Lo que pasa en Ámsterdam Diez
35%

Diez

—Lo de Wouter se ha… complicado —le cuento a mi hermana unas mañanas más tarde.

La media sonrisa de Phoebe logra transmitir preocupación y curiosidad a la vez.

—Cuenta, cuenta.

Con el teléfono pegado a la oreja, hurgo en un cajón en busca de unos pantalones de chándal.

Menos mal que mi hermana es noctámbula; estas conversaciones matutinas se están convirtiendo en parte de mi rutina, igual que oír cada día la puerta principal abrirse y cerrarse a las siete y media en punto, con Wouter susurrado braaf, braaf («buen chico») a George cuando salen a dar un paseo.

Sigo medio dormida hasta que vuelven, esperando oír el pienso cayendo en el cuenco, el tintineo del collar de George, el ruido de la taza de té al dejarla en la encimera.

Unas cuantas palabras susurradas más en neerlandés a su perro antes de que él se vaya a trabajar.

Todo sin armar jaleo, y aun así, la primera mañana me envió un mensaje que decía: «Espero que no te hayamos despertado».

Me entraron ganas de responderle que hacía años que no me despertaba de una forma tan agradable.

—Ni una palabra a nadie —le digo a Phoebe—. Bueno, a Maya sí, porque imagino que a ella se lo cuentas todo.

—Exacto. Pero sigue.

Una vez que se lo cuente, mi vida en Ámsterdam chocará con la de Estados Unidos, y aunque me da un poco de miedo, me parece que es el siguiente paso necesario.

Confío ciegamente en ella; sé que no se lo contará a nuestros padres.

Y no me imagino compartiendo esto con nadie más, y mucho menos con los amigos que apenas han dado señales de vida desde que me fui.

Nunca he sido capaz de ocultarle nada a Phoebe durante mucho tiempo.

Supo que me gustaba Wouter antes de que yo misma lo admitiera, y le envié un mensaje sobre nuestro primer beso minutos después de salir de su cuarto.

Justo antes de que me ingresaran, durante aquellas borrosas semanas con veintitantos años que prefiero olvidar, ella fue la primera en sugerirme con mucho tacto que hablara con alguien.

Pase lo que pase, me apoya de forma incondicional, con esa preocupación propia de una hermana.

—Ya sabes que la empresa en la que estaba tramitó mi visado de trabajo y que no puedo estar aquí más de noventa días sin él.

—Ahora mismo me quedan ochenta y pocos—.

Pero en realidad hay una solución fácil, y es que yo…

, nosotros…, Wouter y yo… vamos a casarnos.

—Las palabras se me atascan en la boca. Respiro hondo para prepararme para su reacción—.

Así podré quedarme en el país y él podrá heredar el edificio que posee su familia.

No estamos juntos ni nada, es solo por el visado.

Y, cuando nos divorciemos, yo estaré mucho más establecida y ambos podremos… seguir con nuestras vidas.

No creo que nadie haya hablado de divorciarse con tanta naturalidad como yo.

Al otro lado del teléfono se hace el silencio. Me pongo el chándal y me siento en la cama, pensando que igual se ha cortado la llamada.

—¿Phee? ¿Sigues ahí?

—Sí, sí…, aquí sigo. Creo que me he desmayado.

—Sé que es una locura —digo, consciente de que mi corazón late cada vez más rápido.

—Nunca había estado tan desesperada por conseguir su aprobación.

Su comprensión—. Pero, si lo piensas bien, tiene mucho sentido.

Tendré más tiempo para encontrar un trabajo sin la presión constante de que me deporten…

—Créeme que lo estoy pensando. Y puede que sea lo más absurdo que he oído nunca —dice.

Aunque no la tengo delante, me la puedo imaginar: cuando me cogió el teléfono, me dijo que estaba arropada con una manta en el sofá mientras Maya dormía arriba.

Oigo algo caer (la manta, casi seguro) y después a ella poniéndose en pie y paseándose de un lado a otro.

Cuando vuelve a hablar, su voz es más frenética—.

¿Tienes idea de en qué lío te puedes meter? Y a nivel internacional.

—Eso no va a pasar. Tenemos un pasado —replico. Sin querer, he repetido lo mismo que me dijo Wouter—. Podemos fingir que estamos enamorados igual que fingimos que no lo estábamos cuando él vivía con nosotros.

—Genial. Parece que lo tienes clarísimo. Has sopesado todos los pros y los contras —dice—. ¿Y el plan es que mamá y papá no se enteren? Porque sabes que si lo hacen les dará un síncope, ¿verdad?

—Están al otro lado del mundo —alego, y me muerdo el interior de la mejilla con demasiada fuerza.

Nunca hemos tenido una pelea seria; solo discusiones por niñerías que terminaban con una de nosotras dando un portazo, y al cabo de una hora nuestros padres nos encontraban cantando viejas canciones de Britney Spears y pintándonos las uñas.

Mi voz suena tan seria que es casi irreconocible—.

Phoebe, voy a hacerlo. No te llamo para pedirte permiso ni para que me hagas entrar en razón. Solo quería que lo supieras.

Se produce otro largo silencio.

—Está bien —dice al fin después de exhalar un largo suspiro. Su sofá cruje cuando vuelve a recostarse—. Lo entiendo. Eres adulta. Si estás segura de esto, si es lo que de verdad quieres hacer…, entonces no me interpondré en tu camino.

—Gracias.

—¿Y sigues viviendo abajo?

La verdad me quema en la punta de la lengua, pero decido callármela.

—Sí.

—Perfecto. Supongo que lo más inteligente es tener ese espacio extra.

Con todo lo que le estoy contando, no sé muy bien por qué miento sobre esto.

Quizá porque el matrimonio es más fácil de entender: solo existe sobre el papel, salvo delante de su familia.

Pero vivir juntos bajo el mismo techo, convivir en estos espacios reducidos y rincones oscuros…

No sé si podría explicárselo sin que parezca más íntimo de lo que realmente es.

Porque no lo es. Es solo una cuestión práctica.

Cuando Phoebe me dice que ella y Maya quieren venir a visitarnos antes de que nazca el bebé y yo le digo que estoy deseándolo, me doy cuenta de que aún no he planeado lo contrario: ir de visita a California.

No se me pasó por la cabeza cuando estaba haciendo las maletas y, aunque echo de menos a mi hermana, a Maya y a mis padres, los vuelos son caros, y salir y volver a entrar en el país podría suscitar más preguntas en el control de pasaportes de las que estoy preparada para responder.

Otro dilema para el centro de crisis de expatriados de mi cerebro.

Después de colgar, cruzo el pasillo para darme una ducha. Hemos estado hablando un buen rato; Wouter debe de haberse ido a trabajar hace más de una hora. Agarro el pomo de la puerta, la empujo para abrirla y…

—Oh…

—Perdón…

—Joder…, no… ¡Perdona tú!

Wouter está delante de mí, desnudo de cintura para arriba, con una toalla alrededor de las caderas y una cuchilla de afeitar en la mano. Su cara de susto es total.

«¡Mierda, mierda, mierda!» . Ni siquiera llevo aquí una semana y ya me he metido en mi peor pesadilla.

Veo la escena como si fuera una sucesión de instantáneas que me dejan sin aliento: el pelo mojado y un espejo empañado; el intenso olor de la crema de afeitar impregnando el aire; su pecho, aún húmedo de la ducha, y el atisbo de un tatuaje en su hombro izquierdo que no consigo distinguir; la línea de vello que divisé cuando me arregló el grifo del fregadero, extendiéndose por su abdomen y perdiéndose bajo de la toalla.

Quizá lo más peligroso de todo sea el rubor rojo cereza que tiñe su rostro, como si lo hubiera pillado haciendo algo mucho menos inocente que afeitarse.

Nuestras miradas se cruzan un instante más de lo que deberían, nuestros cuerpos se quedan paralizados.

Ninguno de los dos se lanza hacia la puerta.

Él se sube más la toalla y se la ajusta mejor, pero no antes de que yo pueda vislumbrar esa sugerente «V» entre sus caderas.

Por fin recupero el sentido común y cierro la puerta, con el corazón aún en un puño. Solo ha estado abierta unos segundos, pero ha sido tiempo suficiente para que pudiera memorizar cada detalle de su cuerpo semidesnudo. Que no se diga que no soy eficiente.

Aunque ya no lo tengo delante, me cubro la cara de forma instintiva. Apoyo la frente en la puerta y doy unos golpecitos suaves.

—Creía que te habías ido a trabajar —logro decir—. Lo siento mucho. No debería haber irrumpido así.

Aún puedo oler su crema de afeitar. Su champú de menta. Como usamos la misma ducha, sé muy bien cuál es su jabón: una botella de color blanquecino con un nombre en francés. De té verde, cítricos y salvia.

—Un paciente ha cancelado la cita esta mañana. Debería haber echado el pestillo —dice, y carraspea—. ¿Te importa si…? No me he traído ropa para cambiarme al baño.

—¡Ah! Sí, claro. ¡Tranquilo, no pasa nada!

—digo desde la puerta de mi habitación. George está sentado en el suelo, moviendo el rabo, así que le tiro el par de calcetines que ya casi se ha comido.

Tengo la sensación de que los animales saben perfectamente las tonterías que hacen los humanos y que siempre nos juzgan. Con cariño, pero nos juzgan.

Hace años, Wouter y yo tuvimos un incómodo episodio en el baño de mi casa, aunque entonces los dos estábamos vestidos.

Y ahora me pregunto si él también lo recuerda: yo en el lavabo con pantalones cortos de pijama y una camiseta del Speak Now World Tour, la puerta abierta porque no había echado el pestillo.

—Oh, lo siento —dijo Wouter, dando un paso atrás.

—Solo me estoy cepillando los dientes —aduje, levantando en alto mi cepillo—. Puedes quedarte si quieres.

No solía ser tan lanzada cuando coqueteaba, aunque ¿pedirle que podíamos compartir el baño podía considerarse coquetear? Titubeó un instante, como si no supiera si le estaba permitido aceptar. Luego entró, dejando la puerta abierta de par en par.