Lo que pasa en Ámsterdam Trece #2
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Trece #2

Recuerdo la conmoción que me causaron aquellas fotos de desconocidas semidesnudas. Él siempre decía que quería fotos mías en plan sexi, pero a mí me aterraba que acabaran en manos de cualquiera. Aun después de un año saliendo juntos, seguí sin confiar de todo en él.

Pero estaba casi dispuesta a decirle que le quería, no porque lo sintiera, sino porque parecía que debía hacerlo. Estaba bastante segura de que podría quererle, si tuviera más tiempo.

Después de que yo viera las fotos, Jace pensó que aún podíamos hacer que la relación funcionara.

«Al principio dijiste que preferías algo informal —me soltó—.

Podemos seguir así, ¿no?». Pero él no lo entendía.

No podía dar marcha atrás, no después de haber roto todas mis reglas.

Que me engañara solo me confirmó lo que ya temía: que no valía lo suficiente para tener una relación seria, que había hecho bien en mantener a todos los demás a distancia.

—Quizá no quieras oír todo eso —le digo a Wouter.

Él da un paso adelante, clavando su mirada en la mía, y siento algo muy parecido a cuando me masajeó la nuca con los dedos.

—¿Por qué no iba a querer oírlo? Somos amigos.

Somos muchas otras cosas: exnovios, compañeros de piso, marido y mujer. Pero la etiqueta de «amigos» no es la que mejor nos define.

—Mi gran venganza fue reenviar sus emails a toda la empresa —confieso.

Tal vez no fue propio de mí, pero él me hizo sentir tan poca cosa, tan insignificante…

No soportaba no poder defenderme—. No fue buena idea, lo sé, pero nos habíamos enviado cosas…

subiditas de tono mientras trabajábamos allí.

—Wouter se sonroja al oír eso, y yo bajo la voz—: Y claro, a mí me echaron, mientras que a él le ascendieron la semana pasada, según LinkedIn.

Lo que más me duele —continúo, ya lanzada— es que ni siquiera mis amigas se pusieron de mi lado.

Me dijeron que había sido estúpida e impulsiva, que había perdido el trabajo por mi mala cabeza.

Y…, vale, sí, puede que tuvieran razón. Imagino que todos han madurado, menos yo.

Supongo que ahora toca portarnos como aburridos adultos —concluyo, aunque entre ser un adulto aburrido y alguien que no reenvía los correos electrónicos de su ex a toda la empresa hay mucho trecho.

—Como adulto aburrido, estoy de tu lado —declara—. Se puede ser rencoroso a cualquier edad.

—Tú no eres aburrido. Estás estafando al Gobierno neerlandés. Si eso no es ser un tipo duro, ya me dirás tú qué lo es.

Aunque esboza una pequeña sonrisa, noto que aprieta los dientes, como si estuviera furioso con un hombre al que ni siquiera conoce.

—Menudo cabrón. Te merecías algo mucho mejor.

—Sí, bueno. No sé si tanto.

—¿De verdad crees eso?

—Ya te lo he dicho —respondo, preguntándome por qué mi voz suena más débil que hace un segundo—, no he tenido relaciones serias. Está claro que no estoy hecha para eso.

Estamos demasiado cerca, y estoy segura de que es solo porque yo quería que esta conversación fuera tranquila y privada, y él necesitaba poder oírme bien. Puedo ver sus pestañas rojizas rozando casi las lentes de sus gafas. Y ahí está de nuevo el aroma de su jabón, invadiendo mi cerebro.

Me aparto y me aclaro la garganta.

—Además —añado, agitando el dedo anular—, ahora estoy casada. Así que ya no estoy disponible.

Continuamos nuestro recorrido por el museo.

No todo está diseñado para resultar agradable a la vista, y eso me gusta: que el arte caótico y rebelde tenga un lugar aquí.

Las formas abstractas y las figuras realistas, las letras enormes y los lienzos que parecen gotear pintura.

Wouter se detiene un rato frente a una obra que muestra a un hombre en escala de grises que descorre una cortina y deja ver una pared de colores vivos con palabras pintadas con grafitis que parecen querer escapar.

—Leí sobre esta obra en Internet —digo, sin necesidad de echar ni siquiera un vistazo a la descripción—: Martin Whatson, artista noruego.

Tiene toda una serie de obras como esta, en las que imita el entorno urbano para compararlo con la vibrante naturaleza del arte callejero.

—Se me escapa un suspiro—. Ojalá pudiera conseguir un empleo contando datos curiosos sobre Ámsterdam.

—¿La búsqueda de empleo no está siendo tan fructífera como te gustaría?

Lo pienso un momento. Claro que hay empleos que encajan con mis habilidades. Pero ¿hay alguno que no me dé ganas de esconderme debajo de la cama? Eso ya no lo tengo tan claro.

—Hace un par de días tuve una entrevista telefónica —digo.

Una gran empresa tecnológica con sede en Estados Unidos que también tiene oficinas en Ámsterdam.

Puede que esté algo oxidada, pero me lie con las preguntas básicas y colgué pensando cómo narices había conseguido que alguien me contratara en el pasado—. No tengo demasiadas esperanzas.

—Pero sigues buscando —dice, no como una pregunta, sino como una afirmación. Sigo buscando, porque es lo que se supone que debo hacer. La razón por la que me casé con él.

—Claro. No sé, a lo mejor estoy quemada —respondo medio en broma, así que me sorprende su seriedad.

—No tienes que restarle importancia. El síndrome del trabajador quemado existe de verdad —aduce—. Aquí incluso tenemos baja por desgaste laboral.

Nunca me había parado a pensar en eso. La única vez que me tomé una baja prolongada fue cuando ingresé en el hospital.

Lo que no le cuento es que a veces me siento desorientada, que la libertad que tengo aquí me da casi miedo.

No tengo nada que me sostenga si me caigo, salvo un certificado de matrimonio.

—Me doy cuenta de que el diseño de Experiencia de Usuario no es la gran pasión de tu vida —continúa—. Pero antes te gustaba todo. Querías probarlo todo. Me gustaba eso de ti, ese carácter abierto.

Sus palabras me arañan la piel como si fueran guijarros. Tal vez le gustó eso de mí durante un tiempo, pero al regresar a Ámsterdam se dio cuenta de que lo que le gustaba era indiferente, o de que en realidad nunca le había gustado tanto.

Tengo que seguir recordándome que ya no es el adolescente despreocupado que me empujaba contra la pared para besarme cuando mis padres estaban abajo, que me enseñaba bocetos de mí que no podía creer que fueran tan bonitos.

Es muy injusto que todos mis recuerdos de él sean tiernos, ardientes o ambas cosas.

—Cuando estudié la carrera, no imaginaba que pasaría los siguientes cuarenta trabajando de eso —confieso—.

Durante un tiempo pensé en estudiar algo relacionado con el arte, pero no me parecía práctico.

A ver, me siguen encantando los museos y siempre me eternizo decidiendo qué colgar en las paredes, pero hace ya mucho que no me permito jugar como antes.

Supongo que los dos consideramos que había que renunciar a ello y centrarnos en algo más serio.

—Lo echo de menos —dice en voz tan baja que las corrientes de aire de este almacén podrían llevársela—.

Jugar. El día que te mudaste al piso de abajo y me preguntaste por la pintura y yo te dije que tenía otras aficiones…

Subí las escaleras y me devané los sesos, preguntándome qué otras aficiones tenía en realidad.

Y cuando fuimos a ver el museo de Van Gogh, me di cuenta de que hacía años que no pisaba un museo.

Aparte de pasear a George, tomar algo con los amigos y ver algún que otro partido de fútbol…

, es posible que haya caído en la rutina.

Ojalá eso no me doliera tanto; sería mucho más fácil si no fuera así.

Cuando le conocí, estaba lleno de ilusión y esperanzas, y resulta que cuando regresó a lo que yo creía que era un país de cuento de hadas, se encerró por completo en sí mismo.

Pasó años cuidando de su padre, y cuando por fin levantó cabeza, la pena debía pesarle como una piedra.

Sin pensarlo demasiado, poso los dedos sobre su manga y le acaricio rápidamente con el pulgar. Esta vez, a diferencia de lo que ocurrió en la habitación de invitados de su madre, él no se aparta.

—Podríamos buscar una afición en común —sugiero, porque eso es algo que no me es ajeno. Compartir una afición es algo inofensivo, platónico—. Podríamos crear arte sin preocuparnos por si es bueno o no.

Él sonríe.

—Eso me encantaría —dice. Y luego se aclara la garganta y yo retiro la mano—.

¿Puedo preguntarte una cosa? Tengo un congreso el próximo fin de semana en Brujas, Bélgica.

Está a solo unas horas en tren. Estaba pensando en cancelarlo, pero luego recordé que tú no has estado allí y que Roos siempre me pide que le deje más a menudo a George porque está convencida, y puede que con razón, de que es su persona favorita.

Aunque quizá tú le estés haciendo la competencia.

Y es una ciudad preciosa… —Ahora es él quien se pone a parlotear.

Se quita las gafas y las limpia con la camisa, como si esperara que eso distrajera la atención de su nerviosismo.

Y lo consigue, sin ellas su rostro parece más dulce—. ¿Te gustaría venir conmigo?

—¿Ir… contigo? ¿A Bélgica? ¿A un congreso de fisioterapia? —Las palabras salen de mi boca antes de que pueda analizarlas en exceso—. Por supuesto que sí. Vámonos a Bélgica.

—Genial —dice, aliviado—. Creo que te encantará.

Su mirada se clava en la mía durante demasiado tiempo, mientras se me acelera el pulso.

Intento no pensar en las constelaciones que podría dibujar en las pecas de su rostro, ni en lo mucho que me gustan las suaves arrugas de su cara que no tenía a los diecisiete años, esas que esconden historias que no he tenido ocasión de escuchar.

Puede que haya algo más entre nosotros, algo aún sin resolver o completamente nuevo. En este momento, no estoy segura de poder distinguir la diferencia.

No estoy segura de querer hacerlo.