Lo que pasa en Ámsterdam Seis #2
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Seis #2

Lo dice con una familiaridad que me resulta casi dolorosa, aunque quizá solo intenta ser amable o tenga lagunas de memoria.

Porque no se trataba solo de la pintura, sino también de cada afición que emprendía con la ilusión de brillar en algo.

Las bufandas de punto mal tejidas, la flauta en el fondo de mi armario y las páginas web que nunca terminé.

Siempre quise tener esa ambición que me dijo que me faltaba.

Me juré que si encontraba algo que me hiciera sentir especial, lo convertiría en mi razón de ser.

Pero siempre me pareció que Wouter estaba hecho para ser artista, por eso me sorprende tanto que ya no pinte.

Pongo la mano sobre mi falda, justo a la altura del tatuaje que tengo en la cadera. Nunca imaginé que llegaría a ver los girasoles con mis propios ojos. Y, por supuesto, eso hace que me acuerde de todo lo que me perderé si regreso a California.

Me esfuerzo por dejar todo eso a un lado. Hoy es día de explorar, de contemplar los girasoles. No de venirme abajo.

Cuando salimos del museo, mis ojos necesitan un momento para acostumbrarme a la claridad. Hace un día espléndido, sin una sola nube. El sol, tan poco habitual a mediados del invierno, tiñe el cabello de Wouter de un cálido dorado, haciendo que entorne los ojos detrás de sus gafas.

—Bueno… —empiezo justo cuando él abre la boca también, pero me hace un gesto para que hable yo—.

Pensaba aprovechar el día para hacer un poco de turismo, ya que no he visto casi nada aún.

Y, bueno…, creo que no estaría mal que alguien de aquí me enseñara un poco la ciudad.

—Me aclaro la garganta, consciente de que puede tener planes, o que la tregua que negociamos en el museo no se extienda más allá—.

Solo si te apetece, claro. Eres muy libre de decidir si quieres pasar tiempo conmigo o no…

—Me callo de golpe, reprimiendo una mueca.

«Menuda cotorra», seguro que está pensando.

En cambio, me brinda una sonrisa torcida.

—Con una propuesta tan tentadora… —dice, aunque ya se dirige a un carrito con las palabras fresh stroopwafel escritas en un lateral. Puede que haya desayunado cereales azucarados y que me haya comido una napolitana de chocolate en la cafetería del museo, pero nunca rechazo un dulce.

Frente a nosotros se extiende un campo de césped, lleno de gente a pesar de que estemos a principios de febrero.

También hay un mercado, con docenas de puestos que flanquean el camino hacia el Rijksmuseum, el museo nacional.

Hay recuerdos típicos por todas partes, pinturas de Van Gogh impresas en todo tipo de objetos, de paraguas a botellas de agua y zuecos.

Hasta veo bulbos de tulipán a la venta, aunque no florecerán hasta la primavera.

Wouter pide dos stroopwafels en neerlandés, y cuando la mujer se los da, tan dorados y sobre una servilleta, se me hace la boca agua.

Estoy acostumbrada a la comida callejera —había un camión de tacos en North Hollywood al que iba casi todas las semanas—, pero al tener que lidiar con el tráfico y la búsqueda de aparcamiento, nunca conseguía disfrutar al cien por cien de la experiencia.

— Eer smakelijk —dice cuando encontramos un banco donde sentarnos, y yo enarco las cejas de forma exagerada antes de hincarle el diente.

Al ser tan fino, esperaba que crujiera, pero descubro encantada lo tierno y blando que es, templado, pero no demasiado caliente, con un dulzor meloso y un toque de canela.

—Me acabo de enamorar —declaro, y Wouter le da por fin un bocado al suyo con una sonrisa, como si su propio disfrute dependiera del mío—. Mucho mejores que los de Whole Foods.

Y justo ahora, mientras me lo como, me viene a la cabeza aquella temporada en que, mientras vivía con nosotros, no parecía ser el de siempre.

Reía menos de lo normal, se acostaba temprano y dormía hasta tarde los fines de semana, algo que nunca hacía.

«Creo que echo de menos mi casa», reconoció cuando le pregunté si pasaba algo.

Al día siguiente, recorrí tres tiendas hasta que encontré una caja blanca y azul que aseguraba contener auténticos stroopwafels importados de los Países Bajos.

Jamás le había visto esa cara de alegría, y me dio la impresión de que no era solo por que echara tanto de menos las galletas. Cuando me besó, sabía a canela.

—Cumplieron su función —dice.

Una elegante garza real gris observa el mercado desde lo alto de un puesto de pescado. Al principio pensé que era una figura decorativa, hasta que giró un poco la cabeza.

Cuando Wouter se termina el stroopwafel , parece no saber qué hacer con las manos. Se las mete en los bolsillos, juguetea con la cremallera de su anorak. Casi me dan ganas de darle un lápiz de colores.

Por fin se vuelve hacia mí.

—Danika…, siento lo de tu trabajo —dice. Sigue pareciendo un poco incómodo, pero continúa—: No sabía qué decirte por mensaje, pero hoy debería haber empezado por ahí.

—Gracias. No es lo ideal, pero ya me las arreglaré.

No me queda otra. —Intento quitarle hierro al asunto, pues no quiero arrastrarle a mi estado de pánico—.

Te prometo que no tendrás que rebajar el «descuento especial para estadounidenses patéticas» hasta un extremo sin precedentes. Aún puedo pagar el alquiler.

Él frunce el ceño.

—Ah…, ni se me había pasado por la cabeza —repone.

De nuevo, sus manos no paran quietas y resulta imposible no mirarlas cuando eso ocurre.

Sus largos dedos, las uñas cortas y limpias.

Sin rastro de tinta, carboncillo o pintura—.

No solo por mensaje. Siento que… a lo mejor ya no sé cómo hablar contigo.

Mi corazón no sabe cómo tomarse eso. Los turistas compran bolsas como recuerdo y los niños juegan a lanzarse la pelota en el parque. La garza gris alza el vuelo en busca de otro lugar.

—Pues eso es justo lo que estás haciendo ahora. Sujetos, verbos, adjetivos…, es impresionante. Y coherente.

Wouter enarca las cejas. Sé que estoy actuando como una cría, pero es más fácil que tener una conversación seria.

—La forma en que acabó todo entre nosotros… Seguro que los dos podríamos haberlo manejado mejor.

Ya estamos otra vez: «los dos». No soy ingenua: sé que en cualquier conflicto rara vez hay un solo culpable. Aun así, cada vez que repaso las promesas que nos hicimos días antes de que se fuera, no consigo entender qué hice mal.

Qué pude hacer que le llevara a cambiar de opinión.

—No hace falta que le demos más vueltas —digo, porque la última vez que intentamos hablarlo, la cosa no acabó bien—. Tú seguiste con tu vida. Yo también. Y, años más tarde, me he venido a vivir a Ámsterdam.

Él asiente, tomándose su tiempo antes de volver a hablar.

—Sigue siendo raro verte aquí. Nunca imaginé…, a ver, claro que lo pensé, pero…, y luego me dijiste que no querías que fuéramos amigos, y quise respetarlo… —Su voz se apaga, pero puedo captar cierta melancolía.

Su frialdad de antes fue tan chocante que debería aprovechar la oportunidad de que todo sea normal.

«Claro que lo pensé».

Las palabras de Phoebe resuenan en mi cabeza, casi como un intento de contrarrestar lo que él acaba de decir: «Ya no le conoces».

Pero quiero hacerlo. Aunque no me ayude a desentrañar el misterio que me dejó con su marcha.

Aunque solo sea para tener a alguien aquí que no quiere verme fracasar.

Él fue mío en un momento clave de nuestras vidas, y ese afecto no desaparece sin más.

Pueden pasar años, pero hay ciertas canciones, olores y obras de arte que me devuelven de golpe a los diecisiete años.

—A no ser que prefieras que siga siendo solo tu casero —se apresura a decir al ver que no contesto—. Y que me avises cuando rompas otra cosa, claro.

No puedo evitar reírme.

—¡Lo del grifo no fue cosa mía!

Enderezo la espalda, sacudiéndome las migas de la chaqueta de lana, y por fin me pongo seria.

—A lo mejor…, a lo mejor deberíamos modificar también esa parte del contrato. Siempre que no me deporten antes, claro.

—No te van a echar —asegura, y ojalá pudiera creerlo con tanta fe.

Todavía no sé cómo sería que tuviéramos una relación de amistad. Debería andarme con ojo, tal como me aconsejó mi hermana. Al fin y al cabo, sigue siendo casi un desconocido.

Aunque vine aquí para empezar de cero…, y esto es algo nuevo para mí.

—Por los nuevos comienzos —digo, y le tiendo la mano.

Su rostro cambia por completo y sus ojos se suavizan tras las gafas. Me agarra la mano, que noto cálida, firme y sólida. Me roza el nudillo con el pulgar, apenas perceptible. Aunque ya no pinte, de pronto me consuela saber que trabaja con las manos. Sería una pena que no lo hiciera.

Es el primer contacto físico intencionado que tenemos desde el accidente de bici, cuando me ayudó a levantarme del pavimento mojado.

—Por los nuevos comienzos —repite—. Y los stroopwafles recién hechos.

Un poco cursi, pero, cuando sonríe, no tengo dudas de que es la sonrisa más sincera que le he visto hasta ahora. Es como una máquina del tiempo, que ilumina todo su rostro, le marca el hoyuelo y hace que me asalten un montón de recuerdos, que llevaban años enterrados.

Cuando hice aquella lista de sitios poco turísticos, pasamos los fines de semana yendo a los lugares más raros que se me ocurrían.

Él me sonreía de oreja a oreja, como si le estuviera enseñando un mundo nuevo, que jamás había imaginado que existiera.

Un mundo absurdo, sí, pero solo nuestro.

La ciudad sumergida de noche. La Clownerina , en Venice Beach.

La taza de papel más grande del mundo en Riverside.

«Echo de menos Ámsterdam —me dijo una vez—.

Pero voy a echar de menos todo esto aún más».

Aparto la mano.

—Si quiero ser una verdadera turista —empiezo, jurando dejar el pasado enterrado—, creo que deberíamos fumarnos un peta e ir al Barrio Rojo.