Lo que pasa en Ámsterdam Diecisiete #4
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Diecisiete #4

Me quita las bragas con una lentitud agónica.

A continuación, desliza los dedos por mis piernas desnudas mientras su boca baja por mis rodillas, mis pantorrillas, mis tobillos.

Ya respiro con dificultad solo de pensar en que me llene, pero él se toma su tiempo para volver a conocerme, reaccionando a cada nuevo sonido.

Recorre mi hueso púbico con un nudillo, acaricia mis labios con dos resbaladizos dedos y juguetea con mi clítoris solo un instante antes de introducir uno dentro de mí, esta vez más profundo.

Le muerdo la oreja, y siento que sus hombros se estremecen, así que no puedo evitar repetirlo.

De algún modo parece que es la primera vez y también que ya hemos explorado estos caminos antes, pero ahora él es más hábil, está más seguro de lo que hace.

Aun después de tantos años, mi cuerpo recuerda cómo es entregarse a él, y aun así me toca sin dar nada por hecho, esperando mi frenética aprobación.

—¿Te gusta? —pregunta mientras vuelve a mi clítoris, esta vez con la palma de la mano, presionando mientras yo me estremezco debajo de él. Hay un deje de diversión en su voz, porque sabe que sí—. ¿Más presión? ¿Menos? Soy un profesional, como sabes.

—Más. Quiero…, quiero que presiones mucho más.

En lugar de complacerme, mantiene los ojos fijos en mí mientras se acomoda.

Se sienta sobre los talones, regalándome una vista espectacular de su pecho antes de acomodarse en mis caderas, tirando de mí hacia arriba hasta que mi cabeza descansa sobre la almohada.

Al principio es suave, cubre mis muslos de delicados besos, juega a unir los puntos con las pecas que tengo ahí.

Me da un pequeño mordisco. Otro beso lánguido.

—Por favor —gimoteo con voz ronca, porque no puedo evitar suplicarle—. Ahora me estás torturando.

Wouter suelta una risa entrecortada.

—Ir despacio es más por mí que por ti. En cuanto empiece a lamerte, me temo que no voy a aguantar mucho.

Por un segundo, estoy convencida de que se ha equivocado y que en realidad quiere decir que yo no voy a aguantar mucho.

Pero en el momento en que pone su boca sobre mí, me doy cuenta de que tenía toda la razón.

Su cuerpo se tensa mientras me agarra las caderas con fuerza, y la forma en que gime cuando le agarro el pelo con la mano es lo que más me gusta de él ahora mismo.

Hace una pausa para apoyar su frente húmeda en la cara interna de mi muslo.

—Sabes aún mejor de lo que recordaba.

Luego acerca la punta de su lengua a mi clítoris y ninguno de los dos puede hablar.

Me lame como si me hubiera echado de menos, ejerciendo toda la presión que necesito y más, hasta que siento esa tensión acumulándose en la base de mi columna vertebral y empiezan a temblarme las piernas.

Él debe de sentirlo, porque acelera el ritmo.

Con una mano mantiene mis pliegues separados mientras prieta contra mí y la mueve a un ritmo firme e insistente que hace que le tire del pelo y me muerda el dorso de la mano.

Que pronuncie su nombre como una súplica.

Una tensión brutal se apodera de mi cuerpo antes de que mis músculos se relajen, y un grito escapa de mi garganta.

El orgasmo recorre mi cuerpo en ardientes oleadas de placer, que estremecen mis muslos y me hacen cerrar los ojos y echar la cabeza hacia atrás.

Una explosión de alivio salvaje y necesaria.

Wouter acerca su boca a mi frente, apartando los mechones de pelo empapados en sudor mientras bajo de nuevo a la tierra.

La risa se mezcla con un suspiro cuando me obligo a abrir los ojos.

Wouter tiene el cabello revuelto y las mejillas teñidas de un bonito tono escarlata, a juego con las marcas del cuello que le han dejado mis ávidos besos.

Pero no es suficiente. Quiero que este hombre parezca un verdadero libertino.

—Ven aquí —digo, acercando su boca hacia la mía y saboreándome en sus labios.

Luego me lamo la mano antes de rodear su longitud con ella.

—¿De verdad has creído que iba a dejar que te corrieras solo con comérmelo? —pregunto—. ¿Antes de que pudiera poner mis manos sobre ti?

Él emite un gemido y hunde la boca en mi cuello. Le froto el glande con el pulgar, extendiendo esas gotas de humedad por todo su miembro. Y aunque ansío ir con calma para hacer que esto dure lo máximo posible, me resulta imposible resistirme a acariciarlo con más fuerza.

Más rápido.

— Dani —dice, apretando los dientes—. Estoy intentando con todas mis fuerzas no hacer el ridículo, pero esto…, esto me encanta.

Dios, está a punto de correrse en la palma de mi mano, este hombre maravilloso que me ha llevado al éxtasis. Sus dedos ascienden muy despacio por mi espalda, hasta que puede extenderlos por mi cuello y llegar a mi pelo.

Aparto la mano justo en el momento en que siento que está a punto de llegar al límite. Él exhala con fuerza al verse privado de mi contacto mientras me acerco para besarlo con indolencia. Con dulzura. Tiene los ojos cerrados, y sus largas pestañas parecen tan delicadas.

Entonces lo agarro de nuevo y vuelvo a empezar.

Las palabrotas que salen de su boca lo compensan con creces, sobre todo cuando me inclino para acogerlo en mi boca.

Ahora está aún más duro, caliente y salado.

Lo introduzco despacio, moviendo la lengua en círculo por su glande.

Le miro mientras él me observa. Grabo cada una de sus reacciones en mi memoria: su mano aferrando las sábanas; su nuez agitándose en su garganta; l os músculos de su abdomen contrayéndose por el esfuerzo realizado todas las veces que se ha contenido.

—Oh, joder —jadea—. Justo así, lief .

No me cabe duda del apelativo que se le ha escapado, pues no tiene dominio sobre sí mismo en este estado.

Entonces abre los ojos como platos y me mira como para asegurarse de que sé que no tengo por qué dejarle terminar así si no quiero.

Pero, Dios mío, vaya si lo deseo. Le confirmo con vehemencia mis deseos, tomándolo aún más dentro, y de repente está perdido.

Alcanza el clímax, profiriendo un glorioso gemido, y una oleada de calor inunda mi boca mientras sus dedos siguen acariciándome la nuca.

Cuando nuestra respiración se calma, Wouter va al baño a por una toalla caliente y húmeda, una de esas que solían tener forma de cisne. No sé muy bien por qué se me encoge el corazón cuando me limpia a mí primero, puede porque no estoy acostumbrada a que nadie me cuide así.

—Corrígeme si me equivoco —dice—, pero no creo que fuera así cuando teníamos diecisiete años, ¿verdad?

Me río y le doy un suave codazo.

—No, está claro que has aprendido algunos trucos.

—Tú también.

Se apoya en un brazo para besarme, pero duda, como si no supiera de qué forma actuar en este nuevo territorio. Así que acorto la distancia entre nosotros y acerco mi boca a la suya. No tengo ni idea de qué somos ni qué significa esto, solo sé que no quiero dejar de besarlo.

—¿A qué hora sale el tren mañana? —pregunto.

—Demasiado temprano. Más vale que ponga el despertador.

Después de poner la alarma de su móvil, me rodea la espalda con un brazo y me atrae contra su pecho.

Su mano descansa en mi cadera; mi rostro, en el hueco de su cuello.

Siento una sensación de paz, con su pulso latiendo contra mi mejilla, puede que más que en varios meses.

Su ritmo me arrulla poco a poco y mis ojos empiezan a cerrarse.

—Siempre quisimos dormir juntos en la misma cama —dice, con voz pastosa, como si ya estuviera a punto de dormirse.

Entrelaza sus piernas con las mías y me contengo para no decirle que no sé si podré dormirme mientras me estrecha entre sus brazos.

Hasta que me quedo frita.