de esa manera, pero es la verdad, ¿no? En cuanto nos divorciemos, Roos, su madre y su abuela no solo desaparecerán de mi vida, sino que incluso podrían verme como la villana de la película.

—Supongo que eso hace que sea un poco más complicado que el típico romance prohibido de adolescentes que acaba en un matrimonio para conseguir la tarjeta de residencia —admite Phoebe, y se lo agradezco, porque por mucho que a veces haya ansiado su consejo, ahora mismo lo único que quiero es superar esta boda sin que la ansiedad me devore.

—¿Cómo va la habitación del bebé? —pregunto.

—Aún no está terminada. —Dado que es diseñadora de interiores, Maya se está esforzando al máximo, utilizando tantos materiales de segunda mano como puede—.

Es una temática literaria, y un amigo nos está haciendo un mural increíble que combina algunos de los clásicos infantiles: Buenas noches, Luna , Corduroy , La pequeña oruga glotona …

—Queremos que salga en Baby Architectural Digest o nada —dice Phoebe.

—Me muero por verla —digo, dándome cuenta con un nudo en la garganta de que la primera vez que la vea, puede que sea a través de la pantalla de un teléfono.

El Día del Rey se celebra a finales de abril en honor al cumpleaños del monarca, pero en realidad es más bien una excusa para celebrar una fiesta en todo el país.

Casi todo el mundo tiene el día libre, las tiendas están cerradas y se empieza a beber temprano y se sigue hasta tarde. Durante los últimos días, la ciudad ha instalado urinarios públicos extra, y se nota en el aire.

En la calle, todo está teñido de naranja, el color nacional de los Países Bajos.

Maya decidió tomárselo con calma, así que Wouter y yo nos reunimos con Roos y Phoebe en el Prinsengracht.

Roos abraza a mi hermana y nos coloca boas de plumas naranjas alrededor del cuello a juego con las gafas de sol baratas que Wouter y yo ya habíamos comprado en HEMA a principios de semana.

Nos abrimos paso entre la multitud, y Phoebe se queda boquiabierta cada vez que doblamos una esquina.

Las calles están cubiertas de mantas con baratijas ( vrijmarkten , mercados libres) porque este es el único día del año en que los rastrillos de segunda mano son legales.

Hay un hombre que dirige a un grupo que está bailando La Macarena .

Una mujer con cables enrollados por todo el cuerpo sostiene un cartel que en el que pone cargador de teléfono móvil.

De vez en cuando nos topamos con calles tan abarrotadas que no podemos cruzarlas con facilidad, así que no nos queda más remedio que bailar al ritmo de cualquier tema electrónico que suene a todo volumen por la ventana abierta de alguien.

Phoebe me agarra de los brazos y echa la cabeza hacia atrás mientras la multitud se mueve con nosotros.

—¡Esto es una locura! —grita—. ¡Me encanta!

Cuando pasamos junto a varias personas con el pelo teñido de naranja, le alboroto el cabello a Wouter.

—¿Dónde está tu orgullo nacional?

—No sé si mi pelo sobreviviría a los productos químicos —responde, riendo. Me pone la mano en la espalda y me guía entre la marea de camisetas naranjas y caras pintadas.

«Podemos seguir casados todo el tiempo que necesites —me dijo ayer después de una mañana intensa en la cama, y todo porque me fijé en que se le marcaban los antebrazos mientras preparaba el té y no pude resistirme.

Al parecer, preparar té es ahora para mí un juego previo—.

Lo que está pasando aquí… no tiene por qué cambiar nada».

Por supuesto, eso me alivió un poco. Un año era el plazo que habíamos establecido al principio, pero ahora que han pasado dos meses desde que firmamos los papeles y él es propietario de su casa, de repente un año no me parece tanto tiempo.

Cuando llegamos al muelle de Dam Fine, parece que todo el mundo ha tenido la misma idea: los canales están llenos de barcos, sus pasajeros cantan en neerlandés y en inglés, y llueve el confeti naranja.

Aunque el alcohol corre sin control, también hay una innegable sensación de bienestar. Una energía contagiosa.

—Así que siempre coincide con el cumpleaños del rey, el veintisiete de abril —digo cuando zarpamos. Iulia está en la proa del barco con su gorra de capitana; Wouter está a mi lado y mi hermana al otro, junto con Sanne, Bilal y un par de amigos de Roos—. Pero… no siempre ha sido rey, ¿verdad?

Sanne sacude la cabeza y un poco de purpurina naranja se esparce por la cubierta del barco.

—Antes era el Día de la Reina. La reina Beatriz, que fue la soberana antes que Willem-Alexander, lo celebraba el treinta de abril porque era el cumpleaños de su madre.

Ella nació a finales de enero, así que habría sido un Día de la Reina bastante triste.

—Entonces se interrumpe, riendo—. El año en que se cambió al Día del Rey, un montón de turistas vinieron a celebrar la fiesta el día treinta, aunque ya era el veintisiete.

—La verdad es que fue muy divertido —dice Bilal—. No se enteraron de nada. —Luego ofrece a todos una caja de tompouce , un dulce tradicional neerlandés con glaseado de naranja para el Día del Rey, por supuesto. Es pequeño y rectangular, con dos capas de hojaldre y crema en el medio.

— ¡Super lekker! —digo al darle un mordisco, acompañándolo con el gesto que aprendí en clase de neerlandés: una mano al lado de la cara, moviéndola de un lado a otro.

—¡El gesto lekker ! —exclama Roos con tanto entusiasmo que casi arroja sus gafas de sol naranjas al canal—. Qué orgullosa estoy. Se arrima a Iulia en la proa del barco, haciéndose selfis y robándole la gorra de capitana.

La mirada de Phoebe se desvía del caos de los canales y vuelve a posarse en Wouter y en mí.

—Dios, todo esto es rarísimo. Ámsterdam, vosotros dos…, todo.

Le doy un suave codazo.

—Eso mismo llevo diciendo yo desde hace meses.

Wouter me rodea la cintura con el brazo y me sienta en su regazo.

—Al principio sí que fue raro —dice—. Pero ahora… tenerla aquí es genial.

Entrelazo mis dedos con los suyos mientras él apoya la barbilla en mi hombro.

Antes este tipo de gesto haría que el pánico se apoderara de mi corazón, pero hoy solo me produce una sensación de calidez en el pecho.

No es necesario que finjamos, no delante de mi hermana ni cuando todos los demás en el barco están a lo suyo, pero la forma en que me abraza ahora me parece diferente.

Real.

Casi aterradoramente real, y aun así no me aparto.

—Creo que me estoy formando una imagen muy concreta de Ámsterdam —dice Phoebe al grupo—. Dani no para de decir que no siempre es así, pero…