Lo que pasa en Ámsterdam Trece
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Trece

Me despierto en un piso empapelado de pósits.

Koelkast pegado en el frigorífico. Wasbak en el fregadero. Hond en el cuello de George Costanza. Hay decenas más, pequeños trozos de papel de colores que hacen que parezca que ha llovido confeti.

Todo escrito con la letra de Wouter: pequeña, meticulosa.

—Wouter —digo, y ya no se me ocurren más palabras. Ni en inglés, ni en neerlandés. Es muy tierno que haya hecho todo esto por mí.

Él está apoyado contra la encimera de la cocina con aire expectante, como si le preocupara que no me gustara, cuando nada podría estar más lejos de la realidad.

—Aún no he terminado —dice, y anota algo en el bloc, despega el pósit y me lo pega justo en la punta de la nariz.

Se queda delante de mí un momento más de lo que debería; su aroma cítrico es demasiado intenso para las ocho de la mañana.

Esa empresa de jabones debería cambiar su fórmula. Me lo imagino madrugando, ocurriéndosele la idea en la ducha, dándose golpecitos en la barbilla con el rotulador mientras decide qué palabras incluir en mi clase de vocabulario.

Cuando él da un paso atrás, me quito el pósit con la mano, un tanto temblorosa.

Vrouw , dice.

«Esposa» .

—Ja, ja —digo, tratando de ignorar la extraña punzada en mi pecho—. Aunque no lo creas, esa fue una de las primeras que aprendí.

Lo que ocurrió en Culemborg sembró el caos en mi mente.

Que Wouter me ayudara a superar ese ataque de asma solo lo hizo más atractivo, como cuando descubres que el chico popular tiene también un corazón de oro.

Necesito verlo haciendo algo que le reste encanto.

Darle una patada a un corderito; ganar un concurso de comer perritos calientes; perder un concurso de comer perritos calientes.

No hemos hablado del beso, y la explicación más sencilla es que no significó nada. Fue casto. Breve. Solo para salvar las apariencias. Por desgracia, mi cerebro reptiliano no puede dejar de reproducir esos pocos segundos en los que sus labios estuvieron sobre los míos.

Somos un juego de ping-pong con límites prohibidos: primero en mi casa y ahora en la suya.

Y no es que quiera derribarlos…, es que no puedo entender por qué dedico tanto tiempo a pensar en ello.

«Te hizo daño», me repito siempre, rogando que la razón se imponga, porque en este matrimonio que existe solo en los papeles no hay cabida para las complicaciones.

Pensaba que mi corazón roto ya había sanado, que el tiempo había cicatrizado la herida a la fuerza.

Pero ahora me doy cuenta de que todos esos años solo lo habían anestesiado, porque estar en su presencia, saber cómo prepara el té y dónde guarda el cepillo de dientes, disuelve la distancia y deja en su lugar un dolor agudo, no por desearlo ahora, sino por anhelar lo que podríamos haber tenido.

Mañanas tranquilas de fin de semana como esta: algo con lo que ni siquiera podía soñar.

En fin, tal y como Wouter me advirtió, el apartamento necesita algunas reformas. Dejo mi taza en la encimera, abro uno de los armarios de la cocina y me quedo con el tirador en la mano.

—Ay, mierda —dice Wouter cuando se lo enseño—. Lo arreglé hace unos meses. Intentaré ocuparme de ello cuando salga de trabajar la semana que viene.

—Puedo hacerlo yo, si quieres.

Él lo descarta con un gesto y me pasa una taza de té.

—No, no quiero que te preocupes por eso.

Lo que no digo es que me gusta este lugar y que quiero cuidarlo igual que él.

Pero claro, no va a ser mío para siempre.

Me siento a la mesa y le echo azúcar al té.

Hoy he organizado una salida sorpresa para los dos, por supuesto platónica, y más tarde hemos quedado con sus amigos.

Me ha preguntado una docena de veces si me parecía bien, porque le han estado insistiendo, y él no ha querido arrojarme a los lobos.

La ilusión de conocer por fin a las personas con las que comparte su vida se desvaneció de golpe en cuanto recordé que no van a conocer a mi verdadero yo.

Quieren conocer a Danika Dorfman, la esposa de Wouter. Su antiguo amor.

—¿Quieres un poco de hagelslag ? —pregunta Wouter, todavía rebuscando en la cocina.

—¿Es eso que lleva virutas de chocolate encima?

Con el pelo húmedo después de ducharse y sin afeitar, tiene un aspecto muy tierno, como si fuera esa versión suya que aún no está preparado para enfrentarse al mundo.

Incluso tiene una mancha de rotulador en un lado de la palma de una mano.

—Hacía años que no lo comía, pero ayer me entró el antojo en el mercado —dice, enarcando una caja y meneándola, esbozando una sonrisa torcida—.

Pensé que no dirías que no a unas virutas para desayunar.

La forma correcta de prepararlo suscita mucha polémica —continúa, sacando dos rebanadas de pan integral con un pósit que dice volkoren y las unta de mantequilla con la mayor concentración—.

Pero no hagas caso a nadie más. La mantequilla es imprescindible para que las virutas se queden pegadas y no se caigan.

Y tampoco debes doblar el pan, o se esparcirán por todas partes.

Vuelca la caja de hagelslag y deja caer una lluvia de virutas de chocolate sobre las dos rebanadas. Luego me pasa una a mí.

—Doce sobre diez —digo después de darle un mordisco—. Qué idea tan genial. ¿Qué será lo próximo que se les ocurra a los neerlandeses?

—Casi me da miedo preguntarte cómo están tus dientes cuando el azúcar constituye el setenta por ciento de tu dieta.

Sonrío de oreja a oreja para enseñarle los dientes.

—Ni una sola caries en toda mi vida.

Amsterdam-Noord es una zona del norte de la ciudad al otro lado del río IJ, que se pronuncia «ái».

Lo sé porque hace unos minutos, al bajar del ferry, lo he llamado «río IJ», convencida de estar pronunciándolo bien.

Delante de nosotros se encuentra la torre A’DAM, un rascacielos con un columpio gigante colgando del tejado del edificio.

No es nuestro destino, pero es lo más cerca que he estado de él hasta ahora, y me confirma que no hay dinero suficiente para convencerme de que me suba a él.

Antes esto era una zona industrial, aunque ahora es más bien un barrio en auge, con restaurantes y cervecerías exclusivos montados en viejos almacenes reconvertidos…, y mucho arte por todas partes.

—Nunca había estado aquí —dice Wouter cuando llegamos al Museo STRAAT, con una leve sonrisa, como si intentara ocultar su entusiasmo—. Dos meses en Ámsterdam y ya me estás enseñando algo nuevo.

El museo está dedicado al arte urbano y al grafiti: hay murales repartidos por las paredes de hormigón y colgados de los altos techos, y esculturas de un tamaño superior al normal hechas con objetos recuperados.

Avanzamos por la colorida primera sala, deteniéndonos para leer las descripciones junto a cada pieza.

Pero Wouter parece un poco incómodo y no para de juguetear con las manos.

—Danika…, te estás adaptando bien aquí, ¿verdad?

—Es un poco tarde para arrepentirme, ¿no crees? —digo—. Espero no ser una mala compañera de piso.

—Solo cuando no me dijiste que llevaba la camisa del revés antes de irme a trabajar la semana pasada.

—¡Era muy temprano! Todavía estaba medio adormilada —protesto.

—Solo quería asegurarme —repone, y vuelve a ponerse serio—. Es un cambio enorme y me preocupa no haber estado lo bastante pendiente de ti. De… todo.

Si hay algo que se le da bien a Wouter, es preocuparse por mí, y se lo agradezco de corazón.

—No puedo negar que es un gran cambio, pero el día a día no me está resultando tan difícil como pensaba. Menos lo de estar lejos de la gente que dejé allí.

—Echas de menos a tu hermana.

—Sin parar —confieso. Decirlo en alto hace que esa punzada de nostalgia sea aún más intensa, como un anhelo visceral entre mis costillas.

Hasta que llegué aquí, no me había dado cuenta de que se podía sentir nostalgia por una persona—.

Nunca había estado tanto tiempo lejos de ella, y tengo suerte de que sea noctámbula y podamos hablar con cierta regularidad, pero… no es lo mismo.

—Hum. Te envió un paquete con productos de tu país.

¿Y si le envías tú uno con cosas de aquí?

Podrías enviarle unos stroopwafels , algunos adornos con tulipanes, cerámica azul y blanca…

, y tienen queso Gouda en bolsas selladas al vacío que se pueden enviar sin problemas —sugiere, tapándose la boca para toser—.

Por supuesto, no tienes que replicar todo lo que ella te envió. A menos que quieras hacerlo.

—¡Me encanta la idea! Bueno, la primera parte.

Gracias —digo, y hablo en serio—. Es raro, pero a veces me dan antojos absurdos de comer cosas de allí.

Por ejemplo, el otro día me apetecían Pop-Tarts, aunque hace años que no los cato.

—Pasamos a la siguiente obra de arte, una ilusión óptica geométrica en blanco y negro—.

Pero, aparte de los Pop-Tarts, supongo que me cuesta no sentir que dejé algunas cosas… sin cerrar.

—¿Con tu ex?

Su pregunta me pilla por sorpresa, y se me escapa una carcajada tan estentórea que algunas personas se vuelven para mirarnos.

—Oh, no. No, no, no. Eso está más que terminado. Y de la forma más desastrosa posible.

Él enarca las cejas, invitándome a continuar, con los ojos brillantes tras las gafas. Ojalá la curiosidad no resultara tan atractiva en él. Exhalo un suspiro, preparándome para contarle la sórdida historia, sin dejarme nada.

—Trabajábamos juntos y llevábamos saliendo casi un año. Y de repente, hace unos meses, recibí una captura de pantalla de una de las amigas de mi hermana… que había hecho match con él en Tinder.

—¡No me jodas!

Asiento con tristeza.

—Cuando le pedí explicaciones, me soltó la típica excusa de que se le había olvidado borrar la cuenta, aunque se veía que había estado la semana anterior. Tenía un montón de mensajes, fotos de otras mujeres y fotos que les había enviado…