Nueve
La primera vez que vivimos juntos había reglas. Los estudiantes de intercambio tenían que asistir a clase todos los días y ayudar con las tareas domésticas. No se les permitía beber, conducir ni trabajar, y el programa de Wouter desaconsejaba encarecidamente las citas.
—Se supone que debemos tratarlo como a un miembro más de la familia —dijo mi madre—. No como a un invitado.
Wouter se convirtió en el nuevo miembro de nuestra familia dos semanas antes de que empezara el tercer año de secundaria. Y yo no estaba preparada en absoluto.
Al principio, fuimos supereducados. Mi madre sacó una torre de juegos de mesa que no habíamos tocado en años y mi padre intentó incorporar todos los grupos de alimentos principales en las cenas.
Pero, poco a poco, fuimos dejando salir a los verdaderos Dorfman, que no eran malos en absoluto, solo un poco menos refinados.
Cambiamos el Monopoly por Netflix y los cuencos de cereales por la noche de pizza.
Dejamos de peinarnos antes de bajar a desayunar.
Estaba acostumbrada a compartir el baño con mi hermana, pero ahora sus familiares colonias y espráis habían desaparecido, reemplazados por productos que gritaban: «Muy varonil, muy macho».
Los chicos con los que me sentaba en clase siempre se echaban la colonia a litros y eran unos sosainas.
Poder ver a uno en su hábitat natural —o tan natural como era posible, a un océano de distancia de su casa— me convirtió en una especie de científica.
Cada descubrimiento me desarmaba un poco más: gel de baño con la etiqueta en neerlandés, loción para después del afeitado con un toque de clavo que me mareaba de una forma que me encantó al instante.
Luego estaban la ropa que Wouter se ponía solo para estar por casa: unos pantalones de chándal grises suaves y una camiseta descolorida del Ajax, el equipo de fútbol de Ámsterdam.
Una carita sonriente dibujada en el vaho del cristal de la ducha, y más tarde, un corazón.
Y aquí estamos, trece años después, a punto de compartir cuarto de baño otra vez.
—A la tercera casa va la vencida —digo mientras subo mi mochila por la escalera más empinada y estrecha que he visto en mi vida. Nunca más me burlaré de nadie en House Hunters International .
Wouter mete mis maletas sin problemas. Un perro diminuto se acerca a nosotros en cuanto se abre la puerta, con las uñas repiqueteando en el suelo de madera.
Es de color marrón oscuro, con largos mechones de pelo en la cabeza, la barbilla y encima de los ojos, quizá un cruce de perro salchicha con terrier, y no puede ser más mono.
Mueve el rabito con entusiasmo cuando me arrodillo para acariciarlo, pero salta de un lado a otro tan rápido que no consigo atraparlo.
Es todo un torbellino, que no para quieto, y me cuesta observar el apartamento.
Quiere mimos de su tutor, pero también está encantado de que Wouter le haya traído un nuevo amigo.
El perro sale disparado del vestíbulo hacia la sala de estar, da una vuelta y vuelve corriendo hacia nosotros. Y repite lo mismo. Lleva algo al vestíbulo y lo deja caer a mis pies: ¿un calcetín?
—¿Te has calmado ya para que pueda presentarte como es debido? —dice Wouter, y el perro parece entender lo que se le pide. Se sienta en el suelo y ladea la cabeza—. Danika, te presento a George Costanza. George, esta es Danika.
—Espera, ¿tu perro se llama…?
—George Costanza. Por el personaje de…
—Seinfeld . Lo sé.
Pasamos mucho tiempo viendo viejos episodios de Seinfeld cuando él vivía con nosotros: mis padres en el sofá, Phoebe acurrucada en el sillón, Wouter y yo sentados en el suelo con un par de cojines.
Una actividad familiar tranquila, que podíamos hacer todos juntos.
A Wouter le parecía divertidísima la serie porque era una americanada.
Vimos dos temporadas y media, y nos sorprendía cuántas tramas se habrían resuelto con facilidad si los personajes hubiesen tenido un móvil.
Después de tantos años le había puesto a su perro el nombre de un personaje de una serie que, de alguna manera, le recordaba a mí.
—Algunos de mis mejores recuerdos de Estados Unidos —dice Wouter, agachándose para coger a George y darle un beso en la cabeza—. Supongo que tengo debilidad por las comedias estadounidenses.
Empaquetarlo todo me llevó solo un par de días, en los que repasé una y otra vez nuestra conversación en el puente.
Pasé horas leyendo historias espantosas sobre matrimonios de conveniencia para obtener los papeles, intentando convencerme de que realmente podríamos hacerlo sin que nos pillaran.
En el fondo esperaba que él se echara atrás y al despertar me encontrara con un mensaje diciendo que teníamos que hablar.
Mis dedos se quedaron suspendidos más de una vez sobre su nombre en mi teléfono, dudando si hacerlo.
Y siempre acababa frenándome.
Ahora que estoy en su casa, me doy cuenta de que no dediqué suficiente tiempo a pensar en lo que suponía no solo casarme con Wouter van Leeuwen, sino también vivir con él, compartir este espacio desde la mañana hasta la noche, los siete días de la semana.
Solo he vivido con mi familia, mi hermana y un puñado de compañeras de piso.
Nunca sola con un hombre. Y siempre di por hecho que, si alguna vez lo hacía, sería por amor, no por pura conveniencia.
«Este hombre está a punto de convertirse en tu marido», pienso mientras él me cuenta que George tiene unos siete u ocho años y es un perro rescatado de Hungría hace tiempo.
El animal lame la mejilla de Wouter con su pequeña lengua rosada.
Cierro los ojos con fuerza por un momento.
«Cuatro. Siete. Ocho» . La técnica de respiración que siempre me pareció demasiado simple para funcionar, sigue sorprendiéndome cuando logra liberar parte de la ansiedad de mi cuerpo.
«Cuatro. No te van a pillar».
«Siete. No es algo permanente».
«Ocho. Esta es la mejor opción».
No es una cura instantánea para todos los pensamientos que se agolpan en mi mente, pero al menos puedo respirar un poco mejor.
Cuando imaginé su apartamento, esperaba que estuviera lleno de obras de arte.
La realidad es que es precioso, aunque un poco austero.
Tiene modernas estanterías empotradas, una mesa de centro con un solo libro encima, un banco cubierto con una manta junto a las ventanas, con unas impresionantes vistas del canal, que parece el rincón perfecto para leer.
Veo una cesta con juguetes para perros en un rincón, aunque Wouter dice que es muy probable que George nunca socializara cuando era cachorro y por eso no entiende lo que es jugar a traer la pelota.
—Lo único con lo que juega son mis calcetines, así que más vale que vigiles los tuyos si no quieres que te los deje como un colador lleno de agujeros.
Hay una mesa de cocina que parece utilizarse principalmente para amontonar el correo, un par de taburetes junto a la encimera y un balcón.
Algunos de los detalles originales se conservan, como la chimenea de azulejos y esas malditas escaleras, pero, aparte de unas pocas fotos familiares, no hay nada que indique que aquí es donde se crio Wouter.
Entonces me doy cuenta de algo que debería haber notado enseguida.
—Espera, ¿el suelo está…?
Wouter se sonroja y se frota la nuca.
—No está nivelado, sí. La casa está inclinada. —Coge un bolígrafo de la mesa de la cocina y lo deja en el suelo. Ambos estiramos el cuello mientras empieza a rodar despacio.
—No me había dado cuenta abajo —digo.
—Se nota más en los pisos superiores. Hay que nivelarlo, pero no es barato —repone, encogiéndose de hombros otra vez—.
A mis padres siempre les encantaron los suelos, así que nunca nos decidimos a arreglarlos, aunque entonces la pendiente no era tan acusada.
—Da unas palmaditas a una de las paredes—.
Lo pinté hace un par de años, pero ese fue el último cambio importante que hice.
Pero me encanta este lugar. Puede que demasiado.
Casi me siento culpable por no poder dedicarle más tiempo o dinero, pero es como tener otro trabajo a tiempo completo.
Me detengo delante de una de las fotos colgadas encima del sofá.
Wouter con sus padres, su hermana y sus abuelos, en lo que parece ser su graduación del instituto.
Están posando delante de esta casa, con la bandera de los Países Bajos detrás y una mochila colgada de ella, como dicta la tradición neerlandesa.
Su hermana sonríe de oreja a oreja mientras abraza a su hermano como si fuera su persona favorita en el mundo.
El padre agarra a la madre de la cintura, y la abuela, a la que voy a tener que impresionar, está a su lado.
El chico de esta foto se parece mucho al Wouter que yo conocí.
Más desgarbado, quizá un poco más tímido, con las gafas de montura ancha que estaban de moda en aquella época, que contrastan con las de montura fina y redonda que lleva ahora.
La casa tiene casi trescientos años. Cuesta imaginar a todas las personas que vivieron aquí antes de los Van Leeuwen, los momentos importantes y las penas que vivieron entre estas paredes.
Wouter me lleva por el pasillo y da un golpecito a la primera puerta
—Mi habitación —dice, y delante de la segunda, añade—: Y la tuya. Espero que te guste.
Echo un vistazo al interior del espacio minimalista y ordenado, y dejo la mochila sobre la cama mientras Wouter se queda en la puerta, como si ahora que me la ha asignado, necesitara permiso para entrar.
El edredón tiene un estampado de cachemira en tonos neutros y todo lo demás es blanco: la lámpara, las puertas correderas del armario y la estrecha cómoda.
Y hay un pequeño cuadro de los girasoles de Van Gogh en la pared.
—¿Tú has…? ¿Eso ya estaba aquí? —pregunto, aunque ya sé la respuesta.
Él esboza una sonrisa avergonzada y se pasa la mano por el pelo.
—Quería que te sintieras… un poco más como en casa.