Lo que pasa en Ámsterdam Dieciséis #2
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Dieciséis #2

Abro mi equipaje, saco mi neceser y lo llevo al baño.

Aunque en casa lo compartimos, este me parece mucho más íntimo.

Quizá sea la maldición de la suite nupcial, o que este espacio es mucho más pequeño.

O que estamos a punto de dormir en la misma cama.

Sea como sea, me tiemblan las manos mientras saco las botellitas de champú y acondicionador y las dejo en la encimera.

Mientras lo hago, el frasco de antidepresivos se cae del neceser y rueda por el suelo del baño hacia la suite.

—No es nada —me apresuro a decir mientras me agacho para recogerlo antes de que llegue a los pies de Wouter, con la cara como un tomate—. Solo son… vitaminas.

Me odio nada más decirlo. No me avergüenza tomar medicación, pero la historia que hay detrás a menudo me parece demasiado complicada de explicar.

Siempre me ha dado ansiedad contárselo a la gente, porque me preocupa que piensen que mis problemas tenían que ser muy graves para necesitar ayuda médica.

A lo mejor va a resultar que sí me da algo de vergüenza.

Mi móvil suena cuando Wouter empieza a deshacer las maletas.

—Es Phoebe —digo, cogiéndolo—. ¿Te importa si…?

—Adelante. Voy a darme una ducha, para que tengáis intimidad. —Él sabe que le he contado que nos hemos casado, que confío plenamente en ella, pero aun así espero hasta que Wouter se lleva el neceser y la ropa para cambiarse al cuarto de baño para descolgar.

La voz de Phoebe es casi demasiado alta para la pequeña habitación.

—¡Vamos a verte! —suelta de golpe, y oigo de fondo que Maya da un grito de alegría.

—¿Qué? —pregunto, tapándome la otra oreja para poder oírla mejor cuando se abre el grifo de la ducha en el cuarto de baño—. ¿Vas a venir… aquí?

—¡El mes que viene! Para la fiesta de tu boda. Cuadraba las fechas y nos dijimos: mejor hacerlo ahora, antes de que nazca el bebé. Así que… ¡nos vamos a Ámsterdam!

Una sonrisa se dibuja en mi rostro, como si llevara semanas esperando recibir buenas noticias.

—¡Madre mía, no me lo creo! ¡Qué ganas! Hay mil sitios a los que quiero llevaros, y solo la mitad de ellos tienen que ver con los dulces. ¿De verdad vais a venir?

Phoebe vuelve a dar un grito.

—¡De verdad! Y encima nos han puesto gratis en economy confort , así que vamos a disfrutar de más espacio para las piernas.

—Sois demasiado sofisticadas para mí.

Seguimos hablando de los preparativos mientras mi cabeza da vueltas.

—Antes de que colguemos —dice Phoebe después de que le haya dicho que se traiga sus zapatos cómodos, un impermeable y unas cuantas cajas más de macarrones con queso de Annie’s—: mamá y papá me han enviado un mensaje preguntando por qué estás en Bélgica.

—¿Qué? Uf… —dejo escapar un gemido mientras me paso la mano por la cara—.

Joder, creo que no he desactivado el uso compartido de mi ubicación.

—Solo lo activé por seguridad, porque salir con alguien en Los Ángeles era, como mínimo, un deporte de riesgo.

El agua del baño sigue corriendo—. Estoy en Brujas por un congreso de fisioterapia. Con Wouter.

Se produce un silencio al otro lado de la línea.

—Me alegro mucho de que vengas, Pheebs —le digo con una risita derrotada.

—Tranquila, todo se arreglará —me promete, y nos decimos «te quiero» antes de colgar.

Cuando Wouter sale de la ducha en pantalón corto y con la camiseta del Ajax, secándose el pelo con una toalla, se me encoge el corazón. No es la misma camiseta que llevaba cuando vivía con nosotros, pero el recuerdo sigue ahí.

—Va a venir mi hermana —digo, pero solo puedo esbozar una sonrisa temblorosa—. A finales de abril.

Se le ilumina la cara y me dice que es fantástico y que está deseando verla.

—Pero… ¿por qué me parece que hay algo más? —pregunta, frunciendo el ceño.

—Solo mis padres. Están flipando porque me he ido a Bélgica sin decírselo y no entienden lo fácil que es coger un tren. Supongo que siguen sin aceptar que soy una persona totalmente independiente.

Él asiente y se frota el pelo una última vez antes de colgar la toalla.

—Lo recuerdo. Siempre han sido un poco sobreprotectores. Imaginaba que eso cambiaría a medida que te hicieras mayor, pero… parece que no ha sido así, ¿no?

Sus palabras me afectan demasiado; no esperaba una reacción tan visceral.

Pero, maldita sea, parece que lo recuerda todo, aunque solo lo deja entrever cuando le conviene.

No podemos hablar con naturalidad de mis padres sin reconocer el TEMA, con mayúsculas, del que aún no hemos hablado.

Nuestra historia está demasiado enredada como para andar eligiendo qué partes contar, y si necesitaba otra razón para blindar mi cuerpo y mi corazón, aquí la tengo.

¿No quiere complicar las cosas? Por mí perfecto.

—No pasa nada. Será mejor que me prepare para irme a acostar.

Dicho eso, cojo mi pijama y me encierro en el baño, intentando serenar mi respiración. «Cuatro. Siete. Ocho», y suelto el aire por la boca. Soy imbécil por creer que este viaje podría ser normal después de todo lo que hemos vivido.

¿Cómo iba a serlo, si nunca me ha dado una verdadera explicación de por qué rompió conmigo?

Hacía semanas que no pensaba en ello, pero ahí está otra vez, martilleando mi cráneo. Pensaba que nos estábamos abriendo, empezando a construir una nueva relación de cercanía. A lo mejor también me estaba engañando con eso.

Una vez más, me hago mi rutina de cuidado de la piel, posponiendo lo inevitable, que es meterme en la cama con Wouter. Al parecer, el secreto de una piel perfecta es el caos emocional, porque la mía nunca ha tenido mejor aspecto.

Cuando salgo del baño, él está en la cama, con un libro sobre el impacto del estrés en el cuerpo abierto sobre su regazo, arropado hasta las caderas.

Con las gafas puestas y la suave luz de la lámpara de la mesilla, compone una estampa de lo más tentadora.

Ya casi se le ha secado el pelo; ojalá no recordara lo que es deslizar los dedos por esos mechones.

—¿Todo bien? —me pregunta cuando me tumbo a su lado, tratando de ignorar el calor que desprende su cuerpo, aun con treinta centímetros de por medio entre los dos, y su aroma a cítricos y menta.

—Sí. Genial.

Por fin, deja el libro y me mira por encima de las gafas.

—Danika —empieza, pero no quiero oír cómo termina la frase. Tengo la sensación de que ya hemos pasado por esto antes.

—Estoy bastante cansada del viaje. Y tú tienes un día ajetreado mañana. Deberíamos dormir.

Hace una pausa, sorprendido por mi repentina frialdad.

—Sí, claro. Si eso es lo que quieres —dice, y se quita las gafas y las deja sobre el libro antes de apagar la luz junto a la cama—. Buenas noches.

— Fijne avond —digo, deseando no ser tan cobarde.

Siento un nudo en el pecho mientras me pongo de lado de cara a la pared. En un universo alternativo, cruzaríamos la línea invisible en medio de la cama y recuperaríamos todo el tiempo perdido.

Pero no es lo único que deseo de él, y eso puede que sea lo más aterrador de todo.

«Gofres», me recuerdo con férrea determinación. Por la mañana habrá gofres y quizá no piense en todas las formas en que esto podría ser diferente.

Quizá no echaré de menos algo que nunca tuve.