Lo que pasa en Ámsterdam Seis
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Seis

Paso los siguientes días buscando trabajo como loca, mirando tantas ofertas que hasta empiezo a soñar con ello.

Lo sentimos, pero ya hemos cubierto el puesto…

Hemos acabado de hacer recortes…

Buscamos a alguien con un poco más de experiencia…

No esperaba recibir tantos rechazos tan rápido, pero ahí están, uno tras otro en la bandeja de entrada, haciendo sonar una cuenta atrás dentro de mi cabeza.

Una noche, un mensaje de Wouter me saca de golpe del pozo de autocompasión en el que estaba metida, aunque solo sea durante un momento. No me he duchado y la encimera de la cocina está llena de recipientes de comida para llevar que juré que recogería antes de que terminara el día.

«No quiero pasarme de la raya, pero, si aún no has ido, tengo una entrada gratis para el Museo de Van Gogh este fin de semana», dice su mensaje, acompañado de un archivo adjunto. «Lo mejor es ir justo cuando abre, para evitar las aglomeraciones».

Es suficiente para que me incorpore de golpe en la cama. Me pregunto si él también está en la suya, en el apartamento de encima del mío. Si el dormitorio coincide con el mío o si pilla encima de mi nevera o de la ducha.

Acabo de hablar con Phoebe, que está al tanto de todo, y con mis padres, que no saben nada.

Ayer incluso llamé a inmigración, y me confirmaron que tengo noventa días —ahora ochenta y cinco— para conseguir otro empleo.

Aunque alguien me ofreciera una entrevista mañana, la mayoría de las empresas tecnológicas hacen tres como mínimo.

Eso podría alargarse un mes, puede que más.

Las oportunidades escasean, y aunque me he prometido que haré lo que sea, en las compañías que no son multinacionales exigen al menos un nivel básico de neerlandés.

Así que no me lo pienso dos veces cuando respondo a Wouter.

Llega en el momento justo, gracias. Mi empresa… ¿haquebrado? ¿Me han despedido? Pues no lotengomuyclaro, pero parece que ya no tengo trabajo,así que me apunto encantada a un día enelmuseo.Y,como inquilina responsable, teinformo(ati,micasero)de que ya barajo unpardeofertas.

Puede que no sea del todo cierto, pero, ahora mismo, mi maltrecho ego lo necesita.

En cualquier caso, él no contesta.

Está claro que tengo que trabajar mi comprensión lectora, porque cuando llego al museo el sábado por la mañana, Wouter está aparcando la bici, con el pelo todavía húmedo por la ducha y un poco revuelto por el viento.

Le miro, confusa. Y él hace lo mismo.

—Perdona, estoy un poco… perdida —digo cuando se acerca.

—Es una entrada dos por uno —explica—. ¿No viste el archivo adjunto?

Ah, el que apenas miré porque estaba en neerlandés.

—El museo es enorme —se apresura a decir—. No hace falta que… ya sabes…

Yo asiento con firmeza.

—Claro. Seguro que ni nos vemos.

Diez minutos después, ya no estoy pensando en mis propias penas, sino en las de Vincent: la falta de reconocimiento que tuvo en vida y la ayuda psicológica que tanto necesitaba y que en su época apenas existía.

La relación tan estrecha con su hermano Theo, que era también su marchante, siempre me conmueve.

Theo murió solo seis meses después que Vincent, como si no hubiera podido soportar el dolor.

Resulta que el museo no es tan grande como decía Wouter, o yo soy demasiado consciente de su presencia.

Me acerco a Los comedores de patatas , una de las obras tempranas de Van Gogh.

Una familia de cinco miembros reunidos en torno a una mesa, iluminada por una sola bombilla que tiñe sus rostros de una tenue calidez.

Y ahí está Wouter, acercándose al cuadro por el otro lado, hasta que me ve y gira de forma brusca a la derecha.

Leo con calma las descripciones, escucho la guía de audio, me abro paso entre grupos de niños entusiasmados y turistas que hablan en diversos idiomas.

Pero cuando vuelvo a verlo entre la multitud, junto a una serie de bocetos, espero a que se vaya a la siguiente sala.

Es el juego de espionaje más incómodo del mundo.

A la tercera vez, ya no puedo contener la risa.

—Esto empieza a ser ridículo, ¿no te parece? —le digo—. No hace falta que sigamos evitándonos.

Wouter exhala un largo suspiro y encorva los hombros.

—¿Seguro que no te importa? No querría que te sintieras incómoda.

—No más incómoda que haciendo esto —repongo. Podemos pasear juntos por un museo, no hay ninguna cláusula en el contrato de alquiler que lo prohíba—. Apuesto a que tú ya has venido aquí cientos de veces.

—Unas cuantas —reconoce—. Pero no desde que iba al colegio. Por eso quería venir hoy. Hay una exposición de autorretratos que termina este fin de semana.

Un grupo de turistas de pelo canoso pasa por nuestro lado, mientras la guía comenta algo en francés de manera animada.

—Es posible que vaya un poco lenta —le aviso.

Wouter se limita a encogerse de hombros, señal de que no le molesta.

No hace nada que dé a entender que tiene prisa: no cambia el peso de un pie al otro ni tampoco se pone a mirar el móvil.

Solo me mira con calmada curiosidad, con las mangas de la camisa remangada por encima de las muñecas y una mano en el bolsillo de sus oscuros vaqueros.

Durante todo el recorrido soy consciente de su presencia a mi lado, aunque procuro mantener un par de pasos de distancia.

De vez en cuando la luz se refleja en su coronilla, donde el pelo le empieza a clarear, y recuerdo la naturalidad con que bromeó al respecto cuando hablamos de que nos hacíamos mayores.

Él se arrima en un momento dado y susurra mi nombre:

—Danika.

Cada fibra de mi ser reacciona a ese tono grave de su voz.

Levanto la vista hacia él y luego miro detrás. Veo a una niña con un bloc de dibujo, concentrada en Almendro en flor , con ese fondo azul verdoso y sus delicadas flores blancas. Le sonrío mientras me aparto un poco para no taparle la vista, y me pregunto si Wouter estará recordando lo mismo que yo.

Solíamos hacer lo mismo: perdernos en un museo durante horas, volver a nuestras obras favoritas y buscar un rincón donde ponernos a dibujar. A veces solo observábamos a la gente, con su cabeza apoyada en mi hombro y mi mano en su rodilla. Allí podíamos ser anónimos.

—Te está quedando precioso —le digo a la niña cuando alcanzo a ver su versión del cuadro hecha con rotuladores de colores. Ella sonríe de oreja a oreja y dice algo en neerlandés.

Wouter se ríe y traduce:

—Ha dicho que él no usó suficientes colores.

Cuando llegamos a la sala de autorretratos, los ojos de Wouter se iluminan con un destello de reconocimiento.

—Ah, siempre me ha encantado este.

Autorretrato con sombrero de fieltro gris , 1887: uno de sus autorretratos más célebres.

—¿Te gusta una obra de arte popular? ¿A ti? —digo—. ¿Qué tiene de especial?

—Tiene tanto color que parece dotado de movimiento —responde, moviendo las manos en el aire como si reprodujera las pinceladas que componen el rostro, la barba, la chaqueta de Van Gogh, todas se extienden hacia fuera y atraen la atención hacia el centro—.

Yo no diría que parece triste, pero tampoco feliz —añade—.

Se percibe la pena subyacente bajo todo ese color.

El anhelo y la desesperación por que lo consideraran un artista en un mundo en el que no parecía haber espacio para su arte.

Por hermosa que sea, casi toda su obra transmite esa… , esa innegable melancolía.

Me quedo mirándole.

—Pero si a ti no te interesa Van Gogh —repongo, intentando pronunciarlo como él, de la forma correcta: Van Ghoff , con esa «g» gutural.

Wouter aprieta los labios, procurando aparentar serenidad.

—Yo nunca he dicho eso.

Nuestra lista de temas ha aumentado: podemos hablar sobre el apartamento, sobre gestión del agua y sobre Vincent van Gogh.

Viajamos por cada etapa de su vida, de los Países Bajos a París y a Arlés, con cuadros salpicados de bocetos y cartas.

Y entonces llegamos a los girasoles.

Van Gogh los pintó unas cuantas veces; me gusta pensar que le fascinaban tanto que no le bastara con un solo bodegón.

Quería que le recordaran como el pintor de los girasoles, y en el museo incluso hay una obra de Paul Gauguin que lo retrata mientras los pinta.

Cuando murió, quienes lo amaban llevaron girasoles a su funeral: un gesto que seguro que le habría encantado.

Esta versión de los girasoles, de 1889, tiene el fondo amarillo y un ornamentado marco dorado.

Tenemos que esperar a que se disipe la multitud para poder verlos bien.

Trago saliva para contener el nudo que se me ha formado en la garganta por la emoción mientras me acerco.

Y ahí están: esos amarillos caléndula y mantequilla, la pintura marrón aplicada en densas capas en el centro de cada flor, y toques verdes para los tallos y las hojas.

Todas esas texturas hacen que parezca que se mecen dentro del jarrón.

—¿Es tu favorito? —pregunta Wouter con suavidad.

Yo asiento.

—En primero de carrera hice un curso de arte donde teníamos que imitar el estilo de diversos artistas.

Cuando nos tocó Van Gogh, el profesor nos contó que los girasoles no eran un motivo habitual que pintar en esa época, ya que eran toscos y bastos, y los demás artistas preferían flores más delicadas.

Pero justo por eso le gustaban a Van Gogh.

Y eso se me quedó grabado: la idea de crear algo hermoso a partir de algo que no suele considerarse como tal.

Wouter me mira con curiosidad.

—¿Por qué no seguiste pintando?

—Porque ambos sabemos que no era lo bastante buena.

—Eso no es lo que yo recuerdo.