Lo que pasa en Ámsterdam Siete
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Siete

Decidimos esperar a que se haga de noche y pasamos la tarde haciendo más turismo gastronómico.

Pruebo las kroketten , un regaliz neerlandés que se llama drop , y unas cien muestras de queso.

Después, cuando digo que necesito más dulce, entramos en una pastelería gourmet que vende toda clase de dulces con marihuana.

Me dan ganas de decirle a toda la gente con la que nos cruzamos por la calle: «¡Fijaos!

Dos paseando por Ámsterdam como si nada.

Qué adultos, qué civilizados». Aunque nos ceñimos sobre todo a temas superficiales como el trabajo y los Países Bajos, me doy cuenta de lo sola que me he sentido estas semanas.

Esta clase de relación resulta reconfortante después de ir dando tumbos por mi cuenta.

Por supuesto que hay algo familiar en ella, pero también es algo nuevo.

De Wallen, el nombre oficial del Barrio Rojo, está lleno de callejuelas medievales con adoquines irregulares, mucho más desgastados que en otras zonas de la ciudad.

Es fácil tropezar si no vas con cuidado.

La juerga ya ha comenzado: la gente sale de los bares, llena las terrazas, se agolpa junto a los canales entre gritos, cánticos y risas.

—Ámsterdam no es solo marihuana y el Barrio Rojo —dice Wouter mientras pasamos por delante de la Oude Kerk, la antigua e imponente iglesia que resplandece bajo el oscuro cielo.

Tengo la mente en calma tras la porción de tarta de limón que hemos compartido, y procuro mantenerme alejada del humo del tabaco para que no me dé un ataque de asma.

—Es verdad, también están los tulipanes y los molinos.

Wouter pone los ojos en blanco, pero entiendo lo que quiere decir. Aquí existe una interesante dualidad. Los tópicos de Ámsterdam son una mezcla de lo más inocente, como los tulipanes, los zuecos y los molinos, y lo más hedonista, como la marihuana, las setas y el Barrio Rojo.

—Que sepas que apoyo por completo el plan de esta noche, pero los que vivimos aquí no nos colocamos cada dos por tres —dice—. Y tampoco la mayoría de los turistas.

—Ya, ya lo sé —repongo—. Pero cada vez que decía que me iba a vivir a Ámsterdam, alguien soltaba alguna broma burda y trillada.

Esquivamos un grupo de media docena de tíos vestidos con pijamas de bebé y chupetes colgados del cuello en plena despedida de soltero. El novio lleva una banda que proclama última noche de libertad.

—¡Oye! —vocifera uno de los chicos, haciendo bocina con las manos—. Estamos haciendo una yincana y nos dan veinte puntos si conseguimos unas braguitas. —Se acerca un poco y me pone ojitos—. Y claro, como llevas falda…, sería muy fácil quitártelas.

A duras penas logro contener un bufido.

—Ya, buena suerte.

—¡No vamos a hacer nada guarro con ellas! —me asegura el novio.

Woulter, que está a mi lado, se yergue por completo. Les saca por lo menos una cabeza a todos ellos.

—Venga, seguid a lo vuestro. Y portaos bien.

Nos abuchean a coro cuando pasamos de largo.

—Tampoco estaba tan buena —dice el primero, lo bastante alto como para que lo oiga—. ¿Ya estoy pedo o tenía algo en la cara?

Se echan a reír a carcajadas y se alejan calle abajo, tambaleándose.

Wouter gira la cabeza de golpe, con los dientes apretados, y por un segundo creo que va a ir a por ellos.

—No vale la pena —digo, aunque me encantaría verlos caer al canal.

—Putos gilipollas —replica, exhalando un suspiro mientras reanudamos la marcha—. Tu cara…

Levanto la mano, pues no necesito un cumplido por lástima.

—No pasa nada. En serio. Estoy más que acostumbrada.

—Pues no debería ser así. Siento que debería pedirte perdón en nombre de… todos los hombres.

—Pues prepárate para pedir perdón durante años.

Por suerte, el fresco aire nocturno me ayuda a aliviar el calor que me sube por las mejillas, aunque empiezo a arrepentirme de haberme puesto falda larga, ya que el viento se cuela entre mis piernas. Estoy en pleno colocón, pero mi cabeza no calla ni por esas.

«No le pasa nada a tu cara. Tampoco es para tanto».

«Tienes una cara preciosa».

Desde luego, intentar adivinar cómo iba a terminar su frase no es la mejor manera de pasar el rato.

Aparte de este episodio, el Barrio Rojo es mucho menos escandaloso de lo que esperaba.

Ocupa unas cuantas calles y callejones, y aunque está lleno gente un sábado por la noche, y hay algún que otro policía controlando el tráfico, parece que muchos vienen solo a curiosear.

Los letreros de neón a lo largo del canal anuncian tiendas eróticas, coffeeshops y bares con nombres tan cutres que dan más risa que morbo.

Nada tan subido de tono como para escandalizar a mis padres.

—¡Espectáculos sexuales! ¡Sexo en vivo! —grita un hombre con camiseta de esmoquin delante de un teatro. Cometo el error de mirarle, y él me mira, arqueando una poblada ceja—. ¿Un poco de diversión para tu chico y para ti?

—Uh… No, gracias —respondo, conteniéndome para no corregirle, porque a este desconocido le importa bien poco si Wouter es o no mi novio.

El hombre nos mira de arriba abajo con una simpática sonrisa.

—Os hago precio. Noventa euros los dos.

Sacudimos la cabeza a la vez y seguimos nuestro camino.

—¡Ochenta y cinco! —nos grita.

Mientras, Wouter me dice en voz baja:

—Un timo total. Es lo menos erótico que te puedas imaginar. Fui con unos amigos en la uni y nos largamos a los diez minutos. Si quieres ver a dos personas practicar sexo mecánico y desapasionado delante de unas cuantas docenas de borrachos, con música electrónica a todo volumen, este es tu sitio.

—No conoces mis filias —replico, fingiendo sentirme ofendida.

Wouter enarca las cejas.

—Podemos volver si…

—¡No! —me apresuro a decir. Porque, por muy mecánico y desapasionado que sea, la idea de ver a dos personas en pelotas, enredadas, con Wouter a mi lado…

No es que no suene excitante.

Y justo por eso no debemos hacerlo.

Nos abrimos paso entre la multitud y nos adentramos en una angosta calle donde las trabajadoras sexuales se exhiben tras los escaparates con una luz roja en lo alto, que indica que están disponibles.

Aunque no todas las luces son rojas; Wouter me informa de que una luz morada o azul indica que es una trabajadora sexual trans.

Los escaparates están enmarcados por cortinas rojas, la mayoría descorridas, aunque también hay algunas echadas, lo que indica que hay un cliente dentro.

Hay carteles de prohibido hacer fotos o vídeos en casi cada fachada, y en ningún momento el ambiente se percibe como un lugar sórdido o peligroso, ya que hay mucha gente pululando.

Al principio mantengo la vista al frente, porque no quiero que parezca que soy una mirona.

Cuando por fin me relajo, cruzo la mirada con algunas de las mujeres, que en su mayoría me brindan una sonrisa cordial.

Van vestidas para todos los gustos: abundan los conjuntos de lencería, pero también hay quien lleva pijama o chándal, incluso disfraces.

Algunas están sentadas, escribiendo en el móvil, matando el tiempo entre cliente y cliente.

Hay dos tíos regateando con una chica, ataviada con un picardías blanco y con el pelo largo y rizado cayendo sobre sus hombros.

—¿Qué me haces por veinte pavos? —pregunta uno.

—Mmm…, ¿un choca esos cinco?

Los dos sueltan un gruñido mientras ella cierra la ventana entre risas.

—¿Tú alguna vez…? —empiezo. Es una pregunta que jamás haría estando sobria, aunque es imposible no sentir curiosidad.

Wouter sacude la cabeza.

—Como puedes imaginar, muchos vienen aquí en las despedidas de soltero —dice mientras doblamos una esquina—. Como los de antes. La mayoría de los neerlandeses que conozco no pisan por aquí porque hay demasiada gente. Y, si salen de fiesta, suelen ir a otro sitio.

Recibo un fuerte codazo justo entre los omóplatos. Alguien me empuja al pasar y pierdo el equilibrio, pero Wouter me agarra del brazo sin pensarlo. Me mantiene de pie.

—¿Que quiera ir a algún sitio más tranquilo me convierte en una lugareña? —pregunto.

Parece que él también necesita un respiro, porque enseguida da media vuelta y me guía por otra calle. Coloca su mano en mi espalda en un gesto protector que hace que se me encoja un poco el corazón. Como si quisiera asegurarse de que nadie más pueda meterse conmigo.

Durante los seis meses que estuvimos juntos, casi nunca nos sentíamos cómodos demostrando afecto en público, a menos que supiéramos con certeza que no íbamos a encontrarnos con alguien conocido.

A veces incluso se me pasaba por la cabeza contárselo a mis padres; a fin de cuentas, querían a Wouter y también a mí, así que existía una mínima posibilidad de que se alegraran por nosotros.

Que nos apoyaran. Pero, en cuanto les comenté que quería tomar la píldora para mejorar el acné, se lo tomaron tan mal que recordé por qué decidimos mantenerlo en secreto.

Ahora me toca como si fuera algo natural, y ojalá no me doliera pensar en todas las veces que no lo hizo.

Cuando llegamos a una calle residencial más tranquila y sin coches, Wouter exhala un suspiro y se le nota más relajado.

Me cuesta creer que la gente siga yendo en bici a estas horas, pero claro, aquí es el medio de transporte principal.

La calma y el silencio reinan en los canales, y las luces anaranjadas de las casas se reflejan en el agua.

Parece un lugar salido de los cuentos.

—Te doy las gracias —digo—. Por todo esto. Me da rabia no haberme animado a salir antes.

—Yo también lo he pasado bien, aunque te niegues a reconocer que nuestro regaliz es mucho mejor.

—¡Pero si sabe a sal! Llamar dulce a eso estaría penado por ley en Estados Unidos. —Me detengo en un puente para hacer una foto y Wouter se apoya en la barandilla a mi lado.

—Así que… trece años —empieza, dejando que esas palabras queden suspendidas en el aire mientras tamborilea con las manos sobre el puente—. Cuéntame, ¿qué me he perdido? Además de…, bueno, toda una vida.

Suelto un exagerado suspiro.