Ocho
Tengo que agarrarme a la barandilla del puente para no caerme al agua. El suelo parece combarse bajo mis pies y las pintorescas casas se difuminan, convirtiéndose en una masa borrosa. Parecen bocas llenas de dientes torcidos, que de pronto se convierten en algo siniestro.
—Dani —dice Wouter, con un toque de preocupación en su voz. Que utilice mi apodo, algo poco habitual en él, hace que esto suene serio, justo lo contrario que cuando lo usa cualquier otra persona—. ¿Estás bien? ¿Necesitas tu inhalador?
Le oigo como si me hablara desde muy lejos, como si lo hiciera debajo del agua.
Cuando parpadeo y logro salir de mi aturdimiento, me sorprende descubrir que sigo en pie. Que en realidad el mundo no se está derrumbando.
Y entonces, tal y como él me había advertido, me echo a reír.
—Lo siento mucho —digo, secándome los ojos—. Puede que esa hierba fuera más fuerte de lo que pensábamos, porque me ha parecido que acabas de pedirme que me case contigo. O…, bueno, ni siquiera lo has preguntado, sino que más bien lo has soltado como si fuera una afirmación.
Wouter parece demasiado lógico.
—No estoy colocado. Solo me he comido un bocado de esa tarta. Yo… quería poder cuidar de ti —aduce. Siento una punzada inusual en el estómago al oír eso; un inesperado gesto protector—. Necesitas una forma de quedarte en el país. Casarte con un ciudadano neerlandés solucionaría tu problema.
Lo dice con tanta naturalidad, como si hablara de una simple operación matemática. Uno más uno es igual a visado. Y, por supuesto, no se equivoca, salvo por el pequeño inconveniente de que un matrimonio de conveniencia también debe de ser delito aquí, igual que lo es en Estados Unidos.
«Un matrimonio para conseguir el permiso de residencia». No sabía que esto fuera algo que ocurriera fuera de las películas de mediados de la década de 2000, en las que los protagonistas, guapos a rabiar, acaban enamorándose y nadie tiene problemas reales con el Gobierno.
—¿Debería ser más formal? —pregunta Wouter—. ¿Quieres que me arrodille?
La escena de postal que tenemos delante se vuelve claustrofóbica. Vertiginosa. Empiezo a dudar de si me he recuperado del jet lag , porque parece que me he dejado la razón en otro continente.
Y mi cerebro se centra en las preguntas más absurdas.
¿Debería mi exnovio y actual casero arrodillarse?
¿Para pedirme matrimonio?
¿A mí?
—Yo… No, no hace falta —consigo decir, intentando abrocharme un botón de la chaqueta con las manos temblorosas.
Siento mi cuerpo vibrar, como si me hubieran enchufado a una toma de corriente y luego me hubiera lanzado al sol.
Creo que puedo dejar el café para siempre: que Wouter van Leeuwen me pida cada mañana que me case con él para conseguir la tarjeta de residencia sería más que suficiente.
¿Cómo hemos pasado de una amistad incipiente a una propuesta de matrimonio en solo unas horas? ¿Qué será lo siguiente? ¿Abrir una cuenta conjunta? ¿Adoptar trillizos?
Me indica un banco al borde del canal y le agradezco la idea, porque no estoy segura de que pueda seguir de pie mucho más tiempo.
—No sería algo permanente —dice una vez que nos sentamos—. Pero te daría tiempo para pensar qué quieres hacer. Por supuesto, solo tendría que ser sobre el papel y delante de mi familia. Aparte de eso…, nadie tendría por qué saberlo.
Por la forma en que lo plantea…, parece algo que de verdad podríamos hacer sin problemas. Me permito considerarlo durante un instante de locura: ganar un poco de tiempo para encontrarme a mí misma. Para explorar. Para viajar.
Para hacer esas «grandes cosas» que todo el mundo pensaba que iba a hacer hace tantos años.
—Claro. Tu familia —digo, sin poder creer que esté considerando la idea. No, no la estoy considerando. Solo estoy buscando fallos en su lógica—. Seguro que les encantaría la idea de que te casaras con una estadounidense cualquiera.
—Podríamos contar una historia que sea creíble —replica, pasándose la mano por la barba incipiente mientras la luz de una farola resalta algunas canas—.
Digamos que mantuvimos el contacto, y que al vernos otra vez…
, todos esos sentimientos volvieron. Y, además, tú no eres una estadounidense cualquiera —continúa—. Tenemos un pasado.
Dejo que todo esto quede suspendido entre nosotros mientras intento asimilarlo.
Matrimonio. Un anillo en mi dedo y algún tipo de documento oficial que certifique que estamos unidos de forma legal.
Vuelvo a sentirme mareada, así que me inclino y apoyo los codos en las rodillas y la barbilla en las palmas de las manos. Respiro hondo.
Un barco rompe la quietud del agua. A bordo, un grupo de personas abrigadas beben mientras cantan al son de una canción pop que suena a todo volumen en los altavoces.
Es una grata distracción, y verlo hace que se me encoja el corazón.
Desde que era pequeña me encanta estar en el agua.
Los viajes en ferry a la isla Catalina, que hacían que las horas en el coche merecieran la pena; los veranos en la playa de Santa Mónica, corriendo hacia las olas mientras mis padres me gritaban que no me alejara demasiado, y yo no podía parar porque me encantaba sentir el agua salpicándome.
Y aquí estoy, en una ciudad que, literalmente, arrancaron de las profundidades del mar.
La verdad es que quiero quedarme aquí. No sé si podría volver a casa sabiendo que apenas luché para conseguirlo.
Me enderezo de nuevo.
—Entonces…, y no es que esté diciendo que sí todavía…, queda el pequeño detalle de, ya sabes, infringir la ley.
Se muerde el labio, avergonzado. Ojalá no fuera una expresión tan adorable. Quizá sea porque roza el metro noventa, pero ver a este gigante mostrar cualquier atisbo de timidez siempre me ha enternecido.
—En realidad…, una amiga mía lo hizo después de la universidad —dice—. Así que tengo un poco de experiencia, de oídas. Su novio era de Australia y su visado de estudiante caducó cuando no encontró trabajo después de graduarse. Así que se casaron y se divorciaron un par de años después.
—¿Y siguen juntos?
La timidez se convierte en una mueca.
—En realidad…, rompieron antes de divorciarse…
—Natural.
—…¡Pero siguieron casados hasta que él pudo conseguir un visado!
Y para nosotros sería mucho más fácil, ya que no estamos saliendo juntos —dice.
La brisa le despeina el cabello y él se lo aparta con la mano—.
No hubo dramas ni siquiera cuando rompieron.
Nadie va a llamar a nuestra puerta exigiendo pruebas de que estamos juntos de verdad.
Enarco las cejas.
—No me había dado cuenta de que te habías convertido en un rebelde en estos últimos diez años.
Wouter me dedica una sonrisa burlona a juego con mi sarcasmo. Me da un golpecito en la rodilla con la suya, lo que me provoca una descarga eléctrica en la espalda.
—Supongo que yo también he cambiado.
Recuerdo su mano sobre mi piel. Ese roce fugaz que ahora hace que me pregunte si he estado necesitada de contacto humano estas últimas semanas.
Entonces me obligo a mantener la cabeza fría en esta situación tan irracional.
Si digo que sí, cualquier atisbo de atracción que pudiera haber sentido hace tan solo una hora no podrá convertirse en nada más.
Tendría que apagar esos sentimientos con agua fría, lo que requeriría mucha más fuerza de voluntad de la que jamás tuve cuando él vivía al otro lado del pasillo.
Lo que en el fondo me está ofreciendo con esta propuesta es el regalo del tiempo. La posibilidad de encontrar el trabajo adecuado, de explorar todo lo que quiera, de descubrir si este lugar podría llegar a ser mi hogar.
Si dejara que los sentimientos se interpusieran, no sé si podría perdonármelo.
—No tienes que decidirlo ahora —repone—. Es solo una idea. Si no te gusta, no voy a insistir. Te lo prometo.
Aunque quizá no me desagrade tanto.
—¿Cuánto tiempo duraría esto? Hablando de forma hipotética.
Él lo piensa un momento.
—¿Un año? Lo suficiente para que mi abuela vea que vamos en serio. Solo hasta que ponga las escrituras a mi nombre y tú tengas un trabajo estable. Y luego nos divorciaríamos de forma rápida y sencilla. Sin ataduras legales entre nosotros, sin incomodidades.
«Un año». No había pensado en un futuro tan lejano como para imaginarme viviendo aquí a largo plazo, pero desde luego no imaginaba que estaría fingiendo estar casada durante ese tiempo.
—¿Y yo seguiría viviendo abajo?
El rubor tiñe sus mejillas.
—Puede que lo más lógico sea que vivamos en el mismo apartamento. Para evitar que la gente haga preguntas, ya que tendremos que poner la misma dirección en todos nuestros formularios.
—Claro. Por supuesto.
—No tendríamos que… No dormiríamos juntos —logra decir, con las mejillas más coloradas si cabe—. En la misma cama, quiero decir. Es obvio. La habitación de invitados sería para ti.
Quiero hacer una broma sobre que ahora es él quien parlotea, pero verle enredarse me trae a la memoria el recuerdo que tanto he intentado reprimir.
El que más duele, aunque solo sea porque no sabía lo efímero que era.
Una vez que empezamos a vernos a escondidas, el sexo parecía algo inevitable.
Ninguno de los dos tenía mucha experiencia más allá de los besos, pero mantener la relación en secreto hacía que nos deseáramos más cuando por fin estábamos a solas.
Nunca me pregunté: «¿Hasta dónde quiero llegar?
». Desde el principio lo quise todo de él.
Y aun así no estaba segura de que fuera suficiente.
Mis amigas me habían contado lo decepcionantes que habían sido sus primeras veces, y yo me había preparado para ello, para que no hubiera fuegos artificiales. Que resultara incómodo y caótico, y tal vez ni siquiera demasiado placentero.
Y sí, casi todo eso se cumplió.
Pero me encantó cada segundo.