Doce #2
Lo único que Wouter me dijo fue que su familia estaba al tanto de nuestra relación. Eso no es lo mismo que hablar de mí a todas horas. Él se frota la nuca y evita mirarme a los ojos.
—Dani —digo—. Me alegro de estar aquí. Creo que es uno de los sitios más bonitos que he visto en mi vida.
Roos enarca una ceja con destreza. No reacciona ante la marca de nacimiento de mi mejilla, ya sea porque ha visto fotos mías o porque de verdad no le importa.
—Se lo diré a la alcaldesa. Vive en la calle de al lado.
Se oyen pasos, y al momento la madre de Wouter asoma por la puerta. Tiene el mismo cabello rubio oscuro, aunque más fino y con algunas canas, unas gafas grandes y una expresión inescrutable. Y la altura… He entrado a formar parte de una familia de gigantes.
Es lógico que desconfíen. Soy la forastera, la intrusa estadounidense. Y, aunque esto es falso, deseo con toda mi alma caerles bien.
—Perdona, tenía una olla al fuego y acaba de empezar a hervir —dice, con un acento mucho más pronunciado que el de sus hijos.
Cuando sus ojos se posan en mí, esboza una sonrisa vacilante.
Mi cara se enrojece más de lo habitual cuando conozco a gente, porque ahora soy muy consciente de que me está evaluando y no puedo evitar pensar qué considerará ella un defecto.
Mi marca de nacimiento. Mi baja estatura.
Mi forma de vestir o mi manera de hablar.
Nada de eso me había hecho sentir tan cohibida como ahora.
—Mamá, esta es Danika —dice Wouter—. O Dani, pero a mí siempre me ha gustado más Danika. Casi podría ser un nombre neerlandés.
—Sigues siendo el único que me llama así —digo, y de alguna manera consigo que suene como si fuera una broma privada que compartimos desde hace años. Incluso veo que Roos contiene una sonrisa.
Su madre se arrima para darme tres besos en las mejillas.
— Aangenaam , Dani. Soy Anneke —dice. Sus ojos se detienen en el anillo de mi dedo y asiente con la cabeza en señal de aprobación—. Muy clásico. Al menos Wouter tiene buen gusto…, aunque no siempre ha sido así.
Wouter deja escapar un gemido exagerado.
—¿Te refieres al año en que solo quería ir al cole con pantalones de chándal?
—Pues claro —interviene Roos. Y acto seguido me agarra del brazo y baja la voz hasta convertirla en un susurro cómplice—. No te preocupes, tengo fotos.
Anneke le revuelve el pelo a Wouter.
—¿Solo fue un año? A mí me pareció mucho más.
—Te aviso —me dice Wouter—: se van a meter conmigo un montón.
—Razón de más para estar emocionada —digo mientras entramos y me quito las botas—. Tienes una casa preciosa.
—Muchas gracias —dice Anneke, y señala mi falda—. Me gustan tus… —Busca la palabra adecuada—. Panty .
Me invade el pánico.
—Perdona, ¿mi qué? —Estiro el cuello, preguntándome si es su forma de decirme que se me ve la ropa interior.
Supongo que sería raro que me haya metido la camiseta por dentro de la ropa interior en lugar de las medias de color turquesa que he combinado con la falda negra, aunque espero que el destino no sea tan cruel.
— Panty —repite Anneke, esta vez más alto.
Wouter se ha puesto rojo como un tomate.
—Es neerlandés significa «medias» —me dice, señalando mis piernas—. Pantis.
—Ah. Aún no hemos dado eso en clase —repongo, y luego de digo a Anneke—: Dank je wel .
— Panties significa ropa interior en inglés, mamá —dice Roos de forma servicial, y le agradezco que sea ella quien se lo explique en lugar de su hermano.
Anneke se tapa la boca con la mano para contener la risa.
—Ah. Te aseguro que no era lo que quería decir —asegura mientras coge nuestros abrigos y los cuelga en un armario poco profundo—. ¿Estás yendo a clase de neerlandés, Dani?
Empiezo a relajarme mientras le cuento más cosas. Me encanta la gramática y la pronunciación, aprender qué sonidos se omiten al final de una palabra y cuáles se enfatizan. Claro que es un reto, pero creo que lo necesitaba.
Aunque una parte de mí teme que sea solo otro pasatiempo que abandonaré dentro de unos meses.
La abuela de Wouter está sentada en un sillón en la sala de estar contigua, un espacio acogedor con una pared pintada de azul y plantas colgando del techo. Hay una estantería alta abarrotada de todo tipo de adornos, además de algunas fotos familiares enmarcadas.
Wouter saluda a la anciana con un abrazo cariñoso antes de presentarme en neerlandés. Solo entiendo algunas palabras.
— Aangenaam —dice su abuela con una voz más firme de lo que esperaba, y luego se señala a sí misma—. Maartje. —Es una mujer menuda y de rasgos delicados, con una melena de color rubio platino. Tiene una manta de punto sobre el regazo y encima, un libro de sudokus.
—Encantada de conocerla. Muchas gracias por invitarme.
Perdí a mis dos abuelas cuando era muy joven y a un abuelo el año pasado. El único que me queda vivo está en una residencia de ancianos en Sherman Oaks, y estar aquí con la abuela de Wouter hace que me entren ganas de llamarle en cuanto llegue a casa.
Su abuela vuelve a decir algo en neerlandés y Wouter lo traduce.
—Dice que ha sido todo muy rápido. Pero entiende que a veces pasa cuando de verdad estás enamorado, y que mi abuelo y ella supieron desde el primer momento que estaban hechos el uno para el otro.
Ahora tenemos que empezar a actuar. Wouter me rodea con el brazo, pero no sin antes levantar las cejas para confirmar que me parece bien. Asiento de manera casi imperceptible mientras él me pone la mano en la cintura.
Me arrimo a él y apoyo una mano en su pecho, el tiempo justo para sentirlo subir y bajar al respirar solo una vez. Ojalá mi respiración fuera igual de calmada.
—Su nieto es alguien muy especial, pero estoy segura de que ya lo sabe —digo, y Wouter vuelve a traducir—. Nos enamoramos hace trece años y nunca hemos dejado de pensar el uno en el otro.
—La comida estará lista en unos quince minutos —anuncia Anneke, y se dirige a la cocina contigua para terminar de prepararla. Un delicioso y reconfortante olor impregna ya la casa.
Roos se ofrece voluntaria para hacerme un recorrido.
Tiene una energía tan chispeante, que parece que vaya a darte un calambrazo si la tocas.
Y su falta de prejuicios es tan opuesta a lo que esperaba, que me cae bien al instante.
La casa no es grande ni ostentosa; cuenta con un dormitorio para su madre, otro para su abuela, una habitación de invitados para Roos o Wouter cuando vienen de visita y solo un cuarto de baño.
Es curioso que Wouter se quedara con la casa en la que se crio, que ya no se parece en nada a la de antes, mientras que su familia se fue a vivir más lejos, a esta casa que no guarda tantos recuerdos entre sus paredes.
—Me gustaría ver cómo era la casa de Prinsengracht cuando erais pequeños —digo, y los hermanos intercambian una sonrisa antes de llevarme de vuelta a la cocina, separada del salón por una pared cubierta de fotos.
El collage es una explosión de alegría y nostalgia: fotos de cuando eran bebés, de la incómoda preadolescencia, de vacaciones y de todo lo demás.
Wouter de bebé, con su pelo rubio rojizo, asomándose desde la cuna.
Arrastrando un pincel por un lienzo en la habitación que ahora es nuestra cocina.
Roos vestida de hada, tumbada boca arriba en las traicioneras escaleras del apartamento.
Su padre con una tarta de cumpleaños en las manos.
Besando a la madre en la mejilla. Un viaje a Disneyland París, los niños con orejas de ratón y posando con Mickey y Pluto.
—¡Ay, qué tierno! —digo, señalando una foto de Roos de pequeña y de Wouter con cinco o seis años, al que le faltan los dos dientes delanteros—. Erais unos niños monísimos.
—Y aquí tienes su época de los pantalones de chándal, como te prometí —dice Roos, señalando unas fotos de Wouter con once años, en una fiesta en el jardín, riéndose con sus amigos, haciendo una presentación en el colegio, y en todas lleva el mismo chándal azul marino, ya raído—.
Y una serie de cortes de pelo cada vez peores para acompañarlos. ¿No amenazó papá con quemarlos?
—Eran muy cómodos —protesta Wouter—. Ah, y aquí están nuestros padres en su primer Día del Rey juntos.
Bueno, entonces el Día de la Reina. —Señala una foto de Anneke, con unos veinte años, vestida toda de naranja, con el padre de Wouter a su lado con un sombrero naranja gigante y una boa de plumas.
Ahora que veo a sus padres tan jóvenes, Roos se parece más a Anneke, mientras que Wouter tiene los ojos penetrantes y los hombros anchos de su padre.
—Creo que es mi foto favorita —dice Roos.
Wouter se queda callado un momento, con un aire casi reverente.
—La mía también.
En este preciso instante me doy cuenta de que esto es justo lo que quería al venir aquí: conocer mejor a esta familia y su historia.
Anneke dice algo en neerlandés y llama a Roos a la cocina, dejándome sola con Wouter.
Él se acerca poco a poco y agacha la cabeza.
—Lo estás haciendo muy bien —susurra con la palma de la mano en mi espalda, como si supiera que necesitaba oírlo.
Luego se dirige a la cocina para ayudar a su madre y a su hermana a poner la mesa. Aún siento el calor de su mano en mi jersey y el ligero temblor de sus dedos.
—¿Puedo ayudar en algo? —pregunto, sintiéndome un poco inútil, pero su madre se limita a negar con la cabeza.
Cuando nos sentamos a comer, Maartje señala la fuente de cerámica que hay en el centro de la mesa.
— Stamppot . Muy, muy neerlandés.
Anneke ofrece una explicación más detallada:
—Son patatas y verduras trituradas…, como un puré…, en la misma cazuela, con salchicha por encima. Yo utilizo col rizada, zanahorias y cebollas. Es muy saludable en invierno, que siempre dura más de lo que todos quisiéramos. Se suele tomar más para cenar, pero pensamos que tenías que probarlo.
—Y yo no tengo ni idea de prepararlo —dice Wouter, y Roos asiente de forma enérgica—. No como lo hace mi madre.