Cinco #2
Como es natural, no guardo recuerdos de nada de aquello, aunque he visto más que suficientes fotos mías en una incubadora, rodeada de cables.
Cuando por fin mis padres me llevaron a casa seis meses después, tras varias operaciones para reparar mi corazón y mis pulmones, un equipo de cámaras nos siguió.
Capturaron las lágrimas de mis padres y la curiosidad en los ojos de Phoebe.
Todo el mundo juraba que estaba destinada a hacer grandes cosas. Como si esa hubiera sido la razón por la que había sobrevivido.
«El bebé milagro», decían, aunque a medida que me fui haciendo mayor, empecé a dudar de mi fe en Dios.
«¡Qué familia tan bonita!», comentaban, pero no tenían ni idea de cuánto tiempo me llevaría sentirme cómoda conmigo misma.
«Está destinada a hacer algo grande —decían—. Se nota».
Y luego no hice nada.
Los únicos vestigios de mi temprana incursión en el mundo son mi asma y esa persistente sensación de que no estoy a la altura del potencial que todos creían que tenía.
Resulta paradójico que suela sentirme rezagada, teniendo en cuenta que llegué al mundo tan pronto, como si el resto de mi vida estuviera empeñada en equilibrar la balanza.
Quizá sea una profecía autocumplida: mis padres me trataban como a una niña, y por eso nunca he llegado a madurar del todo.
He pasado mucho tiempo buscando ese propósito tan trascendental e importante, viendo a mis amigos encontrar el suyo sin ningún problema.
Nora es fotógrafa autónoma y tiene dos hijos.
Alexis, una agente de talentos que acaba de empezar su segundo ciclo de fecundación in vitro.
Madelyn, consiguió el trabajo de sus sueños en Nueva York y dejó de hablar con todo el mundo en su ciudad natal.
Durante una temporada pensé que lo mío era trabajar con libros, como mi hermana, así que pasé un verano ayudando en la tienda. Y, aunque me gustaba, no tenía el mismo don que ella para encontrar la recomendación perfecta para cada cliente.
A veces parece que soy la única que va dando tumbos. La última en madurar.
—Espera, voy a empezar a preparar la cena —digo a Phoebe, metiendo la mano en la bolsa del New Yorker que llevo con orgullo a pesar de no haber leído nunca ni una revista entera.
Dentro hay una caja de penne , un frasco de salsa marinara y una bolsa de lechuga, que he comprado con buenas intenciones.
Pongo una olla bajo el grifo, pero, cuando lo abro, no sale agua.
Frunzo el ceño y lo muevo varias veces sin éxito.
Me llevo el móvil al baño, que está al final del pasillo, y pruebo con el grifo de allí. Ese sí funciona, pero, aunque vaya a hervirla, me da un poco de repelús preparar la pasta con agua del baño.
—¿Qué pasa? —pregunta Phoebe.
—El grifo del fregadero no funciona —respondo después de volver corriendo y probar otra vez. Suelto un suspiro y dejo la olla en la encimera—. Creo que voy a tener que llamar a Wouter.
—¿Puedo quedarme en un segundo plano mientras lo haces?
—¡Creía que seguíamos enfadadas con él!
—Ya, pero también me muero por ver cómo está ahora. Soy una persona con muchas facetas. ¿No puedes apoyar el móvil en algún sitio y grabar sin que se note?
—¿No te parece que eso es ilegal?
—Vale, vale. Una foto a escondidas. Es mi última oferta.
—Te lo digo con todo el cariño del mundo: no sé si deberías estar al frente de una empresa.
Phoebe se ríe a carcajadas.
—Adiós, te quiero. Llama a tu casero.
Después de colgar, me quedo un rato paseándome por la cocina, como si el fregadero solo necesitara un rato para procesar lo que le he pedido. Espero quince minutos, y como sigue sin salir agua, me trago los restos de orgullo que me quedan y le envío un mensaje.
No pasan ni tres segundos, cuando llaman a la puerta.
—Qué rápido —digo mientras abro, un poco sin aliento tras correr por el pasillo.
Puede que me haya despeinado un poco el pelo.
Puede que me haya aplicado más bálsamo labial con color, pero solo porque la primera vez que me vio estaba hecha una pena.
Quiero que sepa que, aunque a mis treinta años no tenga la vida bajo control, al menos puedo fingir que sí.
Wouter lleva una camisa azul claro con un bolígrafo en el bolsillo, tiene una barba incipiente y un auténtico cinturón de herramientas a la cintura.
Me llevo la mano a la boca.
—¡Ay, madre mía! Tienes un cinturón y todo.
—¿No es la forma más práctica de llevar las herramientas?
—Sí, claro que sí. Entra. —Aunque él sabe dónde está, lo conduzco hacia la cocina—. Siento molestarte. Seguro que es lo último que te apetecía después de trabajar todo el día.
—Son gajes del oficio —dice, probando el grifo varias veces. No me mira a los ojos mientras busca una llave inglesa en el cinturón—. No tiene sentido pagar a alguien si puedo arreglarlo yo mismo. Lo haría por cualquiera de mis inquilinos.
Hace hincapié en esa última palabra. Una confirmación de que eso es todo lo que soy para él.
Entonces se arremanga y se arrodilla para inspeccionar las tuberías del fregadero. Después se gira y se tumba boca arriba, metiendo la cabeza debajo y estirando sus largas piernas en el suelo.
—¿Solo hay que darle con ganas? —pregunto en un intento por mantener el buen humor, cerrando los ojos con vergüenza en cuanto lo digo.
Él se queda quieto en el suelo.
—Algo así.
Se produce un silencio incómodo de narices.
Cuando vivía con nosotros, una vez le pregunté sobre los estereotipos.
«Los neerlandeses son muy directos», me dijo, y yo lo aprovechaba para sonsacarle confesiones, preguntándole qué le parecía en realidad la comida que preparaban mis padres o de la ropa que llevaba puesta ese día.
Aunque apretaba los labios y se negaba a darme una respuesta directa, siempre era sincero cuando se trataba de lo que sentía por mí.
Ahora eso no podría ser más distinto.
—Es curioso —digo, intentándolo de nuevo mientras me apoyo en la encimera frente a donde él está trabajando, porque soy muy persistente.
A menudo en mi propio perjuicio—. Mi última casa se inundó y en esta no funciona el agua.
Supongo que el universo tenía que restablecer el equilibrio de alguna manera.
—Entonces puede que tengas sangre neerlandesa. Siempre hemos tenido una relación complicada con el agua.
—Por los molinos de viento, ¿verdad?
—Sí. La mayoría han sido sustituidos por sistemas más modernos, pero hace cientos de años se utilizaban para bombear el agua hacia los ríos y drenar la tierra.
Un cuarto del país está por debajo del nivel del mar, y en aquella época casi todo esto eran marismas.
Inhabitable. Consiguieron convertir gran parte en tierras de cultivo, y por eso tenemos fama de ser excelentes gestores del agua —aduce, y vaya pedazo de reputación—.
No creo que sea tan grave. El mes pasado, las tuberías se congelaron y una de las de mi apartamento reventó.
Seguro que es normal que el inquilino y el propietario hablen sobre la gestión del agua. Es un tema de actualidad.
También es un tema de actualidad que la parte inferior de su camisa se le haya abierto, dejando al descubierto una parte de su estómago.
Una hilera de vello rubio oscuro desciende desde su ombligo y su tersa piel cubre unos músculos que no tenía a los diecisiete años.
Relieves y valles que nunca exploré. Le vi sin camiseta muchas veces: a altas horas de la noche y en momentos robados en los que deslizaba mis manos por su pecho, pero también en excursiones a la playa o cuando ayudaba a mis padres en el jardín.
No debería ponerme tan colorada por ver un mísero cuatro por ciento de su cuerpo.
La luz se refleja en la hebilla plateada de su cinturón, como si quisiera crear un momento de película solo para mí.
Me siento culpable por espiarlo mientras está debajo del fregadero, pero en este momento la lógica y el decoro no sirven de nada.
Porque hay un hombre muy alto y muy atractivo en el suelo de mi cocina cuyo cuerpo conocía muy bien, y desde este ángulo puedo ver un pequeño retazo de la cinturilla de sus vaqueros. Una franja azul marino.
—No exagerabas cuando decías que este lugar necesitaba arreglos. —Por fin consigo apartar la mirada de su abdomen—. ¿Dónde aprendiste a hacer todo esto?
Tarda un segundo en responder, y se percibe algo raro en esa pausa.
—Supongo que es un clásico, pero aprendí un poco con mi padre cuando era pequeño. —Se aclara la garganta antes de proseguir—: Y lo demás, con YouTube.
Esto me trae un recuerdo a la memoria.
—¿Te acuerdas de cuando pasamos un día entero viendo viejos vídeos de Bob Ross pintando porque su voz era hipnótica? Y luego nos picamos a ver quién aguantaba más hablando como él.
—Danika… —gruñe Wouter, haciendo fuerza; se le marcan los músculos de los antebrazos—. No hace falta que hablemos. No te sientas obligada a charlar. Solo he venido a arreglar esto.
—Claro. Sí. Perdona —respondo con una voz aguda que no reconozco.
Es un cambio radical con respecto a la semana pasada, cuando él intentaba ser amable y yo era la que marcaba distancias.
Esto era lo que yo quería.
Así que le doy un poco de espacio, intentando mantenerme ocupada en la cocina mientras él trabaja.
—Prueba ahora —dice al cabo de unos minutos.
Tengo que pasar por encima de sus piernas para llegar al fregadero, y cuando abro el grifo, el agua fluye sin problemas.
—La gestión neerlandesa del agua en acción. Muchas gracias, nunca había tenido un casero tan servicial.
Y, como estoy gafada, consigo que suene sugerente sin pretenderlo.