Lo que pasa en Ámsterdam Trece #3
53%

Trece #3

Wouter me coge de la mano al entrar en el bar, y al principio me sorprende tanto que casi le arranco el brazo. Pero entonces caigo en la cuenta: estamos a punto de representar otra escena.

—Que sepas que mis amigos me van a dar mucha caña por no haberte presentado antes, pero esa es su forma de expresar su cariño.

—Para que quede claro, yo también les daría mucha caña si uno de mis amigos se casara sin decirme nada.

Vuelve a invadirme la culpa, porque es él quien lleva todo el peso. No me imagino mintiéndole a Phoebe si la situación fuera al revés. Por otra parte, el mercado inmobiliario está en crisis en todas partes. Quién sabe qué haría yo si estuviera en juego una casa como la suya.

Entrelazo mis dedos con los suyos mientras esperamos mesa con sus amigos: Sanne, una chica que también se crio en el Prinsengracht; Thomas, un amigo íntimo desde primaria; Bilal, un amigo de la universidad cuyos padres emigraron a Róterdam desde Pakistán cuando él era un niño, y Evi, que se unió a su grupo de amigos cuando empezó a salir con Thomas.

Thomas, que es aún más alto que Wouter y tiene el pelo rubio peinado hacia atrás, le da una palmada en el brazo.

—¡No puedo creer que no nos lo hayas contado! Te habríamos organizado una despedida de soltero.

—Para nosotros también fue una sorpresa —dice Wouter—. Pero me alegro mucho de que me atropellara con su bicicleta, porque así nos dimos cuenta de que seguimos tan enamorados como cuando éramos adolescentes.

—Incluso más —digo, agarrándole la barbilla y sacudiéndola un poco de forma exageradamente empalagosa. «Podemos hacerlo»—. No me canso de mirar esta carita.

—¿Entonces te casaste conmigo solo por mi atractivo? —pregunta Wouter, fingiendo indignación mientras se lleva una mano al corazón.

Le lanzo una mirada coqueta.

—¿Qué puedo decir? Los chicos estadounidenses no me ponían nada.

—Le suelto la barbilla y carraspeo, volviéndome hacia sus amigos—.

Os pido disculpas por no hablar neerlandés.

O, mejor dicho, por hablarlo tan mal. Estoy yendo a clase y ya puedo hablar sobre hacer la compra o explicarle varios síntomas al médico, pero aún no hemos llegado a las charlas de bar.

—¿Es que Wouter no te enseña? ¡Qué mal marido! —bromea Sanne, con esa soltura de quien lleva toda una vida formando parte de la tuya. Tiene un estilo chic muy natural: gafas redondas, chaqueta negra corta, pelo largo con raya en medio.

—No, no, me ha… ayudado mucho —digo, recordando los pósits y la lección sobre las partes del cuerpo durante el masaje que me hizo. De wervelkolom. Het oor. Podría vivir hasta los cien años, aprender una docena de idiomas más y nunca olvidaría esas palabras.

Cuando por fin conseguimos una mesa, el reservado solo tiene espacio para cuatro personas con una sola silla extra, incluso después de haber hecho todo lo posible por encontrar otra.

—Puede sentarse en tu regazo, ¿no? —dice Sanne, y al principio supongo que se dirige a Evi y Thomas.

Pero sus ojos están fijos en Wouter.

«Puede sentarse en tu regazo».

Una sugerencia normal para dos recién casados que están locamente enamorados, y justo la razón por la que me quedo en blanco por un segundo.

Wouter se rasca la nuca mientras me mira a los ojos, arqueando las cejas para preguntarme si me parece bien. Si esto forma parte del teatrillo en el que ninguno de los dos sabíamos que íbamos a participar.

Y hay algo tan sincero en esa expresión, con la preocupación impresa en su frente, que me convence de que sentarme en su regazo puede ser algo de lo más inocente en lugar de la pésima idea que en realidad es.

—Claro. Por supuesto —digo, esperando que las palabras suenen más desenfadadas que en mi cabeza, donde todo es anarquía y luces rojas intermitentes.

Así que me deslizo por el asiento y me siento en sus muslos, con la misma cautela que si sus amigos me hubieran propuesto que me sentara en una caja llena de serpientes vivas. Wouter me rodea la cintura con un brazo, atrayéndome hacia él, mientras que extiende el otro para coger su bebida.

Y entonces intento respirar.

—¿Estás bien? —le pregunto, muy consciente de que yo no lo estoy.

Porque estoy sentada en su regazo y no tiene nada de inocente.

Mi culo contra su entrepierna. Su mano descansando con suavidad sobre la lana de mi jersey.

Y es tan fuerte y considerado, y desprende tanto calor; su cuerpo es un sólido muro que me mantiene erguida.

Cuando suelta una risa ahogada, me estremezco al sentir el roce de su aliento en la nuca. Eso tampoco me parece inocente.

— Alles goed .

Me entero de a qué se dedican todos: Sanne y Thomas trabajan en una empresa tecnológica; Evi es arquitecta, y Bilal es profesor.

—… pero lo más importante es que soy aficionado del Feyenoord —dice, señalando el gorro que lleva con el logotipo del club de fútbol de Róterdam.

—Y eso es algo que todos lamentamos enormemente —replica Wouter entre risas, y supongo que existe una rivalidad con su querido Ajax.

Quiero saber un millón de detalles más sobre todos ellos, pero ellos también tienen muchas preguntas para mí.

—A ver, necesito saber cómo funciona exactamente esto… —dice Sanne señalándonos a los dos—. Wouter, ¿tú no le sacas por lo menos veinte centímetros?

Evi enarca las cejas de forma sugerente mientras yo me atraganto con la cerveza.

—Me pierde una buena diferencia de altura.

—No las… apañamos —dice Wouter, con esa tímida sonrisa que se nota incluso en su voz—. No es tan complicado como parece.

Bilal alza su vaso.

—¡Qué va! Pero si ahí está la gracia —dice, lo que hace que Sanne y Evi refunfuñen.

Al menos, la ventaja que tiene estar sentada en su regazo es que Wouter no puede verme sonrojarme.

«No las apañamos». Me pregunto si él estará recordando cuando estábamos los dos en el asiento trasero del coche, lo difícil que era encontrar una posición en la que no se diera con el techo.

Las pocas veces que teníamos la casa para nosotros, me acurrucaba contra él en mi cama como si tuviera el tamaño perfecto. «Me encanta que encajes aquí», decía.

Si él puede jugar, yo también, así que les dedico a sus amigos mi sonrisa más pícara.

—Y no es ningún problema cuando yo me pongo encima.

Teniendo en cuenta cómo estoy sentada, mi comentario provoca algunas risas y una carcajada de Evi. Incluso Wouter se une, lo que significa que puedo sentir su risa reverberar en mi espalda, su aliento en mi cuello.

Thomas levanta las manos.

—Vale, vale, que esto sigue siendo una charla para todos los públicos.

—Nos morimos de ganas de saber más cosas de ti —continúa Evi—. Wouter nos ha hablado de ti, claro, pero ¿qué te trajo a Ámsterdam? ¿Te gusta vivir aquí?

Les cuento la historia que Wouter y yo hemos preparado.

Quiero ser la chica encantadora y fascinante que sus amigos pueden creer que ha conquistado su corazón, pero me cuesta horrores concentrarme: su pulgar está muy cerca de mi ombligo y la única barrera entre ambos son dos pares de vaqueros.

Cada vez que me muevo, noto que se le altera la respiración, como si intentara evitar que se produjera lo inevitable al tener a una mujer en su regazo.

Sin duda, cualquier chica atractiva en esta posición pondría a prueba su autocontrol.

Y a pesar de la tensión y del esfuerzo que supone mantenerme inmóvil, porque todavía no he dejado que mi cuerpo se relaje, me siento bien sentada así en su regazo. Estar tan cerca después de trece años.

—Lo siento —le digo cuando vuelve a respirar con dificultad, y me pregunto si debería recomendarle el ejercicio 4-7-8—. ¿Te peso mucho?

—No, no —dice rápidamente—. Todo bien, lief .

—¿Cuáles crees que son las mayores diferencias entre Estados Unidos y los Países Bajos? —pregunta Sanne, y agradezco el cambio de tema.

—Wouter se va a mosquear si saco el tema de los lavabos —digo, y todos se echan a reír otra vez. Puedo sentir cómo se estremece debajo de mí—. El transporte público, por supuesto. Y la calidad del aire aquí es mucho mejor.

Y es verdad: salvo por el ataque de asma provocado por el estrés en Culemborg, me siento mejor que nunca.

Pasear por la ciudad no me deja sin aliento como en Los Ángeles, aunque sean largas caminatas.

Nunca imaginé que podría vivir así, y es emocionante darme cuenta de que soy capaz de hacerlo, que mi personalidad no era inamovible.

Que incluso a los treinta años puedo cambiar.

—¿Los postres no son lo mejor? —pregunta Wouter.

—¡Estaba a punto de mencionarlos! —digo, dándole un suave codazo en las costillas—. Creo que los poffertjes arrasarían en Estados Unidos. Menos mal que no los conocen.

—Evi y yo fuimos a Nueva York hace unos años —dice Thomas.

Ella se lleva la mano al corazón de forma dramática.

—Sigo obsesionada. ¡Era el sueño de cualquier arquitecto! —dice—. Y el metro era estupendo. Aunque olía fatal.

—En todo el país habrá, como mucho, unas tres ciudades con un transporte público decente, donde de verdad se puede vivir sin coche. Pero la gran mayoría sigue dependiendo de él. Y no es culpa de nadie; es que las ciudades se diseñaron así.

—Y todo es gigantesco —añade Thomas, poniendo los ojos en blanco—. Sí, ya sé que es un tópico, pero lo es porque es verdad. No podía creer el tamaño de las raciones que te servían en los restaurantes.

—En Los Ángeles pasa lo mismo —dice Wouter—. Cada vez que íbamos a cenar con tu familia, nos llevábamos las sobras a casa.

—Me encantan las sobras, pero tienes razón. En Estados Unidos hay demasiado de todo y puedes agobiarte con tantas opciones —asevero, y bebo un sorbo de mi cerveza—. Aquí, cuando voy al supermercado, a veces solo hay una marca de cada producto. Por ejemplo…, los tomates en dados.

Bilal parece perplejo.

—¿Por qué quieres más de una marca de tomates cortados en dados? Compras los que hay en Appie y listo.

—En Estados Unidos, no puedes poner un pie en una tienda sin que alguien se acerque a preguntarte si necesitas ayuda —explica Wouter—. Me costó un tiempo acostumbrarme. Al principio pensaba que estaban siendo sarcásticos, pero no. De verdad quieren ayudarte.

—Aquí nos resulta muy molesto —dice Sanne.

Evi asiente.

—Si alguien se me acerca y me pregunta si necesito algo, le respondo: «Sí, gracias», y no añado más.

—Ese es uno de los estereotipos sobre los estadounidenses, ¿no?

Que a veces parecen un poco falsos —dice Sanne, pero no hay animadversión en su voz—.

Se habla más de cosas triviales. Aquí no tanto.

—Se aclara la garganta y pone un acento de inglés americano exagerado que se parece más al de Cher en Clueless, que al de cualquier estadounidense que haya conocido—.

¡Madre mía! ¿Qué tal estás? ¡Me encanta tu camiseta! ¿Dónde la has comprado?

No puedo evitar reírme.

—¿Y si de verdad me gusta su camiseta?

—Incluso las cadenas estadounidenses son un poco diferentes —interviene Bilal—. Fue todo un acontecimiento cuando llegó aquí el pumpkin spice latte . La gente hacía cola durante horas. Fue una locura.

—Oye, que en Estados Unidos tampoco nos tomamos a la ligera el pumpkin spice .

Esto da pie a una conversación sobre las bebidas navideñas de Starbucks y las que tienen en los Países Bajos, pero no en Estados Unidos, como el stroopwafel latte , que tengo toda la intención de probar en cuanto lo incluyan en la carta.

Entonces, Sanne y Evi se levantan para ir al baño, y Bilal y Thomas se dirigen a la barra para pedir otra jarra y un par de cestas más de bitterballen .

Al quedar más espacio en la mesa, espero que Wouter afloje un poco el brazo con el que me rodea la cintura. El alcohol ya me está afectando, amplificando algunos de mis sentidos y apagando otros. Así que cuando se arrima a mi oído y me aparta el pelo, siento su susurro recorrer todo mi cuerpo.

—Qué bien hueles —dice, y su aliento me hace cosquillas en el vello de la nuca.

Cierro los ojos mientras mi imaginación se dispara, y dejo que mis músculos se relajen por primera vez en toda la noche. Si él nota que ahora estoy apoyando todo mi peso, solo reacciona deslizándome ligeramente hacia atrás, como para recuperar el equilibrio.

Si estuviéramos solos ahora mismo, quizá pondría a prueba nuestros límites, apretándome más contra su regazo. Provocándole, levantando mis caderas un instante antes de bajarlas de nuevo. Me pregunto si su mano me apretaría más la cintura y qué otras cosas me susurraría al oído.

Su boca está tan cerca de mi cuello, que puedo imaginar su húmedo calor en mi piel.

—¿Aguantas poco bebiendo? —le pregunto—. Porque mides como dos metros y medio, que creo que son unos quinientos centímetros. Cien arriba, cien abajo.

—Puede —responde, y su nariz roza la parte superior de mi oreja—.

O simplemente soy muy, muy estúpido. —Entonces, antes de que pueda asimilar eso, suelta—: ¡Por fin!

—dice cuando Bilal regresa a la mesa sujetando otra silla con aire triunfal.

El grito me sobresalta y me levanto de golpe; Wouter prácticamente se levanta conmigo del reservado—.

Quiero decir… Seguro que Danika está deseando tener su propio asiento.

—La verdad es que me lo estaba pasando muy bien —replico, lanzándole una mirada sugerente que podría ser solo para sus amigos. Como esperaba, estos prorrumpen en vítores mientras él se sonroja.

«Esto no es real», me recuerdo. Lo que siento por él está distorsionado por la proximidad y las mentiras, nada más.

Para ahogar cualquier duda persistente, agarro la jarra.

Al final de la noche, después de beber más cervezas de las que puedo contar, me despido del grupo con la mano temblorosa.

—Ha sido… gezellig —digo, pronunciándolo de forma exagerada, poniendo demasiado énfasis en cada sílaba.

Aun así, todos se animan al oír la palabra, y Sanne simula aplaudir.

—Tenemos que repetirlo muy pronto —dice, dándome un abrazo. Y luego me susurra al oído—: Hacéis muy buena pareja. Él parece completamente obsesionado contigo.

Durante todo el camino a casa, no dejo de pensar en que debe de ser mucho mejor actor que yo para ser capaz de transmitir algo así sin que ni siquiera le mire.