Lo que pasa en Ámsterdam Diecinueve
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Diecinueve

El chico de la quinta tienda de bicicletas me da un repaso visual y entrecierra los ojos.

—¿Busca una bicicleta para adultos?

—Puede que una con un cuadro de menos de cincuenta centímetros —dice Wouter.

El dependiente hace una mueca exagerada al oír eso.

—Algo tan pequeño… Me temo que solo tengo modelos para niños.

—¿Puedo verlos? —pregunto, y el chico desaparece en la trastienda.

Anoche, al volver tarde de clase de neerlandés después de perder mi tranvía habitual por un desvío por obras, Wouter estaba en el sofá leyendo, con George acurrucado a su lado.

—Sería mucho más fácil si pudiera ir en bicicleta a casa —dije sin aliento.

—Pues no se hable más —dijo, cerrando el libro de golpe y enderezando la espalda—. Mañana iremos a comprar una bicicleta.

El chico me saca una bici de segunda mano, con algunos arañazos, negra con llamas rojas y amarillas a los lados. Tiene escrito PEQUEÑO DIABLO en llamativas letras blancas.

Me enamoro de ella al instante.

—No quiero que los niños de diez años del barrio se pongan celosos —digo mientras él me sube el sillín.

Sé que me viene perfecta antes incluso de montarme.

Agarro el manillar con las manos, sin apretar, y cuando toco el timbre, suena un pequeño y estridente ring, ring.

Doy unas vueltas a la manzana para acostumbrarme a ella.

Es vieja, y eso resulta un tanto reconfortante.

Como si esta bicicleta hubiera acompañado a muchos niños en sus años más aventureros y despreocupados, de camino al colegio, a casa de sus amigos o a comprar helados.

Wouter se limita a mirarme, con una sonrisa ridícula en la cara que debe de ser un reflejo de la mía.

El vendedor parece completamente perplejo, pero se limita a encogerse de hombros con aire de resignación.

—Supongo que así será menos probable que se la roben.

—Muy bien, Pequeño Diablo —dice Wouter cuando llegamos al Vondelpark, el parque más grande de Ámsterdam—. Demuéstrame lo que sabes hacer.

Antes de salir de la tienda de bicicletas, pedí que me pusieran una cesta delante. No es exactamente la bicicleta neerlandesa en tonos pastel con la que soñaba, pero no siento que pierda el control cuando pedaleo. Mi bicicleta demoníaca parece robusta. Fiable.

A primera hora de la tarde, el parque está lleno de gente disfrutando del inusual sol primaveral, aunque mi app del tiempo me avisa de que puede que llueva más tarde.

En cuanto el termómetro alcanza los veinte grados, todo el mundo parece lanzarse a la calle, decididos a tomar vitamina D antes de que desaparezca.

Hay algunas garzas, esas aves elegantes, a lo largo de la orilla de un estanque.

Cuando me monto, me lleva un momento dominar el manillar, y doy un pequeño golpe involuntario a la bici de Wouter.

—Y una cosa más —dice cuando murmuro una disculpa—. No tienes que disculparte.

—¿Qué?

—Estás aprendiendo. No tienes que pedir perdón por eso.

—¿Aunque rompa el escaparate de una tienda?

—Ni aun así.

—¿Aunque me estrelle de cabeza contra un camión de perritos calientes y te arrastre conmigo?

—Es poco probable, pero tampoco.

Empiezo a pedalear, tambaleándome un poco antes de encontrar mi centro de gravedad. Cada vez que nos encontramos con un grupo de gente, me pongo nerviosa y tengo que bajarme de la bici para esquivarlo.

—Confía en ti —me dice cuando vuelvo a subirme—. Te he visto dar esa curva sin gente alrededor… ¡Sí! Así. Goed zo . —El orgullo que transmite su voz me produce un nuevo cosquilleo de la emoción. Quiere que esto se me dé bien, y no solo eso, sino que me sienta lo bastante segura para montar yo sola.

—Me he sentido intimidada —confieso después de unos minutos más.

Odio decirlo. Los primeros años de mi vida estuvieron marcados por tanta debilidad que siempre me sentí obligada a demostrar que era lo bastante fuerte, lo bastante valiente y que estaba lo bastante sana—.

Creo que aquel accidente me dejó una herida psicológica más profunda que la física, y no he podido quitarme el miedo de encima desde entonces.

—Lo entiendo. Cuando tenía ocho o nueve años, choqué con un poste y salí volando de mi bicicleta, directo al pavimento.

Cuando mi madre me vendó las rodillas, le dije una y otra vez que nunca volvería a montar en bicicleta.

Pero ella se echó a reír porque sabía que no había nada que pudiera impedirme hacerlo: no en este país, y mucho menos cuando todos mis amigos se movían en bici.

Y tenía razón. Al día siguiente ya estaba otra vez pedaleando, con las rodillas llenas de costras.

—Coloca la mano en mi manillar—. Pero superar el bloqueo mental es lo más difícil.

Lo estás haciendo fantástico. Por no hablar de que…

—baja un poco la voz— estás guapísima con eso.

—Querrás decir ridícula.

—No —asevera, y me lanza una sonrisa burlona mientras se aleja a toda velocidad.

Después de unas cuantas vueltas más, hacemos un descanso para comprar unos kebabs en un puesto de comida, y Wouter extiende una manta de pícnic que llevaba en la mochila.

Los primeros tulipanes asoman del suelo, amarillos, rosas y rojos con puntas blancas.

El cielo se ha encapotado, cubriéndose de unas densas nubes que amenazan con descargar lluvia, pero por ahora estamos a salvo.

Más o menos.

Volvimos de Brujas hace unos días, y la única razón por la que no le he rogado que me lleve a la cama es que tengo un examen de neerlandés dentro de poco.

Me alivia que mi interés por el idioma no haya disminuido.

Que no me haya rendido ni lo haya dejado de lado solo porque no se me dio bien desde el principio.

«Porque quiero que esto funcione. —Me doy cuenta—.

Porque quiero quedarme aquí». Cuanto mejor lo hable, aunque aún me queden muchos meses para eso, más fácil me resultará encontrar trabajo, a pesar de que eso reavive la incertidumbre de qué va a pasar con Wouter y conmigo una vez que nos divorciemos.

¿Seguiremos siendo… amigos? ¿Seguiremos acostándonos de vez en cuando?

¿O cuando cada uno haya conseguido lo que necesita, él su casa y yo mi visado, dejaremos de tener un motivo para seguir formando parte de la vida del otro?

—Hay algo que no entiendo —digo una vez que hemos terminado de comer, intentando no dejarme arrastrar por mis pensamientos—, y espero que tú puedas aclararme las cosas. Está claro que feo no eres…

—Vaya, gracias.

—…y tienes algunas cualidades decentes…

—Para, que me estoy sonrojando.

Me arrimo para darle un pequeño empujón en el brazo, y con la sonrisa que tiene en los labios, necesito toda mi fuerza de voluntad para no tumbarle sobre la manta y subirme encima de él.

—Si sabías que tenías que casarte para heredar la casa…, quiero decir…

Wouter enarca las cejas.

—¿Me estás preguntando por qué sigo soltero?

Esto me hace gemir, porque es una pregunta que me da vergüenza ajena. La pregunta que ninguna persona soltera quiere oír jamás.

—No es que no te lo esté preguntando. Pero… sí.

—Pensaba que a estas alturas ya estaría casado y tendría hijos —admite después de un rato, deslizando una brizna de hierba entre sus dedos—.

Cuando cuidaba de mi padre…, eso se convirtió en toda mi vida.

No me arrepiento de nada, aunque mi madre siempre me animaba a que saliera, y lo hacía…

a veces. Pero no creo que yo fuera una pareja muy presente.

Una vez más, se me rompe el corazón por él, porque se cerró en sí mismo para poder pasar todo el tiempo posible con su padre.

—¿Cómo era tu padre? Si te apetece hablar de él, claro.

Wouter asiente despacio, como si en ese momento estuviera decidiendo que sí quiere hablar de él.

—Era abogado. De hecho, mis padres se conocieron en la Facultad de Derecho.

Puede que eso haga pensar que era una persona estricta y muy rigurosa, pero solo era así en el trabajo.

Tenía una risa estruendosa; te juro que a veces podía oírla incluso desde fuera, cuando doblaba la esquina de nuestra calle.

—¿Y cómo se llamaba? —pregunto, al darme cuenta de que no lo sé y me parece crucial.

—Joost. Un nombre muy neerlandés —responde—.

También era muy hábil con las manos. Siempre estaba trabajando en el apartamento, porque sabía lo mucho que significaba para mi madre.

Cuando yo era más joven, quería saber todo lo que él hacía.

Él me complacía y me daba una pequeña llave inglesa para que yo también pudiera hacer como que estaba arreglando cosas.

Y le encantaba la cultura pop estadounidense —continúa—.

Lo había visto todo y siempre estaba al tanto de las series populares de HBO.

Nunca he conocido a nadie a quien le gustara El séquito más que a mi padre.

No puedo evitar reírme con eso, y Wouter sonríe, haciéndome saber que no pasa nada.

—Me encantaba eso de él.

—Él fue una de las principales razones por las que quise ir a Estados Unidos. En especial a Los Ángeles.

—Siento mucho no haber podido ayudarte a cumplir tus fantasías de El séquito . Al menos podrías haberme llamado Tortuga cuando conducía. No me habría importado. Lo miro entrecerrando un ojo—. ¿Eras más Vince o más Eric? No me digas que eras Ari.