Lo que pasa en Ámsterdam Catorce #2
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Catorce #2

— Bedankt —murmura. Una de sus manos avanza despacio por mi muslo, hasta llegar al pliegue de la cadera. La otra mano la imita, a fin de agarrarme y así poder arrastrarme hacia el borde de la encimera.

El aire se me queda atrapado en los pulmones cuando me pega a su cuerpo: ahora que tengo las piernas cruzadas en su espalda mi sexo queda a la altura de su ombligo.

La primera vez que me tocó, con la mano dentro de mis bragas, soltó un grito ahogado antes que yo. Nunca he podido olvidarlo. Tenía la frente apoyada en su hombro, abrumada por la sensación, y era él quien jadeaba, al menos hasta que mis cuerdas vocales volvieron a funcionar.

—¿Todavía lo haces? —pregunta. Entonces me pone la mano en la clavícula y, con delicadeza, como si aún tuviera el control total de su cuerpo, recorre mi cuello con el dedo. Sube hasta mi oreja, baja por la mandíbula y vuelve a subir—. ¿Mordisqueas la oreja de tu pareja cuando te está tocando?

—Yo… no lo sé —respondo con sinceridad, y tomo aire de forma entrecortada—. Quizá solo era por ti.

Él maldice en voz baja, no sé si en inglés o en neerlandés.

En este momento, no puedo distinguir la diferencia.

De repente tengo la sensación de que hace una eternidad que no me tocan.

No me besan. No me follan como es debido.

A mi cuerpo le da igual nuestro pasado, solo le importa el deseo que palpita entre nosotros, que vibra en nuestra piel.

Acerca la cabeza y posa la boca en mi cuello, tan cálida y firme mientras sigue el sendero que acaba de dibujar con su dedo.

Podría estar quemándome con una cerilla, pasando la cabeza por mi piel.

Un gemido queda atrapado en mi garganta.

Me aterra demasiado dejarlo escapar porque, Santo Dios, apenas me está tocando.

Su otra mano encuentra mi alianza de boda y sigue la circunferencia de frío metal con el dedo corazón.

Puedo sentir el empeño con el que intenta contenerse, porque Wouter no es alguien que se permita disfrutar de las cosas buenas. Ha estado tan inmerso en el trabajo que se ha negado los placeres más simples. Se ha mantenido alejado del arte. Del sexo.

Da y da, el fisioterapeuta que enseña a la gente a sentirse bien…, y solo por esta vez, quiero que reciba.

Llevo de nuevo las manos a su cabello, pero esta vez las hundo en él con fuerza y entusiasmo. El calor de sus labios en mi mandíbula me arranca un suspiro, y puedo sentir el efecto que tiene en él, el esfuerzo de sus músculos por contenerse. Un objeto inamovible burlado por una fuerza irresistible.

Me imagino masajeando las zonas más tensas, descubriendo todos los lugares que le hacen gemir. Quiero volver a conocerlo, trazar con la boca un mapa del tatuaje que tiene en el hombro. Ya no sé si es por el alcohol, el efecto de estas puñeteras alianzas o su forma de mirarme.

Wouter echa la cabeza hacia atrás solo un instante, clavando su ardiente mirada en la mía, antes de que nuestras bocas se fundan en una.

Y besarlo después de tantos años es así: inevitable .

Estamos recordando y aprendiendo al mismo tiempo, devorándonos sin tregua una y otra vez, con dulce urgencia.

Las manos en el pelo, ya sin aliento. El gemido que brota de su garganta me dice lo placentero que le resulta sucumbir así, y yo le comunico lo mismo abriendo mis labios a él.

Wouter saborea mis suspiros, respira mis jadeos.

Tiro del cuello de su camisa para pegarlo más a mí, mientras él hunde los dedos en mis caderas, pues aun con su cuerpo junto al mío, no está lo bastante cerca.

«Más», le suplico, clavando los dientes su labio inferior, y él hace lo mismo conmigo.

Esto no se parece en nada al beso que nos dimos en el jardín trasero de su familia, una actuación inocente que no significaba nada. Esto sí significa algo, pero no estoy segura de qué.

Con todo su cuerpo apretado contra el mío, puedo sentir su dureza a través de los vaqueros, la deliciosa fricción cuando mueve sus caderas contra las mías.

No hay cabida para la vergüenza, solo la crudeza de ese instinto básico, la confesión de que no se conforma con besarme y nada más, sino que ansía sentir esa liberación tanto como yo.

Siento su boca en mi cuello, su barba incipiente rozando mi piel.

Abro más las piernas y me muevo contra él, satisfaciendo su deseo de todas las formas posibles, en pos de ese anhelo que solo él puede satisfacer.

Pero de repente se aparta, respirando con brusquedad.

—Danika… ¡Joder! —exclama, apretando los dientes.

Exhala un suspiro, me suelta las caderas y pone más espacio entre nuestros cuerpos.

Como si fuera a alejarnos a ambos del borde del precipicio aunque eso le cueste la vida.

Aunque su boca aún esté húmeda e inflamada—.

No deberíamos…, no mientras estemos borrachos.

¿Lo estamos? ¿Esa sensación eléctrica y vibrante en mis venas es el efecto del alcohol, o es simple estupidez y lujuria desenfrenada?

—No estoy… —empiezo, incapaz de terminar la frase con «tan borracha » porque no es verdad.

—Y yo no querría… Ha pasado mucho tiempo…

No querría… ¿qué? ¿Aprovecharse de mí? ¿Hacer algo de lo que ambos nos arrepintamos? Porque ese no es el caso, y yo no me arrepentiría.

A menos que fuera él quien se arrepintiera.

—Yo…, vale. De acuerdo —digo. Esta vuelta a la realidad hace que me dé vueltas la cabeza.

No sé si es que no me desea o que intenta portarse como un caballero.

Puede que una combinación de ambas cosas.

Pero yo solo puedo pensar en lo primero, en lo devastador que es tenerlo al fin tan cerca y que de repente se aleje.

Aun así, ninguno de los dos se mueve, como si estuviéramos librando un desafío silencioso. ¿Cuál de los dos va a ceder, a rendirse, a tender la mano al otro?

Seguimos respirando de forma agitada. Su pecho sube y baja con fuerza en la penumbra.

Tiene las gafas torcidas, el pelo revuelto, y el rubor tiñe sus mejillas…

Me muero de ganas de posar la boca en ellas.

Y más debajo de su cinturón queda patente que su cuerpo no quiere lo mismo que su cabeza. Tiene un autocontrol brutal.

Bueno, pues yo también puedo hacerlo.

Intento bajarme de la encimera, con las piernas temblorosas. Pero sin nada que me sostenga, tropiezo y pierdo el equilibrio.

—Cuidado —dice Wouter, que me agarra del brazo. La habitación vuelve a darme vueltas, porque estar tan cerca de él es como beber media docena de chupitos de tequila—. Puedo ayudarte a llegar a tu habitación si…

—Sí…, mejor —murmuro, apoyándome en él mientras avanzamos por el pasillo. Mantiene el brazo alrededor de mi cintura para sostenerme y tiene que encorvarse un poco. Dada su altura, la postura tiene que resultarle muy incómoda.

El cansancio me invade cuando llegamos a mi habitación. Me siento de golpe en la cama y le miro.

—No debería acostarme con los vaqueros puestos —digo, desabrochándome el botón, pero sin poder hacer mucho más que eso.

Un músculo se contrae en su mandíbula. Se acerca muy despacio.

—¿Quieres que yo…? —pregunta, porque ahora solo hay preguntas incompletas y pausas incómodas.

Yo asiento.

Wouter se arrodilla, me pone las manos en las caderas y tira. Está tan cerca de mí otra vez, que me envuelve su aroma embriagador. Cuando el vaquero acaba en el suelo y me quedo en ropa interior y con el jersey puesto, él hace todo lo posible por no bajar la vista más allá de mi cintura.

—¿Esto también? —pregunto, levantando los brazos.

Él tira de las mangas con delicadeza, para no estirar la tela, me quita el jersey y lo deja doblado sobre la cómoda.

Llevo un sencillo sujetador de algodón color carne, y unas bragas igual de corrientes, aunque mucho menos sugerentes, con pequeños erizos dibujados.

La luna y las farolas proyectan sombras sobre su rostro, y esta tenue luz, casi de película, hace que parezca casi de otra época. En cierto modo, lo es.

Con mi última neurona operativa, me obligo a no arrastrarlo a la cama conmigo.

—Puedes mirar —digo. Con mucha suavidad, para no espantarlo.

—No es una buena idea.

Me retira el edredón para que me meta debajo, y la cama es acogedora y cálida. Al principio creo que se va a tumbar conmigo, pero no, no lo hace. Me duele la cabeza y mañana me voy a sentir fatal, pero Wouter van Leeuwen me está arropando y, en cierto modo, eso hace que todo merezca la pena.

— Slaap lekker , Danika —dice, arropándome con el edredón hasta la barbilla. Se agacha y sus labios se posan en mi frente. Solo un instante. A continuación se aparta y sale de mi dormitorio.

Oigo que abre y cierra el grifo del lavabo. El zumbido de su cepillo de dientes eléctrico.

Luego, la casa se queda en silencio y soy muy consciente de que él está al otro lado de la pared.

Las primeras noches aquí, apenas podía dormir, preocupada por si él podía oírme.

Más tarde su presencia acabó resultándome reconfortante: miles de kilómetros me separaban de mi casa, pero no estaba sola.

Ahora mismo, saber dónde duerme me mantiene en vilo.

Todo mi cuerpo está en tensión, ansiando liberarse.

Casi espero que vuelva corriendo a la habitación, con el botón superior de los vaqueros desabrochado y la camisa sacada de la cinturilla.

Mis braguitas de erizos estarían en el suelo antes de que llegara a mi cama.

Pero solo hay un silencio ensordecedor y una puerta cerrada. Sin un resquicio de luz que se cuele por debajo.

La tensión comienza en la base de mi columna vertebral y se enrosca en mi vientre, casi como algo físico que pudiera romper con los dedos.

Deslizo una mano por mi cuello, reviviendo su forma de tocarme.

Primero con mesura, y luego con más descaro.

Hundo la cabeza en la almohada mientras me pellizco un dolorido pezón y luego el otro.

Con la otra mano, aparto la tela de mis bragas, ya húmedas.

Exhalo un gemido mudo cuando encuentro la humedad entre mis muslos.

Ya estoy cerca, él podría haberme hecho llegar al clímax con facilidad.

Y en ese momento oigo algo al otro lado de la pared.

El chirrido de los muelles del colchón, el susurro de las sábanas.

Y entonces, el inconfundible sonido de piel contra piel.

Abro los ojos de golpe y mi mano se queda inmóvil. Se oye otro chirrido metálico, seguido de un gemido ahogado que acelera mi pulso hasta convertirlo en un ritmo frenético.

No tengo ni idea de si me ha oído y eso es lo que le ha llevado a tocarse, si cree que no puedo oírle, o si quiere que le oiga, pero de repente tengo muy claro lo que está pasando en su habitación.

Me lo imagino tumbado en su cama, con los músculos del abdomen tensos mientras baja la mano por esa profunda «V» de sus caderas.

Su mano le proporcionaría un alivio inmediato, y aunque al principio no le parece del todo bien, sabiendo que estoy cerca, es demasiado placentero como para detenerse.

Quiero que sucumba a todos los impulsos primitivos que haya tenido.

A cada pensamiento sucio. Me toco de la forma que deseo que él me toque, acerco mis dedos cada vez más. «No demasiado rápido, todavía no».

Un jadeo entrecortado se escapa de mis labios, y estoy casi segura de que él puede oírlo.

Y… a lo mejor quiero que lo oiga.

A lo mejor quiero que sepa lo que estoy haciendo.

Lo siguiente que oigo es un grave gemido suyo, que emerge de lo más profundo de su garganta, y juraría que hace temblar mi cama.

Es increíblemente sexi. Descarnado. Rebosante de necesidad.

Debe de ser hermoso cuando se masturba, tan desinhibido, entregándose a sus instintos más básicos.

Quiero saber si tiene el brazo libre detrás de la cabeza o si descansa sobre su pecho.

Si tiene la boca entreabierta y los ojos cerrados.

Si le gusta rápido y con fuerza o prefiere prolongarlo, haciendo que el placer dure lo máximo posible.

Igual que cuando me dio el masaje, estirando y estirando hasta que me llevó justo al borde del abismo.

No me contengo mientras le imagino pensando en mí.

Me aprieto los pechos con más fuerza, me excito con caricias húmedas e insistentes.

Espero que nunca le haya parecido tan obscena como en su mente.

Mis bragas se han perdido entre las sábanas y me tiemblan los muslos, un conjunto de nervios que se van relajando poco a poco.

Con todo el autocontrol que puedo reunir, me obligo a hacer una pausa: no quiero que se acabe todavía. Es una sorpresa embriagadora oír que su respiración también se ralentiza. Sus caricias deben de haberse vuelto lánguidas, mientras el sudor cubre su pecho.

No sé si él está esperando mi señal o yo la suya, pero cuando volvemos a empezar, llevamos el ritmo. Le oigo masturbarse de forma frenética al otro lado de la pared mientras su respiración acompasa la mía. Jadeo a jadeo. Esta es la única forma en que se permite tenerme, y por ahora es suficiente.

Me urge a ir más deprisa. Nuestra respiración se vuelve más laboriosa, sin avergonzarnos del ruido que hacemos.

Mi mente reproduce todas las formas en las que deseo que me folle, con sus manos, con su boca y con su polla metida hasta el fondo dentro de mí.

Hasta que suplico alcanzar el clímax. Hasta que él también lo suplica.

Estoy mareada y empapada, moviéndome contra mi mano como si jamás hubiera deseado nada tanto como esto.

Arqueo la espalda, mi pecho se agita, y ese dulce alivio me aguarda a solo unos segundos.

Los muelles de la cama chirrían. Apretamos los dientes y aferramos las sábanas. Estamos tan cerca, tan cerca…

Entonces se oyen dos sílabas desesperadas en la oscuridad:

—Dani.

«Oh…, oh, joder».

Estallo, convertida en polvo de estrellas, en el momento en que él lo hace, con fuerza y sin remordimientos, mientras un grave y perfecto gemido se escapa desde las profundidades de su pecho. Ese sonido por sí solo podría bastar para catapultarme de nuevo, pero no queda nada en mi cuerpo.

Estoy agotada, felizmente agotada.

Seguimos respirando al unísono, más suave y más lento, hasta que el sueño nos vence, separados por la pared más delgada del mundo.