Dieciséis
Wouter me brinda una indescifrable sonrisa torcida mientras sube mi maleta al estante que hay en lo alto. Si suelta algún gruñido, no me recuerda en absoluto a lo que hicimos en nuestras respectivas habitaciones la semana pasada.
Luego nos sentamos en silencio en nuestros asientos del tren, demasiado incómodos para reclamar el reposabrazos que hay entre los dos.
Durante un tiempo consideré la posibilidad de cancelar este viaje, pero puede que pasar un tiempo lejos de casa nos venga bien a ambos.
Volveremos con nuevas perspectivas y la mente despejada, porque, simple y llanamente, no hay otra opción.
Ahora que sé cómo suena esta versión de él cuando se corre, que sus gemidos van poco a poco in crescendo hasta alcanzar el clímax, no se puede comparar con nuestro pasado.
Entonces carecía por completo de esa impetuosidad.
El pensamiento me produce una silenciosa tristeza. Estuvimos muy cerca aquella noche, más de lo que he llegado a estar de nadie en mucho tiempo.
Durante esos pocos minutos sin aliento, nos entendimos el uno al otro.
Ahora solo somos capaces de mantener una conversación trivial.
—Qué paisaje tan bonito —digo, señalando lo obvio, cuando el silencio empieza a afectarme. Miro el móvil y me sorprendo al ver que solo llevamos quince minutos en el tren.
Él cruza una pierna sobre la otra y levanta la vista del libro que está leyendo.
—Muy bonito —repite.
No estoy acostumbrada a verlo desaliñado, y sin embargo esa es la única forma de describirlo en este momento: ojeras marcadas, mandíbula y mejillas cubiertas por una barba de varios días, y el pelo más revuelto de lo habitual, como si se lo hubiera estado peinando con las manos.
Tiene los hombros rígidos, y lo irónico es que parece que necesita un masaje más que nadie.
Dudo que la situación entre nosotros sea lo que le quita el sueño; es más probable que se trate de un problema en el trabajo o de algún otro tipo de tensión.
Pero por un momento me permito imaginar que yo soy la causa de su aspecto desarreglado: que le cuesta conciliar el sueño porque ansía sentir mi boca en su cuello, que evita mirarme a los ojos por lo que hicimos en una fantasía lúcida.
Hace un par de noches me derrumbé y llamé a Phoebe, y solo le conté que nos besamos estando borrachos y que eso había removido algunas emociones.
—¡Ay, Dani! —dijo con un suspiro, y aunque había cierta preocupación en su voz, no había rastro de reproche alguno—. ¿Sientes algo por él?
—No lo sé —respondí en voz baja, y ella se quedó conmigo durante un rato, compartiendo mi confusión.
Porque sería mucho más fácil si no sintiera nada.
Wouter coloca un marcapáginas en su libro de bolsillo y echa un vistazo al vagón del tren. Es sábado por la tarde y los asientos a nuestro alrededor están bastante vacíos.
—Creo que deberíamos hablar.
—Y yo que pensaba que no hablar nos estaba yendo de maravilla —digo, esperando que esto le haga reír. Solo consigo un pequeño suspiro. Nada que ver con la risa despreocupada de aquella n oche en la cocina, con ese hoyuelo que solo desapareció cuando me arropó en la cama.
Espera un rato antes de volver a hablar.
—Lo que pasó la semana pasada…, que no fuéramos más lejos fue lo mejor.
«Más lejos». Como si lo que hicimos no hubiera sido ya lo bastante íntimo. No puedo ni imaginar qué sería ir «más lejos».
—Complicaría demasiado las cosas —continúa algo apresurado, como si le preocupara perder el valor si no lo soltara de golpe—.
Si acabara mal y siguiéramos casados… —Se pasa la mano por el pelo, y tengo que contenerme para no colocarle un mechón rebelde—.
Me dolería que te sintieras a disgusto viviendo aquí.
Toda la lógica está de su parte: sé que tiene razón. No puedo acostarme con Wouter, desdibujar aún más nuestros límites y que eso no signifique nada cuando ya nos unen muchas otras cosas.
—Tienes toda la razón. Habría sido un error —declaro, colocando las manos con recato en mi regazo, como si estuviera dirigiendo una reunión de trabajo. Una charla profesional sobre nuestro poco profesional comportamiento—. Podemos hacer borrón y cuenta nueva.
El alivio se refleja en su rostro, como si hubiera esperado que yo pusiera objeciones. En cuanto mi pulso recupere su ritmo normal, quizá yo también sienta ese alivio. Entonces se le escapa una risa.
—¡Madre mía! No sabes cuánto me alegra que pienses lo mismo. Hace… bastante que no estaba con nadie. Puede que me dejara llevar un poco, y te pido perdón por ello.
—¿Cuánto tiempo es «bastante»?
Wouter se muerde el labio inferior.
—Más o menos un año.
«Un año» . Ya lo había supuesto, pero aun así necesito un momento para asimilarlo. Un año sin abrazar a nadie así, sin respirar contra su piel ni desarmarla con sus hermosas manos.
Resulta casi insoportable lo mucho que deseo ser yo esa persona.
—Bueno, todas las sequías terminan tarde o temprano —logro decir.
Él le resta importancia con un gesto, como si la sequía le diera igual, pero veo cierta tensión en su mandíbula.
—Me alegra que hayamos aclarado las cosas. Ahora podemos disfrutar del viaje.
—Yo solo quiero comer chocolate y gofres durante los próximos dos días —digo.
—No oirás ninguna queja por mi parte.
Wouter vuelve a su libro, un poco menos tenso, y yo abro Duolingo en mi móvil sin muchas ganas mientras sigo esperando que llegue ese alivio.
Pero el suave traqueteo del tren me relaja y no tardo en quedarme dormida a ratos.
Parece que mi subconsciente no está de acuerdo con que hayamos decidido olvidar lo que pasó el sábado.
De repente estamos de nuevo en la cocina, solo que esta vez no paramos.
Él no deja de excitarme más y más, y posa los labios en mi hombro antes de apartarse un instante para desabrocharme los vaqueros y volver a abrochármelos de forma inexplicable.
Todo eso me vuelve loca, me hace suplicar, y en mi sueño, a Wouter le encanta oírme suplicar.
Por fin me atrae hasta el borde de la encimera, apoyando las manos en mis muslos mientras se arrodilla.
La expresión de su rostro es de puro deseo.
—Ya casi estamos en Bruselas —dice.
Me despierto sobresaltada cuando me toca en el hombro con la mano para decirme que es hora de cambiar de tren.
Más vale que estos gofres sean de otro mundo.
—Tiene que haber dos habitaciones —le dice Wouter a la recepcionista del hotel. Habla en inglés por mí, aunque Brujas se encuentra en la parte norte de Bélgica, llamada Flandes, donde se habla neerlandés—. Una a nombre de Van Leeuwen y otra a nombre de Dorfman.
La mujer frunce el ceño mientras mira la pantalla de su ordenador.
—Lo siento, señor, aquí solo aparece una. Pero es una de nuestras mejores suites —dice. Acto seguido se inclina hacia nosotros y finge susurrar—: Uno de sus compañeros nos dijo que son recién casados, ¡así que les hemos dado una habitación mejor!
Nunca en mi vida me había costado tanto esbozar una sonrisa.
—Es muy amable de su parte —digo, buscando las palabras adecuadas—. ¿Seguro que no hay nada más disponible? ¡Mi marido ronca igual que un oso! —Intento hacer que parezca una peculiaridad encantadora. ¡Solo dos recién casados locamente enamorados que no quieren dormir en la misma habitación!
—Por desgracia, no. Estamos completos.
Wouter acepta las dos llaves y esboza una sonrisa forzada semejante a la mía.
—Muchas gracias.
Subimos en silencio en el destartalado ascensor que nos lleva a la última planta del bonito hotel histórico, agarrando con fuerza el asa de nuestras maletas.
Ambos procuramos no mirar al otro en el espejo de cuerpo entero, aunque yo no puedo resistirme a echarle un vistazo de reojo.
Ahí está, mucho más alto que yo, sin dejar de mover las inquietas manos, algo habitual en él.
Me pregunto si parecemos una pareja felizmente casada.
Si damos la sensación de ser tal para cual, o si la gente se pregunta qué vemos el uno en el otro.
—Bueno —digo cuando abre la puerta—, supongo que estamos de luna de miel.
Porque no solo hay una cama con un corazón hecho con pétalos de rosa rojos y dos toallas dobladas en forma de cisnes que se besan, sino también una botella de champán y dos copas, un frasco de sales de baño y un plato de fresas bañadas en chocolate.
Desde el gran ventanal se ve la plaza medieval de la ciudad, iluminada por la noche.
—Puedo dormir en el suelo —se ofrece Wouter, dejando su mochila. Tiene las mejillas casi del mismo color que los pétalos de rosa—. ¿O puede que en la silla?
—Es un viaje de trabajo. De tu trabajo, como fisioterapeuta. ¿Qué pensarían los demás si se enteraran? —Niego con la cabeza de forma enérgica, rechazando esa sugerencia—. Somos adultos. Podemos dormir en la misma cama sin que resulte raro.
Pero lo inusual no es que haya solo una cama, sino que nunca hemos dormido juntos.
Cuando salíamos, soñaba con ello a todas horas; nada me parecía más romántico en aquel entonces.
Ya de adulta, el romanticismo se desvaneció y me di cuenta de que necesitaba mi espacio, y en las raras ocasiones en que pasaba la noche con alguien, me quejaba de que tenía demasiado calor cuando el chico intentaba abrazarme después de hacerlo.
En realidad, no soportaba sentirme atrapada.
Cuando se apagaban las luces y me rodeaban con el brazo, de repente, no podía respirar.
—Siento que se hayan tomado la licencia de darnos una habitación mejor —dice, y coge la botella de champán—. Aunque hay que reconocer que es un detalle muy bonito.
Me meto en la boca una fresa cubierta de chocolate.
—Ya que estamos, más vale que lo disfrutemos, ¿no?