Lo que pasa en Ámsterdam Dieciocho
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Dieciocho

—¿Es George? —pregunto en el tren de vuelta a casa, señalando un dibujo en tinta en el cuaderno de Wouter.

Está repasando sus notas del congreso.

—Ah, solo es un pequeño garabato. Uno de los ponentes era un poco soporífero —responde, y gira el cuaderno hacia mí para que lo vea. Es un bosquejo a bolígrafo de George Costanza, el perro, viendo la televisión con George Costanza, el personaje.

Aunque hace todo lo posible por ocultar una sonrisa, se nota que está orgulloso de él.

Cuando llegamos al apartamento el lunes por la tarde, nos encontramos con una sorpresa: una tubería del baño empezó a gotear mientras estábamos fuera.

Nos quedamos mirando el charco de agua en silencio. Wouter tarda unos diez segundos en reaccionar. Puedo imaginarme su cerebro tratando de encontrar una solución.

—Mierda —dice en voz baja, frotándose la barba incipiente—. Iba a ir al trabajo, pero…

—Oye —digo, apoyándole una mano en el brazo de forma tranquilizadora—. Yo me encargo.

—¿En serio? ¿Te ocuparías de esto?

Me viene a la memoria el recuerdo de hace apenas unas semanas, cuando se rompió el tirador del armario y le propuso eso mismo. Él me dijo de inmediato que no me preocupara. Porque no es que de repente esté deseando encomendarme una tarea.

Es que confía en mí. Este apartamento lo es todo para él, y confía en que yo lo cuide.

—Por supuesto. Voy adelantada con mis deberes de neerlandés, así que tengo tiempo.

—Gracias. Te enviaré la información del fontanero al que contraté la última vez.

—Wouter exhala un suspiro y se dirige al armario de los utensilios para cerrar la llave del agua.

Cuando regresa, está revisando el correo que recogió al entrar en casa—.

Pero hay buenas noticias. —Sonríe mientras me muestra un documento, todo en neerlandés—.

El título de propiedad del edificio. Ya está oficialmente a mi nombre.

—¿Por qué siento que deberíamos enmarcarlo? —digo, cogiendo el título de sus manos y echándole un vistazo, aunque solo puedo leer algunas partes—. ¿Ahí, sobre el sofá? ¿O mejor lo pegamos en el espejo del baño para verlo cada vez que nos lavamos los dientes?

Wouter fija los ojos en mi boca y se queda mirando más tiempo del normal.

No hay reglas para nada de esto: que digan de qué forma se supone que debes actuar después de acostarte con tu falso marido, que además es tu exnovio y antiguo amor prohibido de la adolescencia.

Su sonrisa se suaviza y se convierte en una expresión de incertidumbre.

Mi corazón late con fuerza contra mi pecho, lleno de expectación.

—¿Deberíamos… hablar de esto? —pregunta mientras da un paso hacia mí.

—Creo que últimamente hemos hablado mucho —respondo, acortando la distancia que nos separa y rodeándole el cuello con los brazos—. Tal vez podríamos… divertirnos, sin preocuparnos por lo demás. Sin… complicaciones.

Se detiene un momento, como perdido en sus pensamientos, pero luego me roza los labios con los suyos.

—Puedo hacerlo —dice, y entonces me besa con más pasión.

No tarda en empujarme contra la pared, con su boca caliente en mi cuello y mis manos tirando de su pelo. A pesar de lo que pasó anoche, sigo deseándolo con todas mis fuerzas. La forma en que me tocó, con esa ternura y desesperación, en que me desarmó con ese lenguaje deliciosamente obsceno…

Le doy una palmadita en el pecho, haciendo acopio de toda mi fuerza de voluntad.

—Creo que debería llamar al fontanero —digo. Supongo que no hay ninguna frase, ni en inglés ni en neerlandés, que pueda fastidiar el momento con más rapidez.

—Lo sé, pero… —gime y me da un último beso. Yo finjo apartarlo—. Vale, vale. Nos vemos esta noche. Recogeré a George en casa de Roos cuando venga de camino.

—Y entonces veremos a quién ha echado más de menos —digo mientras se aleja.

Lo decía en serio: no quiero analizar en exceso lo que somos ahora, sobre todo con la visita de mi hermana y la inminente falsa boda.

Podemos tomárnoslo con calma; a fin de cuentas, tengo mucha experiencia en eso. No creía que fuera capaz de hacerlo con él, pero ahora estoy segura de que es la única opción.

No podemos tener nada más, no cuando esto ya va a terminar en divorcio.

El fontanero no contesta cuando le llamo, así que le dejo un mensaje y busco a otra persona en Internet. Justo cuando estoy a punto de hacer otra llamada, me aparece un mensaje en el móvil de un número desconocido.

Hola, Dani. Soy Anneke, la madre de Wouter. Hoy tengo una cita en Ámsterdam y me gustaría pasar por el apartamento para recoger algo que tengo guardado, pero no tengo llave. ¿Estás allí esta tarde?

Le envío un mensaje con torpeza diciéndole que sí, que estoy en casa y que con mucho gusto le abriré la puerta, pero que tenemos una fuga en una tubería y el apartamento está un poco desordenado.

No hay respuesta, así que me toca lidiar con la frustración de intentar encontrar un fontanero disponible hoy, porque mi neerlandés básico —preguntas como: «¿Te gusta comer pan?

» — no me sirve de nada en esta situación.

Consigo hablar con un par de personas que pueden echar un vistazo a finales de semana.

Estoy a punto de empezar a buscar soluciones por mi cuenta en Google cuando suena el timbre.

—Hoi, Anneke —digo, dándome cuenta de que me había olvidado de ella durante mi frenética búsqueda—. Lo siento mucho, no sabía si habías recibido mi mensaje o…

—Estaba conduciendo —responde, de manera escueta, yendo al grano—. Me alegra verte de nuevo.

—Lo mismo digo. —Me muerdo el interior de la mejilla, sin saber muy bien de qué forma manejar esta extraña situación. No estaba preparada para estar sola en el piso con mi suegra hoy…, ni nunca—. ¿Me das tu chaqueta? ¿Te apetece beber algo?

No me pasa inadvertido que parece un poco tensa, a la defensiva, a pesar de que ha vivido aquí buena parte de su vida. Me pregunto si está buscando algún indicio de que haya cambiado algo, alguna huella visible de influencia estadounidense.

—No, gracias —dice—. ¿Has dicho que había un problema con las tuberías?

Hago una mueca.

—Sí, en el baño. Iba a llamar a un fontanero, pero me temo que no he tenido demasiada suerte.

—¿Te importa si echo un vistazo?

Me da un poco de vergüenza el caos de frascos y cremas sobre el lavabo, aunque ella no les presta ninguna atención. Se arrodilla en el suelo y examina con atención las tuberías debajo del lavabo.

—Bueno, no parece muy grave —concluye—. Podemos apañarnos nosotras dos.

Resulta que hay masilla de fontanero en el trastero, ya que no es la primera vez que ocurre esto. Nos plantamos unos guantes de látex y nos ponemos manos a la obra. Este pequeño apaño servirá por ahora, aunque al final tendremos que llamar a un profesional para que sustituya la tubería.

Y esta vez, cuando le ofrezco una taza de té, ella acepta.

A estas alturas, he visto a Wouter prepararlos docenas de veces, pero todavía me cuesta un poco utilizar el infusor de té. Thee , pone en el pósit pegado a la tetera. Puse los ojos en blanco cuando lo vi.

Anneke coge uno que dice: keukenhanddoek , y me parece verla sonreír mientras lo vuelve a colocar sobre el paño de cocina.

—Parece que ya te has hecho a la casa —dice, viéndome moverme por la cocina mientras dejo dos tazas delante de nosotras y un plato de galletas en el centro de la mesa. No es un reproche ni una crítica. Solo un hecho.

—Sí, la verdad es que aquí es muy fácil sentirse a gusto.

—Recuerdo que a Wouter y a Roos les encantaba ese rincón junto a la ventana —dice, señalando con la cabeza—.

Un día eran capitanes de barco, y los perros o pájaros que veían abajo eran criaturas marinas.

Al día siguiente, era una nave espacial y luchaban contra alienígenas.

Nunca discutían ni lloraban. A veces no podíamos creer lo bien que se llevaban.

—¿Siempre han estado tan unidos? —pregunto, y ella asiente—. Son muy afortunados. Yo también estoy muy unida a mi hermana, pero… —Me interrumpo, sin saber hasta qué punto quiero compartir cosas personales con ella.

—Es duro estar lejos de tu familia —apostilla, mojando una galleta en el té y dándole pequeño mordisco—. Yo también estudié en Estados Unidos cuando estaba en la escuela. En Míchigan. No es tan glamuroso como Los Ángeles.

—A Wouter le decepcionó un poco que no nos cruzáramos siempre con famosos por la calle.

La única vez que nos encontramos a uno, era un actor del que nunca había oído hablar, y se enfadó mucho consigo mismo.

Pero por entonces era un encanto —digo, tratando de pensar cómo le gustaría a una madre que describieran a su hijo—.

Tan educado, tan fácil de tratar. Bueno…

, y sigue siéndolo. Nos encantaba tenerlo con nosotros.

—No lo dudo.

Lo dice tan seria que al principio no me doy cuenta de que es una broma, pero luego se le escapa una sonrisa, y yo me echo a reír con ella.

—Me encantaban sus dibujos —continúo, esperando que no sea un tema delicado—. Tenía un don para capturar las expresiones humanas.

Anneke se queda callada unos instantes y me preocupa haber hablado demasiado.

—Imagino que sabes que no le apoyábamos demasiado cuando quiso estudiar eso —dice—.

Sabía cuánto le apasionaba, pero me daba miedo.

A veces me pregunto… qué habría pasado si no le hubiéramos presionado tanto.

Cuando su padre enfermó, veía que le costaba mucho llevar al día los estudios.

—Me duele imaginar a Wouter en la universidad, estudiando de madrugada para un examen mientras el futuro de su padre parecía tan delicado—.

Además, dedicó mucho tiempo a cuidar de su padre, y cuando falleció…

se convenció de que tenía que seguir cuidando también de nosotros.

No es que quisiéramos que nos ignorara, por supuesto, pero Roos es muy autosuficiente.

Y en cuanto a mí —dice señalando con la cabeza hacia el baño—, también aprendí unas cuantas cosas de mi marido.

—Le gusta sentirse útil —digo, y Anneke asiente con seriedad.