Nueve #3
Sin pensarlo dos veces, extiendo el brazo y acaricio con los dedos su mano, que descansa sobre sus vaqueros. Deslizo el pulgar por sus nudillos; sé que apenas será un leve consuelo, pero aun así cierra los ojos un segundo.
—Necesitaba ayuda para todo. Su habla y su movilidad se vieron muy afectados, y esta vez no mejoraban.
Se negaba rotundamente a abandonar Ámsterdam, pero ya no podía subir las escaleras, así que me mudé con él a la planta baja.
Le ayudaba con la medicación, los ejercicios, la comida y la bebida.
Yo vivía en De Pijp en aquella época, en un piso de una habitación, pero me parecía que estaba demasiado lejos.
—Le cuidaste —digo en voz baja, y él asiente con la cabeza, sin volver a mirarme a los ojos.
—Yo quería hacerlo. Sé que no era lo que él quería para mí, pero Roos todavía estaba en la universidad, y mi madre…
Me daba cuenta de que para ella era más duro.
No es que para mí fuera fácil, pero creo que, por mi trabajo, a veces podía compartimentar.
Así que pensé: pase lo que pase, si estos son los últimos años con él, aunque ya no sea el padre que me crio… , quiero hacerlo.
Intento imaginarme a Wouter junto a la cama del hombre de la foto que tengo justo encima. Sosteniéndole la mano mientras se debilitaba.
—Deberíais haber tenido más tiempo.
En este momento, le veo más claro que nunca: un hombre que antepone a los demás a sí mismo, que se preocupa tanto por su familia que haría cualquier cosa por ellos.
Él vuelve a asentir con la cabeza, con la boca apretada en una línea firme. Si nuestras versiones adultas se conocieran mejor, me pregunto si se permitiría mostrar más emoción.
—Mi madre vive ahora en Culemborg, una ciudad mucho más pequeña.
Mi abuela se mudó allí hace tiempo porque era de donde era su marido.
Debatieron la posibilidad de vender la casa de Ámsterdam, pero yo no podía soportar la idea de perderla cuando ya habíamos perdido tanto.
Quería mantener intactos todos esos recuerdos.
Así que propuse que la renováramos, convirtiéramos las dos viviendas en tres para poder alquilar dos de ellas, y yo me encargaría con mucho gusto de ejercer de casero.
No podía volver a vivir abajo, pero…, pero podía vivir aquí.
—Como si fuera consciente de que podrían necesitarlo, George se levanta de mi regazo y apoya la cabeza en el de Wouter, que le acaricia el lomo con aire distraído—.
Esta casa tiene mucha historia. Y con este matrimonio…
, puede parecer contradictorio, pero quiero que piensen que soy feliz.
«¿Lo eres?», quiero preguntarle, pero todavía no tenemos tanta confianza como para eso.
—Ya sé que casarse no garantiza la felicidad —continúa, con la mano hundida en el suave pelaje marrón de George—. Pero creo que vale la pena mentir si así dejan de preocuparse por mí. Porque… creo que a veces lo hacen.
—Las personas que nos quieren no pueden evitarlo —intervengo. Por muy diferentes que sean nuestras familias, puedo entender esa parte—. ¿Y les parecerá bien que te hayas casado sin decírselo?
—Puede que al principio no se lo crean del todo. Pero será más fácil porque nos conocíamos desde adolescentes.
—Entonces tendremos que esforzarnos más —digo—. Haré lo que sea necesario, cuenta conmigo.
—Gracias. De verdad. Creo que yo estoy sacando más provecho de esto que tú —bromea, y aunque me alivia que contarme lo de su padre no le haya hecho cerrarse, está muy equivocado al respecto.
Wouter se endereza y vuelve al principio de nuestra conversación: los retoques que tenemos que hacer de nuestra historia—.
Podemos partir de lo que hablamos el otro día.
Nos enamoramos cuando éramos adolescentes y luego volvimos a encontrarnos.
—Amor a segunda vista —coincido, aunque la palabra «amor» se me queda atascada en la garganta, algo que a él no le pasa.
—Te chocaste con tu bicicleta contra mí… Esa parte podemos dejarla.
—¿Es necesario? —pregunto, frotándome la rodilla, donde los moretones por fin han empezado a desaparecer.
Él esboza una media sonrisa.
—Será mejor que nos ciñamos lo más posible a lo que pasó de verdad. Diremos que eso ocurrió en tus primeros días aquí, así dispondremos de un poco más de margen.
—De acuerdo. Así que me estampé contra tu bicicleta y nos dimos cuenta de lo mucho que nos habíamos echado de menos todos estos años. Y nos casamos rápido porque…
—No podíamos esperar ni un minuto más. Llevábamos más de diez años sin vernos y no queríamos perder más tiempo.
—¿Crees que se lo creerán?
Al oír eso, baja la mirada al suelo.
—Ellos… saben lo que siento por ti. Lo que sentía por ti. En Los Ángeles.
Casi me atraganto con el siguiente sorbo de té.
—¿Se lo contaste? ¿Lo nuestro?
No estaba preparada para ninguna de las revelaciones de esta noche, y esta me deja más descolocada de lo que sin duda debería.
Daba por hecho que, después del mensaje de ruptura, me ocultó como si yo fuera algo de lo que avergonzarse.
Cuando llegué a la universidad, a veces dudaba de si todo aquello había sido real, y los rollos que tuve durante mi primer año, los toqueteos ávidos y los finales desesperados, no sirvieron para hacer desaparecer el dolor.
Todas las relaciones esporádicas que tuve con veintitantos años me parecían incompletas.
El chico que solo me enviaba mensajes después de medianoche.
El chico que odiaba los preliminares. Jace.
Quizá solo fuera la inocencia del primer amor y el chute de adrenalina al descubrir algo por primera vez, que hace que se te seque la garganta y se te acelere el corazón.
O tal vez yo estaba rota.
«Ellos saben lo que siento por ti» .
Yo también creí saberlo.
Él asiente, trazando una línea en la alfombra con el calcetín.
—No todo, pero sí algo —responde. Luego bebe un sorbo de té y hace otra larga pausa—. Lo que pasó cuando volví a Ámsterdam…, quiero que sepas que es una de las cosas de las que más me arrepiento.
Cuando su mirada se cruza con la mía, es casi melancólica.
Intento hacer una broma porque cualquier otra cosa podría llevar esta conversación a un terreno para el que no estoy preparada.
—¿Qué pasa? ¿Es que creen que soy esa encantadora y guapísima estadounidense que fue el amor de tu vida?
Él esboza una leve sonrisa.
—Tal cual. No es que no seas todas esas cosas, pero…
Ahora la broma se está yendo de las manos.
—Tranquilo —me apresuro a decir, todavía aturdida, pero tratando de salvarnos a los dos—. No hace falta que me infles el ego.
—No lo hago —repone, y frunce el ceño, como si estuviera resolviendo una ecuación compleja—. Danika. Es imposible que no sepas lo preciosa que eres.
El suelo irregular del apartamento parece inclinarse todavía más.
El sol se puso hace horas, pero con la luz ambarina de la lámpara puedo ver las ligeras pecas que salpican el puente de su nariz.
Su barba incipiente no es de un solo color, sino una mezcla que va del rubio al rojizo, con un toque gris.
Su dulce perro duerme en su regazo, y si entrecierro los ojos, veo el Prinsengracht reflejado en sus gafas.
¡Madre mía! Su rostro es el sueño de cualquier pintor.
Aunque su familia me vea solo mínimamente como él me describe, no puedo evitar pensar que se mostrarán escépticos. Saben que él tiene que casarse para heredar esta casa; podrían calarnos.
Entonces se me ocurre otra cosa. Wouter no tiene pareja, o de lo contrario no habría hecho este pacto conmigo, pero no quiero que piense que tiene que seguir así.
—Todo este asunto —digo, poniendo algo más de espacio entre nosotros en el sofá—, ¿no va a interferir con tu vida de soltero empedernido? Porque si quieres traerte a alguien a casa, seguro que podemos llegar a un acuerdo.
Wouter parece horrorizado por esto.
—Te aseguro que no hay ningún estilo de vida de soltero salvaje. Si uno de los dos siente la necesidad de… compañía, lo resolveremos.
No esperaba que quisiera respetar la santidad de nuestro matrimonio, al menos no en este aspecto en particular, pero me alivia que no tengamos que complicar aún más las cosas.
—Debo preguntarte también con qué te sientes cómoda en cuanto a… las muestras de afecto delante de mi familia —dice, y el rubor tiñe de nuevo sus mejillas—. Está claro que no vamos a…, eh…, comernos los morros delante de ellos.
Si de verdad queremos que esto resulte creíble, tiene razón: tenemos que actuar como una pareja tan enamorada que decidió casarse pocas semanas después de haberse reencontrado.
Las parejas auténticas tienen su propio lenguaje, gestos que acompañan frases que acompañan con una mano en el hombro o en la espalda.
—Creo que me siento cómoda con casi todo menos con… ¿comernos los morros? —digo, formulándolo como una pregunta porque todo esto es territorio nuevo para mí. Se me escapa una risa nerviosa—. ¿Y tú?
Wouter baja de nuevo la vista a su taza. Espera un momento antes de hablar.
—Cuando estoy con alguien, suelo buscar el… contacto físico. Mi familia podría darse cuenta si no lo hago contigo. Si no te… —se aclara la garganta y vuelve a mirarme a los ojos— toco.
«Ah».
—No me importa —digo mientras un montón de recuerdos me invaden de golpe.
Su mano en mi tobillo mientras estudiábamos en mi habitación.
Apartándome el pelo para poder besarme la nuca.
Parecía adicto a ese contacto físico, y a mí me gustaba tanto que mi siguiente novio me decía que era demasiado pegajosa cuando quería cogerle de la mano o me arrimaba para que me rodease con el brazo—. Ya éramos así de adolescentes.
Cuando vuelve a hablar, su voz suena un poco más ronca, aunque supongo que es por lo tarde que se ha hecho.
—¿Y tú? —pregunta—. ¿Cómo eres cuando estás con alguien?
—Tu familia no notará la diferencia, ¿verdad?
—Pero tú sí.
Lo pienso un momento.
—No he tenido muchas relaciones serias —confieso, disimulando un bostezo con el codo—. No estoy segura. Tal vez…, tal vez todo esto sea nuevo para mí.
Lo que me callo es que no siempre me ha gustado la forma en que he actuado en mis relaciones, esa chica reservada tan empeñada en tener el control, a la que le rompieron el corazón en cuanto se abrió a alguien.
Ahora es Wouter quien bosteza, y ambos acordamos irnos ya a acostar.
Recoge mi taza y las mete en el lavavajillas, y una vez que termina en el baño —insisto en que entre él primero—, sigo todos los pasos de mi rutina de cuidado de la piel por primera vez en meses.
Cuando George se dispone a seguirme a mi habitación, me río y le insto a que vuelva con Wouter, que cierra la puerta con un suave clic.
Supongo que voy a tener que empezar a actuar desde ya, y lo primero es fingir que estoy supertranquila mientras me meto en la cama sabiendo que mi falso prometido duerme al otro lado de la pared.