Lo que pasa en Ámsterdam Doce #3
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Doce #3

Me conmueve tanto que casi podría ignorar la punzada de culpa que me invade. Están siendo tan amables conmigo, tan atentos…, pero claro, no saben la verdad.

Después de que todos digan a coro eet smakelijk , nos ponemos a comer.

Es un guiso contundente y sabroso, de esos que aún apetecen más en los meses fríos.

Le digo a la madre de Wouter que me gusta mucho y todos los demás murmuran con aprobación.

Durante un par de minutos, lo único que se oye es el ruido de los tenedores al rozar los platos.

—Sabemos mucho y a la vez muy poco sobre ti —dice Anneke. Ahora que estamos todos en la misma habitación, enseguida queda claro que ella es más desconfiada que Maartje—. Nos tienes intrigados. ¿Solo llevas en Ámsterdam desde enero?

Wouter y yo acordamos no mencionar la quiebra de mi empresa delante de su familia.

—Sí. Soy diseñadora de Experiencia de Usuario, y vine aquí contratada por una empresa emergente —respondo, lo cual no es del todo mentira.

—Qué interesante —dice Anneke, limpiándose los labios con una servilleta—. No parece un trabajo que te obligue a abandonar Estados Unidos.

Roos mira a su madre con incredulidad mientras se sirve más salchicha.

—¿Estás de coña? Las empresas de aquí siempre están intentando atraer talento del extranjero. El mes pasado contratamos a un desarrollador estadounidense.

Le doy las gracias en silencio.

—Tiene mucho talento —dice Wouter, apoyando su mano libre en el respaldo de mi silla. Si tuviera el pelo más largo, lo estaría tocando—. Tiene muy buen ojo. ¿Verdad, lief ?

Lief . Supongo que es un término cariñoso en neerlandés. Aunque no sé qué significa, puedo sentir la ternura que encierra, o al menos la que aparenta.

Qué bien se le da esto.

Esbozo una sonrisa, como si esto fuera un juego al que jugamos todo el tiempo: quién puede halagar más al otro.

—Tanto como tú para aliviar el dolor de las personas.

La abuela de Wouter dice algo en neerlandés y el resto se ríe.

—Dice que tienes un pelo muy bonito —me traduce Wouter—, y que espera que nuestros hijos lo hereden de tu familia. —Se lleva la mano a la zona donde se le empieza a clarear la cabeza—. Eso ha sido un golpe bajo, Oma .

Anneke aprovecha la oportunidad para hablar con Wouter en neerlandés, demasiado rápido para que yo pueda entender nada más que alguna preposición aquí y allá. A Wouter se le marca el surco entre las cejas mientras le responde antes de volver a cambiar de idioma.

—¿Podemos seguir en inglés? —pregunta, y su madre aprieta los labios en una línea severa.

—Es muy romántico que os hayáis reencontrado después de tantos años —dice Roos, y luego se vuelve hacia su madre—. ¿Recuerdas que solía hablar de ella?

Anneke asiente, y no sé si lo hace a regañadientes.

—Se le iluminaba la cara. ¿Sabes? No recuerdo que haya reaccionado así con nadie más.

—Seguro que eso no es verdad —intervengo, un poco abrumada por tanta atención. Vuelvo a sentir esa opresión en el pecho y me llevo la mano a la boca para toser. Si consigo calmarme, podré evitar que pase lo peor. Eso espero.

Pero Roos no deja el tema.

—Decía que nadie le hacía reír como tú. Que tú le entendías. Siempre me pareció cruel que hubiera demasiada distancia entre vosotros para que pudierais intentarlo de verdad.

¿Les dijo que fue la distancia lo que nos separó? Aunque es probable que eso hubiera pasado si hubiéramos seguido con la relación, hay algo que no cuadra, pero su madre y su hermana no tienen motivos para mentirme sobre esto.

Están describiendo a alguien enamorado, mientras yo estaba al otro lado del mundo, segura de que él me había olvidado.

Miro a Wouter, arqueando las cejas.

—¿En serio? —digo mientras él se concentra en su stamppot —. ¿Qué…, qué más decía de mí? —Me cuesta mucho articular las palabras debido a la falta de aire, y cuando intento respirar más hondo, no consigo llenar los pulmones.

—Que eras una desvergonzada —dice Wouter—. Sin una pizca de modestia.

Intento reírme, pero la presión en mi pecho se vuelve cada vez más difícil de ignorar. El calor me sube a las mejillas en un violento ataque de tos, y todos se vuelven hacia mí.

—¿Estás bien, Dani? —me pregunta Anneke, y en ese momento me doy cuenta de que no, no estoy bien.

Estoy teniendo un ataque de asma, en medio de la comida en casa de mis falsos suegros.

Me vuelvo hacia Wouter, esperando que el pánico en mis ojos baste para comunicar lo que mis palabras no pueden expresar.

—No…, no puedo respirar —balbuceo, resollando. Me falta el aire, y tengo la sensación de estar respirando a través de una pajita muy fina, lo que hace que me sea imposible llenar mis pulmones.

Él deja caer el tenedor de golpe.

—¿Dónde está tu inhalador?

Solo puedo hacer es señalar con impotencia hacia el vestíbulo de la casa, donde dejé mi bolso. Wouter empuja la silla y sale disparado hacia allí.

—¿Necesitas un poco de intimidad? Llévala a la habitación de invitados —dice Anneke cuando Wouter regresa, y él me lleva por el pasillo a la primera habitación a la izquierda con una urgencia sobrehumana, rodeándome los hombros con un brazo.

Me ayuda a sentarme en la cama con cuidado mientras yo jadeo. Agita el inhalador y me lo da. Lo agarro con las manos temblorosas, aprieto y trato de respirar tan despacio y profundamente como puedo.

Wouter se sienta a mi lado, sin invadir mi espacio, transmitiendo una sensación de calma. Su respiración es lenta: toma aire despacio y exhala con fuerza.

—Te pondrás bien —me dice en voz baja. Igual que hizo en el baño, cuando teníamos diecisiete años—. Estoy aquí contigo, respirando contigo.

Han pasado trece años y sigue sabiendo qué hacer.

Me acaricia el pelo con la mano mientras yo respiro de nuevo en el inhalador. Es un gesto rápido, casi distraído, pero me tranquiliza más de lo que debería ser. Poco a poco, siento que mis músculos se relajan y puedo volver a llenar los pulmones de aire.

—Eso es. Lo estás haciendo muy bien.

—¿Te refieres a respirar? —digo cuando por fin puedo hablar, y esto hace que su boca esboce una pequeña sonrisa.

Entonces él también suelta el aire en un largo suspiro. Los hombros le tiemblan por el esfuerzo, casi como si hubiera estado conteniendo su preocupación por mi bien. Ahora veo con claridad la clase de cuidador que debió de ser para su padre.

Dejo escapar un gemido mientras me cubro la cara con las manos.

—No puedo creer que me hayan visto así —digo, mirando entre mis dedos—. En el peor momento posible.

—No pueden culparte por tener un ataque de asma. No es algo que puedas evitar.

—Lo sé, es que… no es la primera impresión que quería causar.

Respiro hondo de nuevo. El aire es maravilloso, me sabe a vida.

—Podemos irnos a casa, si quieres. Lo entenderán —dice. La preocupación sigue grabada en su rostro, desde el pliegue en su entrecejo, hasta la ligera curva descendente de su boca.

—No, no. Quiero quedarme.

Wouter asiente mientras estira las piernas sobre el edredón blanco, y yo hago lo mismo. Marido y mujer tumbados en una cama diminuta, sin tocarse.

—Me has dado un buen susto —dice con una sonrisa torcida—. Pensé que mantendría la calma si sucedía aquí, pero…, por un momento, estaba cagado de miedo.

—Pero si has mantenido la calma. Has estado perfecto —digo. Al estar tan cerca, puedo sentir el calor que desprende su piel—. También has sido muy rápido, gracias. ¡Y estoy bien! Es el primer ataque que tengo en meses.

Aun así, me mira con auténtico alivio, y ver a un hombre tan alto muerto de miedo por mí… me conmueve de un modo que no esperaba. Aparte de mis padres, nunca había experimentado nada parecido. Nadie se había mostrado tan protector.

Casi deseo que me acaricie el pelo otra vez.

—¿Qué te ha dicho tu madre en neerlandés? —le pregunto.

—No tenemos por qué hablar de eso.

—Dios mío. Puedo soportarlo —digo, preparándome para lo peor.

—No es nada malo. No es que no nos apoye —empieza—, pero quiere entenderlo.

Me ha dicho que si lo hemos hecho solo por nosotros, sin ceremonia ni celebración, y si eso era lo que de verdad queríamos, entonces lo apoya.

Le he dicho que queríamos algo pequeño, discreto. No queríamos que fuera algo grandioso.

—Claro.

—Así que está un poco triste porque nadie de la familia pudo estar allí. Porque no pudieron celebrarlo con nosotros.

Puedo entenderlo. Imagino que ocasiones como esta cobraron un significado diferente después de que falleciera su padre.

—Lo siento —digo, con un nudo en la garganta por el sentimiento de culpa—. Espero no haber generado tensión entre todos vosotros.

Él sacude la cabeza, sin mirarme a los ojos.

—Solo… quieren asegurarse de que te importo de verdad. —Lo dice con una sonrisa, incluso lo formula en tono de pregunta, como si eso nunca hubiera sido importante para él.

Y entonces no puedo evitarlo, y le pongo una mano en el brazo. Le rozo el codo con el pulgar. Su piel se tensa bajo mi tacto y retiro la mano enseguida. Claro. Nadie nos está mirando. No tenemos que fingir cuando estamos solos.

—Sí, me importas —digo con suavidad.

Al menos eso no es mentira.

Cuando Wouter se asegura de que el ataque no va a repetirse, Anneke y Maartje le preguntan si pueden hablar con él a solas en el patio trasero, mientras Roos se queda conmigo en la habitación de invitados.

Me cuenta que trabaja en marketing para una página web de atracciones turísticas de Ámsterdam.

—Vamos, que puedo hacerme pasar por turista todos los días. Si alguna vez quieres ver algo, seguro que puedo colarte gratis —dice, y a continuación quiere saber cómo es crecer en Los Ángeles—. ¿Es igual que en The O.C. ?

—Sí —bromeo—, solo que en la vida real todo el mundo está aún más bueno.

—¡Lo sabía! Sabía que solo ponían a los feos en la televisión.