Siete #2
—A ver por dónde empiezo… Veamos… Fui a la Universidad del Sur de California, como mi hermana, y estudié Informática, con una especialización en Experiencia de Usuario.
He trabajado para varias empresas tecnológicas, aunque ninguna me ha hecho sentir que era el lugar adecuado.
—No estoy acostumbrada a hablar tanto de mí si no es para una entrevista de trabajo, aunque imagino que quiere algo más que mi currículo—.
Mmm…, me gusta toda la música pop que fingía odiar en el instituto solo porque estaba de moda.
Paso mucho tiempo con mi hermana. Tuve una temporada en la que me dio por los tazones de açaí…
, creo que es una fase que cualquiera que viva en Los Ángeles debe pasar por ley…
, pero por suerte para mi bolsillo, y a se me pasó.
Hasta hace un mes escaso, vivía en un estudio en Burbank que, como bien recordarás, era básicamente un altar a los nenúfares de Monet.
—Por supuesto. Muy buen gusto.
—Siempre he querido un perro, pero ninguno de mis caseros compartía mi entusiasmo.
Al oír eso, se le ilumina la cara.
—Yo tengo perro —dice—. Se llama George y es perfecto…, cuando no está haciendo fechorías.
—Ya me pareció oír que correteaban arriba. Supuse que no eras tú —añado, y le miro con expresión culpable—. Te busqué por Internet un par de veces a lo largo de los años —confieso—. Tenía curiosidad.
—Yo también te busqué. Pero no fue fácil encontrarte.
—Hace ya tiempo que eliminé todas mis redes sociales.
No le explico que lo hice porque ver las vidas de los demás me hacía sentir que me quedaba atrás. Era consciente de que en las redes solo enseñan las cosas buenas, pero eso no hacía que ver esas publicaciones resultara menos deprimente.
—¿Y qué hay de ti? —pregunto—. ¿Por qué te decantaste por la fisioterapia? ¿En qué se diferencia de la terapia física?
Su sonrisa se tensa un instante, tan sutil que es apenas perceptible en la oscuridad.
—A mí también me sorprendió. Y sí, hay diferencia.
Un fisioterapeuta suele trabajar más con las manos: más estiramientos, más masajes.
Un terapeuta físico hace algo parecido, pero se centra más en los ejercicios.
También me planteé estudiar Terapia Ocupacional, que tiene más que ver con cómo desenvolverse en las tareas cotidianas, mientras que la fisioterapia se enfoca más en la movilidad del cuerpo en general. Me gusta trabajar con las manos.
No era en absoluto lo que había imaginado para él, pero de algún modo tiene todo el sentido.
—Y me encanta establecer una relación con mis pacientes, verlos mejorar. Muchos llegan con dolor, y poder aliviarlo, ser quien se lo quite, es todo un honor. Significa mucho que confíen en mí para algo tan importante.
—Qué bonito —digo con sinceridad.
Wouter me pregunta por la librería de Phoebe y le cuento que es el rincón más acogedor de Pasadena, lleno de colores alegres, pufs y artículos literarios creados por artistas locales.
—Tu hermana Roos y tú también estabais muy unidos —digo, intentando pronunciar su nombre como él me enseñó, Rohss, con una «r» bien marcada—. ¿Lo seguís estando?
Él asiente.
—Vive cerca del Vondelpark, a solo un paseo en bici. Trabaja en marketing. Nos vemos una vez a la semana, aunque no sé si lo hace por mí o por Georg —dice. Yo pongo cara de pena y él se ríe—. ¡Te prometo que lo conocerás! ¿Algo más que deba añadir a mi expediente de Danika Dorfman?
—¿Tienes un expediente?
—¡Un archivador entero! —repone, y luego se aclara la garganta—. Mencionaste que habías roto con alguien antes de venir… ¿Puedo preguntar?
—Sí, claro —respondo, agarrando con fuerza la correa del bolso—. Mi ex, Jace. Estuvimos juntos alrededor de un año, y creía que íbamos a vivir juntos…, hasta que descubrí que me engañaba. Qué típico, me da hasta vergüenza contarlo.
Pero Wouter frunce el ceño, con una expresión tensa.
—No tienes por qué avergonzarte. Tú no hiciste nada malo. Vergüenza debería darle a él.
—No creo que sea el caso, pero gracias.
Dudo si compartir algunos detalles que podrían hacerme parecer inmadura, sobre todo después de ver lo rápido que me juzgaron mis amigas. Igual que en todas mis relaciones, me aseguré de ser yo quien le pusiera fin. A mi manera.
Quizá me pasé, pero lo único que quiero es que Wouter conserve en su archivo la mejor versión posible de mí.
Estamos reconstruyendo algo y no quiero remover el pasado. A pesar de todo lo que hemos compartido hoy, aún son muchas las cosas que ignoro de él: sus pasadas relaciones y por qué se acabaron. Por qué vive solo en esa preciosa casa en vez de compartirla con alguien.
Qué dibujaría si le dieran un lápiz.
Tal vez había olvidado no solo lo guapo que es, sino también su bondad.
Después de casi diez años usando las aplicaciones de citas, mis expectativas habían caído en picado, y de pronto aparece él, ofreciéndome un techo, enseñándome la ciudad, colocando su mano en mi espalda para evitar que tropiece.
Antes de subirme a ese avión, consideraba Ámsterdam como una escapatoria. Una pequeña aventura.
Jamás se me pasó por la cabeza que sería más bien un intento de recuperar algo que había perdido.
Siento otra vez esa punzada en el pecho al pensar en aquellos dos ingenuos adolescentes que creían que el amor era suficiente, que el deseo y la voluntad podrían vencer la distancia. Que estemos de nuevo en el mismo sitio después de tantos años…, bueno, casi me hace creer en el destino.
—Me gusta mucho esto —digo, contemplando el agua. Al principio me resulta más fácil que mirarle a él, pero incluso este canal hace que una nueva emoción arraigue en mi estómago—. Tres meses van a pasar volando.
—Encontrarás algo —asegura Wouter, y parece más seguro de lo que yo jamás lo he estado sobre mí misma.
Sus oscuros ojos de color avellana se clavan en los míos, puros y penetrantes tras sus gafas—.
Recuerdo que siempre te volcabas en todo lo que hacías.
No he visto tu trabajo, pero no tengo ninguna duda de que eres buena.
De lo contrario esa empresa no te habría traído.
—Tal vez. O puede que haga cien entrevistas y no consiga pasar ninguna, o que me despidan otra vez, o … —Me sorprende tanto que me tiemble la voz que necesito un instante para serenarme. Pero, cuando hablo de nuevo, sigue ahí—. Esto va a sonar un poco tonto.
—Te doy mi palabra de que no.
Tomo aire, con un nudo en el pecho.
—No fue solo que mi novio me engañara. Cuando me enteré, de pronto mi vida empezó a parecerme… mal.
Después de tantos años manteniendo relaciones sin ataduras, no supe que quería algo serio hasta que se acabó.
Eché un vistazo a mi armario y me di cuenta de que había pasado demasiado tiempo vistiendo ropa que no me representaba, pero tampoco sabía qué debía ponerme.
Y, a pesar de que me habían despedido, no echaba nada de menos el trabajo cotidiano.
Todo eso que creía que debía hacer me parecía una especie de gran coreografía, cuyos pasos se sabía todo el mundo menos yo. No sé de qué forma expresarlo sin revelar mi miedo más profundo: el de haber desaprovechado todo mi potencial.
Me cubro los ojos con las manos, pues no quiero que me vea así. Tan frágil.
—A mí no me parece ninguna tontería —dice con suavidad—. Por si te sirve de consuelo…, me alegro mucho de que estés aquí. —Y antes de que pueda pensar en lo que acaba de decir, añade—: Y yo tampoco siento que lo tenga todo bajo control.
—No sé yo, ese cinturón de herramientas decía otra cosa.
Eso le arranca una sonrisa.
—Creo que en Los Ángeles me volví tan conformista que ni siquiera me di cuenta de que era infeliz.
Y ahora que estoy aquí, tengo la oportunidad de hacer las cosas de otra forma.
Igual suena un poco radical, y desde luego que echo de menos a mi hermana, a mis padres y los burritos, pero…
Me gusta esto, y mucho. No…, no estoy lista para irme.
Wouter guarda silencio tanto tiempo que dudo si ha oído lo que he dicho.
—¿Y si no tuvieras que irte? —pregunta al fin.
—No quiero que pienses que debes salvar a toda estadounidense en apuros que se cruce en tu camino.
Esboza una media sonrisa.
—No —dice—. Solo a ti. —Luego se pone serio, adoptando de nuevo una expresión neutra—. He estado dándole vueltas desde que me escribiste anoche, y puede que haya una solución para ambos. Pero… te aviso de que es algo disparatada. Muy poco ortodoxa. Cuando te la diga, igual no puedes parar de reír.
—Estás empezando a asustarme —bromeo, dándole un pequeño empujón en el brazo.
Pretendía que fuera un gesto amistoso de ánimo, pero no me esperaba que sus músculos estuvieran tan duros ni que cerrara los ojos un instante, como si tuviera que asimilar el contacto físico.
Ahora que el Barrio Rojo no acapara mis sentidos, ese único roce parece dilatarse, como si hubiera ocurrido a cámara lenta.
«Amigos —me recuerdo—. Somos amigos». Y recientes, además.
—No tienes por qué, de verdad. Te vas a partir de risa. O te vas a espantar. O las dos cosas.
Trago saliva con dificultad y procuro mantener un tono despreocupado.
—Me estás haciendo pensar que es algo que roza lo ilegal —bromeo, pero su mueca se vuelve más marcada—. Joder, no es legal, ¿a que no?
—Bueno… —En su rostro aparece una nueva expresión que no había visto antes, entre tantas nuevas que intento descifrar mientras él se pasa la mano por la barba incipiente. Es una mezcla de duda y otra cosa—. ¿Te acuerdas de que te mencioné que había heredado mi edificio?
—Me parece que sí.
—Pues mi abuela sigue siendo la propietaria y al resto de mi familia no le interesa lo más mínimo.
Pero a mí me encanta. Ahí me crie, y aunque cada vez haya más gente en esta ciudad, no me imagino viviendo en otro sitio.
Es que… es mi hogar —dice—. Mi abuela no me lo quiere ceder hasta que cumpla ciertas condiciones.
Bueno, en realidad es solo una: quiere que me case primero.
Levanto el pulgar y el índice, notando que se me dispara el pulso.
—¿No es un pelín anticuado?
—Creo que su idea era que formara una familia allí. A menos que… —se detiene— haya una forma de evitarlo. Algo que nos beneficiaría a los dos. —Me mira con expectación, enarcando las cejas, como si estuviera esperando a que atara cabos.
Caigo en la cuenta un instante antes de que lo diga, y sus palabras son una mezcla de seriedad y locura:
—Podríamos casarnos.