Ocho #2
Mis padres se habían ido el fin de semana y yo les mentí diciendo que iba a pasar la noche en casa de una amiga.
Wouter y yo preparamos la cena juntos, riéndonos y sonrojándonos más de lo habitual, incluso cuando yo eché demasiada salsa a la pasta y él dejó sosas las judías verdes.
Encendimos demasiadas velas y activamos la alarma de humo —¿por qué nos sigue pasando esto?
— y tuve que subirme a la mesa con una escoba para apagarla.
A pesar de todos esos contratiempos, nunca me había sentido tan adulta.
Luego lo llevé a mi habitación y me besó contra la pared antes de pasar a mi cama.
Juntos habíamos aprendido la manera de hacer jadear al otro, y ahí estábamos, a punto de vivir otra nueva experiencia. Recuerdo que pensé que no sabía lo que era el verdadero deseo hasta ese momento, con Wouter sobre mí y su boca en mi clavícula.
—Estoy nervioso —susurró con ese acento que me encantaba—. Quiero que lo disfrutes.
Me pegué más a él.
—Ya lo hago.
Después me miró con ternura; tendría que haber sido demasiado para alguien tan cínica como a veces yo me sentía por dentro. Jugueteó con un mechón de mi cabello, acariciando mi espalda desnuda con los dedos.
—Te quiero —dijo contra mi frente, y eso encendió una emoción por completo nueva. Dos palabras que había atesorado en mi corazón porque no quería exponer una parte demasiado vulnerable de mí—. Te quiero, y tengo mucho miedo de lo que pase cuando me vaya.
—Pues no te vayas. Porque yo también te quiero —repuse. Emprendí un sendero de besos por su pecho, por el cuello, donde todavía perduraba un ligero aroma a loción para después del afeitado—. ¿Cómo se dice en neerlandés?
— Ik hou van jou —respondió, y cuando se lo repetí, me abrazó con más fuerza.
Ese amor parecía algo precioso, delicado, como si fuéramos dos niños sueltos en una tienda de antigüedades llena de carteles que decían no romper .
Y, sin embargo, lo rompimos.
—¿Cómo sé que no vas a cambiar de opinión? —le pregunto ahora. Porque ya lo hizo una vez, tomó algo que yo creía serio y lo convirtió en «No estoy seguro de que vaya a funcionar. Lo siento mucho. Gracias por todo».
Él traga saliva con dificultad.
—Creo que tendrás que fiarte de mí. Yo… entiendo que no lo hagas.
—Supongo que no entiendo por qué ibas a hacer esto por mí —digo en voz baja. Me siento como si tuviera diecisiete y treinta años al mismo tiempo, incapaz de afrontar todo esto—. Ya me has ayudado mucho. ¿No hay ninguna exnovia a la que prefieras pedirle ayuda? ¿O alguna amiga?
Se queda callado un momento, como nada de eso se le hubiera pasado siquiera por la cabeza.
—De este modo tú también te beneficias —alega—. No tendríamos que hacer cambios en nuestra vida cotidiana.
—Salvo que viviría contigo.
Esboza una media sonrisa.
—Salvo eso.
—Y podrías alquilar el piso de abajo a su precio normal.
Empiezo a marearme de nuevo mientras intento imaginar esa vida y cómo sería ser la esposa de Wouter. Si alguna vez viéramos a su familia, tendríamos que actuar como un matrimonio. Como unos recién casados locamente enamorados.
Y mi propia familia…
Si se enteraran de que he huido a Ámsterdam y me he casado, cogerían el primer vuelo desde Los Ángeles para arrastrarme a casa y hacerme entrar en razón. «No estás pensando con claridad —me dirían—. Esto no es propio de ti».
Tal vez justo por eso debería hacerlo.
—No soy una persona impulsiva —digo, sin saber muy bien por qué. ¿Un intento desesperado de recuperar el sentido común?
Me roza la rodilla con la suya otra vez
—Has dejado atrás toda tu vida y te has ido a otro continente. A un país en el que nunca habías estado.
Cuando lo dice así, no puedo evitar preguntarme si tal vez albergo en mi interior algo de valentía oculta, algo que él puede ver, pero yo no.
Puede que sea una auténtica idiotez, o solo un medio para alcanzar un fin.
En cualquier caso, cuando nos divorciemos, él será dueño de su edificio y yo habré decidido qué voy a hacer con mi vida.
Rápido y sencillo. Sin complicaciones, tal y como él mismo ha dicho.
Mis dedos rozan un trozo de papel dentro del bolsillo de mi abrigo. Saco el envoltorio de la pajita de un café con hielo que me tomé por la tarde y le miro, enarcando las cejas mientras junto los extremos y los anudo.
Él sonríe cuando se lo entrego, y puedo ver su hoyuelo incluso en la oscuridad.
Solía dibujar esa sonrisa una y otra vez, sin poder hacerle justicia.
Sus labios me quedaban demasiado finos. Demasiado torcidos.
Al final, me rendí y me limité a observarlo mientras él me dibujaba, con una intensidad y concentración que nunca estuve segura de merecer.
Sus dedos tiemblan cuando vuelve a cogerme la mano. Recorre la curva de un nudillo con el pulgar, arriba y luego abajo, como si intentara tranquilizarme a mí, a él mismo o quizá a los dos. Como si con esos movimientos estuviera prometiendo que es una buena decisión.
—Siempre imaginé que sería un poco más romántico cuando hiciera esto —susurra.
¡Madre mía! Está nervioso, incluso al darme este anillo de papel.
—Lo estás haciendo muy bien —digo, intentando disimular el temblor de mi voz, sin conseguirlo. También hay una sensación de euforia, la misma que cuando haces algo que va en contra de todo pensamiento racional, y aun así encuentras una forma de justificarlo.
Si vine a Ámsterdam en busca de una nueva versión de mí, creo que la he encontrado.
—¿Qué me dices, Danika? —empieza. Mi nombre no debería sonar tan irresistible dicho con ese acento. Sus preguntas no deberían ser tan sinceras—. ¿Quieres ser impulsiva conmigo?
No sé por qué, pero es lo más dulce que he oído en muchísimo tiempo.
—Sí —respondo, y la palabra surge envuelta en una risa breve e incrédula. Él me coloca el anillo de papel en el dedo con tanto cuidado que por un instante puedo fingir que es de oro—. Sí, quiero.