Lo que pasa en Ámsterdam Diecisiete
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Diecisiete

El desayuno de la mañana siguiente es la perfección en estado puro.

Los gofres belgas están tostados, crujientes por fuera y muy esponjosos por dentro, con los cuadrados bien rellenos de sirope.

Puede que me haya pasado con los acompañamientos: fresas, arándanos y nata, un poco de azúcar glas y una cucharada bien colmada de Nutella. Sin duda, el gofre prefecto. Sin peros.

El subidón de azúcar basta para levantarme un poco el ánimo, junto con la ilusión por hacer turismo en Brujas, ya que anoche llegamos demasiado tarde para ver nada de la ciudad.

Pero Wouter apenas ha probado sus gofres.

Y entiendo por qué: solo les ha puesto un poco de mantequilla.

Lleva una camisa de color gris pizarra con finas rayas blancas, y se ha arremangado hasta los codos.

El surco ha vuelto a reaparecer en su entrecejo.

Ya se había duchado y vestido cuando me he despertado a las siete, así que está claro que apenas ha dormido.

—Tengo una cena con algunos colegas después de la conferencia —dice—. Puede que se alargue. ¿Seguro que estarás bien sola?

Bebo un sorbo del zumo de naranja.

—Sí, no te preocupes.

Este viaje ya está echando por tierra nuestros progresos. Nos está convirtiendo en amigos desconocidos.

—¡Wouter van Leeuwen! —grita una voz con acento irlandés, perteneciente a un hombre calvo que deja de golpe su bandeja de desayuno al otro lado de la mesa—. ¡Cuánto tiempo sin verte!

Wouter se pone de pie y le tiende la mano para estrechársela, pero el hombre le da un abrazo.

—Rory McDonagh —dice Wouter, que al instante parece más relajado—. ¿Dónde trabajas ahora?

—Volví a Belfast por un tiempo, pero ahora estoy en Leiden. Tengo mi propia consulta allí. Me enamoré perdidamente de una neerlandesa, así que me temo que nunca me iré —dice, encogiéndose de hombros. Su acento le da todavía más encanto a sus palabras.

—Bien hecho, en ambos casos. —Wouter se vuelve hacia mí—. Rory y yo fuimos juntos a la universidad. —Luego traga saliva con dificultad, con la mano en el aire, como si no supiera dónde colocarla. Al final, decide no ponerla en ningún sitio—. Esta es mi mujer, Danika.

La alianza en mi dedo nunca me ha parecido más falsa.

Rory me da un entusiasta apretón de manos.

—¡No sabía que te habías casado! Enhorabuena a los dos.

—Encantada de conocerte —digo mientras los tres nos sentamos de nuevo—. Seguro que tienes un montón de historias geniales de los dos en la universidad.

—Montones. ¿Te ha contado la vez que nos emborrachamos y decidimos subir a la torre más alta de la universidad? —pregunta, y cuando sacudo la cabeza, Rory continúa—: Conseguimos llegar a la mitad. Nos detuvimos en un balcón…, y entonces este tío va y decide echar una cabezadita.

—Y ahí me encontró la policía universitaria al día siguiente —interviene Wouter—. Tirado en el suelo, con un parche en el ojo y un bigote dibujado con rotulador. Parecía el pirata menos amenazador del mundo.

Esbozo una sonrisa forzada, deseando encontrar esto tan gracioso como parece.

Rory finge inocencia.

—No tengo ni idea de cómo pasó eso, amigo. —Entonces levanta su taza de café y me señala—. ¿Tú también eres fisioterapeuta?

—No, no lo soy. Soy… —Dejo la frase a medias, sin saber cómo definirme. Una mentirosa en un matrimonio de conveniencia para obtener el visado. Una mujer que no tiene ni idea de qué coño está haciendo.

Al ver que no añado nada, Wouter interviene.

—Es diseñadora de Experiencia de Usuario en una empresa emergente en Ámsterdam.

—¡Impresionante! Seguro que es emocionante trabajar ahí —dice Rory, con su habitual jovialidad.

El suelo se tambalea bajo mis pies mientras proceso las palabras de Wouter.

«Es diseñadora de Experiencia de Usuario en una empresa emergente», ha dicho, como si le preocupara que yo dijera la verdad.

Como si decir que estoy en el paro le pareciera mal.

—En realidad, ya no trabajo ahí —le corrijo, recuperando por fin la voz—. Pero ahora mismo estoy buscando empleo. Sigo buscando algo que encaje mejor conmigo.

Rory asiente de forma tranquilizadora. Creo que este hombre solo es capaz de verle el lado positivo a las cosas.

—Todos hemos pasado por eso, ¿no? Seguro que encuentras algo pronto.

No presto atención a nada de lo que hablan durante el resto del desayuno. Mis gofres se han puesto blandengues, pero me llevo un trozo tras otro a la boca, intentando por todos los medios establecer contacto visual con Wouter, que intenta evitarlo con el mismo empeño.

Nunca me había sentido así, como la chica de diecisiete años sin ambiciones que él dejó. Es una revelación impactante pensar que pueda verme así. Todavía. Después de haberme asegurado hasta la saciedad que podía tomarme mi tiempo.

Quiero creer con todas mis fuerzas que no era eso lo que quería decir, pero no le encuentro otra explicación.

—Muy bien —dice Rory cuando terminamos de desayunar, sin darse cuenta de cómo ha cambiado el ambiente. Luego le dice a Wouter—: ¿Listo para irnos?

Wouter asiente, sin mirarme a los ojos, mientras todos nos levantamos.

—¿Nos vemos esta noche?

—Claro —respondo con cierto retintín antes de aclararme la garganta—. Disfruta de la conferencia.

—¡Parece una chica encantadora! —Le oigo decir a Rory antes de que los dos desaparezcan en el pasillo.

Brujas es un lugar precioso, con sus casas góticas y esas calles empedradas que me hacen sentir como si hubiera retrocedido unos cuantos siglos.

Pero su rasgo más característico son los canales, repletos de cisnes.

Nunca había visto tantos en un solo lugar, hay docenas y docenas de estas elegantes aves de cuello largo.

Hago una excursión en barco para verlo todo aún más de cerca y le envío unas fotos a Iulia con el mensaje: «Prometo que no te estoy siendo infiel».

Ella me responde de inmediato: «Brujas es mágica, así que te perdono ;)».

Aunque me encanta la libertad de recorrer una ciudad nueva por mi cuenta, la conversación con Rory me pesa como un yunque en el estómago.

Ámsterdam tenía que ser mi segunda oportunidad, pero no estoy más cerca de averiguar lo que quiero hacer con mi vida.

De hecho, puede que esté aún más perdida que cuando bajé del avión, ya que no tengo un sueldo fijo.

Wouter y yo prometimos que nada cambiaría en nuestra vida cotidiana, y sin embargo se ha producido un cambio radical. Cada día tengo que fingir un poco más, y tengo más dudas sobre cómo debo con él.

Su sola presencia en mi vida la altera por completo, y no solo porque estemos casados. Pude sentir su decepción cuando habló de mi trabajo, y ya no solo estoy triste por el cambio en la dinámica entre nosotros. Estoy enfadada con él, y esa emoción supone un extraño e inesperado alivio para mí.

Porque estar enfada con él es algo que se me da bien.

Mi día termina con la tortuosa subida al Bel-fry de Brujas, ese imponente campanario del siglo xiii con sus trescientos treinta y seis escalones.

Oigo las voces de mis padres, preocupados por mis pulmones, por lo peligrosas que son las escaleras, llenas de grietas, diciéndome que no pasa nada si no puedo seguir.

—¿Cuántos quedan? —pregunta la gente a los que bajan, aquellos que han logrado llegar arriba y han sobrevivido para contarlo.

—¡Casi habéis llegado! —prometen—. ¡Merece la pena!

Yo subo a mi ritmo. Hago descansos, bebo agua, dejo que otros me adelanten. Tardo una eternidad, pero cuando por fin llego arriba…

La ciudad se extiende ante mí, con sus diminutos edificios históricos, su mercado dominical y esos tejados anaranjados que se pierden en la lejanía.

Me quedo arriba un buen rato, sin importarme el viento, que me revuelve el pelo y hace que se me venga a la cara, ni los turistas que me piden que les haga fotos a sus familias.

Porque vuelve a resurgir esa pasión por los viajes, ese cosquilleo en la garganta que me pide en silencio: «más».

Cuando Wouter vuelve a la habitación por la noche, finjo que estoy dormida, envuelta en el edredón. Aún no he decidido si quiero plantarle cara a él o ignorarle.

Pero, hay que joderse, está siendo muy considerado.

Se mueve por la habitación sin hacer ruido: se quita los zapatos con los pies y abre la cremallera de su maleta muy despacio, diente a diente, lo que resulta francamente exasperante.

¿Cómo se atreve a ser tan educado con esto cuando no vaciló en hablar por mí y dejó bien claro que la persona que soy de verdad no es alguien a quien se atreva a presentar como su esposa?

Gana la ira.

Tiro la colcha con tanta fuerza que lo sobresalto.

—¡Joder! —exclama, llevándose una mano al pecho—. No me había dado cuenta de que todavía estabas despierta.

Parece tan dulce bajo la luz nocturna, con la catedral reflejada en sus gafas. Eso también es irritante: que yo esté hecha una furia y él tenga la desfachatez de parecer tan apetecible.

—¿Qué tal la cena con Rory? —pregunto con tono seco, sin importarme los pelos que debo de llevar ni que voy sin sujetador, con una camiseta y unos minúsculos pantalones cortos—.

El que tenía que saber que soy diseñadora de Experiencia de Usuario.

Porque Dios no quiera que alguien piense que tu mujer está en el paro.

Me mira desconcertado.

—Danika —dice mientras se acerca a la cama, levantando las manos—. Tranquilízate, ¿vale? Hablemos. —Tiene los dos botones superiores de la camisa desabrochados. Otro detalle irritante.

—¿Tenías que presentarme así? ¿Por qué? ¿Para que no interviniera y le dijera la verdad? ¿Para que no te… avergonzara?

—No —dice, y por fin parece comprender lo que le estoy diciendo.

—Porque no quería que te sintieras obligada a dar explicaciones cuando aún estás descubriendo qué hacer con tu vida. Me da igual que mis colegas sepan que ahora mismo no estás trabajando.

Sigo demasiado enfadada como para dejarme conmover por este gesto, aunque haya sido medianamente considerado. Me aprieto los ojos con los dedos y respiro hondo.