Lo que pasa en Ámsterdam Diecisiete #2
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Diecisiete #2

—No es solo eso. Es que… nunca he sabido de qué forma actuar después de masturbarme mientras mi marido de pega hace lo mismo en la habitación de al lado.

Ha sido un error por mi parte. —Siento que me arde la cara al recordarlo, mientras el rubor se extiende también por la suya—.

Así que hemos vuelto a ese punto en el que no hablamos de nada importante. Y ¿sabes qué? Lo odio.

Ahora sí que parece confundido de verdad.

—No he bebido ni una gota esta noche y sigo sin entender nada. ¿A qué viene todo esto?

—¿En serio? No puede ser tan difícil de adivinar.

—Entonces, ilumíname. Por favor.

Me encanta verlo suplicar, aunque me traiga de nuevo a la memoria esa imagen: yo, sentada en el borde de la encimera, completamente expuesta, y él con la cabeza entre mis piernas.

Quiero a este hombre de rodillas de cualquier manera, ya sea suplicando perdón o haciéndome gritar su nombre.

—Que te ilumine. ¡Cómo no! Pues vamos a hablar del verdadero problema —digo, apartando el edredón para poder levantarme, temblando de ira de la cabeza a los pies—.

Hablemos de lo que pasó hace trece años.

De que teníamos un plan que hicimos los dos juntos.

Y luego volviste a tu país y cambiaste de opinión.

Decidiste que no era lo bastante «ambiciosa» para ti y ni siquiera nos diste la oportunidad de hablarlo.

—Me acerco con paso airado hasta él, deseando ser un metro más alta y llevar al menos un 30 % más de ropa.

Aun así, tener por fin el valor de decirle todo esto a la cara me produce un subidón de adrenalina—. ¿Qué coño pasó en realidad, Wouter?

No esperaba que las palabras le impactaran como un puñetazo en el pecho. Retrocede, tambaleándose, se pasa la mano por la cara y se coloca bien las gafas. Ahora parece menos dulce. Más destrozado.

—Dios mío… —empieza, sacudiendo la cabeza mientras asimila la realidad—. Aquel mensaje. Aquel estúpido mensaje. No tenía ni idea de que todavía estabas pensando en ello. Me ha… atormentado durante mucho tiempo.

—Mejor estar atormentado que salir con una chica sin ninguna ambición, ¿no?

Me lanza una mirada vacía, torturada.

—Fue cruel. Lo sé. Pero tenía una vida esperándome en Ámsterdam a la que no creía que pudiera darle la espalda. Pensaba que debía ser una persona con un camino claro, aunque ahora sé que era demasiado joven para tenerlo todo decidido.

La habitación es demasiado pequeña y no hay suficiente aire. Cojo una de las toallas con forma de cisne, arruinando el trabajo de quien la dobló al estrujarla con fuerza con mi mano.

—Y yo no tenía cabida en esa vida.

—Una parte de mí pensaba eso. Sí. No estoy orgulloso de ello, pero no quiero mentirte —dice—.

Aunque había más. Pensé que si te daba una razón, si te decía que quería estar con alguien más ambicioso…

, tal vez llegarías a odiarme. Y así todo sería más fácil.

Porque la verdad es que vivir sin ti parecía solo un poco menos doloroso que intentar que funcionara con tanta distancia entre los dos.

Me sale una risa ahogada.

—¿Así que me dijiste: «Adiós, y gracias por todo» para no herir mis sentimientos?

—¡Porque creía que si no lo hacía, jamás podría olvidarte! ¿Es tan difícil de entender? —Sus ojos echan chispas y su pecho sube y baja rápidamente—. Pero ya que estamos, hablemos también de ti. No esperaste mucho antes de pasar página.

—Yo… ¿Qué?

—Lo vi en tus redes sociales. A las pocas semanas ya estabas saliendo con un futbolista. O jugador de soccer , lo que sea. Di por hecho que la ruptura ni siquiera te había afectado si ya te habías buscado un nuevo novio tan rápido. Me cambiaste por el siguiente, alguien más conveniente.

Sus palabras me impactan. Parece dolido de verdad, y eso es algo que jamás habría imaginado.

—Wouter, eso no fue nada. Apenas duró un mes. Te echaba de menos y pensé que salir con otro me ayudaría a olvidarte más deprisa.

—¿Y te ayudó?

—No.

Me viene a la mente lo que dijo aquella primera noche, que la relación no era lo que ninguno de los dos pensaba.

—Sabías que estaba perdidamente enamorada de ti —digo en voz baja, con el dolor adolescente impregnando mis palabras—. Sabías que te quería. Eso no cambió de la noche a la mañana.

Wouter se ha alejado hasta el fondo de la habitación, pero ahora se da la vuelta y aprieta los labios, como si intentara contener la emoción. Lo ha estado haciendo desde que llegué.

—Eso creía yo también, pero cuando vi esas fotos pensé…

que quizá era lo mejor. Que tendrías la vida maravillosa que te merecías sin alguien al otro lado del mundo que te frenara.

No soportaba la idea de que te quedaras siempre metida en la habitación de tu residencia universitaria esperando por mí.

Y yo no podía… —Toma una profunda y dolorosa bocanada de aire—.

No podía soportar la idea de tener una relación contigo en la que no pudiera verte, abrazarte, tocarte…

—Se le quiebra la voz y sacude la cabeza mientras baja la mirada al suelo—.

Una relación a distancia habría acabado destrozándonos.

Creí que estaba protegiéndonos a los dos.

Todo esto me atraviesa como una oleada que trae consigo claridad, la capacidad de poder encajar las piezas de una manera que mi yo más joven nunca pudo.

—Quería hablar contigo a todas horas —continúa, con la voz aún un poco ronca.

Ojalá no me afectara tanto, haciéndose un hueco en mi pecho—.

Te escribí cientos de mensajes y luego los borré.

Cuando entré en la universidad. Cuando mi padre tuvo su primer derrame cerebral.

Cuando falleció y me di cuenta de que todo el trabajo duro no importaba una mierda si me quitaba tiempo para estar con la gente que quería.

Incluso por cosas tontas, como una puesta de sol que pensaba que te gustaría.

Pensaba: «Podría mandarle esto y deshacer todo lo que hice».

Pero estabas tan lejos que todo lo que tenía que ver contigo parecía un sueño.

—Yo creía…, creía que te arrepentías de lo nuestro.

Que yo fuera un sucio secreto que habías dejado en Estados Unidos.

—Poder decir por fin estas cosas tiene algo de catarsis.

Siento que me tiembla todo, como si una sola verdad más de su boca bastara para derribarme—.

Me rompiste el corazón, pero quizá lo peor fue que estaba convencida de que pensabas que era una perdedora sin rumbo, y más de una década después, eso es justo lo que sigo siendo.

— No. Jamás podría. Ni entonces ni ahora.

—Se acerca a mí, con determinación y cautela—.

Lo siento mucho, Dani. La cagué pero bien.

Lo que te dije cuando te mudaste aquí, que era una de las cosas de las que más me arrepentía, lo decía en serio.

—Ha estado todo el rato toqueteando las mangas de su camisa y el cuello, y ahora está toda arrugada.

Nunca he visto a un hombre tan desaliñado, y aun así no puede ser más sexi.

Es como si le hubiera torturado guardarse todo esto dentro, y ahora que lo está soltando, no sabe muy bien qué hacer—.

Tu familia incluso había hablado de venir a verme, y yo les decepcioné a todos.

Cargué con esa culpa durante muchos años.

Nunca pensé que tendría la oportunidad de compensarte.

Y entonces apareciste aquí, mil veces más guapa de lo que recordaba, y yo pensé: «Estoy jodido».

A pesar de todo, esto me hace contener una sonrisa. Porque le creo. Le creo de verdad.

—Podrías haberme ofrecido una habitación en tu casa y haberme pedido que me casara contigo —digo mientras dejo caer la toalla al suelo, y él tampoco consigue ocultar una sonrisa.

No dejo de pensar que he sido yo quien le ha dejado así, hecho un desastre.

Nunca imaginé que tuviera el poder de hacerle tanto daño, y eso hace que me pregunte qué más podría conseguir si me lo propusiera.

Y si él me lo permitiría—. Por Dios. Esto habría sido mucho más fácil si me hubieras contado todo esto desde el principio.

Wouter cruza los brazos sobre el pecho y arquea una ceja.

—«Hola, qué alegría verte de nuevo. Por cierto, estaba tan colado por ti cuando éramos adolescentes que era incapaz de pensar con claridad, así que rompí contigo por mensaje como un cobarde».

—Así que solo éramos un par de idiotas que no sabían comunicarse.

—A lo mejor todavía lo somos. Al menos yo. Y lo siento —repite—. Siento mucho que pensaras que eso significaba que no me importabas. Cuando estaba en Los Ángeles, tú… lo eras todo para mí.

Esas palabras quedan suspendidas entre nosotros, tan viscerales que casi creo que podría agarrarlas y guardarlas como un tesoro.

—¿Y ahora? —pregunto, con la voz temblorosa, casi temerosa de la respuesta.

Quizá la pregunta sea demasiado atrevida. Quizá él no me dé una respuesta sincera.

Pero poco a poco, muy poco a poco, siento que algo en la habitación empieza a cambiar.

Mi adrenalina se va disolviendo, aunque mi corazón late con fuerza.

Pero esta vez es por la expectación. Wouter se acerca, hasta que solo unos centímetros nos separan, con esa camisa arrugada y ese intenso anhelo en los ojos… ¿Cómo no lo vi antes?

—Tienes que saber que no puedo dejar de pensar en ti. Cada momento libre que tengo —dice con voz ronca—. Dime que tú también has pensado en ello. En aquel beso en la cocina y…, y en lo que pasó después.

—Lo he pensado mucho —digo, tragando saliva con dificultad. Doy un paso hacia él—. Puede que demasiado.

—Eso no existe —replica. Su mirada recorre mis piernas desnudas y se detiene en mis caderas antes de subir más arriba, hasta mi cara. Levanta la mano al mismo tiempo que las cejas, como si pidiera permiso para tocarme. Aturdida, asiento, y él posa los dedos en mi brazo.

—Dijiste que querías parar. La noche que estábamos borrachos —digo—. Y ayer querías olvidarlo.