Lo que pasa en Ámsterdam Cinco
16%

Cinco

Observaciones sobre Ámsterdam, semana tres:

Todos los aseos públicos que he visitado —y digo «aseo», porque aquí solo se considera baño si tiene ducha— cuentan con el lavabo más pequeño que he visto en mi vida, con un solo grifo de agua gélida. Da igual que el edificio sea antiguo o moderno: siempre hay lavabos diminutos y agua fría.

Aquí las patatas fritas se mojan en mayonesa, no en kétchup, y no hay calle en la que no te encuentres al menos tres tiendas que las venden en grandes cucuruchos de papel.

Se comen con un tenedor en miniatura y, desde un punto de vista científico, creo que eso hace que sepan mejor.

La primera vez que las pido con mayonesa, me doy cuenta de que es posible que las prefiera así, al menos.

Hasta que descubro la versión speciaal : con mayonesa, kétchup de curry y cebolla picada.

A mediados de la semana siguiente, he empezado a adaptarme de verdad, a sentir que este es mi verdadero hogar ahora.

Hago la compra cada pocos días y solo llevo a casa lo que puedo cargar.

Se acabaron los viajes semanales a Trader Joe’s o las bolsas de lona llenas hasta los topes que abarrotaban el maletero de mi coche.

Los cajeros me hablan en neerlandés cuando voy a pagar, hasta que murmuro «Lo siento» y después Dank je wel, fijne dag, las escasas palabras que he aprendido hasta ahora.

No me atrevo a subirme otra vez a la bici, así que decido devolverla a la tienda donde la alquilé y me quedo con mis Nike y mi OV-chipkaart, la tarjeta de transporte neerlandesa.

Aquí el transporte público es una maravilla.

Hay tranvías, autobuses, trenes y metro, y cada vez que me siento en uno de los elegantes tranvías azules y blancos, me invade una sensación de paz que nunca sentí en los atascos de Los Ángeles.

Entro deprisa con la única bolsa de compra que he pillado de camino a casa desde el trabajo, impaciente por la videollamada programada con Phoebe.

—¡Hola, qué ganas tenía de verte! —dice cuando aparece en la pantalla, con su cabello oscuro recogido en un moño.

Lleva puesta esa chaqueta de ganchillo que es casi parte de su ADN (la hizo hace diez años y se la pone una vez a la semana; es indestructible) y me provoca una nostalgia desmesurada.

Su tienda no abre hasta dentro de una hora y ella está en su despacho, rodeada de libros, bebiendo de una taza que dice «estoy con los relegados» —.

¡Fíjate, en tu piso neerlandés tan cuqui !

¡Y con esa cara! Y el pelo te queda mil veces mejor ahora que te ha crecido un poco. ¡Me encanta!

—No puedo apuntarme el mérito de la decoración, pero estoy de acuerdo con lo del pelo, gracias por confirmármelo —digo riendo, porque la voz de mi hermana tiene el extraño poder de hacer que me relaje—. ¿Quieres que te enseñe la casa?

—¡Sí, claro! —contesta, y me paso los siguientes minutos llevándola de habitación en habitación, intentando recordar todas las explicaciones de Wouter. Luego me siento en la mesa de la cocina y apoyo el teléfono sobre una pila de libros de cocina neerlandesa.

—¿Cómo estás? ¿Cómo está Maya? ¿Cómo va la tienda?

—Bien, bien y bien. Estamos colaborando con algunos artistas locales para San Valentín y organizando una feria de artesanía con temática literaria. Va a ser precioso.

Otra punzada.

—Ojalá pudiera estar allí.

—Te enviaré una tarjeta de San Valentín —dice, bebiendo otro sorbo de café—.

Maya ha tenido suerte con las náuseas matutinas y te juro que ya está radiante.

Sé que aún es demasiado pronto para comprar ropita, pero es que todo es precioso, Dan.

El fin de semana pasado encontré en un mercadillo un mono diminuto con manatíes estampados.

Te voy a mandar una foto. Es una pena que no lo hagan en tallas para adultos.

—Después de que yo haya expresado mi entusiasmo, su voz se vuelve un poco más fría—.

Y la pregunta del momento… ¿Cómo está Wouter?

Por alguna razón, oírla pronunciar su nombre en voz alta hace que mi corazón dé un vuelco, como si fuera la confirmación de que esto está sucediendo de verdad.

Se lo conté la noche que me mudé, mientras seguía intentando asimilarlo todo, y su reacción fue la esperada.

Encantada de que ya no viviera en una mazmorra, pero con reservas.

Levanto la vista hacia el techo casi por puro instinto.

—La verdad es que apenas le he visto desde el viernes.

Solo ayer, al llegar del trabajo, cuando estaba poniéndole el candado a la bici.

Cruzamos un saludo algo incómodo y un breve comentario sobre el tiempo.

A veces oigo lo que parece un perro correteando por el suelo de madera, pero nunca le he visto salir con uno, así que imagino que nuestros horarios no coinciden.

A pesar de todas las preguntas que me rondan, esto solo puede ser algo bueno. En cuanto pueda permitirme un piso solo para mí, me iré. Y él encontrará otro inquilino nuevo que sea solo un inquilino más.

Incluso he visto más a menudo a su vecino de arriba, un hombre mayor que se llama Hendrik y que siempre dice que subir las escaleras es lo que le mantiene joven.

Mientras tanto, mis amigos de Los Ángeles cada vez contestan menos a mis mensajes, hasta el punto de que ya no sé si puedo echarle la culpa a la diferencia horaria, pero tampoco es que yo haya hecho mucho esfuerzo.

La verdad es que ya me sentía desconectada de ellos antes de marcharme.

Algunas veces, cuando me embarga la soledad en la quietud de la noche, me planteo enviarle un mensaje a Iulia, pero nunca lo hago. Después de llevar siete años aquí, parecía tener su vida más que organizada. Dudo mucho que le interese hacerse amiga de una estadounidense que anda bastante perdida.

También le pedí a Phoebe que no les contara a nuestros padres lo de Wouter.

En los años posteriores a su marcha, solían decir que ojalá hubieran mantenido el contacto, aunque creo que les dolió un poco que él cortara toda comunicación.

Poner fin a nuestra relación de esa manera fue una crueldad, pero mis padres siempre se habían portado muy bien con él.

Aunque estoy segura de que se pondrían locos de contentos al saber que ha vuelto a aparecer en la vida de un Dorfman, no quiero que lo vean como una especie de salvador caído del cielo en Ámsterdam.

—Pero ha sido… cordial —le digo a Phoebe después de buscar la palabra adecuada, tratando de no pensar en que se detuvo donde estoy ahora y me dijo que todavía me trababa al hablar.

Incluso después de romper nuestra relación, se quedó con tantos detalles—.

Ahora es fisioterapeuta. Creo que no es lo mismo que terapeuta físico. Tengo que buscarlo.

—Sabes que nunca podré perdonarle lo que te hizo. Vivió con nosotros durante un año. Te dijo que te quería, joder.

Me cubro las manos con las mangas de mi gran jersey gris de cuello alto. Es una costumbre que adquirí en la universidad, cuando estudiaba en una biblioteca con aire acondicionado que siempre estaba demasiado fuerte.

—¿Tú crees que esta es su manera de intentar compensarme? ¿Que le doy pena y ha visto una oportunidad?

Phoebe y yo pasamos mucho tiempo tratando de descifrar aquellas cuatro frases de su mensaje de rechazo, buscando un significado que no existía.

A lo mejor había conocido a otra persona y esa fue su forma de rechazarme con delicadeza.

Tal vez pensaba que no merecía la pena mantener una relación a distancia.

O quizá quería decir exactamente lo que dijo: necesito estar con alguien que tenga un poco más de ambición .

—No sé si eso es amable o insultante. Puede que ambas cosas —dice, aún con tono cauto—. Solo te pido que vayas con cuidado, ¿vale? Ahora mismo sigue siendo casi un desconocido, Dan. Y no lo digo con maldad, sabes que no, pero… ya no le conoces.

—Confía en mí, no vamos a tener ningún tipo de relación que vaya más allá de la estricta entre casero e inquilina. Yo… se lo dejé muy claro el otro día.

Phoebe se estira en su silla y saluda a alguien que entra en el despacho.

—¡Madre mía! No me creo que ya lleves allí casi un mes. ¿Cómo va tu neerlandés?

— Niet goed . Me he apuntado a unas clases que empiezan el mes que viene.

—¿Y el trabajo sigue siendo tan poco fiable como siempre?

—Ayer se fueron dos personas más. El consejero delegado no ha pisado la oficina desde que estoy aquí, y todo el mundo parece adorarlo, aunque nadie sabe decirme por qué.

—A lo mejor no es mala idea que empieces a buscar otras opciones.

—Ya estoy en ello. —No he buscado mucho, pero he encontrado algunas empresas estadounidenses con sede en Ámsterdam que hacen lo mismo que hacía en Los Ángeles, solo que el sueldo es mucho más bajo. Pero en la mayoría buscan ingenieros—. Por favor, Phee, no les cuentes a mamá y papá lo del trabajo.

—Empiezo a ver un patrón aquí —repone con delicadeza—. No te preocupes.

Quiero prosperar aquí, aprender el idioma, entender las costumbres. Pensé que me encontraría a mí misma en Ámsterdam, pero hasta ahora solo me he tropezado con una reliquia de mi pasado.

A veces creo que mi falta de rumbo se remonta al principio de mi vida.

Mi madre tuvo que ir de urgencias al hospital para que le hicieran una cesárea cuando estaba de veintiséis semanas y al diminuto bebé tuvieron que ingresarle en la UCI neonatal.

Nuestra sinagoga se volcó con ellos: nos traían lasaña y guisos congelados, brisket y sopa de bolas de matzá .

Luego vinieron las colectas para sufragar los gastos médicos; las historias en las noticias locales, y las oraciones… , por supuesto, las oraciones.