Once
Cuando salgo de clase, con la cabeza llena de reglas gramaticales y conjugaciones, reconozco a alguien que sale del aula que está justo enfrente.
—¿Iulia? —digo, y ella se da la vuelta.
—¡Dani! —exclama, con un tono alegre que no estoy segura de merecer. Nos apartamos a un lado para no interrumpir el paso de los demás estudiantes—. ¿Cómo estás? ¿Tú también vienes a clase aquí?
—Acabo de terminar la primera. Estoy un poco saturada, pero contenta.
—Sé de lo que hablas. Estoy en una clase de conversación avanzada en la que hablamos sobre todo de temas de actualidad, todo en neerlandés, porque al parecer me encanta sufrir.
—Se cambia el bolso al otro hombro. Viste de manera informal, como siempre: pantalones cómodos, botas, una sudadera ancha, el pelo largo suelto y ondulado.
Admiro a las personas que dan prioridad a la comodidad—.
Me alegro de ver que sigues de una pieza.
De inmediato me invade la vergüenza.
—Debería haberte llamado después de mudarme.
Fuiste muy amable al dejarme guardar mis cosas en tu casa —digo, y me muerdo el interior de la mejilla, sin saber muy bien cómo manejar la situación.
Hace años que no he pasado de ser una mera conocida a amiga de alguien, y nunca he aprendido a hacer eso de adulta.
Al final, decido ser sincera—. Pensé que quizá te molestaría que te llamara alguien que todavía anda perdida mientras tú llevas aquí tanto tiempo. No quería abusar de tu hospitalidad.
Iulia abre sus ojos oscuros como platos.
—¿En serio? Lo siento. Yo no te escribí porque no quería meterme donde no me llamaban si tenías un millón de cosas más en la cabeza.
Tengo que contener una sonrisa, porque tal vez nuestras inseguridades sean almas gemelas.
—¿Te apetece tomar un café?
Encontramos un sitio en la siguiente manzana y allí descubro que tiene el trabajo más genial que he oído en mucho tiempo.
—Soy capitana de un barco turístico —dice después de sentarnos con nuestras tazas—.
No es uno de esos barcos gigantes que hay junto a la estación de tren.
Somos algo alternativos: llevamos un máximo de diez personas, y pueden traer bebida si quieren.
Y además puedo decir tacos. —Bebe un sorbo de café—. ¿Y tú?
—La verdad es que todavía estoy intentando averiguarlo —confieso mientras jugueteo con el envoltorio de la galleta que acompañaba a mi café con leche; es raro que te sirvan café sin una—. Mi empresa se ha ido a pique, así que estoy buscando algo nuevo.
Ella asiente con esto serio.
—A veces no es fácil, lo siento. ¿Y dónde vives? Espero que en algún sitio con mejores tuberías.
—Bueno, he encontrado un piso en el centro —digo, y como lo de Wouter me parece algo demasiado personal para hablarlo con alguien a quien apenas conozco, cambio de tema.
Descubro que Iulia Bojescu vino desde Bucarest cuando tenía poco más de veinte años.
Había venido de visita con unos amigos y se enamoró de la ciudad, así que se prometió que haría todo lo posible para quedarse.
Trabajó sirviendo mesas, de camarera en un bar y luego hizo un recorrido en barco que le cambió la vida.
—Puedo hablar todo el día de lo increíble que es Ámsterdam —dice—. Incluso cuando caen chuzos de punta y estoy en el agua, sigo sin poder creer que alguien me pague por ello.
Es imposible no ver que se le iluminan los ojos. Ahí está: otra persona que ha encontrado su lugar en el mundo.
Pero esta vez no siento envidia.
—Tienes que venir pronto al barco —dice cuando llega el momento de despedirnos, y le prometo que lo haré.
En cuanto se marcha, esbozo una sonrisa, como si mis padres me hubieran dejado en la guardería y acabara de hacer mi primera amiga.
Mi autoestima sube por las nubes de camino a la consulta de Wouter, cuando una pareja mayor se me acerca y me hace un tímido gesto con la mano.
—Disculpe —me pregunta una mujer de pelo corto y canoso con un marcado acento que no consigo identificar. Su marido frunce el ceño mientras mira un mapa de papel—. ¿Habla inglés?
«¡Ay, Dios mío!».
Creen que soy de aquí.
Estoy demasiado emocionada cuando respondo:
—¡Sí, lo hablo!
Ella y su marido parecen aliviados.
—Queremos ir al Rijksmuseum. ¿El tranvía diecinueve es el correcto?
Asiento, aún más emocionada por saber la respuesta a la pregunta.
—Sí, es esa parada de allí, al otro lado de la calle.
Me dan las gracias con entusiasmo y yo me despido con la mano tan contenta antes de subirme a otro tranvía para ir a la consulta de Wouter.
En cuanto me siento, mi teléfono vibra al recibir un mensaje de mi madre.
¿Qué tal tu primera clase de neerlandés? ¿Has llegado bien a casa?
Trato de contener un atisbo de frustración. La última vez que hablamos, mis padres me preguntaron a qué hora era la clase y les dije que les contaría qué tal había ido. Al parecer, que no lo hiciera de inmediato significa que algo salió terriblemente mal.
Tengo treinta años y mis padres siguen controlándome.
Genial, acabo de tomar un café con una amiga. Lo prometo, ESTOY BIEN.
El edificio está en una calle tranquila del barrio de Oud-West de Ámsterdam, algo apartado del centro de la ciudad. Hace una hora que ha anochecido, y aunque todavía hay algunos ciclistas que se dirigen a casa o a sus planes después del trabajo, las calles están un poco más vacías por aquí.
Su consulta está en la tercera planta, compartida con otros terapeutas.
Es un espacio ordenado y bien iluminado, con una gran planta en un rincón de la sala de espera que parece estar creciendo muy bien.
La recepcionista se ha ido ya y todo está en silencio, así que supongo que Wouter es el último que queda.
Cuando le llamo, asoma la cabeza por la puerta de su despacho y tengo que tomarme un momento para procesar su presencia aquí, en este entorno.
Lleva una camisa gris oscuro, con las mangas remangadas hasta los codos y el botón superior desabrochado, y el pelo ligeramente despeinado, como al final de la jornada laboral.
Bajo sin querer la mirada a su cintura, justo por encima del cinturón, donde esa marcada «V» que vi esta mañana ahora queda cubierta por tela vaquera.
Archivar en «Pensamientos que no puedo tener sobre mi futuro marido».
—No te vas a creer lo que acaba de pasar —digo, esperando que mi tono alegre disimule cualquier otra cosa—. Un par de turistas me han preguntado cómo llegar al Rijksmuseum. ¡Pensaban que era de aquí!
—¿Ah, sí? ¿Y qué les dijiste?
—Les dije que cogieran el diecinueve hacia Sloterdijk.
Wouter aprieta los dientes para intentar contener una sonrisa, pero fracasa.
—¿Qué? —pregunto.
—Era la dirección equivocada. El tranvía era el correcto, pero la dirección era la contraria.
—¡Mierda! ¿Es demasiado tarde para ir corriendo a buscarlos? —pregunto, y Wouter se echa a reír, así que le doy un codazo en el brazo—. ¡Oye, no te rías! ¡Me siento fatal!
—Se darán cuenta —dice—. Te prometo que estarán bien.
Hablamos un poco sobre mi clase de neerlandés y le digo mi nombre, mi edad y de dónde soy, aunque lo pronuncio mal.
Luego me lleva a su consulta, una habitación de tamaño mediano con un escritorio a un lado y una camilla en el centro, una pila de toallas limpias y un cesto de ropa sucia al otro lado.
Hay una estantería con mancuernas, una pelota de ejercicios y varias bandas elásticas.
Sus títulos enmarcados cuelgan de la pared junto a algunos cuadros, con láminas de esas que parecen venir con el marco y que se supone que hay que cambiar.
—Así que aquí es donde ocurre la magia.
—Si por magia te refieres a sudor, lágrimas y desgarros musculares, entonces sí —dice Wouter, pero se nota que está orgulloso de lo que hace.
Me recuerda a su forma de actuar después de terminar un boceto o un cuadro: no buscaba nunca elogios ni menospreciar su propio trabajo.
Tenía esa confianza serena, ese orgullo por haber terminado algo, ya fuera un garabato o un paisaje detallado, aunque siempre le gustó más pintar gente que lugares.
En cierto modo, todavía intento reconciliar al artista de ojos soñadores con el fisioterapeuta racional. El chico que me confesó sus sueños en medio de la noche, cuando solo estábamos él, yo y las estrellas, con el hombre que hace tiempo que abandonó esos sueños.
Aunque quizá siempre fue así, y yo solo fui un desvío en el camino hacia un destino mejor.
Quizá sea una reacción pavloviana al lugar en el que estamos, pero no puedo evitar estirarme hacia un lado, tratando de aliviar la rigidez de mi espalda.
—¿Estás bien? —pregunta Wouter, frunciendo el ceño—. Últimamente haces eso muy a menudo.
—¿Tan evidente es?
—Puede que lo haya notado porque me dedico a esto.
—Y seguro que yo tengo la espalda hecha un desastre por culpa de mi trabajo —digo, estirando los brazos todo lo que puedo, a un lado y luego al otro—. No me bastaba con medir metro y medio; encima tengo que ir encorvada.
—Deberías ir al médico. A un fisioterapeuta —dice mientras esboza una sonrisa—. Si quieres, puedo echarle un vistazo. Te aliviaría un poco.
—Oh, no… No puedes —digo, aunque «un poco de alivio» me parece lo más maravilloso que he oído en todo el día—. Me sabría mal no pagarte.
—Podría cobrarte si eso te hace sentir mejor —repone, y da una palmada en la mesa—. No es ninguna molestia. Algunos de mis amigos me han pedido que haga lo mismo y no me importa hacerlo si crees que te puede venir bien.
No puedo negar que sin duda me vendría de maravilla, así que le digo que sí. Él coloca una toalla limpia mientras yo cuelgo mi bufanda y mi chaqueta.
—¿Cómo va esto? —pregunto mientras me agacho para quitarme las botas—. Me han dado masajes, pero nunca he ido a un fisio, a un quiropráctico ni nada por el estilo.
—Bueno, no hace falta que te quites toda la ropa. Esa es una diferencia importante.
—Menos mal, porque no llevo ropa interior.
La broma no tiene el efecto que esperaba. Wouter se queda paralizado mientras coloca bien la toalla.