Once #2
—Eh…, lo siento, ha sido una broma de mal gusto —digo, luchando por contener la vergüenza que me sube por todo el cuerpo—.
Te prometo que sí llevo ropa interior. Aunque tampoco sería el fin del mundo si no la llevara, a mucha gente le gusta la sensación de libertad, pero…
es que me he acordado de esta mañana, cuando te sorprendí y no llevabas…
Da igual, lo estoy liando más. ¡Voy a meter la cara en el agujero de la camilla y olvidaremos que he abierto la boca!
Me subo encima y me tumbo. Puede que Wouter esté conteniendo la risa, así que al menos alguien se divierte con mi humillación.
Al tener la cara hacia abajo, oigo su voz como si viniera de más lejos.
—Suelo empezar preguntando a mis pacientes dónde les duele y cómo describirían ese dolor.
—En mi ego —murmuro.
—¿Qué has dicho?
—En la parte baja de la espalda —respondo tras pensarlo un instante—. Y en el cuello…, y puede que también un poco en los hombros. No diría que es un dolor agudo, más bien un dolor sordo. Solo lo noto si me paro a pensar en ello; ¿tiene sentido?
—Sí, lo tiene. Me ayuda mucho saberlo.
Oigo un grifo de fondo. Wouter se está lavando las manos en el pequeño lavabo del rincón. Luego se acerca, con pasos suaves, hasta que puedo ver sus zapatos en el suelo. Aunque no tiene las manos frías, me estremezco ante el más mínimo contacto.
—¿Cómo supiste que esto era lo que querías hacer? —pregunto mirando al suelo.
—Mi padre tuvo un fisioterapeuta excelente después de su primer derrame cerebral, y eso fue lo que me inspiró.
Acabó siendo mi mentor en la carrera —dice—.
La conexión entre la mente y el cuerpo me fascinaba.
Fui a todas las sesiones que pude con mi padre.
Quería ayudar a la gente que sufre dolor, enseñarles a sentirse cómodos en su cuerpo, incluso cuando el cuerpo parece ir en su contra.
—Es realmente increíble —digo con total sinceridad—. Me alegro mucho de que tu padre tuviera a alguien así.
Sus manos suben por mi espalda, como si comprobara que cada vértebra está donde debe.
—Vaya.
—¿Qué? ¿Tan mal tengo la espalda?
—No, no —dice—. Es que… he tratado muchas lesiones, pero creo que hacía tiempo que no veía a nadie tan tenso.
—Es un don.
—Debes acumular mucha tensión aquí, en los hombros. —Sus palmas se detienen sobre mis omóplatos por encima de la camiseta y yo hago todo lo posible por relajarlos—. Si te enseño algunos estiramientos, ¿los harías en casa?
—Depende. ¿Esto lo cubre nuestro seguro? —pregunto, y aunque no puedo verlo, estoy segura de que está poniendo los ojos en blanco—. Está bien —digo—. Si te hace feliz, haré los dichosos estiramientos.
—No lo hagas para contentarme a mí. Hazlo para no acabar llena de dolores cuando llegues a los cuarenta.
—¿Por qué tienes que ser tan sensato?
Por fin se ríe, y eso me relaja un poco. Me gira hacia un lado y luego hacia el otro, guiándome en un par de estiramientos antes de retomar el masaje.
Mientras continúa evaluando lo rígidos que están mis músculos, la tela de la camiseta parece estorbarle.
—¿Te sería más fácil si me quito la camiseta? —pregunto—. Porque no me importa…
Sus manos se detienen.
—Bueno…, solo si te sientes cómoda.
—Pero la mayoría de la gente lo hace, ¿no?
—Si les estoy trabajando la espalda, sí.
Así que, como quiero disfrutar de la experiencia completa, me incorporo. Él aparta la mirada mientras me quito la camiseta por la cabeza y vuelvo a darle la espalda. Entonces posa las manos sobre mi piel desnuda, y noto sus dedos tibios, expertos y decididos.
Pensé que tal vez evitaría la banda de mi sujetador, que sería demasiado íntimo, pero, como buen profesional que es, no lo hace.
Incluso para un momento y vuelve con un poco de aceite.
Aunque el aroma a lavanda alivia un poco mis músculos, mi cerebro no ha olvidado que estoy semidesnuda en su consulta.
El aceite hace que sus movimientos sean más fluidos y que su piel se deslice con facilidad sobre la mía.
Me viene a la cabeza lo que dijo sobre que él tendía a ser una persona que necesitaba el contacto físico: ahora entiendo que su carrera diera este giro.
Que esto sea su manera de darle sentido a las cosas.
Mi mente divaga mientras me abandono a las sensaciones.
Insiste más en ciertos lugares, repite un movimiento cuando dejo escapar un suspiro de satisfacción.
Hace que sea muy consciente de que nadie me ha tocado así en mucho tiempo, y es muy triste darse cuenta de eso cuando alguien te toca en un contexto totalmente médico.
—¿Bien? —pregunta.
—Muy bien. Por favor, no pares.
Entre nosotros se ha establecido una nueva paz y, aunque hay muchas cosas de las que no hemos hablado, ahora mismo se parece más al chico que conocía, aunque la carga que compartíamos entonces era bastante más ligera.
No me imagino sacando a relucir el pasado ni siquiera cuando estemos casados.
Nuestra relación es demasiado reciente, demasiado fácil de arruinar si desenterramos una historia complicada.
Aun así, hay una pregunta que sigue sin respuesta: ¿Por qué?
¿Fue culpa de la inmadurez propia de la adolescencia como él dijo?
¿O de algo muy diferente; algo que, incluso después de tantos años, podría resultar doloroso oír?
—Me he estado preguntando cómo reaccionaron tus padres cuando les dijiste que te mudabas aquí —empieza.
—Bueno, pensaron que consumía drogas cuando se lo dije.
Mi madre me puso las manos en los hombros, me miró a los ojos y me dijo: «Danika, ¿has tomado algo?
¿Tenemos que ir al hospital?». Cuando les dije que tenía algo importante que contarles, esto era lo último que se esperaban.
Después me preguntaron si había un pueblecito en California que también se llamaba Ámsterdam del que no habían oído hablar.
Wouter vuelve a reírse, pero sus manos siguen trabajando mi espalda.
—No lo entendieron entonces, y es muy probable que sigan sin entenderlo. Solo estaban preocupados, ya sabes. Como siempre. Temían que me cayera a un canal o me atropellara un ciclista.
—O al revés.
—Exactamente. —Cierro los ojos mientras los dedos de Wouter presionan con más fuerza—. Debo confesar que me preocupa un poco no caerle bien a tu abuela.
—No creo que tengas nada de qué preocuparte. Su inglés es un poco limitado, pero le vas a caer genial. Así ha sido con todas las chicas que he llevado a casa.
—¿Con todas? ¿Y cuántas son?
Se muestra un poco incómodo; puedo percibir una nueva timidez en su voz.
—Quizá «todas» no era la palabra más adecuada. Dos en total. ¿Así mejor? Mi última relación seria terminó hace cosa de un año y… no suelo tener rollos esporádicos, así que… —Se calla, como si se diera cuenta de que ha entrado en un terreno demasiado personal.
Me lleva un momento atar cabos: si no le gustan los rollos esporádicos, eso podría significar que no se ha acostado con nadie en un año.
Y eso es algo en lo que no debo pensar, menos aún estando en su consulta en sujetador y vaqueros, con los pechos apretados contra la camilla.
—Tú sabes que solo he tenido una, en realidad. A no ser que te cuente a ti —añado, porque además de relajarme los músculos, al parecer está haciendo que se me suelte la lengua—. Entonces serían dos.
—¿Era tan serio para ti? —pregunta.
Su sorpresa me desconcierta. No sé si eso significa que para él lo nuestro solo fue algo superficial o que nunca sintió remordimientos por haber roto. «Es una de las cosas de las que más me arrepiento», dijo la noche que me mudé.
No estoy segura de cuál de sus versiones dice la verdad.
—Yo… no lo sé —miento —. Creo que todo se vive con mucha intensidad cuando tienes esa edad.
—Hum. —Es todo lo que dice en respuesta, y me toca a mí interpretar esa única sílaba de cien maneras diferentes.
—Enséñame algunas palabras en neerlandés —digo, deseando cambiar de tema. Me parece una conversación mucho más segura—. Quiero impresionar a todos en clase.
—Bueno. Esto es de rug . —Me pone una mano en la espalda y yo repito la palabra—. Algunas son muy similares al inglés. De arm . —Me toca el brazo—. De hand . —Me roza la palma de la mano con los dedos—. De voet . —Al decir esa me da un ligero golpecito en el pie.
No puedo evitar reírme.
—Así que llevo toda la vida hablando neerlandés.
Luego se desplaza hacia atrás desde de voet , hasta mi tobillo izquierdo, tocando la parte superior de mi calcetín.
— De enkel .
—Vale, me estás tomando el pelo.
Su voz denota pura diversión.
—Qué va, lo digo muy en serio. —Desplaza los dedos hacia mi espinilla—.
Het scheenbeen —dice, y me cuesta varios intentos pronunciarlo bien—.
De knie —continúa y, aunque suena casi igual que en inglés, de repente ya no me río.
Con mi pecho apoyado en la mesa, tiene que estirarse para llegar a mi rodilla.
Sus dedos rozan mis vaqueros y me provocan un escalofrío—. ¿Tienes cosquillas?
Niego con la cabeza.
— De knie . Sigue.
Wouter guarda un momento de silencio mientras baja las manos, y tardo más de lo que debería en darme cuenta de por qué: las partes del cuerpo que están justo encima de mis rodillas son las que sin duda va a saltarse.
—Como ya hemos dicho: de rug . —Con un movimiento fluido, desliza el pulgar por mi columna, como si fuera de seda—. De wervelkolom .
Durante un rato, mis músculos reclaman toda su atención mientras busca con paciencia cada punto de tensión que yo nunca he sido capaz de localizar. Pero parece que él sabe bien dónde están esos nudos y que puede hacerlos desaparecer solo con su mano.
Cuando llega al cuello, su respiración se acelera cada vez más. Sus yemas presionan a ambos lados mientras su aliento acaricia mi piel. Joder, es casi demasiado bueno. Me masajea ahí durante un buen rato, hasta que mis pulmones se esfuerzan para seguirle el ritmo.
—¿Qué sigue? —pregunto, sin esperar el tono ronco de mi voz.