Doce #4
—Mis padres no trabajaban en el mundo del espectáculo, pero los de muchos de mis amigos sí.
La comida es estupenda, las playas también, pero no echo de menos los atascos.
Además, el aire no les sentaba bien a los pulmones, así que intentaba quedarme en casa todo lo posible durante la temporada de incendios —digo, y hago un gesto con la mano, abarcando la habitación—.
¿No te dio pena que se mudaran a Culemborg?
—Qué va, me encanta —responde—. Puedo revivir mi infancia cada vez que voy al piso de mi hermano, aunque su decoración sea un poco aburrida, y cuando busco tranquilidad, vengo aquí.
Oímos que se abre y se cierra la puerta mosquitera.
—¿Salimos a ver si están cotilleando sobre nosotras? —pregunta Roos, y yo me esfuerzo por no reírme, porque es casi seguro que están cotilleando sobre mí.
De camino, Roos se pasa por la cocina para coger una botella de champán y dos copas. Su madre la sigue con tres más.
—¡Un brindis! —declara Roos una vez que estamos todos fuera, descorchando la botella y sirviendo un poco a cada uno—. Por Wouter y Dani. ¡Op het bruidspaar!
Wouter se vuelve hacia mí, un tanto tímido, y tardo una fracción de segundo más de lo debido en darme cuenta de lo que pasa.
Están esperando a que nos besemos.
Soy una auténtica idiota por no haberlo previsto.
Por no haber pensado en ello, aunque, siendo sincera, no creo que nada pudiera prepararme para la manera en que Wouter se muerde el labio inferior.
En el ayuntamiento nos libramos porque había un montón de parejas esperando para firmar sus propios certificados de matrimonio.
Después de intercambiar los anillos, nos dimos un abrazo incómodo y eso fue todo.
Nadie golpeó las copas de champán con los cubiertos pidiendo que nos besemos.
Wouter vuelve a pedirme permiso levantando las cejas, incluso después de haber acordado que nos parecía bien cualquier cosa que no fuera darnos el lote. Y eso, claro está, incluiría besarnos.
Aun así, significa mucho que me consulte. Que no se lance sin más. Le respondo dando un paso adelante justo cuando él inclina la cabeza, con el corazón latiéndome con fuerza contra el pecho.
Wouter van Leeuwen está a punto de besarme por primera vez en trece años.
Con público.
Wouter acapara mis sentidos: el jabón que veo todos los días en el baño; el champú de menta… Está tan cerca en este momento, que la mente se me queda completamente en blanco. Solo existe él, un vértigo abrumador y su mano posada en mi mejilla mientras me alza el rostro.
Sus labios apenas rozan los míos, tan rápido que, cuando cierro los ojos, ya se ha apartado.
Todos aplauden, y Roos se lleva dos dedos a la boca y silba. Me aparto, algo aturdida, con el calor de su boca todavía en los labios. Solo ha sido un pico, ¿no? Apenas un beso. Y, sin embargo, es suficiente para que ellos lo crean y brinden con champán.
Quizá sea porque, en el fondo, quieren creerlo. Esta familia ya ha sufrido demasiadas tragedias, y lo único que quiero es darles algo positivo.
Aunque tenga que envolverlo en una mentira.
—A lo mejor…, a lo mejor aún podemos celebrarlo —suelto mientras se me ocurre una idea, recordando lo que me ha dicho Wouter en la habitación de invitados—. Sin pasarse, solo la familia más cercana y los amigos. ¿Una pequeña fiesta?
Los rasgos de Anneke se suavizan, y una nueva calma se apodera de su rostro.
—Me parece una idea preciosa —aduce, y siento que mi cuerpo se libera de gran parte de la tensión que he estado acumulando desde que salimos de Ámsterdam. Wouter también sonríe, y ese hoyuelo aparece por vigésima vez hoy; y si tiene las mejillas sonrojadas, seguro que es por el champán.
Si las mías también lo están, seguro que su familia lo achacará a la felicidad propia de una recién casada.
Roos se vuelve hacia mí.
—¡Dani y yo podríamos ir a mirar vestidos! —propone, y ojalá no me hiciera tanta ilusión su idea.
—¿Hay alguna posibilidad de que tus padres puedan acompañarnos? —pregunta Anneke.
—No lo sé —respondo, con el amargo sabor de la mentira en la lengua—. No les resulta fácil pedir días libres en el trabajo. Ya sabes cómo son los estadounidenses con las vacaciones.
—Haremos un millón de fotos —promete Roos, con una amabilidad que me llega al corazón—. Será muy gezellig .
—¿Qué significa eso? —pregunto.
Wouter vuelve a pasarme un brazo por la espalda y me resulta demasiado fácil apoyarme en el sólido calor de su pecho. «Suelo buscar el contacto físico», me dijo aquella primera noche en el apartamento. Porque así es él.
Porque no significa nada.
—No tiene una traducción directa —explica—. Es ese rato tranquilo que pasas con amigos o familiares en un lugar acogedor, en buena compañía. Ese sentimiento de unión.
Roos continúa:
—Así que una fiesta puede ser gezellig , o una reunión íntima, o una noche en un bar con amigos.
— Gezellig —repito, y ella niega con la cabeza.
—La «G» neerlandesa no es fácil —dice, y pasa a demostrármelo—. Es más gutural y sale desde el fondo de la garganta.
Wouter se señala la boca, y la verdad es que no necesitaba una excusa para volver a mirar sus labios.
—Tienes que expulsar el aire mientras lo dices. Gezellig .
—Eligieron la palabra más complicada para referirse a algo tan agradable —añade Roos.
Repito el término unas cuantas veces más, atascándome con la «G», hasta que ambos me sonríen.
—Perfecto —dice Wouter, deslizando los dedos por mi espalda—. Ya casi eres toda una neerlandesa.