Diecisiete #3
—No quería que tomáramos una decisión tan importante estando pedo.
Y luego tú empezaste a evitarme y… tuve miedo.
Pensé que a lo mejor no sentías lo mismo.
—Desliza el dedo por mi antebrazo, tomándose su tiempo antes de volver a hablar.
Como si se diera cuenta de que estamos al borde de algo peligroso y de que cualquier cosa que diga a continuación podría sellar nuestro destino.
Para bien o para mal. Hasta que la muerte nos separe—.
Cuando estábamos en la cocina… había pasado tanto tiempo…
No quería echarlo a perder por no poder recordar cada detalle—.
Esa yema del dedo asciende por debajo de la manga de mi camiseta y corona mi hombro—.
No quería besarte si no estaba completamente lúcido.
Estar contigo ya me altera lo suficiente.
—Oh —digo en voz baja. Mitad aliviada, mitad asombrada.
—Dime que crees que es mejor que sigamos siendo solo amigos —dice, y por la forma en que me mira a los ojos y el tono decidido de su voz, me doy cuenta de que algo ha cambiado en él.
Por fin está cediendo a ese lado que tanto ha intentado ocultar—.
¿Es eso mejor que besarnos hasta perder el sentido?
Porque hay tantos lugares en los que quiero besarte, Dani…
Tantísimos… —Amolda la mano sobre un lado de mi cuello y me acaricia la piel con el pulgar—.
Eres preciosa aquí. —Sube hasta mi mandíbula—.
Y aquí. —Me roza el hueso de la cadera con la otra mano—.
Aquí también. Tus caderas. Tu cintura. Tus tetas perfectas.
Tengo la garganta seca y el dolor entre mis piernas es casi insoportable.
Cada lugar donde me ha tocado arde, vibra.
Doy un paso más, los dedos de mis pies rozan los suyos, y me pregunto si el roce de su mano es lo único que me mantiene en pie.
Por si acaso, le agarro el brazo, disfrutando de sus sólidos músculos.
—Dime ahora mismo si prefieres que dejemos esto aquí —continúa—. Porque desde que te tuve en la camilla de la consulta, solo he podido pensar en arrancarte esas bragas tan monas para poder sentir lo mojada que estás.
Dejo escapar un gemido.
—Por favor.
—¿Por favor qué? Dímelo, Dani. —Su mano está ahora en el vértice entre mis muslos.
Me aplica una presión mínima, pero que basta para hacerme jadear mientras me masajea por encima de mis pantalones cortos—.
Dime que prefieres una relación platónica a que me arrodille y te folle con la boca toda la noche.
Mi pecho ya se agita con el esfuerzo de contenerme. No hay nada más. No hay más razones para no hacerlo.
Así que me aprieto contra él justo cuando sus labios se apoderan de los míos.
Sus besos son más voraces de lo que recordaba.
Son imprudentes y desvergonzados, impregnados de una urgencia que deja claro que ambos nos hemos estado conteniendo durante demasiado tiempo.
Me abraza con fuerza, enredando sus manos en mi cabello, separando mis labios con su lengua para que pueda abrirme a él.
Estoy de puntillas, y sus manos recorren mis hombros hasta que se da cuenta de que la diferencia de altura no facilita las cosas.
Así que me levanta sin esfuerzo, y le rodeo la cintura con las piernas mientras él recorre mi cuello con su boca.
Esto sí. Esto es perfecto. Lengua y dientes.
Suspiros y jadeos. Me aferro a su sólido calor, hundiendo los dedos en su cabello.
Cuando me levanta más para poder besarme mis pechos por encima de la tela de mi camiseta, me estremezco contra él y echo la cabeza hacia atrás.
Su boca encuentra mis pezones endurecidos…
y, ¡oh!, casi me muero de placer cuando los lame unas cuantas veces, dejando un par de manchas de saliva en el fino algodón.
Cada caricia parece un pequeño milagro.
Se detiene solo un momento para mirarme con ojos febriles, respirando con dificultad, y con las gafas torcidas.
—¿Estás segura de esto?
—Ya estamos casados —digo, y de repente me parece tan gracioso que tengo que contener la risa—. Espera, espera, espera. Le doy una palmada en el pecho—. ¿Estás…? Llevo un DIU y me hice análisis antes de salir de Estados Unidos.
—Yo también me hice análisis —confiesa, y el rubor de su rostro se intensifica mientras sus pulgares trazan círculos en mi espalda—. De hecho, justo después de aquella noche en la cocina.
Se inclina para besarme de nuevo, pero yo me aparto con una sonrisa. Oír eso me excita más lo que imaginaba: se estaba preparando para algo que habíamos jurado no hacer.
—Querías estar preparado para mí —repongo, dándole un mordisquito en el cuello. Luego siembro de besos toda esa piel cálida, con ese toque cítrico, debajo del cual se aprecia ese aroma terroso tan suyo. Un olor que había quedado guardado en mi memoria olfativa, capaz de despertar algo en mí.
— Joder, Dani. Siento como si llevara años preparado.
Utiliza mi apodo, como si estuviera tan hambriento de mí que no es capaz de añadir una sílaba más.
Agarro sus gafas torcidas y las coloco en la mesita de noche mientras él se tumba conmigo en la cama, con nuestras bocas fundidas otra vez en una sola. Estos besos son frenéticos y dulces a la vez, porque tenemos mucho tiempo que recuperar.
Cuando se aparta, es solo para quitarme la camiseta, justo cuando yo me afano con sus botones, impaciente por tenerlo todo al alcance de mis manos.
Su ancho pecho, el tatuaje en su hombro izquierdo, aunque tengo demasiada prisa para detenerme en él.
Me quita los pantalones cortos del pijama con rapidez.
Aturdida por el deseo, tardo una eternidad en desabrocharle los vaqueros.
Y, cuando por fin caen al suelo, veo que está contemplándome, solo cubierta por las bragas y nada más.
No me tapo como lo haría con otras parejas nuevas.
Es evidente que no estoy igual que a los diecisiete años, mi vientre no es tan turgente y mi rostro está más redondeado.
Pero dejo que se tome un buen rato para devorarme con la mirada, igual que hago yo con él.
Contemplo los ángulos de su pecho, la protuberancia de sus calzoncillos y el sendero de vello que tracé hace semanas.
En su boca se dibuja una preciosa sonrisa reverente antes de que pueda contenerla.
—Preciosa —dice mientras lo atraigo hacia mí, saboreando su peso mientras me presiona contra el colchón—. Absolutamente preciosa.
Hunde los labios entre mis pechos, rozándome un pezón con el pulgar. Despacio, muy despacio, de un lado a otro, hasta que me muero por más. Un pellizco suave. Luego un poco más fuerte.
—Durante ese masaje en mi consulta… ¡Dios! —dice, y siento su cálido aliento—. Me estaba viniendo cada pensamiento, que no me sentía un buen profesional.
—Cuéntame.
—Lo increíble que era volver a tocarte. Que no podía creer que me dejaras trabajar tu cuerpo así.
—Me chupa un pezón mientras yo le agarro el pelo, expresando de forma muy clara lo mucho que me gusta.
Luego lo libera y sopla aire frío sobre mis pechos antes de volver a capturarlos entre sus labios—.
Cada sonido que hacías me preguntaba si lo provocaba lo que te estaba haciendo.
—Lo era. Te quería encima de mí. Dentro de mí —admito mientras sus dientes recorren mi sensible piel—. Al día siguiente me encerré en mi habitación durante una hora, solo para… dejar volar mi imaginación.
Él gime, moviendo las caderas contra las mías, besándome de nuevo en el cuello.
—¿Tú… —empieza, con la boca en mi garganta— piensas en mí… —y ahora su lengua en mi pulso— cuando te tocas?
—Sí. Wouter. ¡Dios! —Y aunque sé la respuesta, pregunto—: ¿Y tú?
Él se muerde el labio con algo de timidez. Aunque estamos sudorosos y medio desnudos, no la ha perdido del todo.
—La semana pasada… no fue la primera vez que grité tu nombre al correrme.
Su confesión hace que pierda el control.
Ahora soy yo quien lo inmoviliza, besándole el pecho mientras él me agarra por la cintura, por las caderas.
Tengo que besar esos músculos que sabían muy bien la forma de relajar mi cuerpo.
Los antebrazos que se flexionaban sobre mí.
Él se ríe mientras le doy pequeños besos en las manos, y eso solo hace que lo bese más.
Está duro como el acero debajo de mí, agarrándome el culo mientras lo cabalgo y me contoneo contra su erección, separados por dos agónicas capas de tela.
Joder, es increíble. Cierro los ojos ante semejante sensación.
Introduzco una mano entre nosotros para acariciarle por encima de los calzoncillos mientras él reprime un gemido y se pone más duro contra mi palma.
—Todavía no —logra decir, y aunque quiero verlo rendirse hasta que cada uno de sus músculos deje de protestar, aparto mi mano—. Por favor. Necesito sentirte.
No tengo ninguna objeción al respecto. Me besa el cuello, con avidez y pasión, mientras mete una mano dentro de mis bragas.
—No estoy… No me he depilado ni nada desde hace tiempo —digo. Jace lo prefería así, casi tanto como yo lo odiaba.
Wouter me mira desconcertado.
—Quiero todo de ti. Tal y como eres —declara. Entonces encuentra el vello crespo entre mis muslos y casi parece disfrutarlo, porque deja escapar un gemido mientras me separa con dos dedos—. Joder, Dani, es alucinante. ¿De verdad estás tan mojada por mí?
No puedo hacer otra cosa que jadear en respuesta. Nunca hablábamos así en el pasado —tampoco creo que supiéramos hacerlo— y mi cerebro tarda un segundo en asimilar el hecho de que Wouter van Leeuwen ahora tiene la boca muy sucia.