Doce
Cuando imaginaba mi boda, nunca tuve una idea muy clara. No soñaba con vestidos blancos ni arreglos florales, pero sí imaginaba un rostro amable al llegar al altar. Alguien que me amara.
Desde luego no me imaginaba tanto papeleo, ni que todo estaría en neerlandés.
El edificio de gemeente , el ayuntamiento de Ámsterdam, es una moderna estructura moderna toda de cristal y hormigón, que desentona en un barrio de casas junto al canal.
Nos sentamos en la sala de espera, y como hacen falta dos testigos para que firmen el certificado de matrimonio (que pueden ser cualquier persona), Wouter le pregunta a otra pareja si les importaría hacerlo.
Meto las manos en las mangas de mi jersey de punto, dándolas de sí para siempre.
«Cuatro. Todo el mundo sabe que esto es falso».
«Siete. La policía está de camino».
«Ocho. Voy a pudrirme en una cárcel neerlandesa y a deshonrar a mi familia para siempre».
Es posible que el terapeuta que me enseñó esos ejercicios no contemplara esta situación concreta.
Cuando llega nuestro turno, Wouter me hace de traductor.
Una mujer de mediana edad nos dedica una sonrisa contenida mientras lleva a cabo la ceremonia, y tengo que recordarme que solo está haciendo su trabajo, que ve a docenas de parejas cada semana y que no puede saber que no estamos locamente enamorados.
Todo dura menos de quince minutos, tan decepcionante como esperar en la cola de la oficina de tráfico.
El último mes y medio pasa por mi cabeza como una extraña sucesión de imágenes.
Mudarme al otro lado del mundo: que todo se vaya al traste; chocar con el hombre que fue capaz de recoger algunos de los pedazos.
Después toca firmar el formulario en el que declaramos que no se trata de un matrimonio de conveniencia.
La mujer nos explica que es el procedimiento habitual cuando un ciudadano se casa con un extranjero, y es suficiente para hacer que mi ansiedad abandone su escondite.
Siento una opresión en el pecho, y no sé si es el preludio de un ataque de asma inminente o si solo estoy pagando las consecuencias de mis actos.
Matrimonio de conveniencia.
Schijnhuwelijk.
Hasta tienen una palabra propia para eso en neerlandés.
Y eso es justo lo que hacemos. Casarme con él me conviene muchísimo, pero verlo expresado con tanta claridad hace que me dé cuenta de verdad de que es ilegal.
—¿Estás bien? —pregunta Wouter.
Bajo la voz, esperando que el temblor lo achaque a los nervios propios de una boda.
—No esperaba que tuviéramos que firmar un documento que declara que esto no es un matrimonio de conveniencia.
Él me aprieta la mano como si supiera que no solo necesito que me infunda confianza, sino también que me dé algo de apoyo.
—Ahí está la gracia —dice—. Llevamos diez años locamente enamorados.
«Ojalá», pienso, y luego estampo mi firma junto a la suya.
Gefeliciteerd a los recién casados.
—Una cosa más —añade, metiendo la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacando una pequeña caja de terciopelo—. Me temo que no son nada especial. No sabía tu talla, así que cogí prestado uno de los anillos que dejaste junto al fregadero. Espero que no te importe.
Nunca he sido de las que se derriten por las joyas.
Ni siquiera durante una breve etapa en la que me dediqué a hacer joyas, justo antes de que me hospitalizaran —cuando pensaba que mi agotamiento se debía a que necesitaba una nueva vía de expresión creativa y se me ocurrió que podría abrir una tienda en Etsy y trabajar por mi cuenta, lo que sería pura fantasía—, llegué a sentir verdadera pasión por ellas.
Al final solo hice una pulsera, que le regalé a Phoebe.
Aun sabiendo que estos anillos son falsos, que en realidad no significan nada, me quedo sin palabras por un momento. Son dos sencillas alianzas de oro, nada sofisticadas, pero brillan incluso bajo la tenue iluminación del ayuntamiento.
—Son preciosos —digo, y lo digo en serio, con los pulmones aún oprimidos—. No tenías por qué.
Su rostro es muy sincero, como si de verdad le aliviara el que me gusten.
—Tenemos que estar a la altura, ¿no?
Y con eso, enarca una ceja, indicándome que coja su anillo.
—Muchos neerlandeses lo llevan en la mano derecha —dice—. Pero podemos hacerlo como tú quieras.
Empiezo yo. Coloco la alianza en el dedo anular de su mano derecha, pues quiero que sea lo más auténtico posible.
Cuando hicimos esto con el envoltorio de la pajita, el que estaba nervioso era él.
Apenas nos habíamos tocado en ese momento, y ahora él está familiarizado con todos los músculos tensos de mi espalda.
Este tipo de contacto físico debería ser menos incómodo, y tal vez lo sea para él.
Porque esta vez, cuando le toca a él ponerme el anillo en el dedo, me agarra la mano para mantenerla quieta, y solo entonces me doy cuenta de que sigo temblando.
—Ya está —dice, alzando la mano para que podamos admirar las alianzas—. ¿Qué te parece?
Giro la mano un par de veces, acostumbrándome al peso adicional.
—Igual que si fuera de verdad.
Mis nervios van a más a medida que se acerca el momento de conocer a su familia, una sensación de ahogo que me acompaña durante toda la semana siguiente y me obliga a llevar el inhalador siempre encima.
Culemborg está a una hora al sureste de Ámsterdam y, como Wouter no tiene coche, es la primera vez que viajo en tren.
Mientras cruzamos cada andén de la estación, esquivando a los apresurados viajeros, me sorprende descubrir que se puede coger un tren a París, Londres, Berlín o Zúrich desde este mismo lugar.
De repente, todas estas ciudades están al alcance de mi mano, despertando en mí una pasión por los viajes que llevaba demasiado tiempo dormida.
El trayecto en tren es como una postal bucólica. Lo familiar no tarda en dar paso a grandes extensiones verdes, granjas salpicadas de vacas y ovejas, y viejos molinos de viento en la distancia.
— Welkom in Culemborg —dice Wouter cuando nos bajamos del tren—. La ciudad que parece un pueblo.
Guardo mi abono de transporte en la cartera.
—¿Una ciudad? ¿No es un pueblo?
—Sí, una ciudad. Solo tiene una población de treinta mil habitantes, pero están muy orgullosos de tener el título de ciudad.
La casa de su madre está a solo diez minutos a pie de la estación, atravesando sobre todo tierras de cultivo.
También hay vacas y ovejas pastando detrás de las vallas a ambos lados del camino.
Las carreteras son de un solo carril y no están señalizadas, y los ciclistas y conductores las comparten sin problemas.
Me pregunto qué entenderán aquí por atasco.
No estoy acostumbrada a tanto silencio, aunque empiezo a ver su encanto: la paz que puede darte disponer de tanto espacio para escuchar tus propios pensamientos.
Wouter lleva vaqueros y una chaqueta negra y se ha afeitado. Aunque prefiero la barba de tres días, el aspecto pulcro tampoco está mal. Me temo que a este hombre nada le queda mal.
Últimamente me sorprendo observando sus manos sin darme cuenta, y me las imagino presionando, masajeando y deshaciendo todos aquellos nudos que ni siquiera sabía que tenía.
Después de aquel masaje deduje que mi libido estaba fuera de control.
Al día siguiente, cuando él estaba en el trabajo, me encerré en mi habitación y le di buen uso al vibrador, hasta que terminé sudando y agotada.
Pero faltaba algo; los orgasmos no estaban mal, pero ninguno me dejaba lo bastante satisfecha como para llevarme al límite.
Era casi más frustrante que si no me hubiera tocado.
Wouter, el inocente y bien afeitado Wouter, que no sabe nada de lo que hago cuando no está en casa, me lleva por un pequeño barrio de modestas casas con jardín, algo que apenas se ve en Ámsterdam.
—Creo que no te he dado las gracias lo suficiente, así que de corazón: gracias.
—Se detiene delante de una casa de una sola planta con setos altos y un par de árboles en el jardín delantero.
Un jardín que parece que alguien ha cuidado con mucho mimo—.
Quizá sea demasiado sentimental, pero no me imagino vendiendo esa casa, y si todo esto evita que tenga que hacerlo… , me ahorraré muchas noches en vela.
Se me forma un nudo en la garganta.
—Si ahora yo te doy las gracias a ti, vamos a entrar en un bucle eterno —digo, enderezando los hombros mientras jugueteo con mi anillo. Esa es otra ventaja: se ha convertido en una herramienta antiestrés—. ¿Algún último consejo? ¿Algún error que deba evitar?
—No he querido decírtelo antes, pero no les gustan mucho los estadounidenses. —Lo dice muy serio—. ¿Sabes imitar otros acentos? Eso podría venirte bien.
Y yo me quedo mirándolo boquiabierta hasta que al final él se echa a reír.
—¡Serás capullo! —digo, conteniendo la sonrisa mientras le doy un golpecito suave con el bolso.
—Lo siento, lo siento, no he podido resistirme. Pero ya estás más relajada, ¿no?
—Un poco —admito a regañadientes.
Respiro hondo una vez más para superar la opresión en el pecho y ya estoy lista para conocer a mis suegros.
La chica que abre la puerta rondará los veintitantos. Tiene un pelo rubio rojizo que le cae por los hombros y unos enormes ojos azules. Viste una chaqueta de lino combinada con unos vaqueros de pata ancha. Aunque no es tan alta como Wouter, se puede ver el innegable parecido en sus rasgos.
—¡Hola, soy Roos! —dice, y viendo su sonrisa de oreja a oreja estoy convencida de que nadie se ha emocionado tanto de verme en toda mi vida.
Es más, parece sincera . Tiene que agacharse para darme tres besos en las mejillas, que es el saludo típico aquí—.
Qué alegría conocerte por fin. Wouter nos ha hablado…
, bueno, solía hablar de ti a todas horas, ¡aunque ha pasado mucho tiempo!
—Se ríe con naturalidad mientras me da una palmada en el hombro—. Estoy deseando conocerte mejor.
«Solía hablar de ti a todas horas».