Nueve #2
—Es perfecto, de verdad. Gracias —digo. Luego entro en el baño al otro lado del pasillo y suelto una carcajada desconcertada, agradecida por haber superado la sensación que me provocaba el cuadro de Van Gogh—. ¿Los lavabos siguen siendo diminutos y con agua fría?
—¿Qué tienen de malo nuestros minúsculos lavabos?
—¿Por qué son tan pequeños? —pregunto—. ¿Y si tienes las manos grandes?
Ahora él también se ríe, con los ojos brillantes tras las gafas.
—Aquí son así —dice—. A lo mejor es que los lavabos estadounidenses son demasiado grandes.
—¿Eso es lo que aprendiste en el año en el extranjero que te cambió la vida? ¿Que nuestros lavabos son demasiado grandes?
—Y vuestro pan es demasiado dulce —añade. Entonces, mientras abro la cremallera de una maleta, me pregunta—: ¿Quieres que te eche una mano con algo?
—Claro. ¿Puedes abrir esta caja misteriosa conmigo? —Saco el paquete que me llegó ayer de Estados Unidos—. Un paquete con provisiones de Phoebe.
Wouter vuelve a la cocina, rebusca en un cajón y reaparece con un cúter. George se está acomodando en mi cama, saltando sobre el edredón para poder acercarse a mí, y mueve el rabito cuando me arrimo para acariciarlo.
—Es su único defecto —dice Wouter con fingida seriedad—. Conoce a alguien y se encariña enseguida, aunque soy yo quien mantiene su lujoso estilo de vida a base de comida enlatada y mantas de lana.
—Yo no creo que tengas ningún defecto —le digo a George, porque ya me tiene encandilada su carita, sus orejas perfectas y la forma en que se da la vuelta para que le rasque la barriga.
La caja de mi hermana es un cofre del tesoro: mantequilla de galleta de Trader Joe’s, unas cuantas cajas de macarrones con queso cheddar blanco de Annie’s, un paquete de NyQuil del tamaño de los de Costco.
—Aquí no se puede conseguir eso —murmura Wouter.
—Solo a mi hermana se le ocurre pasarme medicamentos de contrabando sin saberlo.
Su mano se sumerge en los cacahuetes empaquetados.
—¿Qué es esto…? ¡Oh! —suelta. Y deja caer un vibrador de color lavanda como si acabara de encontrar una tarántula.
Mi reacción es doble.
Primero: vergüenza absoluta y total.
Segundo: gratitud, porque tiré mis viejos juguetes antes de mudarme, pensando que sería un buen momento para renovar mi colección.
—No sé por qué ha creído necesario incluir uno de estos —me apresuro a decir, aunque reconozco la marca como una de mis favoritas—.
Es evidente que aquí también tenéis de esto.
No me refiero a ti en concreto, sino que aquí también se venden, ¡aunque no te juzgo si tienes alguno!
Por supuesto que cualquiera puede disfrutarlos.
Wouter se pone rojo como un tomate y creo que está intentando contener la risa.
—Yo no tengo ninguno, pero empiezo a pensar que me estoy perdiendo algo —dice, y señala el paquete con la cabeza—. Fíjate, veinte modos de vibración diferentes.
—¿Sabes? Creo que al final no necesito ayuda.
En ese momento, mi móvil empieza a vibrar sobre la cama, junto a la caja, y el sonido es tan estridente que al principio creo que el vibrador se ha encendido.
Pero solo es una llamada de mi madre, como si supiera lo que está pasando; la puerta del garaje se cierra de golpe justo cuando estaba a punto de arrastrarlo a mi cama. Nos separamos, Wouter sale disparado a la habitación de enfrente y finge que ha estado estudiando todo el rato.
—Debería cogerlo —digo.
He estado evitando a mis padres desde que Wouter me propuso este arreglo, como si pudieran notar solo por mi voz que algo raro está pasando. Nunca les había ocultado tanto.
Espero a que Wouter salga a pasear a George antes de coger el teléfono.
—¡Osito! —dice mi madre con voz melosa, un viejo apodo que me hace sentir como si tuviera diez años otra vez—. ¿Eres tú de verdad? ¿Nuestra hija perdida?
Me esfuerzo por no poner los ojos en blanco.
—Hola, mamá. ¿Cómo estás?
—Bien, bien. Tu padre está en el jardín. Los lirios están preciosos, pero por desgracia los conejos también lo piensan.
Mis padres son otras dos personas cuyas profesiones les van como anillo al dedo: mi padre enseña matemáticas en el instituto y mi madre trabaja en salud pública para el condado. Trabajos estables. Trabajos que aportan algo a la sociedad.
Aunque nadie lo dijera en voz alta, sabía que les habría hecho ilusión que yo eligiera un camino parecido, pero nunca me he sentido cómoda con los niños, y después de pasar tanto tiempo en hospitales cuando era pequeña, no me han quedado muchas ganas de volver a uno.
—Hace tiempo que no nos envías fotos —continúa mi madre—. No has actualizado el álbum familiar.
—Ah…, ¿de verdad? —finjo sorpresa—. Puede que haya algún problema con la conexión. Lo comprobaré cuando colguemos.
—Aunque me encantaron las del Museo Van Gogh. ¡Seguro que estabas en una nube viendo todo eso en persona!
Me permito sonreír al oír eso. Uno de esos escasos momentos de conexión entre nosotras.
—La verdad es que sí. Todavía me parece un poco surrealista estar aquí, pero… me gusta. De verdad. Y antes de que me lo preguntes, me estoy tomando la medicación. —Wouter ha salido con George, pero, aun así, lo digo en voz baja.
—¿Y el terapeuta? He oído que con la sanidad pública, a veces se tarda mucho en conseguir cita…
—Aún no he mirado nada —respondo, en parte porque hacía tiempo que no veía a nadie con regularidad en Los Ángeles—. Pero lo haré.
—Solo quiero que te asegures de tener a alguien antes de que lo necesites —aduce—. ¿Y los amigos? Me parte el corazón pensar que estás sola allí. ¿Has hecho ya algunos, quizá gente del trabajo?
Me cuesta mucho apretar los dientes y decirle medias verdades. Oigo que Wouter vuelve a entrar y se mueve por la cocina, abriendo y cerrando armarios y poniendo una sartén en el fuego.
Estos secretos tendrían que ser más fáciles de guardar.
Después de cenar unos ñoquis comprados en la tienda y una ensalada, recojo la mesa mientras Wouter abre un armario al otro lado de la cocina.
—¿Un té? —pregunta—. Si prefieres café, te lo preparo encantado.
—Quiero el té —respondo, y es la primera vez que pronuncio esas palabras y las digo en serio.
Wouter pone una tetera de cerámica al fuego y me muestra las diversas cajas de té a granel para que elija una. Luego mide de forma meticulosa las hojas de té y vierte el agua caliente sobre el colador.
Ojalá pudiera decirle a la desconsolada Dani de diecisiete años que un día Wouter le prepararía una infusión de manzanilla e hibisco en Ámsterdam.
—Me encanta el ritual —dice mientras el agua adquiere un cálido color caramelo—.
Cuando tengo un mal día, preparar una taza de té siempre me reconforta.
Puede que sea un proceso más complicado de lo necesario, pero el té a granel tiene mucho más sabor que el de las bolsitas. Las bolsitas no son más que polvo.
—No, esto está genial. —Y lo es: habla de ello de un modo casi reverencial.
—Es la primera vez que a alguien dice que tener cinco teteras diferentes es genial.
Nos llevamos nuestras respectivas tazas al sofá junto con un pequeño plato de galletas. George está acurrucado en una manta y levanta la cabeza para olfatear el aire, por si acaso. Me acerco la taza a la cara y respiro hondo, dejando que el aroma alivie parte de mi ansiedad.
Wouter pone música clásica mientras se sienta junto a su perro, que al instante salta a mi regazo.
—¿Ves? Es un traidor —dice, cruzando una pierna sobre la otra y recostándose en el sofá. Nunca lo había visto tan relajado, con el cuerpo menos rígido, y se ha remangado las mangas hasta los antebrazos, dejando al descubierto un vello rubio rojizo.
Toda la escena es tan cotidiana que podría confundirme si me dejo llevar.
—No te estarás arrepintiendo ya, ¿verdad? —pregunta—. Sé que son muchos cambios en poco tiempo. Y si hay algo en el piso que no te guste, no le tengo ningún apego a la decoración.
Me da la sensación de que solo está siendo amable; no voy a redecorar todo su piso.
—Por raro que parezca, es la primera vez que me siento tranquila desde que me bajé del avión.
—Me alegro —dice—. Creo que hay algunas cosas que deberíamos discutir antes de la cita.
«Cita». La forma más precisa de hablar de nuestra inminente boda. Tuvimos que declarar nuestra intención de casarnos dos semanas antes, y al final no deja de ser eso: una hora reservada en el ayuntamiento.
Acaricio a George mientras me voy bebiendo mi infusión.
—Claro. ¿Ensayamos la versión oficial para tu familia?
—Eso es de lo que quería hablar contigo. —Se lleva la taza a los labios y espera un momento antes de volver a hablar—. Solo vendrán mi madre, mi hermana y mi abuela. Mi padre falleció hace un par de años.
Las palabras me golpean como un puñetazo en el estómago.
—Wouter, lo siento mucho. No lo sabía.
Un par de años. No es tanto tiempo.
—He estado esperando el momento adecuado para contártelo —dice—.
Pero supongo que ninguno lo es. Sufrió un derrame cerebral durante mi primer año en la universidad.
Estuvo en el hospital unos meses, primero recuperándose y luego por la rehabilitación; le costó bastante tiempo recuperar el movimiento.
Mi madre se aseguró de que hiciera ejercicio y comiera lo más sano posible, y todos pensamos que se pondría bien.
Pero unos años más tarde…, sufrió otro. Y ya no volvió a ser el mismo.
Me imagino a un Wouter no mucho mayor que la versión a la que dije adiós, con todo ese miedo e incertidumbre retorciéndose en su interior.
Esa arruga en la frente que le salía cuando se concentraba en sus dibujos, ahora convertida en un rasgo permanente de su rostro.
Solo tendría dieciocho o diecinueve años cuando sufrió el primer derrame cerebral. Todavía era un crío en muchos sentidos.
«Tus padres deben de estar orgullosos», le dije el día que nos volvimos a ver, y él no me corrigió.