Lo que pasa en Ámsterdam Cinco #3
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Cinco #3

Él sigue debajo de mí, medio levantándose, rojo como un tomate.

Los recuerdos me asaltan de nuevo: Wouter respondiendo de forma educada a las preguntas de mis padres sobre nuestras clases, poniéndose nervioso cuando le dijeron lo impresionados que estaban con su programa de estudios tan exigente.

Los dos yendo con nuestros blocs de dibujo al Getty, pasando horas frente a nuestros cuadros favoritos y dibujándolos, él poniéndose nervioso cuando me los enseñaba.

Él sonrojado en el asiento trasero de mi coche, con su aliento caliente en mis muslos mientras me preguntaba con una voz cargada de deseo y desesperación: ¿Está bien así? ¿Te gusta?

«Gustarme» se quedaba muy corto, pero no tenía el vocabulario adecuado para describir aquello. ¿Cómo se puede describir un sentimiento que te abre en canal y te reconstruye al mismo tiempo? Así que le acaricié el pelo con la mano, rozándole la parte superior de la oreja, y le di un febril «sí» .

Tal y como dijimos el otro día: fue en otra vida.

—No ha sido nada —repone, limpiándose las manos con un trapo que saca del bolsillo trasero antes de recolocarse el cinturón de herramientas.

Su rostro sigue oculto, como si se esforzara por mantener a raya hasta la más mínima emoción—.

Avísame si tienes algún otro problema, aunque espero que no tengas que volver a verme en una temporada.

—Claro. Esperemos que así sea —respondo, aunque mi voz es apenas un ronco susurro. No sé si Wouter cree que no quiero tenerle aquí o si de verdad quiere irse cuanto antes.

No debería molestarme ni tampoco hacer que se me empañen los ojos. Debería sentirme aliviada de que pensemos lo mismo, aunque eso signifique que estemos atrapados en una historia con un final terrible.

Una vez que se ha ido, me consuelo con una noche de pasta para chicas tristes, deseando haber dicho cien cosas distintas o quizá nada en absoluto.

Lo que tiene trabajar en un lugar inestable es que no cuesta demasiado convencerte de que lo peor no va a pasar.

Es lo que el cerebro hace en casi cualquier situación: protegernos de la verdad.

CommerX tenía dinero de sobra para costear mi mudanza.

Nos dan cada día ensalada y sándwiches envasados.

No puede ser que estén a punto de echar el cierre.

Pero el lunes se largan dos personas más.

El miércoles pillo a alguien llorando en el baño.

La semana termina entre reuniones misteriosas y conversaciones en voz baja, y el viernes por la tarde, después de otro sándwich de jamón y queso envasado, Beatriz, del Departamento de Contabilidad, recoge sus cosas despacio y se marcha de la oficina.

Seguro que no me habría dado cuenta de no ser por su forma de actuar furtiva, mirando a todas partes antes de doblar la esquina.

Diez minutos después, Mehmet, de ventas, hace lo mismo.

Y, de repente, se desata un sálvese quien pueda.

Los otros veinte empleados se convierten en un torbellino de chaquetas, papeles y desesperación. Las tazas desaparecen, las plantas acaban metidas en cajas… Incluso hay alguien que echa a correr como un loco hacia los ascensores.

—¡Sal de aquí mientras puedas! —me grita Anjali, desde el Departamento de Marketing, antes de salir disparada.

Me levanto, con ganas de huir como los demás, pero incapaz de hacerlo sin una explicación.

—¿Qué…?

—Malas noticias —dice Charlotte, acercándose a mi mesa.

Menudo eufemismo. Su habitual coleta rubia, siempre impecable, está un poco despeinada.

Lleva un bolso de bandolera del que asoma un cable alargador—.

Parece que el consejero delegado ha tomado un par de decisiones financieras…

, digamos…, poco acertadas. Los inversores están abandonando el barco uno tras otro.

Hemos intentado convencerles para que se queden, pero puede que algunas de sus actuaciones estén bajo investigación.

Así que… —termina con una risita nerviosa, como si una chispa de optimismo pudiera hacerme creer que esto no es tan catastrófico como parece.

—Pero…, pero dijiste que los directivos eran brillantes —me aferro a esa idea, como si alguien brillante no pudiera cometer un error financiero.

Charlotte me pone una mano en el hombro de forma comprensiva.

—Lo siento muchísimo.

La confusión da paso al pánico.

—¿Y no podría… hacerse cargo otra persona? —pregunto, sin mucha convicción.

—Me temo que no hay dinero. En realidad, ya casi no queda ni empresa —responde mientras coge algunos filtros de café que se guarda en el bolso—. En serio, te deseo lo mejor. Es una lástima que esto no haya salido bien, ¡pero seguro que caerás de pie!

A estas alturas somos de las últimas en marcharnos. Casi espero que el techo empiece a venirse abajo mientras sigo a Charlotte hasta el ascensor, donde le pasa una caja de pañuelos de papel a un compañero que llora a moco tendido.

—No te preocupes —le dice—. Dudo que consigan relacionarlo contigo.

A lo mejor hasta es bueno que esto se haya acabado.

Al menos eso es lo que pienso, hasta que me veo en medio de Dam Square, aturdida y rodeada de turistas y palomas, intentando asimilar la situación más absurda de todo un mes lleno de ellas. Podría entregarme a los pájaros, dejar que me saquen los ojos a picotazos. Seguro que sería menos doloroso.

No tengo ni idea de qué se supone que debo hacer ahora.

Avanzo a trompicones junto a la fila que sale del famoso local de TikTok, ese que solo vende un tipo de galleta.

Me ciño mejor el abrigo para protegerme del viento porque, cómo no, todavía no me he adaptado a este clima.

Me arden los pulmones y no consigo llenar el pecho de aire.

Así que cierro los ojos y me obligo a detenerme para rebuscar el inhalador en el bolso…

, hasta que recuerdo que me lo dejé en la encimera de la cocina.

Me doy cuenta de que no es un ataque de asma, sino de ansiedad.

Pero nunca es solo eso, ¿verdad? Inspiro en cuatro tiempos, aguanto siete, y suelto en ocho.

Por un momento me pregunto si los médicos que me operaron de pequeña no me arreglaron del todo bien.

A lo mejor mi cuerpo esperaba un desastre para rendirse también.

No es que la aparente desaparición de CommerX me haya pillado del todo por sorpresa, pero tengo cientos de preguntas.

Ellos tramitaron mi visado… ¿Y ahora qué?

Busco la respuesta en Google: tengo noventa días para encontrar otro empleo antes de tener que abandonar el país.

En teoría, tres meses pueden parecer mucho tiempo.

Pero después de haber explorado algunas ofertas, empiezo a pensar que no serán suficientes.

¡Mierda!

A lo mejor no puedo quedarme.

—¿Disculpa? —Tengo delante una familia de turistas compuesta por una abuela, los padres y dos niños. La madre me tiende su móvil—. ¿Nos haces una foto?

Claro. Estamos frente al palacio.

—Ah…, sí. Por supuesto.

Todos posan con una sonrisa de oreja a oreja, con el viento alborotándoles el pelo mientras se juntan para la foto. En ese instante me doy cuenta de la triste realidad: llevo casi un mes aquí y no he hecho casi ninguna foto así.

Me obligo a respirar mientras le devuelvo el móvil a la mujer.

El sándwich de jamón no me ha caído nada bien, así que me compro un perrito caliente del puesto que hay frente al palacio…

y acabo manchándome la chaqueta de mostaza.

Cuando perdí mi anterior empleo, al menos sabía que la culpa era solo mía.

Pasé unos días hecha polvo, pero luego me recompuse.

Encontré la forma de seguir adelante, aunque eso entrañara mudarme al otro lado del océano, lejos de todo lo que me es familiar.

¿Estaba huyendo?

¿Es lo que hice?

Veo una paloma birlar una patata del cucurucho de una niña. Ella rompe a llorar, y cuando nuestras miradas se cruzan, siento una especie de solidaridad porque, sí, esta ciudad no tiene compasión con nadie.

Pero también es preciosa.

De todas las formas en que pensé que esto podría torcerse, jamás se me pasó por la cabeza que me pudieran obligar a volver a Estados Unidos. Pero es una posibilidad muy real. Si no encuentro otra empresa que quiera hacerse cargo de mi visado, estoy bien jodida.

Cierro los ojos y me permito imaginarlo: hago las maletas y regreso a casa con el rabo entre las piernas.

Mis padres no solo dejarían que me quedase mientras me recupero, sino que insistirán en ello.

«Puedes volver a casa cuando quieras». Me abrazarían y me dirían que está bien, que no pasa nada por no haber estado lista para algo tan importante.

Esa bestia sin nombre que creí dejar atrás al venir aquí, esos negros nubarrones que se cuelan en mi cabeza los días malos, volverían también.

Todo lo que imaginé para mí cuando llegué a Ámsterdam se desvanecería de golpe.

«Viví allí unos meses —le diría a la gente cuando me preguntasen, y me encogería de hombros—. Fue genial».

Porque ¿qué otra cosa podría decir? Si casi no he salido del centro… No he pisado un museo, no he probado un stroopwafel ni he hecho ningún viaje.

No es justo que se termine cuando apenas acaba de empezar.

Le doy un buen mordisco a mi perrito caliente. Si de verdad esto era una forma de huir, solo me queda una opción.

Tengo noventa días para encontrar otro trabajo y vivir en esta ciudad tal y como alguien me dijo una vez que debía hacerlo, con la convicción de que, en cuanto lo hiciera, yo también pensaría que es el lugar más maravilloso del mundo.