Lo que pasa en Ámsterdam Cuatro #2
15%

Cuatro #2

—Una friki del arte —digo, cruzando los brazos—.

Sí, lo sigo siendo, y a mucha honra. —Siento una profunda y absoluta devoción por Los nenúfares de Monet, El beso de Klimt y todas las bailarinas de Degas.

Incluso tengo tres girasoles de Van Gogh tatuados en la cadera.

Puede que sean algunas de las obras de arte más comercializadas de la historia, y eso es porque son magníficas.

Cada vez que las miro, veo algo nuevo—. Tenía un enorme paisaje de Monet en el salón de mi piso en Burbank. Era precioso.

—Seguro que sí.

Si fuera cualquier otra persona, me inclinaría hacia delante y le daría un golpecito en el brazo. La manga de su camisa de pana parece suave, tan tentadora… Pero, aunque podamos bromear así, no somos amigos íntimos.

—¡Hay una razón por la que son tan populares! Seguro que te lo he dicho mil veces.

Él se echa a reír y su hoyuelo aparece de nuevo en su mejilla.

—No es que no me gusten. Solo que hay cosas mucho más originales en el mundo.

Esta risa sincera me produce tal subidón de endorfinas que no puedo evitar unirme a él, hasta que se aparta el pelo con la mano izquierda y me sorprendo buscando un anillo.

Por simple curiosidad.

—Bueno…, uh… ¿Estás…? —La frase se queda suspendida en el aire y mi cara vuelve a arder—. ¿Sales con alguien? —Me dirijo a la cocina, abro el armario (supongo que ahora es mi armario) y saco un vaso de agua.

—Ah… No, no salgo con nadie. ¿Y tú?

—Terminé una relación unas semanas antes de irme —respondo. Y acto seguido bebo un sorbo y me aclaro la garganta.

Al principio, la relación había sido divertida: sexo esporádico que dio paso a citas esporádicas para cenar y luego a una presentación nada informal a sus padres.

Jace era la clase de chico que se desenvolvía con soltura por la oficina, simpático con todo el mundo y tan seguro en una reunión cara a cara como haciendo una presentación ante cien personas.

Cuando dijo que quería sentar cabeza, le creí. Durante once meses enteros, le creí.

Hasta que una amiga de mi hermana hizo match con él en Tinder.

—Es que… no querría encontrarme con tu mujer en el pasillo y que se creara una situación incómoda.

—No hay peligro de que eso ocurra —confirma, siguiéndome a la cocina.

—Genial. Bueno, no es genial que estés soltero…, a menos que prefieras estarlo, en cuyo caso, mejor para ti…, sino genial en el sentido de…, bueno, ya me entiendes. —Seguro que hay gente que se siente muy cómoda delante de sus ex. No es mi caso.

Wouter se limita a mirarme y me doy cuenta de que se muerde el interior de la mejilla para no reírse.

—Lo estás empeorando —digo con un gemido.

—Sigues parloteando como una cotorra cuando crees que has dicho algo incorrecto.

Tiene razón. Al principio de nuestra relación, le pregunté si había estado con otras chicas.

Antes de que pudiera responder, me apresuré a decirle que no importaba si lo había hecho, aunque me sentí aliviada cuando me confirmó que teníamos el mismo nivel de experiencia.

Otra vez le dije que me gustaba su acento, pero luego me asaltaron las dudas: ¿sería un comentario insensible?

y que fuera problemático por decirlo. Así que intenté arreglarlo y terminé soltando una parrafada sobre todas las palabras en inglés que había pronunciado mal, hasta que él me interrumpió y me dijo que a él también le gustaba mi acento.

—Así soy yo. —Dejo el vaso en la encimera y extiendo los brazos—. Entre esto y mi gusto por el arte, no he cambiado nada desde que tenía diecisiete años.

Sus ojos recorren mi rostro de arriba abajo, observándome casi de la misma manera que cuando nos conocimos.

Excepto que esta vez siento el peso de su mirada más de lo que debería.

Me vi en el espejo de baño durante el recorrido de la casa, y tenía las mejillas sonrosadas por el alcohol y el frío.

Parecía aturdida, pero esperanzada. Feliz, de una manera temporal.

—No —dice, con la voz algo ronca—. Sí que has cambiado.

Luego se frota los dedos, un revelador hábito nervioso típico de él. Si ya no pinta tanto como antes, debería reconsiderarlo, porque está claro que sus manos lo piden a gritos.

«Sí que has cambiado». Puede que lo haya dicho en sentido positivo, pero cuanto más tiempo pasa, más pesado se vuelve.

Tal vez se refiera solo a los evidentes cambios físicos, porque a veces temo no haber cambiado en absoluto.

En cambio él, dejando a un lado sus hábitos nerviosos, ha cambiado más de lo que puedo imaginar.

Hubo un tiempo en que Wouter van Leeuwen me conocía de verdad, más que nadie ajeno a mi familia. Le entregué mucho de mí: lo que me gustaba y lo que todavía trataba de entender, lo que me daba vergüenza y lo que no. Y pensé que bastaría con eso para que lo nuestro durase.

Un apartamento y que haya dicho que era un idiota son suficientes para llenar trece años de silencio.

¿Qué entrañaría hacer borrón y cuenta nueva de verdad?

¿Eliminar toda nuestra historia y seguir adelante?

Aunque me encantaría tener una cara conocida en la inmensidad de un nuevo país, empezar de cero no es tan fácil.

—Quiero que sepas que no tienes que hacerme de niñera aquí —empiezo, escogiendo mis palabras con cuidado—. Puede que en otra vida tuviéramos algo, pero no hay por qué complicar las cosas. Tú eres el casero y yo la inquilina. Y ya está. No es necesario que seamos amigos.

Veo que su mandíbula se tensa y vuelve a aparecer esa arruga entre sus cejas. Por un segundo, temo haber sido demasiado brusca, que cambie de idea y me quite este precioso piso antes de que haya podido sacar siquiera un solo jersey de la maleta.

Luego recupera la compostura y vuelve a mostrar una expresión serena.

—En otra vida —repite, con una voz puramente profesional. Distante—. Entendido. Te haré llegar el contrato de alquiler esta noche.

—Ah…, vale. Estupendo. —Trago saliva, sin saber muy bien por qué sus palabras me golpean como si fueran de hielo cuando estaba tan segura de que tenía que establecer algunas reglas—. Debería terminar de hacer las maletas y traer mis cosas.

Wouter mete la mano en el bolsillo y me da las llaves.

—Por supuesto. ¿Necesitas ayuda? —pregunta, pero luego se detiene. Se toca la barbilla—. Aunque, bueno…, puede que me equivoque, pero no creo que eso entre dentro de las obligaciones de un casero. Perdona por preguntar —concluye. El deje malicioso en su voz es sutil, pero innegable.

—No, no. Ya has hecho más que suficiente. De verdad. —«Y ahora me gustaría desaparecer» .

Supongo que pararle los pies así podría verse como una especie de venganza, pero no era eso lo que pretendía tratándose de él.

Yo solo quería respuestas.

Camino a su lado por el pasillo, pasando por delante del cuadro que ha olvidado, y luego me peleo con el picaporte de la puerta. Odio tener que pedirle ayuda una vez más.

—Es lo que tienen las casas antiguas —explica, alargando el brazo. Su mano me roza la muñeca, y como soy demasiado idiota para darme cuenta de que está intentando enseñarme la forma de abrir, sus dedos se curvan alrededor de los míos durante un momento—. Solo hay que darle con ganas.

El calor me invade las mejillas con tal fuerza que bien podría haber propuesto que lo hiciéramos delante de la ventana que da a la calle.

Pero él ni se inmuta por el doble sentido de sus palabras.

Así que doy un paso atrás para darle espacio, y él se coloca delante de mí para poder tirar con fuerza.

Este hombre fue mi despertar sexual, mis primeros suspiros, mis primeros gemidos fueron solo suyos.

Y tengo que hacer todo lo posible por olvidar todo eso si va a vivir encima de mí.

Entonces la puerta se abre con un suave chirrido.

— Fijne avond , Danika —dice, y luego me deja sola en mi nuevo apartamento.