Lo que pasa en Ámsterdam Veinte #2
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Veinte #2

Nos envolvemos en las toallas solo lo suficiente para asegurarnos de que no estamos goteando agua por todas partes.

Me vuelve a coger en brazos, un par de pasos húmedos hasta su habitación, la parte de la casa en la que casi nunca he estado, pero apenas tengo tiempo para fijarme en los detalles…

, porque George está acurrucado en medio de la cama, mirándonos fijamente.

Dejo escapar un grito de sorpresa mientras Wouter se ríe y me deja suavemente en la cama.

—Lo siento, amigo —dice, y el perro sale corriendo de la habitación. Está claro que no sabe qué está pasando, aunque intuye que es mejor no estar ahí para verlo.

—Se lo compensaremos con un largo paseo más tarde —digo justo antes de que mi espalda toque el colchón.

Hay algo distinto en su forma de abrazarme.

Me da un beso lánguido en el tobillo, en la pantorrilla, en la parte interior de la rodilla.

La urgencia nos dominaba la primera vez.

Ahora, aunque ya se ha hecho de noche, enciendo la lámpara de la mesilla antes de volver a subirme a su regazo y permitirme el placer de verle.

Los ángulos de su pecho, el sendero de vello rubio rojizo.

L as pecas de sus hombros, más densas que en cualquier otra parte.

Su risa vibra debajo de mí, y siento su respiración cuando hundo mi cara contra su pecho y respiro su aroma.

—Llevas un DIU, ¿no? —pregunta, y yo asiento.

Rozo su glande con la mano, sabiendo lo increíble que será sentirlo dentro de mí. Él palpita contra mi palma.

—Quiero sentirte. Sin ninguna barrera entremedio. Nunca lo hemos… —Cuando teníamos diecisiete años, siempre usábamos condón—. Quiero que sea como la primera vez.

—Lo sé —dice en voz queda, casi reverente—. Una segunda primera vez.

Me sujeta las caderas mientras me siento a horcajadas sobre él, tomándome mi tiempo para excitarlo. Con todo el autocontrol que puedo reunir, froto mi sexo contra su pene mientras él suplica con los dientes apretados.

—Te necesito —murmura—. Por favor.

—Bueno, si me lo pides así…

Bajo las caderas hasta el fondo, acogiendo toda su longitud y arrancándole un glorioso gemido. Oh…, su inmediato calor, esa presión exquisita… Me contoneo unas cuantas veces, dejando escapar un suspiro tembloroso. Solo él, nada nos separa mientras me dilata de la forma más excesiva.

—Estar dentro de ti es… de otro mundo. ¡Dios! Creo que podría quedarme aquí para siempre —dice mientras nos movemos juntos. Primero despacio, y luego un poco más rápido. Él aprieta los dientes, como si intentara saborear cada centímetro—. ¿Te gusta?

—Sí. Es increíble. —Exhalamos a la vez, como si fuera un dulce alivio que llevamos semanas buscando. Meses. Me agarra el culo con una mano, rozándome la parte baja de la espalda con las yemas de los dedos, e introduce la otra entre nosotros.

Su mirada es a la vez feroz y tierna.

«Sin complicaciones, sin complicaciones, sin complicaciones», me recuerdo.

Necesito sentirle más dentro, así que elevo las caderas y desciendo de nuevo.

Me llena de un modo que no deja de sorprenderme.

Me encanta verlo así, entregado por completo, dejando que sea yo quien marque el ritmo.

El sudor perla su frente, resbala por su garganta.

Sus músculos se contraen con cada movimiento.

—Es que… eres tan hermoso desde todos los ángulos… —digo—. Como una puñetera escultura de Miguel Ángel o algo así.

Wouter suelta una risa ahogada.

—¿De verdad estás pensando en arte ahora?

Muevo las caderas más deprisa mientras reprimo un jadeo.

—Solo en el más básico. Solo por ti.

Una parte de mí todavía no puede creer que esto esté pasando. Que este sea el mismo chico que me regaló mis primeros orgasmos con sus dedos curiosos y decididos.

Siguen siendo curiosos, y decididos.

Su mano busca de nuevo mis girasoles, y por un segundo parece que quiere decir algo, pero luego cambia de rumbo e invierte las posiciones. Coloca los brazos a cada lado de mis hombres, y yo acojo sus caderas entre mis rodillas. Clavo las uñas en su piel recién duchada.

Apenas tengo tiempo de sentir su ausencia antes de que me llene de nuevo, con unos embates perfectos que me hacen abrir las piernas cada vez más. Arqueo la espalda contra el colchón. Ver ese lugar donde estamos unidos, ese primitivo golpeteo de su cuerpo contra el mío… es casi demasiado.

«Sin complicaciones. Sin complicaciones».

—¿Puedes volver a correrte para mí? —pregunta, lamiéndose los dedos antes de acercarlos de nuevo a mi clítoris. Al darse cuenta del efecto que esas palabras tienen en mí, continúa—: ¿Puedes correrte sobre mi polla?

¡Ay, Dios! Ya casi he llegado. Y por la forma en que se tensa y deja escapar un suspiro entrecortado, veo que él también.

—No te contengas —le suplico. En el pasado no podíamos gritar, pero ahora nada nos lo impide—. Quiero oírlo todo.

En el momento en que por fin se deja llevar, con su rostro iluminado por la luz dorada de la lámpara y el más puro éxtasis reflejado en él…, eso sí es una obra de arte.