Lo que pasa en Ámsterdam Once #3
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Once #3

—Claro, claro. La nuca es de nek , ¿a que es muy imaginativo?

De hals , la garganta. —Carraspea mientras me retira el cabello para rozarme la oreja, e incluso ese breve contacto me arranca un suspiro.

Lo ahogo justo a tiempo—. Het oor . Y luego tenemos het hoofd .

—Me da una palmadita en la cabeza, que no calma ni por asomo los latidos de mi corazón.

Este juego ha dejado de ser inofensivo.

Él sigue bajando por mi cuello, por mi columna vertebral, y me doy cuenta de que podría apartarse en cualquier momento. Podría parar, y casi seguro que debería hacerlo, ya que no me va a cobrar nada y no va a sacarle ningún rendimiento a su tiempo.

Pero no lo hace. O de verdad cree que mis músculos necesitan atención o quiere una razón para seguir tocándome así.

Es una idea ridícula, ya que apenas estamos empezando a retomar nuestra amistad.

Llego a la conclusión de que mi cuerpo es un desastre, justo cuando su pulgar presiona un punto entre mis costillas.

Y… «¡Sí, justo ahí!». Vuelve a hundir el pulgar, amasando el músculo una y otra vez hasta que tengo que apretar los dientes para soportar la sensación.

Joder, no soy lo bastante fuerte para esto.

No puedo fingir que no me estoy derritiendo poco a poco mientras él trabaja mi cuerpo como si cada vez que cogía un pincel fuera un juego de niños en comparación con lo que sus manos pueden hacer ahora.

El ritmo de sus manos se vuelve más pausado, como si pudiera continuar de forma indefinida, deshaciendo mis nudos hasta que grite. Estoy temblando, intentando no jadear, pero la presión es tan intensa, maravillosa e inesperada… que no puedo resistirme.

Se me escapa un gemido.

—¿Todo bien? —pregunta, con cierta preocupación en su voz—. ¿Quieres que afloje un poco?

—No, es perfecto —respondo. Me falta el aire mientras me preparo para que lo vuelva a hacer. Desesperada por que lo haga—. Más fuerte. Por favor.

Wouter presiona mi piel con más fuerza mientras otro sonido gutural sale de mi boca.

Es casi doloroso, pero hace que sea aún mejor, sobre todo cuando alterna la fuerza y la suavidad, dándome un momento para recuperar el aliento antes de empezar de nuevo, dibujando con las yemas de los dedos un mapa invisible.

El olor a lavanda debería ser lo que predominara, pero sigo siendo demasiado consciente de su aroma: champú de menta, aunque han pasado varias horas desde que se lavó el pelo; algo terroso, y algo cítrico.

Entonces noto que se inclina sobre mí, apoyando los antebrazos en mi espalda.

Siento su calor, su peso, su piel quemando la mía, y nunca he estado más agradecida de que él no pueda ver mi rostro.

De su boca escapa un gruñido áspero, como si intentara evitar mostrar el esfuerzo que le supone todo esto.

Ese sonido no debería ser sexi. No debería reverberar en todo mi cuerpo, instalándose en lo más profundo de mi estómago.

Pero, Dios mío, me devuelve al pasado.

Recuerdo que solía ser muy callado cuando estábamos juntos, incluso cuando estábamos solos.

Los dos lo éramos, probablemente por una combinación de secretismo y que aún no nos sentíamos cómodos con nuestros cuerpos.

Solo en contadas ocasiones, como en el asiento trasero de mi coche, se permitía soltarse.

Dejaba escapar suaves gemidos y susurraba mi nombre, casi como una súplica, cuando le besaba el pecho, toqueteaba la cinturilla de sus calzoncillos.

«¿Puedo?». «¿Estás segura?». «Sí». Nunca imaginé lo que sería desarmar a otra persona así, verla en su momento más vulnerable.

Suavemente, me aparta el pelo para poder prestar más atención a mi cuello, una sensación que provoca una descarga justo entre mis piernas. Me masajea detrás de las orejas, debajo de la mandíbula, pero puedo sentir sus manos en cada extremidad. En cada lugar que ansía sus dedos.

Por un momento, me dejo llevar por la fantasía, porque sin duda no pasa nada si se queda en mi cabeza, donde lo deseo con locura. Quiero esas manos expertas en mis caderas y muslos. Quiero su peso sobre mí, una tibia boca sobre mi piel mientras lleva mi cuerpo al límite.

Él deja escapar otro gemido grave, uno que me preocupa haber conjurado por puro deseo, y eso es lo que me hace estremecer y volver a la realidad de golpe.

Esto me supera. Es demasiado íntimo.

—Puedes…, puedes parar —digo con voz temblorosa, y él retira las manos al instante—. Creo que es suficiente por ahora.

Me incorporo demasiado rápido en la camilla, algo mareada y sintiéndome de pronto cohibida. Él me alcanza mi camiseta sin mirar, y estoy tan aturdida que me la pongo al revés. Una vez que me la pongo bien y le digo que puede darse la vuelta, veo que tiene las mejillas enrojecidas por el esfuerzo.

El rubor se extiende por su rostro de un modo muy sensual, como si le hubieran sorprendido mientras jadeaba.

El sudor perla su frente, y lo imagino cubierto con esa toalla otra vez, preguntándome si ese rubor baja también por su cuello.

Si su piel ardería como la mía si le tocara como él me ha tocado a mí.

—¿Cómo te sientes? —pregunta.

Acalorada. Temblorosa. Aunque mi espalda está como nueva, eso sí.

—Genial —logro decir—. Muchas gracias. Eres… muy bueno en lo tuyo —digo, y cojo la bufanda y la chaqueta, porque me siento expuesta con solo una camiseta, y busco un tema de conversación que eche un jarro de agua fría sobre mis pensamientos calenturientos—. Bueno, el viernes es el gran día.

Nuestra cita en el ayuntamiento: todo burocracia, nada de romanticismo. Y menos mal.

Él asiente.

—Y he pensado que después podríamos ir a Culemborg a comer con mi familia —dice, con voz ya más serena.

Casi jovial, como para confirmar que todo lo que ha pasado en esta consulta era solo parte de su trabajo.

Se baja las mangas para volver a abrocharse los puños, y yo intento no pensar en esos largos músculos flexionándose mientras se inclinaba sobre mí—.

Todos estarán deseando conocer a mi mujer.