Quince #2
—Aquí, en Dam Fine Boat Tours, nos enorgullecemos de ser la empresa de paseos alternativos por los canales de Ámsterdam —dice Iulia con la desenvoltura de alguien que repite este mismo discurso varias veces al día—.
Lo que significa que podéis beber, decir palabrotas y preguntar todo lo que queráis sobre el lado más oscuro de la ciudad. Pero con educación, ¿vale?
El motor del barco emite un zumbido relajante cuando Iulia lo pone en marcha y repasa algunas informaciones básicas de seguridad.
—En este punto del recorrido, suelo preguntar a los pasajeros de dónde son y qué han estado haciendo en Ámsterdam hasta ahora —dice—. Pero vosotras dos vivís aquí, así que…
—Sí, pero queremos vivir la experiencia turística completa —dice Roos—. Por favor, no te cortes.
—Entendido. —Iulia dice algo en neerlandés por la radio y pasa junto a un barco turístico mucho más grande con considerable destreza.
Pasamos por debajo de un puente, con bicicletas aparcadas en cada centímetro disponible.
Las calles sobre nosotros pueden estar abarrotadas, pero aquí, en el agua, se respira una clara sensación de calma.
El sol en mi cara, el viento en mi pelo…
Una forma ideal de pasar la tarde. Las casas del canal son aún más impresionantes desde este ángulo, y no sé cómo pude pensar alguna vez que la paleta de colores no era preciosa.
—Siempre empiezo con algunos datos básicos sobre Ámsterdam —dice Iulia después de abrir una nevera y decirnos que nos sirvamos—.
Y es más divertido cuando es interactivo, así que no dudéis en interrumpirme en cualquier momento.
Esta ciudad era originalmente un pequeño pueblo de pescadores en el siglo xii , y luego se expandió hasta convertirse en una potencia mundial durante la Edad de Oro neerlandesa en el siglo xvii .
La Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales formaba parte de una vasta red comercial que convirtió a Ámsterdam en una de las ciudades más ricas del mundo.
Ámsterdam experimentó un enorme crecimiento económico en aquella época, pero también tiene una oscura historia de colonialismo y esclavitud.
Por suerte, es algo de lo que el país está empezando a hablar de forma mucho más abierta.
»Como ya sabéis, ahora mismo estamos por debajo del nivel del mar.
De hecho, la mayor parte de los Países Bajos lo está —prosigue—.
Hace unos dos mil años, los habitantes empezaron a levantar diques para contener el agua, y en el siglo xiii , comenzaron a utilizar molinos de viento para bombearla.
Que Ámsterdam exista tal y como la vemos hoy es increíble y un auténtico milagro —dice con un gesto grandilocuente—.
Pasemos a los canales. ¿Alguien sabe cuántos hay?
Roos levanta la mano y Iulia le dirige una sonrisa burlona.
—Tú no puedes contestar.
—¡Madre mía, qué presión! —digo entre un trago y otro de cerveza—. No sé…, ¿cincuenta?
—Mejor ciento sesenta y cinco —puntualiza Iulia—. Setenta y cinco kilómetros. Y cada año sacan quince mil bicicletas de sus aguas.
—Un año, dos de esas bicis fueron mías —dice Roos, alzando su cerveza a modo de brindis—. Qué época tan negra.
—¿Y el agua está limpia? —pregunto.
Iulia levanta un dedo, coge un vaso de plástico transparente y se inclina sobre el borde del barco para llenarlo.
—Bastante limpia —dice, enseñándonos el vaso para que podamos verlo—. Aunque yo no me la bebería. Antes solía dar un sorbo en cada excursión, y al cabo de un mes, me puse enferma.
Roos se estremece.
—Cuando ves a tanta gente meando en el agua, no quieres tocar ni una gota por nada del mundo.
—Ya, bueno, supongo que me gusta vivir al límite —bromea Iulia, arrojando el agua antes de volverse hacia mí—. ¿Cuánto tiempo tienes pensado quedarte?
—Bueno…, al principio pensaba quedarme uno o dos años —respondo, aunque en realidad nunca lo pensé, solo acepté el trabajo y di el salto. La alianza en mi dedo me recuerda que debería dar una respuesta diferente—. Pero ahora que me he casado…
—¿Te sabes el chiste típico entre expatriados? Dices que solo te quedarás un par de años… y, cuando te quieres dar cuenta, ya llevas diez o quince —dice Iulia—. ¿Y tu marido y tú pensáis quedaros aquí, en los Países Bajos?
Si pone más énfasis al pronunciar la palabra «marido», Roos no parece darse cuenta.
—Sí, claro—respondo, y Roos deja escapar un suspiro de alivio.
Merezco que me arrojen al canal lleno de meados.
Pasamos por la escuela adonde voy a clase de neerlandés, la Westerkerk y la casa de Ana Frank.
Quizá sea solo porque Roos es originaria de Ámsterdam, pero noto que mira más a Iulia que al paisaje.
Sus mejillas se tiñen de rosa cada vez que la capitana le sonríe.
Eso es suficiente para distraerme de todas las mentiras, porque aquí hay algo puro, algo muy bonito.
Aprovechando que hoy soy una turista y no hay nada de qué avergonzarse, hago algunas fotos para mis padres.
En nuestro chat está todavía la que me enviaron ayer desde mi camión de tacos favorito, brindando con un Jarritos.
Sé que es solo su forma de demostrar que me echan de menos, pero no puedo evitar preguntarme si no es algo más.
Un recordatorio de lo que me estoy perdiendo.
Un intento de tentarme para que vuelva.
Hemos cogido la costumbre de hablar por teléfono los domingos: para mí es por la tarde; para ellos, por la mañana. Dicen que es la mejor manera de empezar el día, pero yo siempre cuelgo sintiéndome un poco peor que antes.
—Puede que sea lo mejor —dijo mi madre la semana pasada cuando le comenté que había dejado de montar en bicicleta—. De todos modos, deberías llevar casco. Sigo sin poder creer que allí nadie lo lleve.
—Los bebés sí llevan —respondí, y casi podía verla poniendo los ojos en blanco al teléfono.
Durante la mayor parte de mi vida, me han atado en corto. Era por mi propio bien, ¿no? Eso era lo que me repetía cada vez que pensaba en rebelarme. Solo querían que estuviera bien. Que fuera feliz.
Pero, ahora que estoy lejos de ellos, me pregunto si quizá hubiera sido más feliz de haberme dado más libertad.
—Ahora estamos entrando en lo que fue el antiguo barrio judío —dice Iulia.
La arquitectura aquí es diferente. Menos bonita.
Nos explica que la mayoría de estas casas se destruyeron durante la Segunda Guerra Mundial y que se levantaron de nuevo como bloques de viviendas o edificios de oficinas—.
Hubo más víctimas judías en los Países Bajos que en cualquier otro país.
Todo el mundo conoce a Ana Frank, y aunque su historia es desoladora…
, solo es una persona. Una de entre más de cien mil que fueron llevadas a los campos de concentración, la mayoría de las cuales nunca regresaron.
Por supuesto, sabía que Ámsterdam tenía una historia judía complicada y profunda Me crie en un entorno laico y nunca he sido muy religiosa.
Nunca tuve un bat mitzvah . Pertenecíamos a una sinagoga, pero dejamos de ir cuando nuestras actividades extraescolares y otras responsabilidades empezaron a parecerme más importantes.
Aquí es distinto, al estar frente a frente con la historia, y eso hace que sienta un profundo respeto durante el resto de la visita.
—Ha sido increíble —le digo a Iulia mientras nos lleva de vuelta al muelle—. Mejor que cualquier clase de historia. Muchas gracias.
—Es un placer —responde ella—. Y ahora viene la parte incómoda en la que os pido que nos dejéis una reseña de cinco estrellas y mencionéis mi nombre.
Roos teclea con el dedo en su móvil y luego lo levanta con aire triunfal.
—Ya está. Mi artículo sale la semana que viene y tú vas a estar sin duda en lo más alto de la lista.
Ahora es Iulia quien se sonroja antes de volver a centrar su atención en el agua; por primera vez, parece que no domina del todo la situación.
—Siempre me gusta terminar mis recorridos aquí —dice, apagando el motor—. Desde este punto se pueden ver siete puentes a la vez, perfectamente alineados. Es mi rincón favorito de Ámsterdam.
Aunque debe de haber hecho este recorrido cientos de veces, parece un poco hipnotizada.
Desde este ángulo, alcanzo a ver los siete durante solo unos segundos antes de que el barco tape uno de ellos.
Siete semicírculos concéntricos, con el canal más cercano enmarcado por frondosos árboles verdes.
Las bicicletas y las casas torcidas, esos símbolos de Ámsterdam, y la luz del sol que lo tiñe todo de dorado.
Se me corta la respiración. El tiempo se detiene por un momento en esta ciudad que creía que me había rechazado, cuando lo único que necesitaba era darle una oportunidad para que cobrara vida de verdad. Parece magia.
Me doy cuenta de que este lugar no tiene por qué ser una vía de escape de una vida que no me hacía feliz. No tiene por qué ser algo temporal, un lugar donde recomponerme antes de seguir adelante.
Podría ser mi hogar.