Veinte
Calados de arriba abajo, recorremos el pasillo a trompicones rumbo a la ducha.
Antes de que lleguemos, sus manos me agarran, me inmovilizan contra la pared y me alzan las piernas alrededor de sus caderas para poder besarme el cuello, la clavícula, el pecho por encima de mi camiseta transparente.
Soy adicta a su voracidad, porque yo también la siento, esa electricidad que palpita entre nosotros mientras le agarro el pelo y gimo en su oído.
El regreso a casa fue una pequeña odisea; el agua y el barro me salpicaban las piernas y he acabado empapada de pies a cabeza, pero no me importa.
Le pusimos el candado a las bicis y subimos las escaleras entre risas, chorreando agua, y nos hemos descalzado en la puerta de entrada.
George nos estaba esperando, así que le dimos unas caricias y una golosina.
Ya en el baño, Wouter abre el grifo de la ducha y se toma su tiempo para desvestirme delante del espejo mientras esperamos a que se caliente el agua, con la ropa mojada pegada a la piel húmeda.
«Follarme a mi mujer. Follarme a mi mujer. Follarme a mi mujer».
Las palabras se repiten de forma obscena en mi cabeza.
Se coloca detrás de mí, apartándome el pelo del cuello mientras me besa ahí, al principio con dulzura y luego con tanta fuerza que me deja marca.
Pasa una mano por mi cintura y acaricia con el pulgar los pétalos del girasol de mi cadera.
Me aprieto contra él cuando su erección roza el centro de mi espalda.
—Me encantas así —murmura. Desliza un dedo por mi mandíbula, hacia mi mejilla. No evita tocar mi marca de nacimiento, y me doy cuenta de que, sin tan siquiera quererlo, he estado ladeando un poco la cabeza hacia la izquierda.
—¿Desnuda? —pregunto, riendo, y aparece un hoyuelo cuando él sonríe.
—Sí, pero… en este preciso momento. Sonrosada y tan hermosa. Puedo ver el deseo en tu rostro.
Llevo la mano a la espalda para rodear su pene con los dedos.
—Y yo puedo sentir el tuyo aquí mismo.
Contemplo nuestra imagen en el espejo; veo su sonrisa transformarse en un gemido, con los ojos cerrados mientras lo acaricio. En respuesta, me acaricia el pecho, me masajea el pezón como si supiera que esa es la forma más rápida de excitarme.
Tal vez así volvemos a establecer un límite. El sexo no implica compromiso. El sexo no requiere sentimientos.
Y, cuando consiga un contrato de trabajo, ya no tendremos ninguna obligación el uno con el otro.
Me da la vuelta y entramos en la ducha, con nuestras bocas fundidas en una sola. Por un momento, no estoy muy segura de si pretende que nos duchemos, hasta que coge una pastilla de jabón.
Lo desliza por mi piel y yo dejo que mi mente desconecte para centrarme solo en él mientras enjabona los brazos, el cuello, el estómago. El agua caliente golpea mi espalda, arrastrando la suciedad. Me entra en la boca, porque estoy sonriendo de oreja a oreja mientras él me enjabona los pechos.
Cuando me pasa la pastilla de jabón, empiezo por sus tobillos.
Subo por sus pantorrillas, por sus rodillas.
Su polla está erecta y no puedo resistirme a prodigarle algunas caricias más.
Dios, qué expresivo es. Puede que sea lo que más me gusta de él: que cada caricia provoca una reacción.
Esta vez, él levanta la mano para dar un golpe en la pared.
Subo despacio por su abdomen, descubriendo dónde tiene cosquillas, que resulta ser en todas partes. Wouter se resiste a reír mientras le paso agua jabonosa por los abdominales, luego me agarra por la cintura y se inclina para darme un beso, como si creyera que así va a distraerme.
Y lo consigue, claro que lo consigue.
—Agáchate un poco —me quejo, mientras él se agacha de forma obediente para que le enjabone los brazos y los hombros. Es un delito lo sexi que está así, con el pelo revuelto y la espuma chorreándole por el cuerpo.
Me lanza una sonrisa burlona.
—Me parece que yo no te he pedido que te estires.
Me doy cuenta de que no solo tiene un tatuaje.
Hay otro, un remolino de números romanos en la parte posterior de la pantorrilla: una fecha.
Y el que solo pude ver de refilón la última vez, dibujado con delicada tinta negra justo encima del omóplato.
Pequeñas hojas y pétalos anchos y planos, con un centro oscuro.
Una amapola.
La flor del Estado de California.
Siento que se me forma un nudo en la garganta. Tiene que ser una coincidencia. O puede que yo no sepa nada de flores y que signifique otra cosa. Sí, eso es lo más probable.
Antes de que pueda darle más vueltas, Wouter abre mi botella de champú. Me hace señas para que me acerque y cierro los ojos, dejando que masajee mi cabello y mi cuero cabelludo con movimientos circulares suaves, relajantes…
Demasiado tiernos.
Abro los ojos de golpe y tengo que parpadear para quitarme el jabón, limpiándolos incluso cuando me pican.
—Lo que has dicho en el parque —digo, deseosa de recuperar el tono desenfadado—. Justo antes de irnos. Me gusta… cuando me hablas así.
Una pausada y pícara sonrisa se dibuja en su rostro.
—¿Que quería follarme a mi mujer?
Dios, este hombre va a hacer que pierda la cabeza.
—Sí. Eso.
Wouter vuelve a estrecharme en sus brazos y me empuja contra la pared de la ducha.
—Verte correrte una sola vez no fue suficiente —dice, y luego desliza la lengua por mi cuello mientras yo le agarro el pelo—.
Joder, Dani. Es precioso ver cómo te corres.
Verte perder el control y morderte el labio como si intentaras contenerte, hasta que ya no puedes más.
Y los sonidos que haces… —Mientras habla, desliza un dedo entre mis muslos y no me avergüenza en absoluto lo rápido que encuentra un ritmo suave y tortuoso—. Todos los sonidos que haces.
Un grito se escapa de mi garganta. Su mirada brilla con picardía mientras se arrodilla para empezar a besarme las piernas. Es una imagen tan hermosa, él arrodillado delante de mí. Es un privilegio verlo tan vulnerable.
—La de veces que he imaginado tus piernas alrededor de mi cuello… —continúa, y me agarra los muslos. Los besa con la boca abierta.
No puedo evitar soltar un gemido mientras emprende un húmedo y caliente sendero por el muslo, acercándose a donde más lo deseo.
Me sujeta con firmeza mientras me separa las piernas.
—Dime qué más te gusta. ¿De qué otra forma quiere mi mujer que me la folle?
Las partes de mí que aún tienen aliento balbucean una respuesta:
—Me gusta… —De repente, me cuesta articular las palabras. Nadie me había preguntado esto antes, todos daban por sentado que lo que hacían funcionaba con todas por igual, y yo me retorcía lo suficiente como para que se lo creyeran.
—Todo lo que hiciste la última vez.
Dibuja una línea con la yema del dedo siguiendo las pecas de mi cadera.
—Tiene que haber algo más.
Lo hay. Por supuesto que lo hay.
—Si me lames mientras tienes el dedo dentro de mí, eso… me gusta. Y también… —Trago saliva con dificultad, preguntándome hasta dónde puedo llegar—. Puedes meterme un dedo en el culo. Si quieres.
Wouter pierde la calma un instante, como si esto fuera inesperado. Pero no oculta lo mucho que le excita, y me agarra el culo con las manos.
—¡Dios! Sí, claro que quiero.
Su respuesta es un alivio instantáneo.
Me coloca una pierna sobre su hombro, ayudándose de la pared para que no pierda el equilibrio.
Al principio no me siento del todo segura, pero me agarra con tanta firmeza que hace que confíe en él.
Estoy completamente desnuda ante él, en cuerpo y en alma, después de lo que acabo de pedirle, y sin embargo nunca me he sentido más a salvo.
Empieza despacio, muy despacio, rozando mis labios con la lengua. Provocándome. La última vez descubrió todos los lugares en los que soy más sensible y parece que los recuerda todos. Me folla con el dedo, con lánguidos movimientos que arrancan obscenidades de mi boca.
Después aumenta el ritmo. Añade otro dedo. Aunque me tiemblan los muslos, él me mantiene erguida. Estoy a merced de su lengua mientras lame ese sensible brote de nervios. Joder, no voy a aguantar mucho, pero él está haciendo todo lo posible por dilatarlo.
De vez en cuando, me da un golpecito en el clítoris con la lengua o me lo roza con el dedo, pero sabe que no debe prestarle demasiada atención tan pronto.
Y aunque se lo he pedido, no estoy preparada cuando moja un dedo en mi humedad y se lanza a por mi culo.
Ese roce, ese único y suave roce que solo debe durar un par de segundos, como si quisiera asegurarse de hacerlo bien antes de continuar, dispara todas mis terminaciones nerviosas.
Es como si me hubiera metido la mano en el pecho y hubiera dado un tirón.
Le agarro el pelo con tanta fuerza que me preocupa hacerle daño.
Me mira con ojos febriles.
—¿Así?
«Sí —intento decirle. Eres increíble. Eres perfecto». Pero el único sonido que sale de mi boca es un gemido ahogado.
—Buena chica —dice, y luego lo vuelve a hacer, compaginando esa suave caricia con otra más ferviente de su lengua a mi clítoris—. Muy bien, preciosa. Sigue gimiendo así para mí.
Es demasiado. Demasiado bueno. Soy plastilina en sus manos, sintiéndome de alguna manera ingrávida apoyada en sus hombros, con la espalda contra la pared de la ducha.
El placer va aumentando en lo más profundo de mis entrañas, y no puedo mirar su rostro entre mis muslos o sé que estallaré.
Pero estallo de todos modos: las estrellas estallan detrás de mis ojos y todo mi cuerpo se relaja.
Me derrumbo contra él, sin elegancia, pero él me sostiene. Me sostiene.
Cuando por fin bajo la mirada mientras él me ayuda a ponerme de pie, Wouter está sonriendo. Tiene las pupilas dilatadas y la boca húmeda. La viva estampa de la satisfacción.
—A la cama —digo con voz ronca—. Ahora.