Dieciocho #2
Lo que dice me llega al corazón, ya que de repente me queda claro un aspecto crucial de Wouter. Desea tanto que su familia lo necesite porque tiene miedo de querer algo solo para él.
La mirada de Anneke se posa en mi mano. He estado jugando con la alianza sin darme cuenta.
—He de confesar que me preocupé un poco cuando nos dijo que os ibais a casar.
Pero yo también fui joven y estuve enamorada.
Veo cuánto le quieres, Dani, y me alegro mucho de que le hayas vuelto a encontrar.
—Se inclina sobre la mesa y me coge la mano—.
Y espero que también nosotras podamos seguir conociéndonos.
Las palabras casi se me atragantan en la garganta.
—Pues claro que sí.
La culpa es algo horrible y amargo. Le brindo a Anneke una sonrisa forzada, similar a la que le dediqué a Roos cuando me pidió que le confirmara mis sentimientos por su hermano. Aunque Anneke haya tardado un poco más en abrirse a mí, la conclusión es la misma: ambas creen que amo a Wouter.
Admiro la devoción que Wouter siente por su familia. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para conservar este lugar que guarda sus recuerdos más preciados, incluso mentir, algo que debe de estar matándolo por dentro. Y todo porque quiere que crean que es feliz.
Y lo es, ¿no? Al menos anoche lo era.
Puede que esto esté funcionando mejor de lo que habíamos planeado.
—¿Y tus padres? —pregunta Anneke—. ¿Les has contado algo más sobre nuestra pequeña celebración?
—Oh…, es que es carísimo —respondo, sintiéndome idiota por no haber previsto esta pregunta.
Es normal que les parezca extraño que mi familia no quiera verme casarme, aunque en teoría ya lo esté—.
Querían venir. Claro que sí. Pero al final…
no han podido. ¡Pero mi hermana sí viene!
Ella y su mujer han encontrado unos billetes económicos.
—Me alegra mucho oír eso. Ya buscaremos mil formas de hacer que sea especial, ¿verdad?
Exhalo un suspiro tembloroso. Me doy cuenta de que, a pesar del estrés por el lío de la tubería y la visita sorpresa de Anneke, hoy no he sentido la necesidad de controlar mi respiración. La ansiedad no me domina.
—Nos basta con que todos vosotros estéis ahí.
Entonces me dedica su sonrisa más sincera hasta el momento.
—¿Has decidido ya qué te vas a poner?
Me giro en el espejo, intentando ver la parte de atrás del vestido.
—Me encanta cómo te queda ese corte —dice Roos desde un lujoso sofá frente al vestidor.
A su lado, Iulia asiente.
—Tiene un aire vintage.
—¿Y de verdad vamos a ignorar el lazo gigante que tengo en todo el trasero?
Roos se ríe.
—¡A mí me parece bonito!
—Como si tu trasero fuera un regalo —añade Iulia.
Suelto un gemido y me giro para enganchar la cremallera.
—No, ni hablar.
He intentado posponer la compra de mi vestido de no novia todo lo que pude, pero no he podido competir con el entusiasmo de Roos.
Si estuviera en Los Ángeles, seguro que habría venido aquí con un grupo de damas de honor, sintiéndome obligada a devolver el favor a las mujeres en cuyas bodas había participado.
Aunque hace tiempo que no las considero mis amigas.
Así que hago fotos para enviárselas a Phoebe, porque no estoy segura de poder casarme de mentira con un vestido que no le guste a mi hermana.
Roos se apresura a ayudarme con la cremallera mientras Iulia espera a un lado con la percha en la mano.
—Es un poco decepcionante, ¿no? —digo mientras salgo de ese revoltijo de gasa y satén—. Como ya estamos casados…
—Puede que un poquito —responde Roos, haciendo un gesto con el pulgar y el índice.
—Pero una no se compra un vestido de novia todos los días.
Tengo que hablar con los dientes un poco apretados:
—Con suerte, solo una vez.
Una cosa de la que no me había dado cuenta es que mi amistad con Roos, al igual que mi matrimonio, tiene fecha de caducidad.
Tengo la sensación de que la mayoría de la gente no sigue manteniendo una relación estrecha con los hermanos de sus ex, aunque el matrimonio fuera falso.
Por muy íntimas que nos hagamos, todo eso termina en el momento en que firmemos los papeles del divorcio.
Y no solo con Roos. También con Iulia. La culpa por el número de personas a las que estamos engañando no deja de aumentar.
Mientras echo un vistazo al perchero de los vestidos, veo a Roos y a Iulia riéndose mientras se prueban velos cada vez más ridículos.
Iulia le hace ojitos a Roos, intentando de forma exagerada quitarse un velo largo antes de que se le enrede el pelo y Roos se arrima para ayudarla.
Me tomo mi tiempo para ponerme el siguiente vestido porque no quiero interrumpirlas.
—Ese color te apaga por completo —dice Roos cuando reaparezco con un blanco espectral—. Pero me gusta el corte. Creo que lo he visto en otros colores, voy a buscarlos.
Mientras Roos se dirige a la parte delantera de la tienda, me vuelvo hacia Iulia. Es la primera vez que ella y yo estamos más o menos a solas desde la excursión en barco.
—Iulia —comienzo—, me parece que debo explicarte algunas cosas…
Pero ella levanta una mano y sacude la cabeza.
—¿Quizá sea mejor que no lo sepa? Porque… Roos me cae genial. Y tú también, desde luego. No quiero tener que mentirle.
Asiento y trago saliva.
—Y yo no quiero ponerte en esa tesitura. Te lo juro.
Debe de darse cuenta de lo incómodo que me hace sentir esto, porque se levanta de un salto y me da un abrazo rápido.
—Oye, no pasa nada. Te prometo que no te juzgo.
—Dios, estás siendo demasiado amable conmigo.
Lo digo en broma, pero Iulia se lo toma al pie de la letra.
—Sé que vivir en otro país no siempre es fácil —dice con su franqueza habitual—. A mí me tendieron una mano cuando llegué aquí, así que yo solo… quería hacer lo mismo por otra persona.
Eso hace que la abrace con más fuerza.
Una dependienta nos ve y se acerca con una caja de pañuelos.
—Sé que puede ser un momento muy emotivo —dice, y Iulia y yo nos reímos mientras cogemos uno cada una.
Roos vuelve con los brazos llenos de tul, y Iulia nos cuenta que acaban de despedir a uno de sus compañeros por entrar en Dam Fine fuera del horario laboral y llevarse uno de los barcos para dar una vuelta.
Al día siguiente, su jefe lo encontró estrellado contra el muelle, lleno de botellas de alcohol.
—Así que si conocéis a alguien con experiencia pilotando barcos o que aprenda rápido, avisadme.
—Casi estoy impresionada —dice Roos—. Aquí es muy difícil que te despidan.
—A mí me despidieron. Antes de irme de Estados Unidos.
Ambas se giran hacia mí, expectantes.
—Inesperado e intrigante —aduce Roos, tamborileando con las uñas en la barbilla.
Dudo un instante si debo compartirlo con ellas. Nunca es fácil desvelar tus traumas a gente nueva, pero me gusta esta sensación de camaradería. Quiero aferrarme a ella todo lo que pueda.
Después de contar toda la sórdida historia, Iulia grita: «¡Que le den!» un poco demasiado alto, lo que llama la atención de otras mujeres que están curioseando por la tienda. Ella hace una mueca y baja la voz.
—Lo siento. Que le den —repite.
Me doy cuenta de que esto era lo que buscaba cuando hablé de ello con mis amigas. ¿Cómo es posible que personas tan lejos de mi hogar me entiendan mejor que las que me conocen desde hace años? ¿O será que aquí ya me estoy convirtiendo en alguien diferente, en la persona que siempre quise ser?
—No puedo creer que te despidieran por eso. Todo el mundo quiere saber los detalles picantes de sus compañeros de trabajo —dice Roos, y cuando Iulia arquea las cejas, añade—: Bueno, la mayoría de la gente.
—No fue mi mejor momento, pero ¿sabéis qué? No me arrepiento —declaro, y cuando las palabras salen de mi boca, me sorprende descubrir que son ciertas—. Puede que fuera algo inmaduro, pero no me arrepiento.
—¡Porque todo eso te llevó de nuevo con tu único y verdadero amor! —exclama Roos.
Iulia saca otro vestido del perchero, de un rojo tan oscuro que roza el burdeos. Alzo las cejas y ella levanta una mano.
—¡No lo juzgues todavía! Sé que no es nada tradicional, pero este me llama la atención.
Decido seguirle la corriente. El vestido es de un tejido ligero y vaporoso cubierto con encaje, y un espectacular escote de pico que se repite en la espalda, y aunque habrá que cogerle el bajo, al instante me parece la prenda más elegante que jamás ha tocado mi piel.
En realidad, quizá difiere un tono o dos, pero desde lejos parece del mismo color que mi marca de nacimiento. No intenta ocultarla ni disimular que está ahí. La resalta. Me llevo una mano a la mejilla, esa parte de mí que siempre he querido ocultar.
Las tres contemplamos mi imagen en el espejo. Me imagino a Wouter viéndome con este vestido: el profundo escote, la forma en que acentúa mis caderas, pero, sobre todo, lo feliz que parezco con él.
—Este es —dice Roos exhalando—. Este es el vestido.