Lo que pasa en Ámsterdam Catorce
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Catorce

—¿Cómo… se sube… una escalera… borracha? —balbuceo. La cabeza me da vueltas y el pasillo parece hacerse cada vez más pequeño, hasta alcanzar casi el tamaño de un alfiler. Mis zapatos pesan una barbaridad. Exhalo un profundo suspiro mientras me agarro a la barandilla—. ¿Cuántos tramos quedan?

Wouter me pone una mano en el hombro para evitar que me caiga hacia atrás.

—Solo uno. ¿Puedes hacerlo?

—No —respondo con sinceridad, y antes de que pueda darme cuenta de lo que pasa, él se agacha, coloca un brazo bajo mis rodillas, me sujeta la espalda con el otro, y me levanta con una facilidad pasmosa.

Y entonces mi marido me lleva en brazos por las escaleras.

Le rodeo el cuello, estrechándolo con más fuerza de la necesaria. Su aroma a té y cítricos, los latidos de su corazón… No estoy segura de si ha bebido más que yo, pero parece mucho más sereno.

El rítmico sonido de su respiración mientras sube conmigo bastaría para arrullarme y que me durmiera si no fuera porque todos mis otros sentidos están ahora mucho más despiertos.

—Gracias —digo cuando me deja en el suelo, sintiendo que me tambaleo más que antes.

Hace una especie de torpe saludo militar, algo que nunca le he visto hacer estando sobrio.

—Servicio puerta a puerta.

Como de costumbre, George Costanza actúa como si hubiéramos estado fuera cuatro meses en lugar de cuatro horas: menea el rabo deprisa mientras salta de uno a otro, soltando pequeños ladridos de felicidad.

Los dos nos agachamos para darle el cariño que se merece, y Wouter incluso se tumba en el suelo para que se dé la vuelta y rascarle la barriga, que es lo que más le gusta.

La forma en que se relacionan me parece siempre tan pura…

Dale a cualquier hombre un perro pequeño y al instante se vuelve diez veces más atractivo.

—Lo sé, lo sé, tus padres han tomado algunas malas decisiones esta noche —le digo—. ¿Una copa? —le pregunto a Wouter mientras entramos en la cocina.

Él sacude la cabeza.

—No, no, no. Vas a beber un poco de agua.

—Agua. Wouter. —En mi estado de embriaguez, esto me parece muy gracioso.

Lo repito unas cuantas veces más para asegurarme, y sí, sigue siendo divertido.

—Por cierto, ¿qué significa tu nombre?

—Es la forma neerlandesa del nombre inglés Walter. Gobernante del ejército. Y mi apellido significa… de Leeuwen —dice, dándome un vaso de agua—. O «de los leones», como prefieras.

Bebo un buen trago y luego agito mi vaso, apuntando hacia su pecho.

—Gobernante del ejército de los leones —digo. Dios, qué alto es. Es tan alto…

Me mira con sus brillantes ojos color avellana.

—Ese soy yo.

George entra corriendo en el salón y se acurruca en la manta del sofá, a pesar de que tiene su cama en el rincón, y veo un calcetín familiar escondido debajo de la manta. Me faltan varios pares, pero es tan mono que no me atrevo a quitárselos.

Es tarde, hacía mucho que no salía hasta estas horas, y aun así no hay una sola parte de mí que quiera irse a dormir. Dado que Wouter se queda en la cocina, sirviéndose un vaso de agua y apoyándose contra la encimera, imagino que él siente lo mismo.

—Ha sido divertido estar con tus amigos —empiezo, dejando mi vaso en la encimera frente a él. Ahora que tengo algo de líquido en el estómago, ya no me siento tan mareada—. Me caen muy bien.

—Les has encantado. Evi ya me ha enviado un mensaje preguntando cuándo pueden volver a verte. —Sonríe y se pasa la mano por el pelo. Solo consigue despeinárselo más—. ¿Sabes lo que recordé el otro día? Ese juego al que solíamos jugar. «Un día, cuando tengamos nuestro propio piso…».

—Ah, sí. Nuestra fantasía doméstica.

«Un día, cuando tengamos nuestro propio piso», decía uno de los dos, y el otro terminaba la frase con algo que no podíamos hacer en ese momento, pero que deseábamos desesperadamente.

«Pondremos la música tan alta como queramos».

«Nos besaremos en todas las habitaciones».

«Nos dormiremos juntos todas las noches».

—¿Es como lo soñabas? —quiere saber—. ¿Nuestro propio piso?

Por supuesto, nada podía estar a la altura de la fantasía. Es decir, queríamos un jacuzzi en el dormitorio y un armario solo para guardar el chocolate.

—Claro —respondo—. Al menos durante los próximos diez meses.

Esto hace que su entusiasmo se apague un poco.

Observo su garganta mientras bebe otro trago de agua.

Este hombre está tan hidratado, joder. Por lo que he visto, bebe al menos cuatro vasos cuando estamos en casa, y seguro que otros tantos o más en el trabajo.

Y además un montón de té. Y claro, quizá esa sea la cantidad que se supone que hay que beber, pero nunca he visto a nadie hacerlo, y que esto me resulte tan fascinante es una prueba de mi estado mental actual.

—Sé que entonces era diferente —dice—. Pero lo que teníamos a los diecisiete años… era bueno, ¿no? Aunque tuviera que ser un secreto.

Esto me sorprende. Quizá se vuelve introspectivo cuando bebe.

En aquella época, estaba segura de que sentíamos lo mismo.

Esos primeros «Te quiero» ( ik van hou jou ) parecían tan naturales, tan desprovistos de dudas o miedos…

, y tal vez fuera la temeridad de la adolescencia, pero nunca me paré a cuestionar mis sentimientos.

Sabía en lo más profundo de mi ser que lo amaba, así que se lo dije.

—No. Fue genial . Fuiste muy bueno. Nadie me había hecho sentir interesante antes que tú —digo—. Nunca te lo dije porque no quería que pensaras que estaba demasiado colada por ti, pero podría haberte visto dibujar durante horas.

—Me gusta bastante la idea de que estuvieras colada por mí.

—Eres un borracho muy sincero.

Él ladea la cabeza, como si me mirara a través de unas lentes nuevas.

—Sabes que yo también estaba loco por ti. Colado hasta las trancas. Esa preciosa chica estadounidense, con su jerga y su carné de conducir. Para mí eras muy glamurosa.

Esto me arranca una carcajada.

—¡No lo era!

—Claro que lo eras —insiste, riendo también.

Da un paso más hacia mí, y debe de tener calor, porque se remanga hasta los antebrazos, dejando al descubierto esos músculos que tan bien sabían qué hacer conmigo cuando estaba boca abajo en su consulta—.

Ahora tengo que saberlo. Llevabas esos pantalones cortos solo para que me fijara en ti, ¿verdad?

Bebo un inocente sorbo de agua. Aprieto los labios.

—No sé de qué me hablas.

—No tenías por qué hacerlo —continúa, y se da otra vuelta más a la manga izquierda para que las dos estén iguales—. Ya me habías llamado la atención. Era una tortura estar enamorado de la hija de mis padres de acogida, que era una auténtica preciosidad.

—Espero no haber alcanzado mi máximo esplendor en aquella época —replico. La Dani sobria finge que no necesita cumplidos. La Dani borracha los ansía.

—No. Ahora es aún más guapa —dice—. Me ponía muy nervioso saber que dormías al otro lado del pasillo.

—Lo mismo me pasaba a mí.

Dios, me encanta esta versión sincera de él. Ahora que hemos abierto la puerta al pasado, de repente es lo único de lo que quiero hablar.

Necesito estar a su altura, así que apoyo las manos en la encimera y me subo a ella, apartando los pósits desperdigados: aanrecht y fruitmand y fornuis .

—Pero éramos muy inocentes entonces —dice. Yo enarco las cejas y él se ríe—. Vale, puede que no siempre. Lo que quería decir es que éramos muy jóvenes.

—Sí que lo éramos —convengo. Aunque, pensándolo bien, «inocentes» tampoco era del todo incorrecto, porque había algo puro en vivir todas esas primeras veces con él. Cada caricia parecía abrir un universo completamente nuevo, y cada uno de sus suspiros era como descubrir una nueva estrella.

«Una vez cambió de opinión sobre ti —me recuerda la voz de la razón—. ¿Qué le impedirá volver a hacerlo?».

—Si me toca ser sincera… —continúo, porque hace media hora que dejé atrás la lógica y la embriaguez me da valor—.

Pusiste el listón demasiado alto para mis futuras relaciones.

—Todos esos rollos horribles… Hombres demasiado agresivos, aunque yo fingía que no me importaba porque me encantaba sentirme deseada.

Hombres que pensaban que «informal» significaba una absoluta falta de decencia.

Siempre era apresurado, rara vez tierno—. Nadie me ha tocado nunca como tú.

El rubor que se extiende por sus mejillas es de un tono rosado casi indecente.

—¿De verdad? —dice, y hay un atisbo de orgullo en esas dos palabras—. ¿Cómo te tocaba?

El alcohol hace que me palpiten las sienes, recordándome que se suponía que debía ser diferente en Ámsterdam. Pero aquí estoy, desesperada por acostarme con un hombre con el que ya me he acostado.

Ha sido agotador fingir que esta atracción no es más que un enamoramiento adolescente residual amplificado por la mera proximidad de la persona que me amó durante la época más consciente de mí misma de toda mi vida. Es algo nuevo, lo sé. Algo eléctrico.

«¿Cómo te tocaba?».

—Como si no estuvieras esperando solo a que llegara el momento culminante —digo—. Parecía que querías saber cómo reaccionaba a cada gesto. Como si estuvieras grabándolo todo en la memoria.

—Lo recuerdo —admite, sin dejar de mirarme a los ojos, mientras se acerca y apoya las manos a cada lado de mis caderas sobre la encimera.

Y continúa con voz ronca—: Recuerdo que a veces te contenías, como si no quisieras hacer ruido, aunque fuéramos las únicas personas en la casa.

Que gemías en mi oído; era mi sonido favorito.

Incluso me mordiste un par de veces, y creo que te daba vergüenza, pero a mí me encantó, joder.

Eso me dejó muy tocado los siguientes cinco años.

Todas las palabras que no se clavan en mi corazón vibran entre mis muslos, sembrando un deseo palpitante. Le rodeo la cintura con una pierna para acercarlo más a mí y observo el cambio en su rostro: un apenas perceptible aleteo de pestañas, un profundo suspiro. «Sí, eso es».

Un mechón de cabello se le viene a la cara y lo aparto con la mano, dejando que las suaves hebras se deslicen entre mis dedos.