Quince
Roos Van Leeuwen me está esperando en una cafetería, no un coffeeshop , en una angosta calle escondida detrás de un museo de tulipanes bastante cursi en el Jordaan, el barrio más pintoresco de Ámsterdam, donde cada canal parece salido de una postal.
—Me alegro mucho de que hayas podido venir —dice después de pedir. Está muy guapa con su abrigo azul a cuadros, sus botas grises cortas y una riñonera colgada al hombro con naturalidad—. ¿No te han puesto pegas en el trabajo por cogerte la tarde?
En marzo sigo llevando un jersey de cuello alto debajo de mi abrigo de lana, y no me estorba. La ropa de abrigo es genial.
—Es una empresa emergente, ya sabes. A veces los horarios son rarísimos —explico.
Entonces esbozo una sonrisa forzada, haciendo todo lo posible por restarle importancia—.
Será un placer hacer de turista. Siempre que no tenga que llevar una camiseta con un pene con brazos fumándose un porro.
Por desgracia, ya he visto muchas así en las tiendas de recuerdos.
Roos finge ofenderse.
—Pero es nuestro uniforme nacional.
Intercambiamos los teléfonos en Culemborg, pero no esperaba que me llamara tan pronto.
Me dijo que estaba elaborando una lista con las numerosas opciones de cruceros por los canales de Ámsterdam y quería saber si me gustaría probar uno con ella.
Aproveché la oportunidad para salir del apartamento y alejarme de la monotonía de la búsqueda de empleo.
Lejos de Wouter.
Después de esa noche llena de malas decisiones, me desperté con un dolor tremendo de cabeza. Sobre la encimera había una serie de remedios para la resaca, o kater , según un nuevo pósit. Un frasco de aspirinas, una barra de pan y una raíz de jengibre entera que él había pelado y picado para mí.
Y luego, lo que supuse que no era para la resaca, sino para combatir la morriña que mencioné en el museo: dentro de una bolsa de una tienda para expatriados estadounidenses, una caja de Pop-Tarts de cereza glaseados.
Era injusto que pudiera ablandarme incluso cuando lo que sentía por él era tan complicado.
Eso fue hace solo tres días. Apenas media semana desde que nos besamos, desde que me arropó, desde que hicimos…
Por Dios, ni siquiera sé cómo llamarlo. Y eso es parte del problema.
No tengo ni idea de qué piensa él al respecto o si quiere olvidar lo que sucedió.
Para ser sincera, yo tampoco sé qué pensar, solo que no me arrepiento.
¿Cómo podría arrepentirme, si fue uno de los momentos más íntimos y liberadores de mi vida?
Así que le he estado evitando: me llevo el portátil a la biblioteca por las tardes, me «salto» la cena y le envío mensajes diciendo que estoy estudiando para clase. Y teniendo en cuenta que se va a trabajar muy temprano y vuelve muy tarde, también ha estado haciendo lo mismo.
Ojalá no le oyera gemir mi nombre cada vez que cierro los ojos.
Roos y yo recogemos nuestros cafés y salimos fuera otra vez.
Me doy perfecta cuenta de lo raro que resulta poner distancia con Wouter pasando el día con su hermana.
La zona está abarrotada de turistas, algunos de ellos se quedan parados en las calles, cargados con enormes mochilas que obligan a los ciclistas a esquivarles.
Envidio su confianza: yo todavía no me he atrevido a volver a montar en bicicleta.
—¿Nunca te cansas de esto? —pregunto mientras pasamos junto a un grupo de doce turistas jubilados de pelo blanco que siguen a un guía que habla muy deprisa en español—. ¿Los turistas, las despedidas de soltero, lo lleno que está todo siempre?
—Nunca —contesta Roos, bebiendo un sorbo de café—.
Algunos habitantes de Ámsterdam lo odian, pero yo soy adicta a la energía que hay aquí.
Aunque creo que no lo valoré hasta que cumplí los veinte.
Antes me quejaba de los turistas como todo el mundo, pero cuando empecé a viajar por mi cuenta, comprendí que yo también era esa turista que a veces estorba.
Era la persona que quería sacar la foto perfecta.
Ahora, cada vez que veo a una chica haciéndole una foto a su amiga delante de un canal, no puedo evitar sonreír.
Aunque sea la misma foto que se hacen todos los que vienen aquí de vacaciones.
—Con una mirada cómplice, señala con la cabeza a una pareja que está haciendo justo eso al otro lado del canal—.
Y pienso: «Venga, sí, hazla. ¿Quieres que te saque yo una?
». Porque esta ciudad es preciosa y no quiero perderme ni un solo momento.
Nunca había conocido a alguien así, que parezca no tener ni una pizca de cinismo.
—Wouter y tú tenéis eso en común. Ese profundo amor por la ciudad.
—Es el mejor lugar del mundo —dice ella—. Muchas personas que crecen aquí nunca se van. Llevan Ámsterdam en la sangre.
Siempre me gustó bastante Los Ángeles, me consideraba una auténtica angelina porque había vivido varios terremotos sin enterarme y siempre reconocía cuando una película estaba rodada en Los Ángeles, pero se suponía que era otra gran ciudad.
¿Pero llevarla en la sangre? No sé si alguna vez tuve ese tipo de conexión con la ciudad.
—Esto te va a sonar raro, y no te lo tomes a mal, pero… te estás portando genial conmigo —empiezo— Teniendo en cuenta todas esas falsas amistades que dejé en California, me parece un regalo que me hayan dejado entrar así en el mundo de los Van Leeuwen.
Roos casi se atraganta con su café con leche.
—¿No estás acostumbrada a eso?
—Bueno…, depende. —Intento dar marcha atrás, ya que no quiero revelar la verdad—. Pensaba que serías más escéptica.
—Qué puedo decir, soy un poco sentimental.
Sé que hace más de diez años que os conocisteis, pero siempre me pregunté si alguien podría ser tan especial para él como lo fuiste tú.
Aunque no te conocía, lo sabía. Y entonces el destino os volvió a juntar y bueno…
—dice. Acompaña sus palabras con un pequeño encogimiento de hombros y señala mi alianza—. Es algo mágico.
No me pide que lo defienda. No me presiona para que le dé detalles. No es ingenuidad, lo sé, y Roos no es tonta. En su momento vio lo mucho que él me quería, y cree que eso sigue ahí.
—Y tú amas a mi hermano —dice.
Trago saliva con dificultad, sintiendo la mentira revolverse en mi estómago. Wouter se lo está currando más de lo que creía, y yo debería hacer lo mismo. Aunque lo que pasó en nuestros dormitorios haya anulado mi capacidad de pensar de manera racional.
—Sí, claro —logro decir, y las palabras no me resultan tan agrias como imaginaba.
—Entonces no necesito saber más —repone. Luego tira la taza vacía a una papelera cercana y me lleva hacia el muelle—. Es solo que… se ha cerrado un poco desde que falleció nuestro padre. Está muy centrado en el trabajo, lo cual no es necesariamente malo, pero…
—Me he dado cuenta —apostillo. Él mismo lo reconoció, y también que quiere cambiar.
—Adoptar a George fue muy importante. Eso le dio más motivos para salir, para ir al parque.
Y tiene a sus amigos, por supuesto, pero no sé si es muy feliz en su vida cotidiana, ¿sabes?
Cuando os vi juntos, me di cuenta enseguida: hacía tiempo que no le veía tan relajado.
—Me agarra del brazo mientras nos acercamos al muelle, y me pregunto si el contacto físico es una forma de expresar afecto propio de su familia—. Me alegro mucho de que te tenga a ti.
En el costado del pequeño barco azul en el Keizersgracht se puede leer: dam fine boat tours , un nombre con doble sentido que promete «paseos en barco cojonudos». Es una coincidencia perfecta que el encargo de Roos nos haya llevado a la empresa de Iulia.
Mientras esperamos, Roos me pregunta qué tipo de vestido me gustaría llevar para la celebración nupcial, que los Van Leeuwen han organizado para principios de mayo.
Solo es otra actuación, pero cuando imagino los anchos hombros de Wouter enfundados en una chaqueta de traje y con una corbata al cuello… , me tiemblan un poco las piernas.
—No estoy muy segura —le digo a Roos con sinceridad. El mejor resumen posible de cómo me siento ahora mismo.
—Tranquila, encontraremos algo. Si quieres algo menos convencional, te quedaría bien un tono lavanda o azul claro. O incluso algo más oscuro, como un azul marino o un verde bosque…
—¡Bienvenidas, bienvenidas! —nos interrumpe una voz familiar, por suerte—.
Parece que iba a venir una familia de seis personas con nosotros, pero han llamado para decir que han sufrido una intoxicación alimentaria, ¡así que al final seremos solo nosotras tres!
—Iulia nos recibe con una sonrisa radiante, vestida de manera informal, con unos vaqueros y una chaqueta con muchos bolsillos, y el pelo recogido en su habitual coleta.
Después de presentarlas a los dos, Iulia inclina la cabeza hacia mí.
—¿Ya tienes amigos neerlandeses? Es impresionante.
Roos le devuelve la sonrisa.
—Bueno, se ha casado con mi hermano.
Al oír eso, Iulia levanta las cejas casi hasta donde nace el pelo, con una expresión de absoluta confusión.
«¡Ay!».
«¡Ay, joder!».
Resulta que me dejé todas las neuronas al otro lado del Atlántico. Iulia sabe que estoy en el paro. Sabe que solo llevo aquí un par de meses, y puedo ver cómo van encajando las piezas delante de nosotros.
—Es… muy reciente —logro decir. «¡Idiota, idiota, idiota!» —. Salimos juntos cuando éramos adolescentes y nos reencontramos hace poco… —balbuceo, segura de que cada palabra de mi explicación me delata.
Hay que reconocer que Iulia se limita a sonreír.
—No tenía ni idea… Gefeliciteerd —dice, y después nos indica que nos acerquemos al barco eléctrico, lanzándome una mirada de reojo que Roos no alcanza a ver. Yo solo puedo responderle con una mueca incómoda—. Subamos a bordo y pongámonos en marcha, ¿os parece?
Nos tiende la mano para ayudarnos a subir. El barco se balancea un momento, ajustándose a nuestro peso, y luego Roos y yo nos sentamos a cada lado de la silla del capitán.