Lo que pasa en Ámsterdam Diecinueve #2
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Diecinueve #2

—Todos tenían lo suyo —repone Wouter, inclinándose para darme con el codo en el hombro.

Luego vuelve a ponerse serio—. Ahora ya entiendes por qué llevaba tanto sin salir con nadie.

A veces incluso me pregunto si sería buena pareja.

En realidad —dice, tocando mi anillo con el dedo índice—, mi familia y mi trabajo han sido todo mi mundo durante mucho tiempo.

No había espacio para nada más: ni hobbies , ni viajes ni diversión.

Ser práctico, tener los pies en la tierra y estar disponible eran los pilares fundamentales de mi vida.

Ya te conté por qué quería conservar la casa, aunque se esté cayendo a pedazos.

Me imaginaba a mis padres envejeciendo allí, y a mí llevando a mis hijos a visitarlos.

Por supuesto, eso ya ha cambiado, y ahora deseo con todas mis fuerzas criar a mis hijos en el lugar que tanto amo.

—Hace otra pausa—. Puede que ese sea el problema. A lo mejor lo deseo demasiado.

Pienso en lo que dijo su madre sobre esa necesidad suya de sentirse útil. Después de cuidar de su padre durante tanto tiempo, cuando él falleció, no supo cómo cuidar de sí mismo.

Tengo la garganta seca cuando vuelvo a hablar.

—No tengo la más mínima duda de que serás una pareja fenomenal. Para…, para la persona adecuada.

Él asiente despacio: ojalá pudiera explicar por qué eso me parte el corazón en dos.

—Por si sirve de algo —continúo—, no creo que quieras demasiado. En absoluto. —Porque la verdad es que se lo merece todo, y la mujer que se lo dé va a ser muy afortunada—. Y… no sé cómo preguntártelo con delicadeza, pero ¿estás bien?

—Estuve yendo a terapia un tiempo después de que falleciera mi padre. Solo necesitaba hablar con alguien que fuera amable conmigo y que me ayudara a ser más amable conmigo mismo.

—Yo también he ido a terapia. No es que esté diciendo que mis problemas se acerquen ni por asomo a los tuyos, claro —suelto rápido y sin pensar.

Él frunce el ceño y, por un momento, temo haber elegido el peor momento para compartirlo.

—¿Por qué tendría que ser una competición?

—No lo es. Es solo que… —Respiro hondo, de forma un tanto temblorosa.

No tenía pensado contarle nada de esto, ni ahora ni quizá nunca.

Pero ahora ya está dicho, y él ya ha compartido mucho conmigo—.

Tuve una pequeña crisis nerviosa. Hace unos cuatro años.

—La forma en que me mira no me hace sentir como si hubiera un foco sobre mí, como si estuviera en un escenario confesando esto mientras el sudor me gotea por la espalda.

Aquí no hay presión—. Estaba más o menos en la misma situación en la que estoy ahora: sin novio, con un trabajo que no me llenaba, y todos los demás estaban haciendo cosas estupendas, casándose y teniendo hijos, y yo…

sentía que me había quedado muy atrás. Que jamás podría llegar a su nivel.

Siempre he cargado con eso: el miedo a no alcanzar todo mi potencial.

Bueno…, tú ya conoces toda la historia de mi nacimiento.

Él asiente, porque conoce los hechos básicos.

—Fue muy traumático para todos vosotros. Recuerdo las fotos que me enseñó tu familia. Las noticias.

—Dios, esas noticias. No podía evitar sentir que tenía que hacer algo bueno, algo importante, solo porque había sobrevivido.

Era un «bebé milagro» y, por lo tanto, tenía que salir al mundo y hacer algo extraordinario.

Y mis padres… Sé que tenían buenas intenciones, pero me tenían en una burbuja, como si un simple corte con un papel fuera una emergencia nacional.

—Me cuesta respirar, el pecho me duele un poco.

«Cuatro. Siete. Ocho» . Al decirlo en voz alta, nada de eso parece justificar mi ingreso en el hospital ni las pastillas que hay en el cajón de mi mesita de noche.

¿Cómo puede algo que ocurrió únicamente en mi cabeza compararse con todo lo que él acaba de confesar?

¿Con las cosas horribles por las que ha pasado?

Soy una puñetera idiota, me avergüenza haber sacado el tema.

Con mano temblorosa, oculto mis ojos de los suyos—.

Todo me superó. Estuve ingresada dos semanas, recibiendo terapia, intentando recuperar la estabilidad y dar con la medicación adecuada.

En realidad, fue la mejor decisión en ese momento.

Los ojos de Wouter están llenos de una emoción que creo que nunca le había visto. Compasión, aunque inmerecida.

—Lo siento mucho, lief —dice con suavidad, amoldando la mano sobre mi rodilla—. Ojalá no hubieras tenido que pasar por nada de eso, pero me alegro mucho de que recibieras ayuda.

—Fue una experiencia positiva —digo con sinceridad—. Estoy agradecida de haber podido hacerlo. Pero a veces, incluso ahora, pienso… ¿qué derecho tengo a estar deprimida?

—El mismo derecho que cualquier otra persona —aduce—. No tienes por qué sentir vergüenza por pedir lo que necesitabas.

—Pero, sobre el papel, mi vida no tenía nada de malo. Y aun así no conseguía ser feliz.

—Tomaste las riendas y priorizaste tus necesidades. No tienes nada de qué avergonzarte; al contrario, deberías sentirte… —Busca la palabra adecuada, acariciando mis vaqueros con las yemas de los dedos—. Fuerte. Eso es lo que siempre pienso cuando te miro.

Suena tan ridículo que tengo que contener la risa.

—¿Fuerte? ¿Yo, una mujer de treinta años que está aprendiendo a montar en una bicicleta infantil?

—Sí —insiste, y su convicción me invade y hace que quiera creerle—. Siempre has sido valiente. Desde que eras un bebé…, eres una auténtica luchadora. Te viniste a vivir aquí sin saber qué te esperaba, sin conocer a nadie, sin un plan B. Te lanzaste, sin más.

—Pero tú hiciste lo mismo.

—No es comparable. Yo no tenía que preocuparme por el dinero, por el trabajo, ni por dónde iba a vivir —aduce, con una sonrisa torcida—. Aunque quizá sí que debería haberme preocupado por cómo iba a mantener la compostura viviendo bajo el mismo techo que tú.

—¡Venga ya! Estabas tan tranquilo que me llevó mucho tiempo darme cuenta de que yo también te gustaba.

Wouter se lleva una mano al corazón, fingiendo sorpresa.

—¿Tranquilo, yo? A los diecisiete años no sabía lo que significaba esa palabra. —Su mano busca la mía, recorre mis nudillos y sube despacio por mi muñeca—. Aquello fue algo especial, ¿verdad? Compartir todas esas primeras experiencias.

—A veces a trompicones —digo, con todos mis sentidos puestos en el movimiento de sus dedos—.

Como la vez que estábamos tonteando en mi coche y te golpeaste la cabeza con el techo.

Estaba tan preocupada de que tuvieras una conmoción cerebral, aunque no tenías ningún síntoma, que iba a explicarles a mis padres que te habías golpeado al intentar quitarme el sujetador con los dientes.

—Qué poco fino fui —dice. Sus ojos color avellana se suavizan y le salen unas arruguitas en la zona de los rabillos—. Pero aun así paraste en una tienda de comestibles para comprar una bolsa de guisantes congelados.

Nos sentamos en un parque como este hasta la hora del toque de queda, con la cabeza de Wouter en mi regazo y yo sujetando la bolsa de hielo improvisada sobre su frente, buscando un bulto fantasma.

—Creo que se me durmió la mano —digo riendo. Nunca pensé que tendría la oportunidad de recordar este tipo de cosas con él, y de algún modo está curando algo dentro de mí que no sabía que necesitaba cerrar.

—Es cierto que tuvimos algún que otro desastre, pero me gusta pensar que lo arreglamos.

Y lo hicimos, ¿verdad? Durante un tiempo, tuvimos algo muy preciado. Tal vez terminó con una ruptura dolorosa, pero los recuerdos siguen ahí, y ahora que por fin sé la verdad sobre la ruptura, todo se ve con una luz más optimista.

Wouter me pone la mano en el hombro y juguetea con las puntas de mi cabello.

Me inclino hacia él, sin pensar demasiado, aceptando este sencillo y tierno gesto con naturalidad.

Ahora que puede expresar con libertad lo que siente, está dejando salir todo lo que había guardado dentro.

Cierro los ojos, disfrutando de la sensación, perdida en mis pensamientos mientras este maravilloso hombre pasa los dedos por mi cabello.

En muchos sentidos, sigo sin saber qué hago aquí. Vine a buscar un nuevo trabajo, pero no me veo atrapada en otra de esas grises oficinas. No sé lo que quiero, pero sí sé que no es eso.

Él lo llamó «desgaste laboral» en el Museo STRAAT, y a mí me sonó algo lejano, raro.

Creía que para llegar a ese punto hacía falta tener una trayectoria profesional ya consolidada, que se necesitaba cierta pasión, y yo apenas tenía unas pocas chispas.

Pero quizá no se equivocaba: entre el empleo que no me llenaba y el constante deseo de algo más, mi agotamiento absoluto y mi paso por el hospital psiquiátrico…

, todo apuntaba a algo que solo ahora empiezo a ver.

—Supongo que siento que nunca he encontrado mi lugar. Soy una eterna flor tardía —digo, mirándole—. ¿Hay alguna expresión similar en neerlandés?

—Sí, es la misma. Laatbloeier . —Medita un segundo antes de añadir—: Te entiendo.

No sé si soy demasiado mayor para mi cuerpo o si yo también soy una laatbloeier .

O tal vez florecí, pero no de la manera correcta.

No de una manera que le hubiera encantado a mi yo más joven, el yo que conociste en Los Ángeles. Al menos eso creo.

—Pues cambia —digo, como si fuera tan fácil. Como si a mí no me hubiera hecho falta cruzar el mundo para descubrir que podía hacerlo—. No es demasiado tarde. Te lo prometo.

Solo ahora que entre nosotros se ha instalado un cómodo silencio, caigo en la cuenta de que me ha llamado « lief » sin que hubiera nadie más cerca. Lo busqué después de Culemborg. Significa «cariño», «mi amor».

Han empezado a caer algunas gotas sueltas y la gente a nuestro alrededor está empezando a recoger sus cosas.

No estoy acostumbrada a mostrar mis inseguridades de esta manera.

Ni siquiera Jace sabía mucho sobre mi ingreso en el hospital ni de la ansiedad que arrastro por el hecho de ser un bebé milagro.

Dijimos que esto iba a ser algo informal, pero eso no justifica todas las verdades que ya le he contado. Todas las cosas que nunca he podido compartir con nadie más.

Entrecierro los ojos y levanto la vista hacia el encapotado cielo.

—¿Volvemos a las bicicletas o…?

En ese instante, el cielo se abre y se descarga una lluvia torrencial como jamás había visto.

La gente grita mientras recoge sus pertenencias y corre a buscar refugio. Nos levantamos de golpe, y Wouter recoge la manta y la mete en su mochila.

—¿Te parece bien que volvamos en bici bajo la lluvia?

El suelo está empapado bajo mis pies, y aunque ya estoy mojada, no tengo prisa por irme.

Levanto el rostro hacia el cielo y dejo que la lluvia me empape.

—¿Esperamos un minuto? —le pregunto, y él se ríe.

Ya tiene el cabello pegado a la cabeza y esa imagen hace que me entren unas ganas locas se trazar con la lengua un camino desde la oquedad de su garganta hasta su ombligo.

Las gotas se acumulan en sus gafas, pero aun así puedo ver que me está mirando.

El aguacero ha hecho que mi fina camiseta se vuelva transparente.

El descarnado anhelo que transmite su expresión es suficiente para desarmarme. No puedo resistirme: me aplasto contra él, levantando la cabeza para llegar a sus labios.

No creo que sea el cierre de un capítulo. Es otra cosa, algo más aterrador, y aun así no puedo evitar lanzarme a ello de cabeza.

Su boca está húmeda y ávida. Si tiemblo, no sé si es por la lluvia o por él, por la forma en que estrecha mi cuerpo empapado contra el suyo, por el rugido de su garganta, que resuena como un trueno.

No puedo ver nada con la lluvia resbalando por mi cara, pero no importa. Lo único que necesito es sentir.

No sé cuánto tiempo me besa allí, con urgencia y sin miedo.

—¿Qué me dices? —pregunto cuando la lluvia empieza a amainar. Él sigue sujetándome por la cintura, y los dos estamos sin aliento—. ¿Seguimos en bici o…?». Engancho el pulgar en una de las presillas de su cinturón, esperando que entienda lo que quieren dejar implícito esos puntos suspensivos.

Él sacude la cabeza y esboza una sonrisa torcida.

—Lo que quiero ahora mismo —dice, con los dedos extendidos sobre mis caderas— es ir a casa y follarme a mi mujer.