Diez #2
No era la primera vez que nos veíamos en pijama, pero compartir el lavado doble con él me resultaba demasiado íntimo.
Nos cepillamos los dientes juntos, mientras nuestras miradas se cruzaban en el espejo, y con toda mi confusión adolescente sobre cómo debe comportarse una chica con los chicos, intenté escupir con la máxima delicadeza posible.
Hasta que sentí que me faltaba el aire, no podía respirar, y se me cayó el cepillo de dientes en el lavabo.
Wouter reacción rápido, me trajo mi inhalador del botiquín y me ayudó a sentarme en el inodoro mientras yo me lo llevaba a la boca. Había sentido los primeros síntomas de un ataque de asma durante casi todo el día, pero lo achaqué al humo de los incendios forestales.
—Se te pasará —me repetía, pero podía ver en sus ojos la preocupación que con tanto empeño intentaba ocultar—. Lo estás haciendo muy bien. Respira despacio, así.
Después de aquello, era imposible no enamorarse de él.
Al cabo de unos minutos, Wouter sale de su dormitorio vestido con unos vaqueros y una camisa.
—Supongo que, a partir de ahora, tendremos que echar siempre el pestillo —dice, pero hay un destello de diversión en su rostro. Todavía tiene el pelo húmedo, y el aroma de su loción para después de afeitarse inunda mi nariz.
Me sonrojo.
—Buena idea. Y también llamar a la puerta. Reglas de la casa número uno y dos.
En la cocina, saca una tetera del estante y me mira enarcando las cejas. Yo asiento y él coge dos tazas.
Así ha sido nuestra convivencia en general: cordialidad coreografiada no muy diferente a cuando él vivía con mi familia.
Durante el día, saco a George a pasear y luego abro mi portátil y busco ofertas de trabajo hasta que me arden los ojos.
Anoche preparé la cena para los dos, un kit de comida de Albert Heijn con instrucciones en neerlandés que traduje con mi teléfono, pensando que era lo mínimo que podía hacer por todo lo que él me ha dado, y la noche anterior tuvo una cena de trabajo con algunos compañeros.
Ya ha alquilado el piso de abajo a una simpática pareja serbia, por lo que nuestra convivencia parece aún más definitiva.
Cuando éramos adolescentes, soñábamos con algo así: vivir sin padres, con total independencia.
Poder ir y venir cuando quisiéramos. Una cama para los dos, aunque por supuesto, no es aplicable en este caso.
La realidad de vivir juntos es mucho más precaria; procuramos no invadir el espacio del otro, pedimos disculpas cuando nos cruzamos en el estrecho pasillo.
Incluso me ha hecho un hueco en el armario del baño, pero por el miedo general a molestar, guardo la mayoría de mis productos en mi escritorio, y mis antidepresivos a buen recaudo dentro de un cajón.
—¿Qué vas a hacer hoy? —me pregunta cuando termino de ducharme y me reúno con él en la cocina, donde está preparando el té.
Cuando alarga el brazo para coger la tetera, intento no recordar esos músculos marcándose mientras sujetaba la cuchilla de afeitar, porque eso solo hace que me acuerde de su pecho desnudo.
Y de sus hombros. Y del agua que goteaba de su cabello resbalando hasta la oquedad de su garganta.
—¡Tengo mi primera clase de neerlandés! —respondo con sincero entusiasmo, en parte para ocultar el hecho de que lo que realmente estoy haciendo es alejar todas esas imágenes de mi mente. Por alguna razón, esto le hace reír—. ¿Qué? ¿Debería estar más triste por ello?
—Nunca he visto a nadie tan ilusionada por aprender neerlandés —repone, y me pasa una taza de Earl Grey con un relajante toque de limón—.
Ámsterdam puede ser un sitio de paso. Mucha gente se queda solo un tiempo y luego se marcha, de vuelta a su país o a otro lugar.
Así que muchos extranjeros nunca aprenden el idioma, y lo entiendo.
Tú llevas aquí solo un par de meses y ya quieres intentarlo…
—Sacude la cabeza—. Supongo que me conmueve… en nombre de todo mi país.
Ahora soy yo quien ríe, mientras cojo el cuenco con terrones de azúcar moreno, aunque el sonido contrasta bastante con lo que siento en mi corazón.
—También quería saber si puedo ir a verte al trabajo —digo, y cuando me mira perplejo, añado—: ¿Tan raro es que quiera ver lo que haces antes de que nos… casemos? —Han pasado ya unos días, pero me sigo trabando con esa palabra.
—Es solo una consulta —responde, aunque me invita a que me pase después de atender a su último paciente.
George entra trotando en el salón con mis calcetines en la boca, decidido a no soltarlos ni siquiera cuando Wouter se agacha para rascarle detrás de las orejas. Luego, con un gesto de despedida y un último sorbo de té, mi casi marido sale por la puerta.
Ahora que a todos los efectos estoy en el paro, no estoy acostumbrada a tanta libertad.
Solo lo he vivido dos veces en toda mi vida: la primera fue entre el primer y el segundo curso de la universidad, cuando no solicité unas prácticas porque Phoebe quería que hiciéramos juntas la Ruta 66.
Y la segunda, cuando estuve hospitalizada, aunque entonces no me sentía precisamente emancipada.
Cada vez que tengo un momento para reflexionar sobre mi futuro, la misma frase resuena en mi mente: debería estar haciendo algo significativo. Algo que demuestre que estoy exprimiendo al máximo la vida que se suponía que no iba a tener.
No era solo el hecho de que fuera un bebé microprematuro, ese extraño término que siempre me ha recordado a una delicada figurita de cristal en lugar de a un ser humano.
Cada pocos años, cuando no tenían otra noticia de la que informar, algún medio local, periódico o cadena de televisión quería hacer un reportaje sobre mí.
Una de esas historias optimistas sobre las insuperables adversidades que había superado y cómo me iba ahora.
La última vez fue parte de un reportaje más extenso relacionado con la apertura de una nueva UCI neonatal en el hospital donde nací.
Yo era uno de los pocos «bebés milagro» a los que entrevistaron.
Tenía veintiséis años y trabajaba en una empresa tecnológica que no tenía muy buena reputación.
Las otras personas que aparecían en el reportaje eran un asistente social, un ingeniero civil y una enfermera neonatal.
Uno de ellos era incluso violinista de la Filarmónica de Los Ángeles.
Y mientras tanto yo vivía en un estudio minúsculo, comía ramen instantáneo calentado en el microondas, mi última relación esporádica se había terminado y trabajaba en el diseño de un menú desplegable para una empresa que la mayoría de la gente odiaba.
La noche en que se emitió el reportaje en televisión, me metí en la cama y empecé a temblar.
Resollaba en busca de aire. Mis pulmones me parecían de cristal, pero mi inhalador apenas me hacía efecto.
Me dolía todo el cuerpo, y aun así estaba segura de que lo que me pasaba no era algo físico.
Hacía meses que notaba algo raro, pero lo había achacado a la gripe o la falta de sueño.
Me decía que solo estaba un poco desanimada, pero ¿cuántas personas pueden decir que se sienten realmente bien todo el tiempo?
Días más tarde, casi sin fuerzas y tan deshidratada que tragar era un suplicio, llamé a mi hermana.
Cuando llegó, le pedí que me llevara al hospital más cercano.
Acabaron derivándome a un centro de salud mental, en el que ingresé de forma voluntaria.
Me despedí de Phoebe con un abrazo y le dije que no se preocupara.
Allí descubrí que llevaba años ocultando mis síntomas.
Depresión funcional y ansiedad. Había ignorado tantas señales: el cansancio constante, los dolores que no podía explicar, la incapacidad para concentrarme.
Me trataron distintos terapeutas, participé en grupos de apoyo y probé diferentes medicamentos, hasta que dimos con los adecuados.
Entonces, por fin pude volver a respirar.
Durante ese tiempo no tuve que preocuparme por el trabajo, la comida ni otras personas.
Mi única obligación era recuperar la salud.
Todavía no puedo creer que me permitiera llegar a ese punto, que estuviera tan desconectada de mi cuerpo y de mi mente que no me diera cuenta de que estaba al borde del colapso hasta que ya se había producido.
Poco a poco, fui mejorando. No al cien por cien, pero la niebla se disipó y conseguí cierta estabilidad, suficiente como para decir que estaba bien la mayoría de los días, aunque todavía tenía algunos momentos de bajón.
Agoté mis vacaciones e incluso pedí algunos días sin cobrar para recuperarme.
Cuando volví al trabajo, mentí y le dije a todo el que me preguntaba que me habían operado.
Después de perder mi empleo, incluso después de romper con Jace, me aterraba tanto sufrir otra crisis que hice todo lo posible para distraerme.
Me corté el pelo, me dio por los productos de belleza caros con la excusa de cuidarme y pasé tanto tiempo como pude con mi familia antes de marcharme.
Y luego, por supuesto, me mudé al otro lado del charco.
La gran evasión. Creía que, si corría lo suficiente, tal vez la oscuridad de mi mente no podría alcanzarme.
Soy consciente de que mucha gente termina trabajando en algo distinto a lo que estudió. Pero yo no sé para qué más sirvo ni qué podría hacerme feliz. Supongo que eso se parece bastante a la crisis del cuarto de siglo.
Una sola cena no es suficiente para agradecer a Wouter que me haya regalado este tiempo para aclararme las ideas; es un privilegio enorme, y lo sé. Pero, por ahora, lo único que tengo que hacer es aprender a pronunciar el sonido «eu» en neerlandés.
Siempre me han gustado los idiomas; estudié francés durante tres años en el instituto y tuve una breve etapa italiana en la universidad, porque tuve una breve etapa de todo.
Un semestre y una solicitud para un programa de estudios en el extranjero en Florencia, que a mis padres no les pareció una buena idea.
«Está muy lejos», dijeron. Así que no fui.
Esta es mi oportunidad de empezar de cero con un nuevo vocabulario.
Antes de que empiece la clase, el aula es un hervidero de conversaciones en media docena de idiomas diferentes, de lo que solo reconozco algunos, e intercambio sonrisas con mis nuevos compañeros mientras me siento y saco mi libro de texto.
A pesar de que he perdido práctica en esto de estudiar, me siento relajada por primera vez en todo el día. Todos estamos aquí porque queremos, porque intentamos absorber cada pedacito de nuestras nuevas vidas.
— Welkom in de Nederlandse les —dice la profesora, una simpática mujer neerlandesa de mediana edad llamada Femke—. Laten we beginnen . Empecemos.